Vendía placas solares y terminé posando para su cámara
Allí estaba yo, con mis recién cumplidos veinticuatro. Embutida en una falda de tubo que me llegaba por debajo de las rodillas y con la que casi no podía caminar, una camisa blanca semitransparente que le había robado a mi amiga Noelia y que me quedaba dos tallas grande, y una chaqueta a juego que abrigaba demasiado para los veintidós grados de aquella mañana. Llevaba zapatos planos porque eran más cómodos para pasar el día pateando calles, aunque me dejaban con pinta de muñeca, que para algo soy bajita.
Era mi primer trabajo de verdad: comercial puerta a puerta para una empresa de placas solares. Con unos estudios medios y veinticuatro años, fue lo mejor que encontré que no implicara fregar suelos. Tengo buena presencia, «monina» me dicen, y por mucho que me cueste reconocerlo, tienen razón. Apenas rozo el metro cincuenta y cinco, piel blanca, alguna peca, una media melena rubia y rizada que me da un aire rebelde.
Mi vida sexual era casi inexistente y, cuando la tenía, insatisfactoria. Algún desconocido de discoteca después de un par de copas, sexo precipitado que casi siempre terminaba yo sola en el coche con un dedo. Como tampoco me gusta salir de noche, follaba menos que una monja. Pero no me importaba demasiado; cuando tenía ganas, me bastaba conmigo misma.
El verano se acercaba y el sol, que era mi negocio, me estaba sentando regular. Hacía calor, tanto como para quitarme la chaqueta y dejar que la camisa fina transparentara el sujetador blanco de encaje, uno normalito que no sujetaba gran cosa. Notaba mis pechos botar a cada paso mientras llamaba a las casas con buena orientación para las placas. Solo recibía silbidos y groserías de albañiles y desocupados. Lo de siempre.
***
Por fin toqué el timbre de un adosado en un barrio residencial decente. Eran casi las doce y no parecía haber nadie. Cuando ya me iba, oí voces y la puerta se abrió. Era un hombre de unos cuarenta, con bermudas, una camiseta deportiva y unos auriculares con micrófono en la cabeza. Parecía estar en plena reunión. Me hizo gestos para que entrara.
En los cursos de venta a pie de calle nos repetían que nunca pasáramos del recibidor y que dejáramos siempre la puerta abierta. Así lo hice. El hombre parecía de fiar, o al menos no parecía un bicho. Estaba en forma, aseado, y lo más curioso: no me comió con la mirada ni se me quedó mirando el pecho. Los tíos siempre van a las tetas, al sexo y al culo. Este no, o al menos no de momento.
El fresquito de la casa fue una bendición. Me quedé en el recibidor mirando las fotos colgadas: amigos, familia, paisajes, deportes de aventura. Todas muy naturales y alegres. Cuando colgó, se dirigió a mí.
—Buenos días, perdona que te haya hecho esperar. ¿Vienes a por el equipo? Eres Lucía, ¿verdad?
—Eh, no. Me llamo Carla y vengo de la empresa de placas solares. Su casa tiene una orientación perfecta para instalarlas y ahorrar bastante en la factura de la luz.
—¿No eres Lucía? ¿Qué día es hoy, miércoles?
—Es martes —respondí.
—Vaya, te he confundido con otra persona. Perdona. —Sonrió—. ¿Y qué propones?
—¿Le gustaría que le enseñara nuestro catálogo? Tengo dos propuestas que seguro le interesan.
—No sé…
Y en ese momento posó la mirada en mis pechos. Con el fresco de la casa, mis pezones se habían erizado y se marcaban con descaro a través de la tela fina del sujetador y de la camisa. Se quedó embelesado dos segundos y enseguida apartó la vista con un gesto incómodo, como pidiendo perdón.
—Uy, disculpa. Sí, sí, enséñame las propuestas, aunque ya te adelanto que no estoy nada seguro.
Me molesta que me miren las tetas, pero entendí que no había mala intención. Yo también habría mirado. Aunque no sean grandes, las tengo bonitas: duras, firmes y muy sensibles.
***
—No me llames de usted, por favor. Soy Marcos.
—Y yo Carla. Encantada.
Nos dimos la mano. La suya era grande, cálida, y envolvió la mía con suavidad. Nos miramos a los ojos y conectamos. Me sentí cómoda. Saqué los catálogos y le expliqué las opciones, pero entre el sol que entraba por la ventana y lo mucho que hablaba, empecé a fatigarme.
—¿Te apetece beber algo? ¿Una cerveza bien fría? Creo que tengo sin alcohol.
—No quisiera molestar.
—No es molestia. Hace calor y hablas mucho.
Volvió de la cocina con cara de frustración: no encontraba la sin alcohol, así que me trajo una normal y agua del grifo. Acepté la cerveza «para reponer sales», como si yo supiera de lo que hablaba. Piqué unas patatas, hice mis cálculos de potencia y amortización fingiendo que eran operaciones complejísimas. Me daba un aire más profesional.
Cuando terminé y giré la cara, lo encontré mirándome embelesado otra vez.
—¿Marcos? ¿Estás bien? Te noto distraído.
—Sí, perdona. Me he quedado… maravillado mirándote mientras hacías los cálculos.
—¿Por qué? —pregunté, ruborizándome.
—Verás, es un poco embarazoso. Los rayos del sol que entran por la ventana hacen que… se te transparente la camisa. Y se crea una escena muy bonita. Y muy sensual.
Caí en la cuenta y me puse roja como un tomate. Si la camisa transparentaba en condiciones normales, con esa luz debía ser como si no llevara nada. Empecé a recoger los papeles a toda prisa; hasta se me cayó el bolígrafo.
—Carla, por favor, no te asustes. Me gusta la fotografía y siempre busco esa imagen especial, ese efecto de luz. No quería incomodarte. Perdóname.
Sus palabras me tranquilizaron. Estaba en casa de un extraño, había bebido una cerveza y prácticamente me había dicho que me había visto los pechos. Y aun así me sentía a salvo. Marcos debía sacarme quince años o más; era un hombre de verdad, no un veinteañero de discoteca. Dejé los catálogos en la mesa y me levanté a curiosear las fotos.
***
—¿Estas fotos son todas tuyas?
—Sí.
—Son preciosas. Aunque algunas de personas son un poco raras.
—Son artísticas. Esas son las que puedo poner a la vista. Otras prefiero guardarlas.
—¿Ah, sí? ¿Fotos porno? —solté riéndome.
—Para nada. Fotos íntimas, con efectos de luz. Algún desnudo, como esa que mirabas antes.
Me fijé mejor: entre triángulos de colores y una planta había, en efecto, una mujer y sus pechos. Entendí entonces por qué se había quedado atontado con lo de mi camisa. Noté que el calor me subía desde abajo: me había excitado exhibirme sin querer ante un extraño.
—Si quieres, te hago la foto y ves lo que yo he visto. Con tu móvil, y tú decides qué hacer con ella.
Lo pensé un segundo. Realmente debía de ser una imagen especial, y yo me sentía especial siendo el foco de su mirada.
—Vale. Con mi móvil.
Me senté de nuevo en el sofá y dejé que el sol atravesara la camisa. Marcos hizo varias fotos pidiéndome que levantara un brazo, que girara la cara, que alzara la mirada. Me sentía una modelo profesional. Cuando me las enseñó, no me lo podía creer. Mis pechos estaban ahí, pero no eran el centro: la ventana, la luz, la camisa convertida en seda, mi abdomen plano, mi mirada como nunca la había visto. Por primera vez me veía adulta, interesante, atractiva.
—¡Marcos, son increíbles!
Y lo abracé de pura emoción, aplastando mis pechos contra su pecho. Se quedó petrificado y no me devolvió el abrazo; al separarse, se giró para disimular una erección que yo había sentido perfectamente.
—Con la cámara réflex quedarían mucho mejor —dijo, recomponiéndose—. ¿Probamos?
***
Se fue a por la cámara «de verdad», y por el bulto del pantalón sospeché que también a aliviarse un poco. Volvió más sereno. Repetimos las poses y, en el monitor enlazado a la cámara, las fotos eran aún más espectaculares.
—Saca la camisa por fuera de la falda —pidió—. Qué larga, casi te llega a las rodillas.
—Es de la amiga que te dije, mucho más grande que yo en todo —reí, dibujando unos pechos enormes con las manos.
—Carla, ¿te quitarías la falda? Apenas puedes moverte y la camisa te tapa hasta los muslos. Será como un bikini.
Dudé. Recordé las bragas normalonas que llevaba, las de estar por casa, y me avergoncé; encima estaba cachonda y sabía que se marcaría la humedad. Pero me llamó «cariño» y me tranquilicé. Marcos se dio la vuelta para darme intimidad, bajé la cremallera y dejé caer la falda. Qué libertad.
Empezamos otra ronda. Al principio cuidaba no enseñar las bragas; en un par de poses fue imposible, y a partir de ahí dejó de importarme. Me pidió que me desabrochara la camisa sin quitármela. Algunas fotos eran ya bastante subidas de tono.
—Tienes un pecho muy bonito —dijo—. Las transparencias quedarían estupendas sin el sujetador. Pero entiendo que te dé reparo.
Yo estaba con las piernas un poco abiertas, dejándole ver las bragas que se me habían metido por la raja. Sabía que lo veía y no me importaba.
—Vale, fuera sujetador.
Se giró, me lo quité bajo la camisa y me masajeé los pechos para borrar las marcas de los aros. Me pellizqué los pezones para que se pusieran duros y le avisé. Las transparencias salieron eróticas de verdad: un primer plano de mis pezones marcados en la tela, un pecho entero asomando por el escote, una toma desde atrás con mi trasero a medias y el bulto evidente de mi sexo. Esas fotos me subieron la temperatura, y noté que Marcos estaba empalmado, aunque ninguno dijo nada.
—Uf, Marcos, qué fotos más golfas. No me creo que sea yo.
—Tienes un cuerpo fantástico. Verte es muy excitante; es normal que tú también te sientas así. Pasa siempre.
—Normal para ti. Yo me estoy poniendo como una moto.
***
Sentía un cosquilleo entre las piernas que solo podía calmar de una manera. En eso pensaba cuando Marcos me preguntó cómo llevaba el vello púbico. Le confesé, no sé por qué, que solo me recortaba los lados y que mi vida sexual era escasa.
—En la fotografía artística, tu cuerpo entero compone una escena —explicó—. Algo de vello hace que las transparencias queden más interesantes. Sitúa las partes en la composición. ¿Me explico?
No entendí casi nada, pero asentí como si lo entendiera todo. Y entonces mi boca habló sola:
—Vale. Pero solo si prometes no asustarte ni poner cara rara.
—¿Asustarme? ¿Qué tienes ahí? —rió.
Nos reímos los dos, yo entre nerviosa y caliente como una perra en celo. Se giró. Enganché las bragas por el elástico, las bajé despacio sintiendo cómo se despegaban de mi humedad, y luego de un tirón hasta los tobillos. Las hice una bola; reconozco que las olí, olían a sexo. Me sequé un poco con ellas y avisé. Marcos me las cogió de la mano —notó lo mojadas que estaban— y las dejó en una silla sin decir nada.
—Ya veo lo que decías —comentó observando sin reparos mi mata recortada—. Pero yo te veo muy bien. Al ser castaño clarito apenas se nota.
Hablaba de mi sexo como quien habla del brócoli, sin darle la menor importancia. Eso me desinhibió tanto que separé un poco las piernas para que se abrieran los labios. Su erección, casi saliéndose del elástico, hablaba por él.
***
Me hizo una nueva tanda de fotos de composición. Pechos, pubis, la raja del culo cuando me puso a cuatro patas. Yo suspiraba pensando que iba a penetrarme, pero no. Todo muy sexy, sin ser obsceno. Ya no tenía ningún reparo en que me viera desnuda.
—Ahora unas más cerca. Serán algo explícitas, pero quedarán bien.
Me tumbó sobre la mesa del comedor con la camisa abierta tapando lo justo. Me arregló el pelo, el cuello, me hizo flexionar una pierna.
—No te muevas, tienes una pelusa en el ombligo. Te la quito.
Sus dedos cálidos rozaron mi piel. Di un respingo y se me escapó un gemido. Acariciaba mi vientre muy despacio, bajó hasta rozar los primeros pelillos y desvió la mano hacia mi muslo, pasando por la ingle. Suspiré sin querer y estuve a punto de correrme.
—Ya está. Ahora separa las piernas.
Lo hice, mostrándole todo: los labios hinchados, brillantes, palpitantes.
—Tienes una vulva preciosa. ¿Puedo ordenar un poco estos pelillos?
—Ajá —fue todo lo que pude articular.
Su pulgar y su índice se posaron en cada labio, apartando el vello, separándome un poco, dejando ver cada pliegue. Yo deseaba que un dedo resbalara dentro de mí. Me moría de placer y empecé a gemir con cada roce. Paró para hacer un par de fotos y yo froté las piernas buscando alivio, acariciándome los pechos.
—Estás muy excitada. Voy a fijar los pelillos, que tienden a volver a su sitio.
—Sííí —dije en un hilo de voz.
Entonces noté su cara acercándose. Me olió, suspiró, y empezó a lamer mis labios mayores muy despacio. «Qué mojada estás, qué bien sabes». Recorría con la lengua cada rincón, rodeó el clítoris y lo succionó suave, metió la lengua en mí mientras me acariciaba con los dedos. Yo solo podía gemir y retorcerme: «¡así, sí, para, paraaa!». Y de golpe me callé. El tiempo se detuvo.
Llegó el orgasmo más potente de mi vida. Sentí como si un volcán explotara dentro de mí. Le agarré la cabeza con las dos manos y la apreté contra mi sexo, cerré los muslos atrapándola y grité a pleno pulmón. Tardé en volver. Reía y lloraba a la vez, repitiendo «joder, joder», mientras él me hacía fotos con la cara empapada.
—Gracias —dije con total sinceridad—. Nunca me había corrido así. No sabía que pudiera existir algo de este calibre.
***
Se acercó a acariciarme y, por primera vez en mi vida, deseé devolverle el placer a un hombre. Bajé de la mesa, le sostuve la cara y le di un beso húmedo. Sin darle tiempo a reaccionar me agaché, le bajé los pantalones y liberé una polla dura, gruesa y de buen tamaño. La agarré con mi mano pequeña, sintiendo su dureza y el latido de las venas, y me la metí en la boca sin dudar.
Lo chupé entero, desde los testículos hasta el glande, lo masturbaba con la mano mientras lo recorría con los labios y la lengua. «Eres una auténtica guarra, qué bien la comes», me decía, y a mí me ponía a mil sentirme así de deseada. Cuando intentó frenarme avisando que se corría, aceleré. Tensó los músculos y descargó en mi boca chorro tras chorro. No dejé escapar ni una gota. Mientras tragaba, me tocaba yo misma por el puro placer de la mamada.
Me levantó despacio y nos besamos de verdad, con calma, descubriéndonos. Sus manos recorrieron mi espalda, mi culo, mis pechos. Una bajó hasta mi sexo y empezó a explorarlo. Me tumbó, me separó las piernas y volvió a comerme mientras sus dedos entraban y salían. Cuando estaba a punto de correrme otra vez, se incorporó.
Su polla ya estaba dura de nuevo. Se tumbó boca arriba, me puse a horcajadas y la dirigí dentro de mí, sintiendo cada centímetro abrirse paso. «Cómo te siento dentro», suspiré. «Cómetela con el coño», respondió, y oírlo me enloqueció. Empecé a cabalgarlo, mis pechos rebotaban y él me los lamía, me maltrataba los pezones. Bajó una mano a mi culo y metió un dedo, presionando desde dentro hasta que el segundo orgasmo más intenso de mi vida me recorrió entera. Grité todo el repertorio de obscenidades que se me vino a la cabeza.
***
No me dejó respirar. Me puso a cuatro patas y embistió hasta el fondo, agarrándome de las caderas con un vaivén brutal. Oía el choque de su cuerpo contra mis nalgas, sus testículos contra mí. Me dio un par de palmadas que me dejaron el culo rojo, me tiró del pelo, y sin avisar me llegó un tercer orgasmo. Aun así no paró. Empezó a jugar con sus dedos en mi ano, uno, dos, tres. Yo estaba en trance.
—Qué culo tan increíble tienes.
—Es todo tuyo, nadie lo ha tocado antes —dije casi en automático.
De repente salió, escupió un par de veces, lubricó bien con los dedos y apoyó el glande. Abrí los ojos asustada: «Nunca lo he hecho por ahí». Pero estaba completamente entregada. Entró muy despacio. Dolía, ardía, se me escaparon unas lágrimas, y a media polla se detuvo, acariciándome la espalda. «Tranquila, relájate, deja que tu cuerpo se adapte». Y de pronto mi cuerpo cedió solo, y el dolor se transformó en placer.
Llevé la mano a mi sexo y me froté mientras él terminaba de clavármela con un ritmo que me puso los ojos en blanco. En dos minutos me corrí por cuarta vez, apretándolo tanto que se vino conmigo, como si lo ordeñara. Mi primer orgasmo anal fue único, irrepetible. Sentí tres o cuatro descargas dentro de mí. Y, por encima de todo, me sentí plena por haberle dado tanto placer a alguien.
***
Recuperamos el aliento tumbados, su corazón latiendo agitado bajo mi mano. Cuando recuperó el habla, me propuso ducharnos juntos. Al levantarme, las piernas apenas me sostenían y notaba los fluidos escurrir por mis muslos. Pero estaba estúpidamente feliz, con una sonrisa de oreja a oreja. Nunca me había duchado con un hombre. Me enjabonó entero, sin vergüenza, y yo volví a despertar y a buscar su polla con la boca bajo el agua caliente, deleitándome con la responsable de haberme puesto en órbita.
Después me untó una crema de aloe en el culo dolorido, aprovechando para acariciarme por todas partes. «No sigas, por favor, no puedo más», le pedí riendo, agotada y feliz. No me arrepentí de nada. Al contrario: descubrí que el sexo podía ser así, gloriosamente distinto a mis polvos insatisfactorios de cinco minutos.
Cuando me fui, sobre las siete, iba sin bragas ni sujetador. La camisa transparentaba mis pechos y no me importó. Me senté en el coche, me subí la falda para alcanzar los pedales y allí estaba mi sexo, a la vista de toda la calle vacía. Lo rocé con un dedo y un escalofrío me recorrió entera. No llegué a arrancar el motor: salí del coche y volví a casa de Marcos a pasar el resto del día y la noche.
Esa fue la mejor sesión de sexo de toda mi vida. No le costó nada convencerme para hacerme más fotos, esta vez ya rasurada. Y todo sin firmar un solo pedido de placas solares. Desde entonces me encanta el sol.