Le di permiso a mi mujer y no esperé esa llamada
La cosa empezó mucho antes de aquella tarde en el cine, aunque nunca tuve el valor de decírselo en voz alta. Llevaba meses imaginando a Tamara con otro hombre, y la sola idea me arrastraba a un lugar contradictorio donde los celos hervían junto a una excitación que me costaba reconocer. Mi mujer tenía veintinueve años, una sonrisa que todavía se ruborizaba con facilidad y un cuerpo que solo me había conocido a mí. Quizá por eso la fantasía me obsesionaba tanto.
Aquella tarde fuimos a ver una película indie francesa, una de esas que llegan a la sala pequeña del centro y se van sin pena ni gloria. Trataba de una pareja a punto de casarse que, animados por unos amigos abiertos, decidían probar el sexo con otras personas antes de jurarse fidelidad. Era un guion mediocre, lleno de planos lentos y diálogos pretenciosos, pero el tema nos dejó callados los primeros diez minutos de regreso al coche.
—Lo hicieron muy rápido —dijo Tamara al fin, mientras encendía la radio bajito—. Entre que lo proponen y se lanzan no pasan ni dos escenas.
—La peli dura una hora y media, mi amor. Si se lo piensan demasiado, nos dormimos en la butaca.
Se rio, pero la risa duró menos de lo normal. Yo estaba pendiente de ese detalle, de cualquier grieta donde meter la pregunta que llevaba semanas dándome vueltas en la cabeza.
—Podríamos probar algo así alguna vez —soltó ella, sin mirarme, fingiendo concentrarse en la luz roja del semáforo.
Sentí el estómago caer dos pisos. Solté una risa nerviosa que no me reconocí y respondí lo único que se me ocurrió.
—No, qué va. Tú no te animas a tanto.
—¿Que no me animo? Ponme a prueba y verás.
Lo dijo con una calma que no era del todo broma. La luz cambió y arrancamos. Hablamos del tema durante todo el trayecto, mitad en chiste, mitad en serio. Cuando llegamos al departamento, follamos como no lo hacíamos desde el viaje de aniversario. Yo cerré los ojos e imaginé que ella estaba con otro hombre, alguien sin rostro pero con manos enormes. Más tarde, en la oscuridad del cuarto, ella me confesó al oído que también había imaginado lo mismo.
***
Pasaron tres o cuatro días con la libido por las nubes y la fantasía aún más alta. Yo esperaba que ella retomara el tema, que abriera la puerta de nuevo, pero Tamara no decía nada. Volvía del estudio, hablaba de sus clientes y sus pruebas de color, y se metía en la ducha como si la conversación del cine no hubiera existido. Un viernes, mientras cenábamos pasta recalentada, decidí lanzarme yo.
—Oye, ¿qué pasó con lo del permiso para acostarnos con otros?
Levantó la vista del plato y me miró con una sonrisa apretada. Se recogió el pelo detrás de la oreja, ese gesto que hace cuando algo le interesa más de lo que quiere admitir.
—Pensé que lo habías descartado. Como no insistías, pensé que te habías rajado.
—Para nada. Es más, ya tengo cita para el próximo viernes.
Lo dije sin pensar, con un descaro que me salió de algún sitio raro. Era mentira, claro. No había ninguna cita. No tenía la más mínima idea de cómo organizar algo así.
—¡Qué rápido eres! —se rio, esta vez con ganas—. ¿Quién es la afortunada?
—Lorena, la moza del bar de la esquina. Lleva meses tirándome los tejos.
Sostuve la mentira con un detalle que sí era cierto: existía una Lorena en el bar, una chica simpática que a veces nos atendía en la barra. Tamara la había visto un par de veces. Pero entre eso y que ella estuviera loca por mí había un universo entero de distancia.
—Pues vale —dijo, y se levantó a llevar los platos al fregadero—. Lo justo es lo justo. Yo también tengo el mío.
Sentí que me ardía la nuca.
—¿Tú? ¿A quién?
—¿Te acuerdas del técnico que vino a arreglar el aire la semana pasada? Marcos, el del bigote espeso.
Lo recordaba perfectamente. Un hombre alto, fornido, de los que entran en una casa y la llenan sin querer. Tendría unos cuarenta años y una manera de mirar a Tamara que aquel día yo había decidido ignorar.
—¿En serio? ¿Crees que se va a animar?
Ella se giró desde el fregadero, secándose las manos con un trapo, y se quitó la camiseta de un tirón. Debajo no llevaba sujetador. Sus pechos, llenos y firmes, con los pezones ya endurecidos por el aire frío de la cocina, quedaron señalándome.
—Por cómo me miró aquel día, dudo mucho que diga que no.
Y supe, en ese instante, que ella ya lo había decidido todo antes que yo.
***
El viernes llegó antes de lo que yo quería y más tarde de lo que ella esperaba. Yo había barajado la idea de alquilar una habitación de hotel y emborracharme solo, para mantener la coartada, pero al final llamé a dos amigos del trabajo y los convencí de tomarnos unas cervezas. Les dije que Tamara estaba en el cumpleaños de una prima. Marcos había quedado en venir «a revisar el equipo» a las siete y media. Yo me planté en el bar a las nueve.
Pedí una jarra y miré el reloj cada diez minutos. A las once todavía nada. A las doce dejé de mirar. Mis amigos contaban anécdotas de la oficina y yo asentía con la cabeza, sin escuchar una sola palabra. El móvil pesaba en el bolsillo como una piedra. Cada vez que vibraba algún teléfono ajeno, daba un respingo.
A la una y nueve minutos vibró el mío. Un mensaje de voz. Salí del bar, me planté en la vereda y lo escuché con el aliento detenido.
—Amor, vente. Marcos acaba de irse. Fue… fue increíble.
La voz le temblaba todavía. Pedí un taxi sin despedirme de nadie y le di al conductor la dirección de casa con la garganta seca y las manos heladas.
***
Subí los tres pisos a pie porque el ascensor tardaba demasiado. La puerta del departamento estaba sin cerrar con llave, solo encajada. Empujé despacio. El aire olía a sexo. Olía a sudor, a una colonia masculina que no era la mía, a algo dulzón y caliente que no supe identificar. La luz del pasillo estaba apagada. Solo la lamparita del dormitorio dibujaba un rectángulo amarillo en el suelo.
Tamara estaba boca abajo sobre las sábanas revueltas, con un brazo colgando hacia el piso. Una pierna asomaba descubierta, todavía temblando ligeramente, como si los músculos no hubieran terminado de calmarse. Sus bragas blancas de encaje estaban tiradas a un metro de la cama. Había un preservativo usado en el suelo, otro arrugado encima de la mesilla. Dos.
Me senté en el borde del colchón y le besé el hombro. Olía a él.
—No enciendas la luz, por favor —susurró sin abrir los ojos—. ¿Cómo te fue con la chica del bar?
—Bien —mentí por última vez—. Pero prefiero saber qué pasó aquí.
Se giró despacio. Tenía el pelo pegado a la frente y el cuello manchado de rojo, justo debajo de la oreja. Una marca de mordisco que ya empezaba a oscurecerse. Empezó a hablar con la voz baja, en ese tono que pone cuando me cuenta secretos en la cama.
—Marcos llegó cuarenta minutos tarde. Le abrí en bata, ya un poco maquillada, y se quedó parado en el umbral mirándome como si no entendiera qué hacía yo así. Le pregunté si quería una copa de vino y dijo que sí. Se sentó en el sofá. Yo me senté en el sillón de enfrente. Hablamos del trabajo, del calor, de tonterías. Y entonces le pregunté por ti, le dije que esta noche no venías a dormir, que estabas con alguien.
—¿Y él?
—Levantó las cejas. Tardó unos segundos en entender. Le ofrecí otra copa y mientras se la servía me desabroché la bata y dejé caer un tirante del camisón. Le dije, así, sin más vueltas: «¿Quieres ver lo que mi marido se está perdiendo?». Y se quedó callado, mirándome los pechos como si nunca hubiera visto unos.
Yo apretaba la mandíbula. No sabía si estaba erecto o si me iba a poner a llorar.
—Se levantó del sofá y me agarró de la cintura. Con esa fuerza que tienen los hombres grandes. Me alzó en peso, como si yo no pesara nada, y me llevó hasta el dormitorio. La boca, amor… esa boca. Me besaba el cuello, los pechos, me mordía despacio y después fuerte. No sé en qué momento me quitó la bata. Cuando quise darme cuenta, estábamos los dos desnudos en la cama y él tenía la cara entre mis piernas.
Cerré los ojos. Veía cada escena como si la estuviera proyectando en la pared.
—Tenía la verga grande. Más grande que la tuya, mi amor. No me odies por decírtelo, pero me lo pediste. Era gruesa, un poco torcida hacia arriba, llena de venas que latían cuando la apretaba con la mano. Me arrodillé y se la chupé entera, despacio, como si tuviera todo el tiempo del mundo. Él me iba diciendo que parara, que se iba a venir demasiado pronto, y yo no paraba. Sus manos se me hundían en el pelo.
—¿Y después?
—Después me subió encima de él. No sé cómo terminé montada, pero cuando me di cuenta estaba clavada hasta el fondo, rebotando contra ese pecho enorme y velludo. Tenía las manos en mis caderas y me movía a su antojo, como si yo fuera un instrumento que él sabía tocar. Me vine dos veces así, una detrás de la otra, sin parar. Y él aguantó. Aguantó muchísimo. Cambió de postura tres o cuatro veces, no me acuerdo del orden. En algún momento me puso de cuatro al borde de la cama y me agarró del pelo y me preguntó al oído si me gustaba ser su puta esta noche.
—¿Qué le dijiste?
Tamara abrió los ojos y por fin me miró. Los tenía húmedos, brillantes, como si todavía estuviera dentro de aquello.
—Le dije que sí. Le dije que esta noche era suya. Soy tu mujer, mi amor, pero esta noche fui su puta durante cinco horas y me encantó. Quiero que lo sepas. Lo necesito.
El silencio en el cuarto se volvió denso, como si el aire mismo pesara. Le acaricié el pelo y le besé la frente. No supe qué responder. No había una respuesta correcta para algo así.
—¿Y luego? —pregunté, porque era lo único que sabía hacer.
—Acabamos los dos. Él me terminó encima del vientre la segunda vez. Después se quedó cinco minutos respirándome en el cuello, sin decir nada, con la mano abierta sobre mi pecho. Se vistió en silencio, me dio un beso en la boca y se fue. Te llamé enseguida, mientras todavía olía a él.
Le puse la mano en el muslo. Estaba caliente, todavía. Ella suspiró y se acomodó contra mi pecho, agotada, como si la confesión hubiera consumido la última energía que le quedaba. La sentí pequeña por primera vez en años, frágil entre mis brazos, y al mismo tiempo más libre que nunca.
—Mañana te lo cuento todo con más detalle —murmuró, ya casi dormida—. Estoy destrozada. Te amo.
Apagué la lamparita y me quedé en silencio, mirando el techo, contando los latidos. El permiso lo había dado yo. La fantasía había sido mía. Lo único que no me esperaba era llegar a casa y descubrir que ella, en realidad, lo había deseado mucho más que yo.