Mi amiga me enseñó a perder el miedo al sexo anal
Para los que vienen leyendo lo que cuento, sé que muchos tienen curiosidad por saber cómo fue mi primera vez por atrás. Hoy no es el día de esa historia, esa la dejo para más adelante. Lo que sí quiero contarles es cómo Renata, una chica de veintitrés años que cursaba conmigo en la facultad, terminó siendo la persona que me sacó el miedo de encima.
Renata estaba dos años atrasada respecto al resto. Había dejado la carrera, había vuelto, y por eso le sacaba unos cuantos años a casi todas. Era preciosa: morocha, alta, de rasgos andinos, con unos labios gruesos y unas piernas que parecían no terminar nunca. Una belleza exótica que, encima, arrastraba una fama horrible. La llamaban «la fácil» con una crueldad que en su momento no me molesté en cuestionar.
Una tarde estaba con mi novio en mi cuarto. Llevábamos dos años juntos, ya habíamos perdido la virginidad el uno con el otro y nos llevábamos demasiado bien. Lo nuestro no parecía una relación de gente de diecinueve años: había una madurez que nos permitía hablar de cualquier cosa sin celos ni incomodidad.
Esa tarde nos pusimos a hablar de fantasías. Sin filtro, qué cosas nos gustaría probar. Arranqué yo. Le confesé que me calentaba la idea de hacerlo al aire libre, bajo la luna, y también en algún lugar público donde pudieran descubrirnos. Solo de imaginarlo se me aceleraba el pulso.
Le tocó a él. Me habló de mis pies, de que le encantaría que se la acariciara con ellos, que me pintara las uñas de un esmalte oscuro. Cosas que, en el fondo, no estaban tan lejos de lo que ya hacíamos. Y ahí sospeché que me estaba escondiendo algo.
—¿Esas son todas tus fantasías? —insistí.
—…Sí.
—¿Seguro? Me parece que hay algo que no me querés decir.
—Bueno, sí. Hay otra cosa. Pero es medio zarpada.
—¿Y no pensabas contarme?
—¿No te vas a enojar?
—No. Por eso te pregunto.
Se quedó callado un segundo, como midiendo el terreno.
—Una de mis fantasías es hacértelo anal. Cuando cogemos en cuatro te miro y me da una calentura tremenda. Además no habría que preocuparse por nada.
—Eso es una ventaja —me reí, nerviosa—. Igual con la verga que tenés me vas a partir al medio.
No era un chiste del todo. Él, dentro de lo normal, la tenía bastante más gruesa que el promedio, y yo tenía pánico de que me lastimara. Pánico, y un poco de vergüenza de mancharlo o mancharme.
—Lo haríamos con cuidado —dijo—. Igual, Damián me contó que lo hizo con Renata y que a ella le encantaba.
—¿Renata? ¿La que dicen que se acuesta con cualquiera?
—La misma. ¿No me digas que te dan celos?
—Para nada. Me da curiosidad por qué él da por hecho que, porque a ella le guste, me va a gustar a mí.
—Era un comentario nomás. Tranquila, ella no me interesa.
La verdad es que sí me dieron celos. Imaginar que mi novio la había pensado de esa forma me incomodó. Pero era un problema mío, y lo tenía que resolver yo sola.
***
El asunto es que Renata se me quedó dando vueltas en la cabeza. Quería hablarle, conocerla, entender por qué cargaba con esa fama sin que pareciera importarle. Lo único que compartíamos era la clase de educación física, así que ese era mi único terreno para acercarme.
La semana siguiente me la crucé a propósito y salió pésimo. La empujé sin querer queriendo y casi la hago caer.
—¿Qué hacés, boluda? Me podías haber lastimado.
—Perdoná, no te vi. Fue sin querer.
—Tené más cuidado la próxima.
Había salido mal, pero me había dado una oportunidad de oro: la de compensarla. Le compré una gaseosa y algo para comer, y a la salida de la clase siguiente se lo regalé.
—Hola, Renata. Te quería pedir disculpas por lo del otro día. No fue mi intención.
Abrió los ojos, sorprendida por el gesto.
—Eh… gracias. No hacía falta.
—Me quedé mal de verdad.
—No tengo nada que hacer hasta dentro de una hora. ¿Querés que la tomemos juntas?
—¿No te molesta?
—Para nada.
—Me encantaría, entonces.
Estuvimos hablando como dos horas. Nos perdimos la clase que seguía y no nos importó. Salimos de ahí prácticamente amigas. La agregué a todas mis redes y, de a poco, lo nuestro se convirtió en una amistad de verdad.
***
Al tiempo, en mi casa, junté coraje y le pregunté por su fama. Me parecía increíble que una mujer tan inteligente la soportara con esa calma.
—Es un poco cierto y un poco mala leche —me dijo—. Cuando me separé de mi ex, él empezó a esparcir rumores y hasta publicó fotos íntimas que yo me había sacado para él. Como se las di yo y soy mayor de edad, nadie pudo hacer nada. Me destrozó. Después, sí, tuve sexo con varias personas, todas adultas, todo consensuado. ¿Por qué me va a importar lo que diga gente que ni me conoce?
—Claro. Nada.
—Exacto. Y te aclaro dos cosas. Yo no uso palabras que castiguen el sexo que una mujer decide tener. Y ese ex no solo arruinó mi reputación: abusó de mí. Para mí coger también es recuperar el control de mi propio cuerpo.
—Perdoná, no sabía.
—No tenés por qué pedir disculpas ni por qué saber. Ahora contame, ¿qué se dice de mí por ahí?
—Que te acostás con los profesores por la nota. Que le hiciste sexo oral a Nacho en el baño. Que estás con chicas. Y que hiciste un trío con dos tipos.
—¿Y vos creés todo eso?
—No sé. Es lo que se dice.
—Con los profesores, jamás. Si fuera así no estaría atrasada, ¿no te parece? Lo de Nacho es un idiota que no se aguantó las ganas de hacerse el canchero con los amigos. Con una chica me besé en una fiesta, con Camila, ¿es para tanto? Lo del trío es verdad. Y me encantó. ¿Algún problema?
—No. Para nada.
Me sentí incómoda, pero no por ella. Por mí. No tenía ningún derecho a haberla juzgado como lo había hecho, sobre todo porque yo también quería probar el anal, y yo también me calentaba viendo videos de mujeres con dos hombres. Sin darme cuenta, se me llenaron los ojos de lágrimas.
—¿Qué te pasa, Juli? —me preguntó, usando el apodo que ya me había puesto.
—Me siento mal por haberte juzgado. No te lo merecías.
—No te preocupes. Sos chica todavía, te falta calle. Los tipos se creen dueños de contar tus cosas como si fueran propias.
Esa tarde nos abrazamos. Me contó de sus experiencias, pero en plan hermana mayor, para que yo no tropezara con las mismas piedras. Me quedé movida por días.
***
Pasó el tiempo, nos seguimos juntando, hasta que una tarde llegó el momento que yo venía buscando.
—Lu, te quiero preguntar algo íntimo. ¿Puedo?
—Obvio. Somos amigas. Al menos yo te considero amiga.
—Yo a vos también.
Nos dimos un abrazo.
—¿Qué me querías preguntar?
—Mi novio me dijo que le gustaría probar el sexo anal. Y como sos la única persona que conozco que lo hizo, te quería preguntar a vos.
—Ajá. Sí, lo hice varias veces. ¿Pero cuál es la pregunta concreta?
—Quiero saber cómo hacerlo y, sobre todo, cómo disfrutarlo.
—Bueno, empecemos. ¿Confiás en tu novio?
—Con toda el alma. Siempre me respetó, nunca anduvo contando lo nuestro, mi familia lo adora y la de él me adora a mí.
—Entonces ya tenés el primer paso, que es el más importante: la confianza en la persona que tenés al lado.
—Me quedo más tranquila.
—El anal puede ser catastrófico o puede ser lo mejor que te pase. Con mi ex terminé en una guardia. Con otro tuve orgasmos. La diferencia está en cómo se hace.
—¿Y cuál es la diferencia? ¿Me la explicás en detalle?
—Tomá nota. El ano es un músculo que se dilata, pero no lubrica solo. Si no le das tiempo a abrirse y no lo lubricás bien, te ganás fisuras, desgarros, dolor del feo. Ahora, si lo dilatás despacio y con paciencia, puede ser algo increíble.
—¿Y cómo empiezo?
—Primero, una charla con tu novio. Los sí, los no, cuándo parar, cuándo seguir. Tenés que estar segura al cien por ciento de que va a frenar en el segundo en que vos digas basta.
—De eso estoy segura.
—Después, lubricante. Mucho. De buena calidad. Y nada de tenerle asco a tu propio cuerpo: estás teniendo sexo por un lugar que es lo que es. Lo único que podés hacer es comer liviano ese día y tomar agua. Lo demás es parte del juego. No estás filmando una película porno.
—Es que me da vergüenza.
—La vergüenza también es parte del sexo. Estás desnuda con otra persona, transpirada, con olores, con todo. Superalo. Nadie es perfecto en una cama.
—Nunca nadie me habló con tanta franqueza.
—Quedate tranquila, Juli. Estoy para ayudarte.
—¿Y cómo sigo?
—No te voy a dar consejos de posiciones, eso lo descubrís vos. Te voy a explicar cómo preparar el cuerpo. Lo primero lo podés hacer vos o tu novio: lubricarse un dedo y penetrarte de a poco. Vas a sentir presión, pero te acostumbrás rápido. Después de unos minutos, cambiás a un dedo más grueso. Y así.
—¿Y después?
—Vas subiendo el tamaño lentamente, sin apuro. Dos dedos, vos o él. Si te duele de verdad, parás y seguís otro día. No pasa nada. Nunca estás lista del todo, y eso está bien.
—¿Y cómo sé si estoy lista?
—Aprendiendo a leer tu cuerpo. El ardor suele ser una lastimadura: ahí frenás. El dolor seco es el músculo demasiado tenso: relajás y respirás. La incomodidad es normal y se va con la práctica.
—¿Y cuando llega ese momento?
—Ahí te penetra, muy despacio, solo la punta primero, con muchísimo lubricante. Y se queda quieto para que te acostumbres. Las primeras veces va a costar, pero no tenés que sentir dolor. Incomodidad, sí. Dolor, no.
—¿Y se goza de verdad?
—Con práctica, sí. El ano está lleno de terminaciones nerviosas. Yo tuve orgasmos solo con eso. Pero también terminé sangrando en una camilla. El anal abarca, para mí, desde lo peor hasta lo mejor que viví. Si tu novio lo hace bien, y vos le explicás cómo y cuándo, te aseguro que la relación entre ustedes va a crecer.
—Me encantaría que pase eso. Confío en él.
—Me alegra escucharte así. Ojalá salga todo bien. Y contame cuando pase, ¿eh? —se rió—. Quiero saber si te entrené bien.
—Obvio. Vas a ser la primera en enterarte.
***
Pasó el tiempo. Tuvimos nuestra primera vez por atrás y fue maravillosa, tal cual ella me había anticipado: despacio, con confianza, sin dolor. Se lo conté a Renata con lujo de detalle, pero esa también es otra historia que voy a guardar para más adelante.
Por ahora les cuento que, al año, Renata se fue de mochilera y ahora vive en el norte. Nos escribimos cada tanto y la extraño un montón. Es la hermana mayor que nunca tuve, la que me enseñó que el miedo, casi siempre, viene de no animarse a preguntar.
Si tienen ganas, en otro momento les cuento las propias historias de ella, las buenas y las difíciles, porque hay una en particular —la de aquel trío que tanto la marcó— que es de las cosas más excitantes que escuché en mi vida. Espero que les haya gustado. No se olviden de dejar su comentario.