El día que Bianca me confesó su primera vez anal
Si leíste lo que conté antes sobre Bianca, ya sabés que pasó siete años atada a un novio que jamás supo lo que tenía entre las manos. La trataba como un mueble cómodo: siempre ahí, nunca valorado. Y ella, que se merecía mucho más, terminó creyéndose ese desprecio.
Bianca tiene una cara preciosa, de esas que se suavizan en las chicas con curvas, el pelo rubio natural cortado en una melena redonda y unos pechos que harían perder la cabeza a cualquiera. Es de cuerpo grande, eso no lo voy a esconder, pero es trabajadora, estudiosa y de las personas más nobles que conozco. El problema nunca fue su cuerpo. El problema era que su inseguridad le tapaba los ojos y no la dejaba ver cuántos hombres la habían mirado con ganas.
En el relato anterior les conté que había conocido a un chico —lo voy a llamar Damián— con el que tuvo un primer encuentro casual que terminó con él acabándole en la cara. Ella quedó eufórica, sintiéndose por una vez la protagonista de algo, una actriz de película. Y, envalentonada, le prometió que la próxima vez le iba a entregar la cola.
Para ser honesto, no era virgen del todo por ahí, si entendemos virgen como nunca haber tenido nada dentro. A los diecinueve, recién empezando con su ex, durante una noche demasiado intensa el tipo se «equivocó» de lugar. Con los años quedamos convencidas de que lo hizo a propósito. La penetró de golpe, sin aviso, y aquello fue gritos, lágrimas, sangre y una pequeña fisura que la tuvo un mes con cremas y dolor, escondiéndoselo a media familia. Lo perdonó porque siempre quiso creer que había sido sin querer, y siguió a su lado varios años más. Nos enteramos días después, cuando la vimos caminar raro y le sacamos la verdad entre mate y mate.
***
A una semana de aquel facial, Bianca y Damián volvieron a verse. Esta vez él la invitó a su casa. Cocinó algo sencillo, cenaron sin apuro y, cuando los platos quedaron en la pileta, se fueron al cuarto.
Ella arrancó arrodillándose y bajándole el pantalón. Le hizo sexo oral de forma algo torpe, sin técnica, pero a Damián no se le escapó una sola queja. Al rato él devolvió el gesto: la recostó, le sacó la ropa de a poco y le hizo sexo oral con una paciencia a la que ella no estaba acostumbrada. Tan poco habituada estaba a recibir que estuvo a punto de terminar varias veces seguidas.
Cuando llegó el momento de pasar a algo más, Bianca le pidió apagar la luz. Era su reflejo de siempre, el escudo de tantos años. Pero Damián, con esa labia tranquila que tenía, la convenció de dejar todo encendido.
—Quiero verte —le dijo, mientras se acomodaba el preservativo—. ¿Para qué me voy a perder eso?
Empezaron con ella arriba. Bianca aceptó insegura, sabiendo que en esa posición él tendría sus pechos justo enfrente, pero también consciente de que su cuerpo le pesaba y se cansaría rápido. Y así fue: a los pocos minutos las piernas le temblaban del esfuerzo. Muerta de pudor, volvió a pedirle que apagara la luz.
—Sos hermosa —le contestó él, sosteniéndole la cara—. Quiero verte gozar. A oscuras no puedo.
La acomodó boca arriba, le puso las piernas sobre los hombros y empezó a entrar con fuerza. Bianca no lograba contener los gemidos ni el sonido de los cuerpos chocando. Por dentro libraba una guerra: se sentía expuesta, con cada pliegue a la vista y la piel transpirada, y al mismo tiempo la recorría un placer que en siete años jamás había probado. Cada vez que abría los ojos y miraba a Damián, veía algo que no sabía descifrar: deseo puro, dirigido a ella.
No puede ser que yo le provoque esto a alguien.
El orgasmo la agarró de sorpresa y se le estiró largo, intenso. Le envolvió la cintura con las piernas y se apretó contra él mientras temblaba.
—Sí, sí, sí, me encanta, te amo, te amo —se le escapó en el medio del temblor.
Los dos hicieron como que no escucharon esa declaración fuera de lugar. Mejor así.
***
Cuando recuperó algo de aire, Damián se incorporó sobre el codo y la miró con una sonrisa torcida.
—Nos quedó algo pendiente, ¿no te parece?
—¿Qué cosa? —preguntó ella, todavía agitada.
—Esa colita divina. Y yo todavía no terminé. Tengo muchas ganas de estrenarla.
—Me da miedo —murmuró Bianca—. La tenés muy gruesa, me vas a lastimar.
—Quedate tranquila, que de esto sé. Si no te gusta, paramos cuando vos digas. Pero confiá en mí. Hasta ahora la pasamos bien, ¿o no?
En realidad no era para tanto, pero Bianca tenía poca calle en eso. Después de dudar un segundo, asintió. Damián se levantó y fue un momento al baño.
—¿Qué pasó? —preguntó ella cuando lo vio volver con cosas en la mano.
—Lubricante y papel. Es indispensable. El gel para que no te lastimes, el papel para no dejar las sábanas hechas un desastre.
La acomodó boca arriba y le pidió que levantara apenas las piernas. Le deslizó un almohadón bajo la cadera para elevarle la pelvis y le dijo, en voz baja, que se tocara despacio.
—Voy a meter un dedo. Decime si te duele o te incomoda.
Lo lubricó bien y entró de a poco. Bianca hizo una mueca, pero enseguida se relajó.
—¿Estás bien? ¿Te duele?
—Incomoda un poco. Dolor no.
—Es normal. Hay que esperar a que tu cuerpo se acostumbre. Tranquila. Solo avisame si duele.
Siguió así unos minutos, paciente, hasta que ella dejó de tensarse. Entonces probó con un dedo más grueso. Bianca soltó un quejido corto que se apagó casi al instante.
—¿Y ahora?
—Bien. Molesta, pero también se siente algo lindo.
—Eso es que te estás soltando.
***
Pasaron otros minutos así, sin apuro. Después él sumó dos dedos juntos, que igual eran más finos que lo que vendría. Esa era la prueba: si esos dos no entraban, no había noche anal. Sin avisar, los lubricó y empujó. Hubo resistencia, una contracción casi involuntaria, pero Bianca aguantó y los dos dedos terminaron adentro.
Sintió molestia, unas ganas raras de ir al baño, nada de dolor.
—¿Cómo estás, hermosa?
Esa sola palabra le iluminó la cara. Nunca se había sentido linda, y que se lo dijeran en el momento de mayor fragilidad la hacía sentir, por una vez, una reina.
—Bien. Ya me acostumbré a los dos.
—Entonces estás lista. No te puedo meter más dedos. Si tenés ganas lo hacemos hoy; si estás muy abrumada, lo dejamos para otro día. Como vos quieras.
—No, no. Quiero ahora.
—¿Segura?
—Sí. Tengo muchas ganas de sentirte.
—Y yo de estar adentro tuyo.
Le pidió que levantara apenas las caderas, se lubricó bien y empezó a entrar despacio, apoyando la punta contra ella.
—Ay —gimió Bianca, agarrándose de la sábana.
—¿Podés?
—Sí, sí, puedo. Despacito, por favor.
Damián se quedó quieto un rato largo, dejando que ella se acostumbrara a la invasión. Cuando vio que aflojaba el gesto, avanzó unos centímetros más y arrancó otro gemido fuerte.
—Es normal que sientas ganas de ir al baño las primeras veces. Se pasa. Lo importante es que no haya dolor —dijo él, cubriéndose por las dudas.
—Está bien. Incomoda, pero estoy bien.
—Cuando quieras parar, me avisás, corazón.
Estuvo así, entrando hasta la mitad, hasta que la notó más suelta. Entonces, muy de a poco, llegó hasta el fondo.
—Me quema —dijo ella, sintiendo el ardor.
—¿Paro?
—No, no. Seguí. Pero despacio.
***
Entró del todo y esperó, dejándola respirar. Bianca sentía fuego, pero la molestia fue cediendo y, en su lugar, asomaba un placer tímido, todavía chiquito.
—Ponete en cuatro, hermosa. Te va a costar menos y vas a disfrutar más.
Ella se dio vuelta, apoyó las rodillas y la cara contra la almohada, y Damián volvió a entrar, esta vez con un ritmo más constante.
—Tocate, Bianca. Te va a ayudar a aflojar.
Bianca empezó a masturbarse mientras lo tenía adentro por completo. Cada espasmo suyo lo hacía gemir a él, que la sostenía de la cadera como si fuera lo más valioso de la casa.
—Te voy a llenar —jadeó.
—Sí, todo para mí —contestó ella, sorprendida de sus propias palabras.
—Ahí va, ahí va.
Damián terminó con un gemido ronco. Sentir el calor y los latidos dentro de ella desató un segundo orgasmo, más suave que el primero, pero suficiente para borrar cualquier ardor que quedara.
—Tenés un culo divino —le dijo, dejándose caer a su lado—. Me encantó.
—Gracias, lindo. A mí también.
***
—Cuando salió quedó todo manchado —me contó al día siguiente, con la cara entre las manos—. Me quise morir de vergüenza, casi me pongo a llorar ahí mismo.
—¿Y él? —pregunté yo, sirviéndole más café.
—Me dio un beso, me dijo que era lo más normal del mundo y que me quedara tranquila. Nos bañamos juntos, me hizo mimos, y al final le terminé haciendo otro oral antes de dormir. Pensaba volverme a casa, pero me trató tan bien que me quedé.
Se quedó un rato callada, jugando con la taza.
—Me duele bastante todavía, pero es aguantable. Creo que lo vamos a repetir. —Y después, mirándome con una sonrisa pícara, soltó—: Tendrías que probar por ahí, Mateo. Estoy segura de que a vos te encantaría.
Sonreí y no dije nada. Si Bianca supiera que, desde mucho antes que ella, yo ya tengo ese tema más que resuelto.