La mañana que el esposo de mi amiga se quedó solo conmigo
Después del apuro furtivo en el agua, algo se torció dentro de mi cabeza y ya no hubo manera de enderezarlo. Esa misma noche mi novio Diego me cogió como hacía meses no me cogía, y yo lo dejé hacer cualquier cosa, porque cada vez que cerraba los ojos no era a él a quien veía. Le pedí que me la pusiera en la cara, que me la metiera por atrás, que me apretara las tetas hasta hacerme doler.
Diego creyó que esa noche estaba inspirada por él. Yo le seguí la corriente, pero todo el tiempo pensaba en Mateo, en su boca, en lo que me había hecho entre las plantas mientras los demás dormían la siesta.
Al día siguiente no podía concentrarme en nada. Cada vez que él y yo nos cruzábamos en la cocina o en el pasillo encontrábamos la forma de rozarnos. Un brazo contra un brazo, un beso de saludo que duraba un segundo de más, una mirada larga por encima del vaso de vino mientras los demás hablaban de cualquier cosa. Cosas chicas, imperceptibles para el resto, pero cada una me prendía un fósforo nuevo por dentro.
Al tercer día de la casa alquilada, la oportunidad apareció sola. Camila, mi mejor amiga, andaba con ganas de hacer la excursión al Mirador, una caminata larga hasta una cascada que a mí me daba pereza. Diego, siempre dispuesto, dijo que la llevaba. Y entonces Mateo, con esa calma que tiene él para mentir, comentó que prefería quedarse, que iba a aprovechar la mañana para preparar el asado, así cuando volvieran ya estaba todo listo y nos podíamos tirar a la piscina sin pensar en cocinar.
Nadie sospechó nada. Camila le dio un beso a Mateo en la mejilla y le agradeció. Diego me besó la frente y me prometió que volvían para el mediodía. La excursión más el viaje sumaban casi tres horas. Tres horas enteras de casa solo para nosotros.
Apenas escuché el motor de la camioneta perderse en el camino de tierra, fui a la habitación y me puse la bikini más diminuta que había llevado: dos triángulos de tela atados con hilos. Atrás era una tanga que se metía entre las nalgas y se perdía. Adelante apenas alcanzaba a cubrir lo justo. Me miré en el espejo y me sentí descarada. Eso era exactamente lo que quería sentir.
Salí al jardín y me tiré en la reposera junto a la piscina. No hizo falta hablarlo. Yo sabía que él iba a salir, y él sabía que yo lo estaba esperando.
Tardó diez minutos. Diez minutos que se me hicieron un siglo. Cuando lo vi aparecer en la galería, descalzo, con el short de baño y sin camiseta, sentí que el corazón se me iba a salir del pecho. Caminaba lento, mirándome desde lejos, y yo abrí apenas las piernas en la reposera, como sin querer, para que sus ojos cayeran donde tenían que caer.
—¿Te gusta lo que ves? —le pregunté cuando llegó al borde de la reposera.
—Nunca te había visto con esa bikini —me contestó, y la voz le salió ronca.
Me paré despacio, di una vuelta entera y volví a mirarlo. El bulto en el short lo delató antes de que abriera la boca otra vez.
—Me vuelves loco, Sole —murmuró.
Se arrodilló frente a la reposera, me agarró las caderas y me hizo subir un poco la pelvis. Movió el hilo de la tanga hacia un costado, sin apuro, como si tuviera todo el tiempo del mundo, y hundió la cara entre mis piernas. Empezó a besarme y a lamerme sin decir una palabra. La lengua me recorría entera, jugaba con el clítoris, bajaba hasta el ano, presionaba ahí con la punta como pidiendo permiso.
—Lámeme toda, Mateo —gemía—. Hazme acabar así.
Él me chupaba como un perro hambriento mientras con una mano se sacaba el short. Cuando levanté la cabeza ya estaba desnudo, con la verga durísima apuntando hacia arriba.
—Eres una puerca, Sole —me dijo entre lamida y lamida—. ¿Cuál es la cosa más sucia que hiciste en tu vida? Cuéntamela mientras te chupo entera.
Cerré los ojos. Le apreté la cabeza contra mí. Le contesté lo único verdadero que se me cruzó en ese momento.
—Cogerme al esposo de mi mejor amiga. Mientras mi novio sigue sin enterarse de nada.
Lo dije sintiendo cómo la lengua de él me hurgaba el culo y sus dedos me apretaban los pezones por encima de la tela. Y exploté en el primer orgasmo de la mañana, uno corto y eléctrico que me hizo encogerme entera contra su boca.
***
Mateo se incorporó, me dio vuelta sobre la reposera y me besó en la boca con una fuerza que no le había sentido antes. Su lengua todavía tenía el gusto a mí. Yo le agarré la verga con las dos manos y empecé a masturbarlo, despacio primero, después rápido, sintiendo cada vena, cada pulsación. Él me amasaba el culo y me metía un dedo, después dos, después tres. Yo le mordía el labio inferior y le susurraba groserías al oído.
Me sentía la mujer más sucia del mundo, y eso me prendía más fuego.
Me bajé de la reposera, me arrodillé en el pasto y le puse la cara contra la verga. La olí entera antes de meterla en la boca. Me la pasé por las mejillas, por la nariz, por los labios, embarrándome con su líquido. Ese olor a hombre, a verga caliente, me volvía loca.
—¿Tenías ganas de chupármela, Sole? —preguntó con la voz quebrada—. Chúpala toda, no te guardes nada.
Y yo chupé, lamí, olí, lo bombeé con la mano libre, desesperada. Cuando lo sentí tensarse, cuando supe que estaba a punto de acabar, intentó sacármela de la boca. No lo dejé. Le agarré las nalgas, le hundí la verga hasta donde pude y apreté los labios. Sentí los chorros calientes golpearme la garganta uno tras otro, espesos, abundantes. Tragué casi todo. Dejé que los últimos espasmos cayeran sobre mis labios y los lamí como si fueran miel.
Cuando lo miré desde abajo, con la cara todavía manchada, él tenía los ojos vidriosos y la respiración rota.
—No quiero parar —le dije.
—No vamos a parar —me contestó.
***
Me agarró de la mano y me llevó adentro. El sillón del living era largo y bajo. Me empujó hasta acostarme boca arriba, me sacó la bikini de un tirón y me abrió las piernas. Yo le subí los pies a los hombros para que pudiera entrar bien profundo. La verga, que se le había bajado apenas, se le volvió a poner durísima en cuestión de segundos. Cuando me la metió de una sola estocada me arqueé entera.
—Cógeme, Mateo —le pedí en un jadeo—. Cógeme fuerte, como puta.
Él obedeció. Empezó a embestirme con un ritmo brutal, las manos clavadas en mis muslos, la mandíbula apretada. El sillón crujía. Mis gemidos llenaban el living. El aire empezó a oler a nosotros dos. Por momentos se quedaba dentro y se movía en círculos, frotándome el clítoris con la base de la verga, y yo perdía la noción de todo.
Bajé las piernas y le rodeé la cintura. Le clavé los talones en las nalgas para que entrara todavía más adentro. Él me besaba la boca, me mordía el cuello, me chupaba los pezones uno y otro, alternando, dejándome la piel mojada de saliva. Me apreté contra él, lo agarré con las dos manos y tuve un segundo orgasmo, largo y profundo, de esos que duelen un poco.
Mateo quería seguir. Tenía la verga todavía dura y los ojos de animal. Pero yo le puse una mano en el pecho y le susurré algo que llevaba pensando desde el día anterior.
—Quiero que me hagas el culo —le dije—. Quiero que el esposo de Camila se coja a la novia de su mejor amigo por atrás.
—Eres una porquería, Sole —dijo, y se rió bajito, sin alegría.
Me di vuelta sobre el sillón, las rodillas hundidas en el almohadón, la cara apoyada en el respaldo. Empinada, abierta, ofrecida. Mateo se arrodilló detrás. Me volvió a lamer entera, esta vez sin pudor, y después fue metiendo los dedos. Uno, dos, tres, hasta los nudillos. Yo ya estaba lista hacía rato, pero lo dejé hacer porque me gustaba sentirlo prepararme con ese cuidado torcido.
—Qué abierto lo tienes, Sole —me dijo, y la voz le tembló—. Me calienta.
Cuando finalmente me metió la verga, lo hizo de una sola vez, hasta que sus bolas chocaron contra mi coño. No me dio tregua. Empezó a embestirme con todo el peso del cuerpo, golpeándome la pelvis contra las nalgas, agarrándome las caderas para tenerme firme. Yo no podía hablar. Ni gemir bien. Solo emitía sonidos animales, entrecortados, que se mezclaban con los suyos.
—¿Te gusta así, Sole? ¿Te gusta que te lo meta hasta el fondo? Ábrelo, ábrelo más.
—Sí, dale, toda, métemela toda, cógeme bien el culo —le respondía como podía, con la cara aplastada contra el respaldo y un hilo de saliva cayéndome por la comisura.
Mientras él me embestía por atrás, yo me tocaba el clítoris con dos dedos y fantaseaba con que Diego estuviera ahí, mirando, con la verga afuera, obligándome a chupársela mientras su amigo me destrozaba por detrás. Era una fantasía sucia, retorcida, y me hizo apretar las nalgas y los muslos hasta que sentí a Mateo dar un último envión y vaciarse dentro de mí con un gemido largo que le salió desde el fondo del pecho.
Acabé al mismo tiempo. Un orgasmo seco, fuerte, que me dejó temblando varios segundos. Sentí los espasmos de su verga vaciarse dentro de mi culo y me olí los dedos manchados de mí misma como un animal contento.
Cuando Mateo se desplomó sobre mi espalda, exhausto, y su verga empezó a achicarse y a salirse sola, alcanzó a poner la mano debajo para atajar todo lo que empezó a chorrear. Tuvo el reflejo justo a tiempo. Si no, el sillón habría quedado para tirar.
***
Quería quedarme ahí, derretida contra él, pero no había tiempo. Antes de ir al baño le pasé la lengua por la palma de la mano, le chupé los restos de su propio semen sin sacarle los ojos de encima, y después me metí dos dedos en el coño todavía húmedo y se los puse en la boca para que los lamiera él.
—Me voy a bañar —le dije—. Te dejo este sabor de regalo.
Salí al trote hacia el baño, todavía riéndome de lo perra que me sentía. Mateo se metió en el otro baño y, cuando volví al jardín con otra bikini más normal, él ya estaba prendiendo el fuego de la parrilla. Como si nada. Como si no se hubiera vaciado dos veces dentro de mí en menos de una hora.
Diego y Camila llegaron cuando el chorizo ya empezaba a dorarse. Camila contó el paseo entero, foto por foto, encantada. Diego me dio un beso en la sien y me preguntó si me había aburrido sola. Le dije que había leído un rato y me había metido en la piscina. Mateo movía las brasas en silencio, sin mirarme, pero cada tanto me rozaba la mano cuando me pasaba un plato.
Nadie sospechó nada. Esa fue la primera vez que me acosté con él. No fue la última. Y nunca, ni una sola vez, voy a llamar a lo que hacíamos hacer el amor. Cogíamos. Cogíamos como dos amigos traicioneros que se sabían sucios por dentro, y eso, justamente eso, era lo que más me prendía fuego cada vez que nos encontrábamos a solas.