El vikingo de la torre y la socia que lo desafió
Marco Helborg cruzaba el pasillo de la planta veintidós de la Torre del Turia con esa presencia que parecía espesar el aire a su paso. En pleno centro de Valencia, su melena era inconfundible: los lados rapados al cero dejaban ver la piel tostada por incontables horas de natación en mar abierto, mientras las trenzas rubias salpicadas de plata le caían pesadas hasta media espalda, balanceándose con cada zancada firme. El gris empezaba a ganarle las sienes y las puntas, y eso le daba un aire de guerrero veterano, curtido, peligrosamente atractivo. Sus ojos, fríos como acero bajo el agua, evaluaban a cualquiera que se cruzara en su camino.
Medía un metro setenta y ocho y cargaba setenta y cinco kilos de músculo funcional, forjado en años de disciplina. Nada de volumen inflado a base de suplementos y espejos. Su cuerpo era el resultado de sesiones brutales de muay thai y jiu-jitsu tres veces por semana, de nadar en agua helada y de rutinas de fuerza en el gimnasio privado de la compañía. Tenía los brazos cubiertos de tatuajes tribales y runas que trepaban desde las muñecas hasta los hombros y se perdían bajo el cuello de la camisa.
En el pecho y la espalda llevaba medio torso tatuado: un lobo rugiendo sobre el pectoral izquierdo, olas estilizadas y símbolos nórdicos antiguos que cubrían buena parte de la espalda y se escapaban hacia los costados. Cuando se quitaba la camisa, aquel mapa de tinta sobre músculo y venas marcadas dejaba a más de uno sin respiración.
Marco era uno de los dos directores generales de Costa Norte Wellness, una empresa en plena expansión que iba desde Valencia hasta Alicante: cadenas de gimnasios de gama alta, equipamiento para natación y artes marciales, eventos costeros de élite y academias para deportistas profesionales. Facturaba millones y crecía mes a mes. Pero él no era solo un ejecutivo: era el alma indomable del negocio. Exigente hasta el límite, directo como un golpe seco, con un humor negro que pasaba de la orden tajante en la sala de juntas a la broma cargada de doble sentido en privado. Adoraba el control absoluto, pero lo volvía loco cuando ese control se rompía con la persona indicada. Y la persona indicada tenía exactamente el mismo poder que él.
Por encima de los dos existía un consejo de administración con accionistas internacionales y ejecutivos veteranos que supervisaban las decisiones grandes desde Madrid, además de un par de socios en el norte de Europa. Ellos dos dirigían el día a día con mano de hierro, pero sabían que un error grave podía costarles el puesto. Esa tensión añadía un morbo extra a sus encuentros: se devoraban como si el mundo fuera a acabarse, conscientes de que al día siguiente debían volver a ser directivos impecables ante sus inversores.
Aquella tarde de finales de primavera, el sol entraba a raudales por los ventanales del despacho principal, tiñéndolo todo de un dorado tibio que contrastaba con el frescor del aire acondicionado. La reunión maratoniana sobre la expansión a Alicante había terminado hacía más de media hora. Los empleados ya se habían marchado, pero Marco no había salido del ala ejecutiva. Se había quedado porque sabía perfectamente que ella seguiría allí, repasando los últimos gráficos con esa concentración feroz que tanto lo encendía.
Bianca Solís, treinta y seis años, era la otra directora general de Costa Norte Wellness, con idéntico nivel de poder y responsabilidad. Hija de madre colombiana y padre valenciano, tenía un cuerpo que parecía esculpido para mandar y tentar a la vez. Un metro setenta de curvas peligrosas: caderas anchas, un trasero redondo y firme, levantado por las clases de glúteos y boxeo que ella misma impartía en los centros de la empresa, una cintura estrecha que dibujaba un reloj de arena perfecto y unos pechos llenos y naturales que se movían con descaro bajo cualquier prenda.
Su piel era morena dorada por el sol de la costa, el cabello negro y ondulado le caía como una cascada hasta media espalda, y sus ojos oscuros brillaban con una mezcla de inteligencia afilada, ambición y picardía sin disimulo. Esa tarde vestía una falda lápiz negra ajustadísima que se pegaba a sus muslos como una segunda piel y una blusa de seda blanca, ligeramente transparente, que dejaba intuir el encaje negro debajo. Los tacones de aguja remataban el conjunto de una jefa que sabía exactamente el efecto que provocaba.
Cuando Marco entró en el despacho y cerró la puerta con un chasquido suave pero definitivo, el sonido resonó como una promesa. Bianca estaba inclinada sobre la gran mesa de cristal templado, revisando cifras en su portátil. Su trasero sobresalía apenas hacia atrás, la falda tan tensa que marcaba la línea exacta de la ropa interior. Un perfume de vainilla con notas almizcladas flotaba en el aire, mezclado con el calor de su piel después de un día de llamadas, decisiones y millones movidos sobre un papel.
—Marco… —dijo ella sin girarse del todo, con esa voz ronca y baja que reservaba para cuando estaban a solas—. Llevo toda la tarde pensando en cómo vas a «revisar» estos números conmigo. Los de Alicante están durísimos… pero sospecho que tú lo estás todavía más. ¿O me equivoco, socio?
Marco soltó una risa grave que le vibró en el pecho tatuado. Se quitó despacio la chaqueta del traje a medida, la dobló sobre una silla y dejó a la vista los brazos cubiertos de tinta bajo la camisa remangada hasta los codos. Las venas se le tensaban en los antebrazos mientras se acercaba por detrás con pasos lentos, calculados. La excitación empezaba a crecerle solo con la imagen de aquel cuerpo ofrecido de una mujer que tenía tanto poder como él.
—Los números pueden esperar, Bianca —murmuró junto a su oído, el aliento cálido rozándole el lóbulo y erizándole la piel—. Lo que no puede esperar es esto, y lo sabes igual que yo. Llevamos el día entero fingiendo ser los directivos perfectos delante de los inversores. Ahora solo quiero perder la cabeza contigo como si mañana nos echaran de aquí.
Sus manos grandes, ásperas por los años de agarres en agua fría y golpes en el tatami, se posaron con firmeza posesiva en las caderas de ella. La atrajo hacia atrás con autoridad, presionando contra el centro exacto de aquel trasero caliente. Bianca soltó un gemido bajo y gutural, arqueó la espalda y se frotó contra él en círculos lentos, sintiendo cómo se endurecía contra la tela tensa de la falda.
—Mmm… joder, Marco Helborg, eres un puto animal —susurró girando la cabeza para mirarlo por encima del hombro, los ojos encendidos—. Desde el primer día que nos nombraron juntos solo pienso en que me tomes encima de esta mesa. Esa melena con trenzas plateadas me vuelve loca. Quiero tirar de ellas mientras me das fuerte… y después quiero subirme encima y que olvides quién manda en esta empresa.
Él sonrió con esa mueca lobuna que siempre precedía a algo intenso. Una mano subió por el costado de Bianca, rozándole las costillas hasta el lateral del pecho. Sus dedos ásperos acariciaron por encima de la seda, notando el pezón endurecerse al instante bajo el encaje. La otra mano bajó sin prisa, se deslizó por la falda, se coló bajo la tela y trepó por el interior de los muslos suaves y temblorosos. Llegó hasta la ropa interior empapada y presionó con dos dedos, comprobando lo mojada que estaba.
—Estás chorreando, jefa —gruñó contra su cuello, mordisqueándole la piel mientras frotaba en círculos lentos y firmes—. ¿Llevas todo el día pensando en mí mientras firmabas contratos y presentabas la expansión? ¿Imaginando cómo te iba a abrir mientras los dos rendimos cuentas al consejo de arriba?
Bianca jadeó fuerte y empujó las caderas hacia atrás, buscando más fricción contra esos dedos. Apoyó las manos en el cristal y dejó pequeñas marcas de humedad por el sudor de las palmas.
—Sí… todo el día. Mientras presentaba los gráficos solo pensaba en arrodillarme bajo la mesa, o en que me tomaras aquí mismo contra el ventanal mientras los empleados esperan fuera. Quiero que nos usemos el uno al otro, Marco. Quiero que ese cuerpo de guerrero me aplaste contra esta mesa… y luego quiero montarte yo y hacerte suplicar como si fueras mi subordinado.
Marco soltó un gruñido hondo. Con un movimiento rápido la giró para tenerla de frente. Sus ojos grises se clavaron en los oscuros de ella, llenos de deseo, desafío y complicidad. La levantó sin esfuerzo y la sentó en el borde de la mesa, abriéndole las piernas con las rodillas. La falda se le subió hasta la cintura, revelando la ropa interior negra empapada y las ligas finas que sujetaban las medias.
Se inclinó y la besó con hambre. No fue un beso tierno: fue profundo, sucio, urgente, lenguas enredándose, dientes mordiendo el labio inferior. Sus trenzas rubias y plateadas cayeron hacia delante, rozándole el escote mientras le devoraba la boca. Una mano le apretó un pecho por encima de la blusa, amasándolo con fuerza, pellizcando el pezón hasta hacerla retorcerse.
—Quítate la blusa ahora mismo —ordenó con voz ronca, separándose apenas un centímetro—. Quiero ver esos pechos que llevan torturándome todo el día mientras tomabas decisiones que mueven millones.
Bianca obedeció con una sonrisa traviesa y cargada de poder. Se desabrochó los botones de la seda despacio, provocándolo, dejando que la tela se abriera poco a poco hasta revelar el sujetador negro de encaje que apenas contenía sus pechos. Cuando se lo quitó y lo lanzó a un lado, él gruñó de aprobación. Se inclinó y atrapó un pezón con la boca, succionando con fuerza mientras la lengua lo recorría. Ella arqueó la espalda, enredó los dedos en sus trenzas y tiró, casi como si quisiera usarlo de riendas.
—Joder… sí… muerde un poco más fuerte —jadeó—. Me encanta cuando eres bruto. Pero no creas que aquí mandas solo tú, Marco Helborg. Yo también dirijo esta empresa, y te voy a hacer pagar cada orden que des.
Mientras la besaba y mordía con devoción, él metió la mano entre sus piernas y apartó del todo la tela mojada. Sus dedos encontraron el centro resbaladizo y caliente. Introdujo dos hasta el fondo, curvándolos para rozar el punto que la hacía temblar. Bianca gimió más alto, moviendo las caderas contra su mano con desesperación, las uñas clavadas en sus hombros tatuados a través de la camisa.
—Estás pidiendo guerra a gritos —dijo él contra su piel, levantando la mirada para verla deshacerse—. Pero primero quiero saborearte como si fuera la última comida antes de una junta con los de arriba.
Se arrodilló frente a la mesa sin soltarla, le abrió más las piernas y hundió la cara entre sus muslos morenos. Su lengua recorrió todo el centro con lentitud deliberada, saboreándola, y luego se concentró en el punto más sensible con hambre, metiendo y sacando dos dedos al mismo ritmo. Bianca se retorcía sobre el cristal, tirando de sus trenzas y jadeando su nombre entre frases entrecortadas.
—Joder, Marco… esa lengua es un arma… sí, ahí… no pares… me voy a correr en tu boca…
Llegó al primer orgasmo con un temblor intenso, apretándole la cabeza con los muslos. Apenas le dio tiempo a recuperarse: él se levantó, la giró con fuerza y la inclinó sobre la mesa. Su trasero quedó del todo expuesto, redondo, firme, la piel morena brillando de sudor. Le dio un par de palmadas sonoras que retumbaron en el despacho vacío, dejando la marca clara de su mano.
—Hoy este trasero es mío… aunque tengamos jefes por encima —gruñó, frotándose contra ella—. Voy a tomarte tan fuerte y tan profundo que mañana no podrás cruzar la oficina sin recordar quién te abrió en esta mesa… y luego me vas a montar hasta que yo tampoco pueda sentarme en la próxima junta.
Empujó de una sola embestida larga, enterrándose hasta el fondo en aquel calor apretado. Bianca soltó un grito ahogado de puro placer, las uñas arañando el cristal mientras su cuerpo se adaptaba. Él empezó a moverse con un ritmo duro y constante, las caderas chocando contra ella con un sonido húmedo y rítmico. Una mano tiraba de una trenza como si fuera la rienda de un caballo salvaje; la otra le apretaba la cadera y dejaba marcas rojas en la piel.
—Joder… Marco… más fuerte… no te contengas… quiero sentirte hasta el fondo —suplicaba entre gemidos, empujando hacia atrás para encontrarse con cada embestida.
El sudor hacía brillar los tatuajes de su pecho y sus brazos mientras la tomaba sin tregua, cambiando el ángulo para golpear ese punto una y otra vez. Sentía cómo ella se contraía a su alrededor, completamente perdida.
***
El reparto del poder no se detuvo ahí. Con la respiración entrecortada, Bianca se giró de repente con una fuerza sorprendente, lo empujó contra la silla ergonómica del despacho y se subió encima de él como una amazona. Ahora era ella quien tomaba el control total. Descendió de un solo movimiento, hasta el fondo, con un gemido largo y satisfecho. Empezó a cabalgarlo con ritmo experto, los pechos rebotando frente a su cara, las manos apoyadas en el torso tatuado mientras las caderas trazaban círculos apretados y subían y bajaban con velocidad.
—Ahora mando yo, vikingo —jadeó con una sonrisa perversa, tirando de sus trenzas con una mano mientras con la otra le arañaba los abdominales—. Quiero sentir cómo me llenas del todo… y quiero que me mires a los ojos mientras te monto como si fueras mío.
Marco gruñó de placer, agarrándole las caderas con ambas manos, ayudándola a subir y bajar más rápido. Sus ojos grises no se apartaron de los de ella ni un segundo. El sonido de la carne contra la carne llenaba el despacho, mezclado con jadeos y palabras que ninguno se molestaba en contener.
—Joder, Bianca… más fuerte… me vas a hacer perder la cabeza antes de tiempo.
Cambiaron de posición otra vez. Él la levantó en brazos sin separarse de ella, la llevó contra el ventanal panorámico y la tomó de pie, el pecho sudoroso pegado a su espalda mientras embestía profundo, mirando las luces de Valencia extenderse abajo. Bianca gemía su nombre sin control, pidiendo más, más rápido, más hondo, alternando el dominio entre los dos como dos directivos que se entregaban con la misma intensidad salvaje con la que llevaban la empresa.
Después de varios minutos al límite, él la puso de rodillas sobre la moqueta suave del despacho. Bianca lo miró desde abajo con una sonrisa cargada de picardía, los ojos brillantes. Marco se terminó con la mano y llegó al final con un gruñido hondo, marcándole la cara, los pechos y la lengua. Ella lamió lo que pudo, paseando los dedos por su piel y llevándoselos a la boca sin dejar de mirarlo.
—Esto solo es el principio de la expansión a Alicante, socio —susurró con la voz ronca y satisfecha, relamiéndose despacio—. En el barco rumbo a la costa te quiero todo el fin de semana… y esta vez decido yo quién manda primero en cada camarote.
Marco, todavía jadeando, las trenzas revueltas y húmedas de sudor, el cuerpo brillante y los tatuajes relucientes bajo la luz del atardecer, sonrió con esa mueca lobuna que lo definía.
—Prepárate, Bianca Solís. La empresa va a tener muchas «reuniones privadas» como esta… y me encanta cuando peleamos por el control aunque haya inversores mirando desde arriba.