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Relatos Ardientes

El entrenador del gimnasio me hizo dudar de todo

Me llamo Mateo, tengo veinticuatro años y hasta hace un par de meses habría jurado, con la mano en el pecho, que las mujeres eran lo único que me hacía perder la cabeza. Hoy, después de lo que pasó, ya no juro nada. Aprendí que uno se conoce a sí mismo a medias hasta que la vida te empuja contra una pared que no esperabas.

Físicamente soy del montón. Mido uno setenta y siete, soy delgado, con cara amable, ni guapo ni feo. Trabajo en una agencia pequeña haciendo diseño y paso demasiadas horas frente a una pantalla, así que a principios de año decidí inscribirme en un gimnasio. No el que tenía cerca de casa, sino uno más grande del otro lado de la ciudad, donde no me iba a cruzar con nadie conocido. Quería empezar de cero, sin testigos.

Mentiría si dijera que solo buscaba ponerme en forma. La verdad es que también iba con la cabeza llena de fantasías: chicas en mallas, miradas de reojo, conversaciones que terminaran en un café y, con suerte, en una cama. Soy un tipo caliente. Pienso en sexo todo el día y, hasta entonces, todos los protagonistas de esos pensamientos tenían pechos y cintura.

Las primeras semanas fueron una decepción. Saludé a un par de chicas, intercambié sonrisas con una que entrenaba a la misma hora, pero ninguna pasó de ahí. Empezaba a aburrirme. Hasta que un lunes apareció él.

Damián era el nuevo entrenador personal. Casi uno ochenta, ojos verdes muy claros, barba prolija, brazos enormes y un torso que parecía esculpido a cincel. Le calculé treinta y ocho, quizá cuarenta. Cuando entró al salón, todas las cabezas se giraron, las mías incluidas. Lo miré como se mira algo imponente, una estatua o un coche caro. Era una observación neutra, casi técnica. Vaya envidia, qué cuerpo tiene este tipo. No pensé nada más. O eso me dije.

La sorpresa llegó cuando, al renovar la rutina, me asignaron a Damián como entrenador. Pasaríamos juntos casi una hora cada día, cuatro veces por semana. Al principio lo viví como un golpe de suerte: aquel hombre era una enciclopedia ambulante de ejercicios y, encima, atraía mujeres como un imán. Pensé que estando a su lado caería algo para mí.

Lo que no preví fue lo otro. Que con cada sesión empecé a fijarme en cosas que no debían interesarme. Cómo se le marcaban los antebrazos cuando ajustaba una máquina. La forma en que se subía la manga de la camiseta con dos dedos. El olor a colonia mezclada con sudor que dejaba al pasar. Pequeños detalles que se me quedaban grabados durante horas.

Hablábamos mucho. Me contó que vivía solo, que no tenía hijos, que su última pareja había sido una arquitecta con la que cortó dos años atrás. Le pregunté por qué un tipo así estaba soltero y se rio. «No es tan fácil cuando uno ya sabe lo que quiere», me dijo, mirándome un par de segundos más de lo necesario. No le di importancia. Todavía no.

Una tarde, haciendo press de banca, ocurrió la primera grieta. Yo estaba tumbado, sosteniendo la barra, y Damián me ayudaba detrás de la cabeza. La carga se me venía encima y, por instinto, él se inclinó muy rápido para sujetarla. Su entrepierna quedó justo encima de mi cara, separada apenas por la tela del pantalón. Fueron cuatro o cinco segundos. Suficientes para que sintiera el calor, el peso, todo. Cuando se incorporó, se disculpó como quien se disculpa por pisar un pie. Yo balbuceé un «no pasa nada» y me senté con las orejas ardiendo.

Esa noche no pegué ojo. Cada vez que cerraba los ojos volvía a sentir aquel bulto y, lo peor, se me ponía dura. No era solo el recuerdo: era el hecho de que la imagen me excitaba. Me obligué a pensar en chicas, en una vecina que me gustaba, en una compañera de la oficina. Nada. La cabeza volvía al gimnasio.

Dos días enteros estuve dándole vueltas, intentando convencerme de que era un calentón cualquiera, una curiosidad pasajera. Al tercer día rendí los brazos. Me gustaba Damián. No quería casarme con él, no quería hablar de sentimientos, ni siquiera me interesaba si éramos amigos. Lo que quería era verlo desnudo. Verle entero ese cuerpo que la ropa de gimnasio insinuaba sin enseñar.

***

El viernes me quedé más tiempo del habitual con la excusa de estirar. Sabía que Damián siempre se duchaba el último. Crucé los dedos para coincidir y funcionó. Salió del vestuario con una toalla atada a la cintura, el torso brillante y el pelo todavía húmedo. Se me cortó la respiración. Me sentí ridículo y a la vez incapaz de moverme.

—¿Tan tarde todavía por aquí? —me preguntó pasando a mi lado.

—Estirando —dije, con la voz un tono más aguda de lo normal.

Hice algo entre torpe y deliberado. Al levantarme me tropecé contra él, lo justo para que mi mano tirara de la toalla mientras intentaba sostenerme. La tela cayó al suelo. Damián quedó completamente desnudo delante de mí, durante el tiempo que tardé en agacharme a recogerla. Mucho tiempo. Su miembro estaba ahí, grande, más imponente que el resto del cuerpo, y yo no podía dejar de mirarlo. No fingí siquiera apartar la vista.

Levanté la toalla muy despacio. Cuando se la entregué, él la tomó sin prisa, sin cubrirse de inmediato. Sonrió de medio lado.

—Tranquilo —dijo, y me rozó el brazo al pasar—. Estas cosas pasan.

Salí del gimnasio temblando. Tardé en arrancar el coche. Sentado al volante, supe dos cosas. Una: él se había dado cuenta de todo. Dos: no le había molestado.

***

Los días siguientes fueron una tortura deliciosa. Damián empezó a tocarme más. Antes me corregía la postura con un dedo en el hombro; ahora me ponía una mano completa en la cintura, otra en el muslo, una palma firme entre los omóplatos. Cada contacto duraba un segundo más de lo necesario. Yo me dejaba. Me dejaba sin disimulo.

El miércoles me lastimé el hombro haciendo dominadas. Damián me revisó, me dijo que necesitaba trabajar movilidad sin testigos y, mirándome a los ojos, me ofreció una sesión privada esa misma noche, cuando el gimnasio estuviera por cerrar.

—Casi no hay nadie a esa hora —añadió—. Podremos ir con calma.

Acepté antes incluso de pensarlo. Aquella tarde no comí. Llegué a las diez de la noche, cuando ya el último socio salía con la mochila al hombro. Damián cerró por dentro. Dijo a los compañeros que él se ocuparía del cierre y todos se fueron sin sospechar nada. Quedamos los dos solos en aquel lugar enorme, con la mitad de las luces apagadas y la música del hilo musical sonando bajita.

—Quítate la camiseta —me dijo—. Es más fácil ver si compensas con el otro brazo.

Obedecí. Él también se sacó la suya. Quedó en short corto y descalzo, todo músculo y vello castaño en el pecho. Empezamos con movilidad, luego con peso ligero. En cada ejercicio se colocaba detrás de mí. En las sentadillas pegó el cuerpo a mi espalda para corregirme la cadera y noté, sin lugar a dudas, que él también estaba excitado. Me costaba respirar.

Subimos a la barra de dominadas. Damián me sujetó por las caderas para asistirme. En una repetición se me escaparon las manos y caí. Me atrapó al vuelo, una mano firme en el culo, la otra cruzando la espalda baja. Me bajó muy despacio, deslizándome contra él, hasta dejarme con los pies en el suelo y la cara a un palmo de la suya.

Me aparté un paso. Respiré. Esto no soy yo, pensé. Yo soy el que mira a las chicas, el que…

—Sé que te gusto —dijo de pronto, en voz baja, sin agresividad—. Y tú a mí. No tiene sentido seguir fingiendo. Aprovechemos.

No supe qué contestar. Abrí la boca, la cerré, miré al suelo. Mientras yo dudaba, él decidió. Me tomó por la nuca, me giró hacia él y me besó. Fue un beso firme, sin titubeos, distinto a cualquier beso que hubiera dado antes. Quise apartarlo por puro reflejo y mis manos chocaron contra un pecho que no se movía. Damián era el doble de fuerte que yo. Aguanté tres segundos más y, en algún punto, dejé de pelear.

Me besó la mandíbula, el cuello, la oreja. Yo le sostuve la cabeza con las dos manos como si tuviera miedo de que se alejara. Le besé el pecho, le pasé la lengua por las clavículas, lo mordí en el hombro porque no se me ocurrió qué otra cosa hacer con tanta ansiedad junta. Él se rio en voz baja y me empujó hacia abajo.

—A las duchas —dijo—. Aquí no.

Caminamos pegados hasta el vestuario. Cerró con pestillo el cubículo del fondo, abrió el agua caliente y todo se llenó de vapor. Allí, bajo la luz blanca y el chorro tibio, me quitó el resto de la ropa y se sacó la suya. Lo miré entero por segunda vez, esta vez sin disimulo y sin toalla de por medio. Verlo desnudo y excitado fue un golpe en el estómago.

—Arrodíllate —me pidió, sin orden, casi con dulzura.

Lo hice. Nunca había tenido a otro hombre así, nunca había imaginado en serio que llegaría a tanto. Pero estaba ahí, con el agua resbalándome por la espalda y aquel pedazo de carne firme delante de la boca. Empecé torpe, como cualquier inexperto. Damián me guió con la mano, me dijo que respirara por la nariz, que fuera más despacio. Aprendí en minutos. Aprendí porque quería aprender. Lo chupé con todo el descaro acumulado de las semanas en que no había hecho otra cosa que imaginarlo.

Luego me levantó y me apoyó contra los azulejos. Bajó por mi cuerpo. Solo dos chicas me la habían chupado antes y ninguna se había detenido como Damián. Me devoró sin prisa, mirándome desde abajo. Sentí que las piernas no me sostenían y tuve que apoyarme con las dos manos en la pared.

Cuando se incorporó, ya tenía esa cara distinta, la del que va a llevarse lo que vino a buscar.

—Date la vuelta —dijo.

Me negué con la cabeza. Le supliqué que no, que era mi primera vez, que no creía aguantarlo. Damián no insistió de golpe. Me besó la nuca, me pasó el jabón por la espalda, me preparó con la calma de quien sabe lo que hace. Y aun así, cuando entró, dolió. Dolió muchísimo. Apreté los dientes y los puños y le pedí que parara. Él paró. Esperó. Volvió a empezar más lento.

Al rato algo cambió. El dolor se convirtió en otra cosa, una sensación nueva, intensa, distinta a todo lo que conocía. Pasé de pedirle que se detuviera a pedirle que no parara. Le dije obscenidades que jamás había dicho a nadie. Me corrí contra los azulejos sin que me tocara, solo con su empuje constante detrás de mí. Damián se agachó, recogió todo con la lengua y luego le tocó el turno a él. Me arrodillé otra vez. Lo terminé con la mano y con la boca, hasta que me dejó marcado el pecho.

***

Cerramos el agua. Nos vestimos sin hablar mucho. Mientras me ataba las zapatillas, sentado en el banco, lo miré y supe que no iba a poder volver a casa así, sin más. Me levanté, lo agarré por la camiseta y lo besé otra vez. Damián sonrió contra mi boca.

—¿Vienes a mi piso? —preguntó.

Asentí. Pasamos el resto de la noche en su cama, sin dormir. Volvimos a empezar dos veces más, en posturas distintas, hablando entre medias de cosas que no recuerdo. A las seis de la mañana me fui a casa con el cuerpo molido y una sonrisa estúpida que no me cabía en la cara.

De aquello hace ya varios meses. Sigo entrenando con él. A veces nos quedamos a cerrar el gimnasio juntos y otras voy directo a su piso. Entre tanto, he seguido saliendo con chicas: una compañera de la oficina, una vecina nueva, alguna que conocí por una aplicación. Las disfruto igual que antes, quizá más.

Saqué dos conclusiones de todo esto. La primera, que soy bisexual: las mujeres me siguen volviendo loco y no voy a renunciar a ellas. La segunda, que no me gustan los hombres en general, me gusta Damián. A él se lo entrego cuando me apetece, y por ahora me apetece bastante a menudo.

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