El favor que le pedí a cambio de una rosa
Aquella mañana todo olía a papel viejo, a tinta recién impresa y al perfume dulzón de miles de rosas amontonadas en cubos de plástico junto a cada caseta. La feria del libro era un río de colores y murmullos en pleno centro de la ciudad. Yo, detrás de mi mesa cargada de novelas, miraba pasar a la gente sin demasiada esperanza. Mi puesto era especializado, quizá demasiado: terror y horror en su mayoría, con portadas siniestras de mansiones en ruinas, sombras alargadas y ojos que brillaban en la oscuridad. No era el más popular, pero siempre atraía a unos cuantos curiosos de corazón fuerte.
Fue entonces cuando la vi abrirse paso entre la multitud. Una chica rubia, con el pelo largo y liso que le caía como una cortina de seda sobre los hombros. Llevaba una camiseta blanca de algodón, sencilla, que hacía un trabajo heroico conteniendo un pecho generoso. La tela se estiraba tensa sobre la curva del escote. Unos vaqueros ajustados completaban una imagen que parecía diseñada para detener el tráfico.
Se detuvo frente a mi mesa. Sus ojos, de un azul claro como el cielo de abril, recorrieron las portadas y se entornaron con una mueca de genuino desagrado.
—¿Es todo de miedo? —preguntó.
Su voz era suave, casi melodiosa, con un deje de timidez que contrastaba con su físico.
—Casi todo —respondí, intentando sonar profesional—. Hay algún thriller psicológico, pero la mayoría es terror.
Ella asintió, aunque su mirada seguía clavada en una portada especialmente grotesca, un cadáver despedazado. Un pequeño escalofrío la recorrió y le hizo temblar el pecho bajo la camiseta. Fue un movimiento breve, casi imperceptible, pero lo capté. Lo sentí en alguna parte de mí que llevaba toda la mañana dormida.
—Yo… —empezó, mordiéndose el labio inferior. Un gesto nervioso e inocente—. En realidad solo quería una rosa. Me encantan, y es la tradición del día.
Sonreí y apoyé las palmas sobre la madera de la mesa.
—La tradición dice que la rosa va con la compra de un libro. Es un intercambio justo. Cultura por belleza.
Sus ojos azules buscaron los míos. Había una súplica ahí, y una vulnerabilidad que no me esperaba.
—Es que… los libros de terror me asustan de verdad. No puedo ni mirarlos. Me dan pesadillas durante semanas.
—Tengo de otros géneros —insistí, señalando un rincón con un par de novelas de aventuras polvorientas—. Puedes elegir uno de esos.
Ella los miró con un desinterés que no se molestó en disimular. Su atención volvió enseguida a mí.
—No me gusta mucho leer —confesó, ruborizándose—. Solo quería la rosa para… para sentirme especial hoy.
Se hizo un silencio. El bullicio de la feria se redujo a un murmullo lejano. La observé, y una idea turbia empezó a tomar forma en mi cabeza.
—¿Solo la rosa? —pregunté, bajando la voz hasta convertirla en un susurro.
Ella asintió con vehemencia.
—Solo eso.
Miré a un lado y a otro. La caseta vecina la atendía un anciano absorto en un libro. Nadie nos prestaba atención. El callejón que corría detrás de las filas de casetas, un pasaje estrecho usado para almacenar cajas vacías y contenedores, estaba desierto.
—Ven conmigo —dije, con una intención que ya no me molesté en ocultar—. Se me ocurre otra manera de que te ganes tu rosa.
Sus ojos se abrieron de par en par.
—¿Que vaya? ¿Adónde?
—Tú ven conmigo.
Vaciló, pero no tardó en asentir.
Sin decir nada más, salí de detrás de la mesa y caminé hacia la boca del callejón sin volverme a comprobar si me seguía. No hizo falta: escuché sus pasos, suaves sobre el asfalto, detrás de mí.
El aire cambió en cuanto entramos. El olor a papel y rosas se vio reemplazado por un tenue aroma a humedad y a basura recogida. La luz del sol se filtraba a rayas entre las casetas y dibujaba franjas de claridad y de sombra en el suelo.
Me detuve en un rincón relativamente escondido, entre una pila de cajas de cartón y un contenedor verde. Me giré hacia ella. Se había quedado a unos pasos, con los brazos cruzados sobre el estómago en una postura defensiva que solo conseguía realzar todavía más la curva de su pecho.
—¿Qué… qué otra manera? —preguntó.
Yo ya no sonreía. La miré de frente y dejé que mis ojos recorrieran su cuerpo sin prisa, deteniéndose en el escote, en la cintura estrecha, en la línea de sus caderas.
—La rosa tiene un precio. Uno distinto. No cuesta dinero.
Ella tragó saliva.
—¿Cuál?
—Un favor —dije, acercándome un paso. No retrocedió—. Un favor para mí, y la rosa es tuya. Una sin espinas, perfecta.
—¿Qué clase de favor?
Su respiración se había vuelto algo más rápida. La tela de la camiseta subía y bajaba con cada inhalación.
Me acerqué un poco más. Podía sentir el calor que despedía su cuerpo y captar un tenue aroma a jabón de flores mezclado con el de su piel.
—Tú me haces un favor a mí —susurré, con el aliento rozándole la frente— y yo te doy la rosa. Es muy simple.
Sus ojos muy abiertos exploraron mi cara, buscando la señal de una broma. Lo que encontraron fue deseo.
—¿Qué tengo que hacer?
No respondí con palabras. Levanté una mano y, despacio, rocé el dorso de mis dedos contra su mejilla. Su piel era suave y cálida. Ella contuvo el aliento. Mi mano descendió siguiendo la línea de su mandíbula hasta el cuello. Sentí el pulso rápido y frenético bajo el tacto, un tamborileo salvaje. Después mis dedos bajaron más, hasta el borde superior de la camiseta. Me detuve ahí, notando la tensión de la tela y el ardor de la piel debajo.
—Quítatela —ordené.
Ella parpadeó. Por un instante pensé que se negaría, que el instinto ganaría la partida, pero luego, con movimientos torpes, agarró el borde inferior de la camiseta y se la levantó por encima de la cabeza en un único gesto.
El aire fresco del callejón le golpeó la piel, porque sus pechos, ahora libres, se tensaron y los pezones se endurecieron al instante. Me quedé sin respiración. Eran grandes, redondos, pesados, con una plenitud que desafiaba la imaginación. Los pezones, de un rosa pálido, se erguían en pequeños botones sensibles que se erizaron aún más bajo mi mirada fija.
—Madre mía —murmuré, más para mí que para ella.
Dejó caer la prenda al suelo. Los brazos le quedaron sueltos a los lados, pero enseguida los cruzó de nuevo, intentando cubrirse.
—No… no me mires así —musitó, apartando la vista.
—Quita los brazos —fue mi segunda orden, esta vez con voz áspera y cargada de una urgencia que ya no podía contener.
Lenta y obedientemente, los apartó. Sus pechos cayeron un poco, con un balanceo suave y pesado, y se asentaron en su posición natural. Me acerqué más. Ahora nuestros cuerpos casi se tocaban. Veía cada detalle: las venas azuladas apenas visibles bajo la piel clara, el leve temblor que recorría la superficie, la forma en que la areola se fruncía alrededor del pezón.
—El favor empieza con tu boca —le advertí, sujetándole la barbilla con suavidad para obligarla a mirarme.
La confusión brilló un segundo en sus ojos. Luego lo entendió, y sus labios carnosos se entreabrieron.
—¿Mi… boca?
Asentí. Con la otra mano me desabroché el pantalón. El sonido de la cremallera bajando rasgó el silencio del callejón. Ella miró hacia abajo y abrió mucho los ojos al ver cómo me liberaba.
Estaba duro, palpitante, demasiado evidente para fingir otra cosa. Una vena prominente recorría el tronco hasta la punta, donde ya asomaba una gota brillante.
—Tómalo —ordené, soltándole la barbilla— con esa boquita.
Ella miró mi sexo, luego mi cara, luego de nuevo mi sexo. Su respiración era un jadeo superficial. Vi cómo la lengua asomaba para humedecerle los labios y, despacio, como movida por un resorte, se arrodilló sobre el asfalto frío y sucio.
Sus ojos azules, ahora a la altura de mi cintura, miraban fijamente con una mezcla de temor y fascinación. Extendió una mano temblorosa y me tocó con dedos que parecían de porcelana. El contacto fue ligero como una pluma, apenas un roce en la piel sensible. Un escalofrío eléctrico me recorrió la columna.
—Entera —susurré, posando una mano en su nuca, sin empujar, solo guiando—. Tómala entera.
Inclinó la cabeza hacia delante. Sus labios, tan suaves como prometían, encontraron primero la punta. Luego la rodearon. Una oleada de calor intenso me inundó. Cerré los ojos un segundo, saboreando la sensación.
Después empezó a bajar. No era experta, eso saltaba a la vista. Sus movimientos eran tímidos, vacilantes. Noté el roce de sus dientes contra mi piel, un pequeño pinchazo que solo añadía un punto de peligro al placer, pero ella insistió. Tomó más de mí, centímetro a centímetro, hasta que sentí la punta tocando el fondo de su garganta. Ahí se detuvo, con los labios apretados alrededor de la base. Las mejillas se le hundían por el esfuerzo.
Abrí los ojos. La imagen era obscenamente hermosa. Su rostro rubio y angelical deformado, una mejilla abultada, un hilo de saliva escapándose de la comisura y cayendo brillante hasta la curva de su pecho. Sus ojos, llorosos por el esfuerzo, me miraban desde abajo.
—Así —gruñí, enredando los dedos en su pelo—. Así está bien. Ahora muévete.
Obedeció. Empezó a subir y bajar, marcando un ritmo lento, torpe al principio, que pronto adquirió una fluidez casi hipnótica. El sonido húmedo de su boca llenó el callejón. Sus labios se deslizaban a lo largo de mi sexo y la lengua se aplanaba contra la cara inferior. Cada vez que bajaba, sus pechos se balanceaban hacia delante y me rozaban las piernas.
Empecé a mover las caderas, suave al principio, sincronizándome con ella. Pronto empujaba un poco más adentro, un poco más rápido. Ella emitía pequeños sonidos ahogados, gemidos atrapados en la garganta que vibraban alrededor de mí y enviaban nuevas oleadas de placer.
—Más rápido —jadeé, perdiendo el control de mi propio tono—. Usa la lengua.
Aceleró. Su cabeza se movía con más determinación. Una mano subió y sus dedos se enroscaron alrededor de la base, donde sus labios no alcanzaban, y empezó a bombear al tiempo que succionaba. La combinación fue eléctrica. Quería más. Necesitaba más.
—Para —dije de pronto, tirándole del pelo con suavidad pero con firmeza.
Se separó de mí con un sonido húmedo. Tenía la boca abierta, los labios brillantes e hinchados, enrojecidos por la fricción. Un hilo de saliva conectaba todavía su labio inferior con la punta.
—De pie —ordené.
Se levantó con torpeza. Le temblaban las piernas y los pechos se balancearon libres. Tenía los ojos vidriosos y la respiración entrecortada. La sujeté por los hombros y la giré, colocándola de cara a la pared de ladrillo.
—Apóyate —le dije, guiándole las manos contra la superficie áspera.
Lo hizo, arqueando la espalda sin que se lo pidiera. La curva de su columna era una invitación, y sus nalgas, redondas y firmes dentro de los vaqueros ajustados, se elevaron un poco.
Me coloqué detrás, tan cerca que sentía el calor de su cuerpo a través de la ropa. Pasé las manos por delante y le tomé los pechos desde atrás. Eran tan grandes que apenas me cabían en las palmas. La piel era increíblemente suave, como satén caliente. Los apreté, los amasé, sentí su peso. Los pezones se me clavaron en las manos.
—Así —murmuré contra su oído—. Esto es lo que quería.
Ella gimió, un sonido bajo y tembloroso, y dejó caer la cabeza hacia delante. La fricción del ladrillo contra sus antebrazos debía de ser incómoda, pero no pareció importarle. Sus caderas se movieron solas, buscando un contacto que no encontraban.
Me quité la camisa de un tirón y la lancé a un lado. Después, con movimientos deliberados, le desabroché los vaqueros y se los bajé, junto con la ropa interior, hasta las rodillas. El aire fresco le golpeó y un nuevo escalofrío la sacudió. La vista desde atrás era espectacular: la curva de la espalda baja, la redondez pálida de sus nalgas, y entre ellas, su sexo expuesto, hinchado y brillante por su propia excitación. Un aroma dulce y almizclado me llegó hasta la nariz.
No me detuve. Con un gemido de pura necesidad terminé de quitarme lo que me quedaba y me apreté contra su espalda. Mi sexo se deslizó entre sus nalgas y rozó la entrada por detrás. Ella contuvo el aliento.
—No… por ahí no —murmuró.
—Bien. Entonces dame tus pechos.
La volví hacia mí. Con una mano me coloqué en el estrecho espacio entre sus senos. La piel ahí era suave, caliente, y ofrecía una presión increíble cuando los apreté el uno contra el otro alrededor de mí.
—Ah —exhaló ella, comprendiendo. Una nueva oleada de rubor le subió por el cuello.
Empezó a mover el torso, balanceando sus pechos arriba y abajo a lo largo de mí. La sensación era exquisita. La piel suave, el calor que me envolvía, la imagen de mí mismo deslizándome entre aquel valle de carne blanca… Era demasiado. Le sujeté los pechos con más fuerza, marcando el ritmo, apretando para crear más fricción. El sonido húmedo de la piel contra la piel se mezcló con los jadeos de ambos y llenó el callejón.
No la avisé. El orgasmo me golpeó como una descarga. Un sonido ronco escapó de mi garganta y mis caderas se sacudieron sin control. El primer chorro cayó en la curva de su cuello, blanco contra su palidez. El siguiente, en la mejilla. Otro, en el labio. Otro más, en la frente. Seguí hasta vaciarme, con las manos todavía apretando sus pechos a mi alrededor.
Cuando terminé, jadeando, el mundo volvió a enfocarse despacio. Me aparté, ahora sensible. Su cara angelical estaba salpicada y manchada. Una perla espesa colgaba de su labio inferior, otra brillaba en su párpado. El cuello y la parte alta de sus pechos quedaban cubiertos de un brillo pegajoso bajo la luz tenue del callejón.
Ella permaneció quieta, apoyada en la pared, respirando con dificultad. Tenía los ojos cerrados. Todo su cuerpo temblaba ligeramente.
Me agaché hacia mi chaqueta, que yacía en el suelo, y saqué del bolsillo una rosa. Una rosa roja perfecta, de tallo largo, a la que esa misma mañana le había quitado con cuidado todas las espinas.
Me acerqué de nuevo. Con movimientos lentos, casi reverenciales, levanté la flor. Ella abrió los ojos.
—Tu premio.
Sin prisa, deslicé el tallo entre sus pechos aún manchados. Los pétalos rojos y aterciopelados se posaron contra su piel en un contraste brutal y hermoso. El tallo se hundió en el escote, sostenido solo por la presión de su carne.
Ella bajó la mirada hacia la flor que descansaba entre sus senos. Luego la levantó hacia mí.
—¿Está… está bien así? —preguntó, con un hilo de voz.
Me limpié con un pañuelo y me vestí deprisa. La miré, ahí, desnuda de cintura para arriba, con los vaqueros bajados, el cuerpo marcado y la rosa como un sello final.
—Está perfecto —dije, recogiendo la camisa—. La rosa es tuya. Un trato es un trato.
Ella no se movió. Se quedó ahí, apoyada en la pared, con la flor entre los pechos, mientras yo volvía a mi puesto como si nada, a esperar al próximo curioso de corazón fuerte.