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Relatos Ardientes

El vagabundo del barrio me quitó la virginidad

Después de todas las travesuras que he ido contando por aquí, vuelvo con otra experiencia real, una de esas que no busco pero que de algún modo termino provocando yo misma. Esta en particular fue la que me hizo sentirme mujer al cien por ciento, lo que de verdad quiero y necesito siempre. No sé si soy ninfómana o qué, pero cuando la calentura me agarra, no hay cabeza que la frene.

Ya me conocen. Soy un chico afeminado de veintidós años, aunque mi cuerpo parece y casi es el de una mujer. Las nalgas redondas y gruesas, las piernas y caderas anchas me delatan. Me depilo entera, la piel suave como la de cualquier nena. Cuando me arreglo, nadie diría lo que tengo entre las piernas.

Cerca de mi casa, como ya he contado otras veces, hay una escuela y unas bodegas viejas. Es una colonia chica, tranquila, pero del otro lado de las vías hay un montón de construcciones a medias y casas abandonadas. Con el tiempo varias terminaron ocupadas por gente sin hogar, vagabundos, algunos drogadictos. Es la zona por la que una procura no caminar de noche.

Una madrugada, saliendo del trabajo —salgo a las once—, volví a casa justo por ese lado. Iba con cuidado, intentando no pasar cerca de las casas ocupadas, sin imaginar que terminaría dentro de una de ellas, en el cuarto de arriba de un caserón de dos pisos. Total, pasé, y de hecho vi a dos hombres afuera. No sé qué hacían. Uno fumaba. Apreté el paso para que no me notaran.

No funcionó. Uno me habló. Y como siempre pasa con esa gente, me pidió un apoyo, unas monedas para comer. Le dije que dinero no, pero que prefería traerle algo de cenar. Para mi sorpresa aceptó. Me indicó dónde se quedaba. Le dije que vivía cerca, que en una hora volvía. Quedamos así.

Camino a casa, el morbo empezó a trabajar solo. Mi mente se llenó de imágenes calientes, fantasiosas, de esas que una sabe que no debería tener. La calle estaba vacía, apenas el zumbido de un poste de luz y mis propios pasos, y aun así caminaba apretando los muslos. Hacía poco había visto un video en internet donde una chica trans se metía con un vagabundo de verdad mientras una amiga grababa. Esa escena se me quedó pegada, la había repetido más veces de las que admitiría. ¿Y si me animo? ¿Y si voy y coqueteo con ese par de hombres en su casa deshabitada?

La idea me asustaba y me prendía en partes iguales. Una cosa era fantasear bajo las sábanas y otra muy distinta cruzar las vías de madrugada, vestida de zorra, hacia un lugar donde nadie sabría que estuve. Y justo eso, lo prohibido, lo sucio, lo peligroso, era lo que me tenía mojada antes siquiera de llegar a la puerta de mi casa.

Llegué, me metí a bañar con la cabeza dándole vueltas a la idea. Me empecé a tocar imaginando cómo sería. La calentura me sobrepasaba, y ahí decidí arriesgarme. Salí de la ducha, fui a la cocina y preparé unos cuantos sándwiches para los señores. Después empecé a transformarme en nena.

***

Saqué mi lencería más sexy. Me unté aceite por todo el cuerpo y luego crema con olor a fresas, toda una mujercita lista para complacer. Elegí una tanga de hilo negra que acababa de comprar, con abertura atrás, ligueros y medias del mismo color, todo de encaje. Me puse una falda de mezclilla cortísima que apenas tapaba mis nalgas y una blusa normal. Encima, para salir disimulada, me eché un pantalón, una sudadera negra y mis tenis Converse. Metí los sándwiches en la mochila y salí.

Iban a ser las doce y media de la noche. En un pasadizo a oscuras me quité el pantalón y quedé solo en faldita, sudadera y tenis. Me miré y me sorprendí de mí misma. Me veía provocadora, putita. Las medias y la liga del liguero se notaban a cada paso, y la falda se me subía dejando las nalgas y las piernas al aire. Sinceramente me veía bonita.

Llegué a una cuadra del lugar donde había visto al hombre. Caminé unos pasos y, con voz suave y temerosa, solté un:

—Buenas noches.

Nadie respondió. Me acerqué un poco más y repetí. Entonces salió un hombre, pero no era el mismo de antes.

—¿No está el otro señor? —pregunté, medio asustada—. Le traía algo de comer, se lo había prometido.

—Fue por cigarros, ahorita vuelve —me dijo—. Pásale.

Me quedé charlando con él. Me preguntó mi nombre, mi edad. Yo le devolví las preguntas. Se llamaba Rómulo y tenía cuarenta y nueve. No me quitaba la vista de las piernas, y con cada paso que daba la falda se me subía un poco más. Empezó a decirme cosas cada vez más subidas de tono, y yo respondía con una sonrisa tímida.

—Yo me quedo arriba —comentó—, en el cuarto de la azotea.

Sin pensarlo, o eso creo, le pregunté si me invitaba a subir. Él, sin dudar, me dijo que pasara, que subiéramos por la escalera. En ese momento sentí la adrenalina al mil por ciento. Podía caminar delante de él y mostrarle todo sin pudor. Estaba decidida a lo que pasara. Entramos a la casa, que olía horrible, todo hay que decirlo.

***

Empecé a subir las escaleras sin importarme ya que la falda se me trepara. Prácticamente le estaba dando un show. Subía despacio, escalón por escalón, sintiendo su respiración y su mirada clavadas en mis nalgas. Lo estaba disfrutando, y él también.

Llegamos al cuarto. Me quité la mochila, saqué los sándwiches y los dejé sobre una mesa vieja. Me lo agradeció. Entonces vi la ventana abierta, con una vista parcial de la ciudad. Me acerqué, me empiné un poco hacia delante y levanté los talones para darle una buena vista de mi cuerpo de espaldas. Mientras le platicaba cualquier cosa, noté de reojo que ya tenía la verga dura. Llevaba un pants deportivo y se le marcaba la erección entera.

Se la empezó a sobar sin disimulo. Yo seguí preguntándole tonterías, haciendo como que no me daba cuenta, pero la calentura ya me ganaba.

—¿Puedo tocarte las piernas un poco? —dijo de repente—. Hace mucho que no toco a una mujer.

—¿Sabe que yo no soy mujer biológica? —le pregunté.

—Ya sé que eres hombrecito —contestó sin inmutarse—. Pero tu cuerpo es de mujer.

Eso me terminó de prender.

—Cuando quiera, puede tocar —le dije.

Se sentó en una caja de madera y yo me fui acercando poco a poco. Cuando me tuvo de frente, empezó a acariciarme las piernas por encima del liguero. Me decía obscenidades que solo me calentaban más y más. En un instante me di la vuelta, me subí la falda y le mostré mis nalgas enfundadas en la tanga de hilo. No paraba de elogiarme el cuerpo, sobre todo el culo.

Ya sin control, lo tomé de la cabeza y le metí la cara entre las nalgas. Él, sin pensarlo, empezó a tocar, chupar y lamer todo. Rugía como un animal, y yo gemía como una gatita en celo. No podía creer lo que estaba pasando. No pensaba en nada, solo en el placer.

***

Se puso de pie y se bajó el pants. Sacó la verga, dura, no muy grande pero con una cabeza enorme. Parecía un champiñón, me dieron ganas de reír. Pero en mi mente solo había una idea: ya estoy aquí, voy a hacer todo lo que quiera.

Me hinqué frente a él y empecé a masturbarlo. Para mi sorpresa, su verga no olía mal. Así que, decidida, me la llevé a la boca y empecé a mamar con desesperación. Se la besaba, le daba pequeñas chupadas a esa cabeza que apenas me cabía. Era todo lo que quería en ese momento: cumplir mis fantasías, y lo estaba logrando.

Estuve mamándosela como diez minutos mientras él gemía. Para entonces ya había decidido que esa sería mi primera penetración con una verga de verdad. Me levanté, saqué uno de los condones que siempre cargo y, de rodillas, se lo puse con la boca, aprovechando para seguir chupándola un poco más. Esa verga me volvía loca.

Me dirigí de nuevo a la ventana. Levanté un poco los talones, saqué el culo, y él se abalanzó otra vez sobre mí, dándome otra ración de lamidas. Me dilataba el agujero con la lengua, devorándomelo entero. Yo estaba lista.

—Despacio, por favor —le pedí.

Cuando sentí esa cabezota empujando, solté un gemido de dolor. Pero no quería que la sacara, así que fue entrando poco a poco. Cinco minutos después ya la tenía bombeándome el culo, mis nalgas rebotaban y sonaban contra su vientre de lo gordas que están. No podía parar. Un desconocido viejo y sucio me estaba quitando la virginidad, y yo lo gozaba como nunca.

Lo único decepcionante fue que no duró ni quince minutos. Se quitó el condón y soltó el chorro entre mis nalgas, que yo misma abría para recibirlo todo. Sentí el calor de su leche resbalando por mi piel, y me quedé así un rato, empinada contra la ventana, con la ciudad encendida a lo lejos y mi cuerpo temblando todavía. No me lo podía creer. Lo había hecho. Lo había provocado yo, desde el primer «buenas noches» hasta ese final.

Después me cambié despacio, recogí la mochila vacía y bajé las escaleras con las piernas flojas. Salí a la madrugada satisfecha, pero con ganas de más. Quería más tiempo, más manos, más de todo, aunque entendía su situación. En el pasadizo me volví a poner el pantalón y la sudadera, otra vez la chica discreta que nadie miraría dos veces, guardando bajo la ropa el secreto de lo que acababa de hacer.

A los pocos días volví. Esa vez acompañada del otro vagabundo, el que no había estado. Pero ese relato lo dejo para la próxima. Y sí: me gozaron los dos, con mi mejor lencería puesta solo para ellos.

Besos y hasta la próxima. Gracias por leerme.

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Comentarios (5)

NocheSolitaria45

Que relato!!! me quede sin palabras, de los mejores que lei en mucho tiempo

romina_belen

Por favor que haya continuacion, quede con muchas ganas de saber como siguio todo esto

Andres_Cba

Me encanto como narraste esa mezcla de miedo y emocion, casi se siente como si uno estuviera ahi. Muy bueno

thefloki

tremendo!!! eso si que tiene garra

Pame_libre

No suelo dejar comentarios pero este me arranco uno jaja. Buenisimo de verdad

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