Mi vecino virgen y el atajo entre los matorrales
Esa mañana salí de casa con unos leggins ajustados que no dejaban nada a la imaginación. Bruno estaba en la vereda, agachado sobre su bicicleta, peleándose con la cadena que se le había zafado del piñón. Lo vi de espaldas, los hombros tensos, concentrado, y supe que el día iba a terminar como yo quería.
Cuando me acerqué, levantó la cabeza y se puso colorado. No hacía falta ser adivina para saber qué estaba recordando: la tarde en que lo dejé sin aliento con la boca, arrodillada frente a él, sacándole hasta la última gota sin piedad para probar por fin lo que ese cuerpo nuevo guardaba.
—Bruno —le dije con voz dulce, estirándome al lado suyo—, ¿me prestás la bici de don Ramiro esta tarde? La que me arregló el otro día. Tengo ganas de dar una vuelta.
—Claro, señorita Marlene —contestó, tragando saliva—. Se la dejo lista. ¿A qué hora la quiere?
—A eso de las cinco y media, seis. ¿Te parece?
Asintió sin animarse a mirarme demasiado. Antes de irme me incliné con la excusa de estirar las piernas, dándole una vista completa de mi trasero embutido en la tela transparente, con la tanga marcándose abajo. Lo vi de reojo devorarme con la mirada, sin disimulo, como un perro frente a la carnicería. Mi plan ya estaba en marcha.
***
Salí puntual, cinco y media en punto. Bruno me esperaba afuera, parado junto a la bicicleta como un soldadito, con los mismos vaqueros ajustados de la mañana. Me subí, hice como que arrancaba y me frené.
—¿No me acompañás? —le dije—. Ya está oscureciendo y me da cosa ir sola por el descampado.
—Tengo que avisarle a mi mamá —respondió.
—No hay problema, yo le pido permiso. Dale, vamos.
Él todavía no sabía que ese paseo no iba a ser como los demás. Desde aquella tarde en que lo deslechté hasta dejarlo temblando contra la pared, no había dejado de fantasear con llevarlo más lejos. Me acordaba perfecto de cómo lo había descubierto espiándonos a mí y a don Ramiro, meses atrás, jadeando detrás de un arbusto mientras su amigo me partía el culo a embestidas. Ahora le tocaba a él vivirlo en carne propia.
***
Llegamos hasta su casa y Bruno gritó hacia adentro:
—¡Mamá! ¿Puedo ir con la vecina a dar una vuelta en bici?
Doña Beatriz se asomó por la puerta de la cocina, con el delantal manchado de harina y oliendo a pan recién horneado. Apenas levantó la vista.
—La señorita Marlene dice que la acompañe, que le da miedo ir sola —agregó él, con la voz quebrándosele un poco—. Es la misma ruta que me enseñó don Ramiro.
—Solo no te alejes mucho, mijo. Y andá con cuidado —contestó ella, secándose las manos en el trapo. Después me clavó una mirada de advertencia—. Y vos, tráemelo sano y salvo, ¿eh?
Le sonreí con toda la inocencia que pude fingir.
—Por supuesto, doña Beatriz. En un par de horitas se lo devuelvo enterito.
Si supiera lo que estaba imaginando mientras se lo prometía.
***
El camino al descampado lo conocía de memoria. Matorrales espinosos, árboles retorcidos, la sombra cada vez más espesa y el aire oliendo a tierra húmeda y pasto seco. Era el mismo lugar donde meses atrás me había arrodillado frente a don Ramiro, donde sus gemidos ahogados se mezclaban con el crujir de las hojas bajo mis rodillas.
Bruno pedaleaba detrás de mí. Sabía que iba mirándome el culo moverse sobre el asiento, las nalgas tensándose bajo los leggins en cada pedaleada, la tanga marcándose. Lo imaginaba hipnotizado, recordando cómo se sacudía ese mismo trasero cuando su amigo lo abría de par en par.
—Por acá —le dije, señalando un sendero estrecho que se metía entre los arbustos.
Obedeció, empujando la bici entre las ramas, el pecho subiendo y bajando por el esfuerzo. Cuando llegamos al claro, todo estaba igual que en mi memoria: las hojas secas, el olor a musgo y a algo más, algo que ya no era el bosque sino mi propia excitación contenida.
—Bajemos acá —dije, apoyando la bicicleta contra un arbusto.
Bruno se bajó también. Y apenas soltó su bici, me le fui encima.
—¿Qué…? —balbuceó, pero las palabras se le atascaron en la garganta cuando me arrodillé frente a él y empecé a desabrocharle el pantalón.
—No te muevas —le ordené, tirando del cierre con una lentitud deliberada. El metal sonó nítido en el silencio del claro, mezclándose con su respiración entrecortada—. Dejame ver lo que es mío.
El pantalón cayó a sus tobillos, los calzoncillos detrás. Su verga saltó libre, dura como una barra, la punta brillante y las venas marcadas bajo la piel tirante. La tomé con una mano, sintiendo el peso y el calor latiendo contra mi palma. Con la otra le acuné los huevos, sintiendo cómo se le encogían bajo mis dedos.
—Dios… —jadeó él, las rodillas temblando—. ¿Qué hacés?
No le contesté. Saqué la lengua y lamí la gota perlada de la punta, saboreando ese amargor salado.
—Callate y disfrutá —murmuré.
Abrí los labios y me lo metí entero, sintiendo cómo se hinchaba todavía más adentro de mi boca. Bruno gimió, los dedos enredándose en mi pelo mientras yo me lo hundía hasta el fondo, relajando la garganta para recibirlo. La saliva resbalaba por toda su longitud y me dejaba deslizarme con facilidad, los labios rozándole la base en cada movimiento.
—Mierda… —maldecía entre dientes, las caderas empujando solas, sin control, como si quisiera cogerme la boca—. Así no aguanto…
Me lo saqué con un sonido húmedo, un hilo de baba colgando entre mis labios y su punta enrojecida.
—No tenés que aguantar, querido —dije, incorporándome despacio, rozando todo mi cuerpo contra el suyo—. Pero hoy no te vas a venir en mi boca.
—¿Y entonces qué pretende, señorita? —preguntó, todavía agitado.
Por toda respuesta, bajé las manos a mis leggins y me los corrí hasta las rodillas. Hice la tanga a un lado de un tirón y el aire fresco me acarició el sexo depilado.
***
Me di vuelta, apoyé una mano en la bicicleta y arqueé la espalda, ofreciéndole el culo redondo y firme.
—Mirá —le dije por encima del hombro—. ¿Te acordás de don Ramiro, de lo que viste aquella vez? Mirá bien lo que va a ser tuyo.
Bruno tragó saliva, los ojos clavados en mi entrada apretada, ese huequito que se contraía solo entre mis nalgas.
—Yo… yo nunca… —confesó, la voz temblándole.
—Por eso estoy acá —dije, llevando una mano atrás para abrirme los cachetes y exponerle todo—. Para enseñarte.
Me incliné un poco más, apoyé la frente contra el asiento de la bici y con la otra mano guie su verga hacia mí. El primer contacto lo hizo estremecerse de la cabeza a los pies.
—Despacio —le advertí—. Muy despacio.
Obedeció, empujando con cuidado. La resistencia fue inmediata, mi cuerpo cerrándose por instinto, pero respiré hondo y me obligué a aflojar. Y ahí estaba: ese hombre virgen entrando por primera vez, el glande ancho abriéndome de a poco. Me recorrió un dolor agudo y delicioso, mezclado con una oleada de placer al sentir cómo su inocencia se rendía contra mi resistencia.
—¡Ahí! ¡Sí! —gemí—. Así, Bruno… así.
Empujó otro poco y esta vez el glande pasó el anillo, hundiéndose entero. Los dos jadeábamos al mismo tiempo. Sentía cómo me estiraba para ajustarse a su tamaño, cada centímetro abriéndose paso. Él tenía los ojos desorbitados, las manos agarrándome las caderas con fuerza.
—Dios mío… —murmuró—. Está… está tan apretado…
—Y va a estar más apretado todavía cuando te muevas más rápido —le prometí.
Empecé a retroceder, empujando el culo contra él, obligándolo a entrar más hondo. Bruno gruñó, los músculos de los brazos tensándose mientras trataba de seguirme el ritmo. Cada embestida era dolor y éxtasis a la vez: yo sentía cómo me iba adaptando, cómo la quemazón del principio se convertía en un placer ardiente que me subía por toda la espalda.
—¡Más fuerte! —le exigí, dándole una palmada al asiento de la bicicleta—. ¡Dale, no te frenes!
Eso fue todo lo que necesitó. Con un gruñido casi animal me agarró de las caderas y empezó a embestir con furia, hundiéndose hasta el fondo en cada movimiento. El sonido de sus huevos golpeando contra mí llenó el claro entero: piel contra piel, jadeos ahogados, gemidos que ninguno de los dos podía contener.
—¡Sí! ¡Así! ¡Rompeme, Bruno! —grité, sintiendo que su orgasmo ya venía, las paredes de mi cuerpo apretándose alrededor de su verga—. ¡Vení adentro! ¡Llename!
Bruno ya no pensaba. Solo sentía: el calor asfixiante apretándolo, el sudor resbalándole por la frente, las bolas tensándose. El placer se le acumulaba en la base de la espalda como un relámpago a punto de soltarse.
—¡Me vengo! ¡Me vengo adentro! —avisó con la voz rota.
—¡Adentro! ¡Todo adentro! —le grité, empujándome contra él una última vez.
Y entonces explotó. Su verga palpitó violenta, vaciándose en chorros espesos, llenándome hasta rebosar. Sentí cada espasmo, cada latido mientras se descargaba. Con un gemido largo y tembloroso me derrumbé sobre la bicicleta y caí a la tierra jadeando, y él cayó sobre mi espalda, todavía adentro, su aliento caliente contra mi nuca.
—Qué rico… —murmuró, los labios rozándome la piel sudada.
Le sonreí y moví apenas el culo para que saliera, sintiendo cómo su semen me chorreaba por los muslos.
—Ahora ya no sos virgen, Bruno —le susurré, girando la cabeza para mirarlo, los ojos brillándome de lujuria.
Se quejó de que le ardía, me preguntó si era normal. A mí también me ardía por dentro, pero era ese dolor rico que una busca. Nos limpiamos como pudimos y volvimos a la casa. Lo dejé en la puerta y le avisé a doña Beatriz:
—Acá está Bruno, sano y salvo, completito.
Bueno, solo le falta limpiarse la última gota.
—Pero qué barbaridad —dijo ella mirándole los vaqueros—, ¿qué te pasó que traés todo sucio?
—Se cayó doña Rosaura y la fuimos a ayudar —mentí sin pestañear—. Pero Bruno me cuidó bien, mire qué contenta vengo.
Me despedí riéndome por dentro. Si doña Beatriz supiera que su hijo ya no iba a ser el mismo de antes, que esa tarde me había comido su virginidad entre los matorrales, me mataba ahí mismo. Pero ese secreto era solo mío. Y algo me decía que Bruno, de ahora en adelante, iba a buscar muchas excusas para prestarme la bicicleta.