Mi secretaria cerró el contrato de rodillas
La sala de juntas del piso treinta y ocho olía a cuero caro, a café recién hecho y a tensión. Yo estaba sentado en la cabecera de la mesa de nogal, traje gris marengo, corbata azul bien anudada, pero por dentro era un desastre absoluto. Llevaba tres días casi sin dormir.
Aquel contrato con Blackwood & Pembroke significaba nueve millones de euros para el despacho. O significaba perderlos todos si los ingleses decidían ponerse difíciles.
Y los ingleses se estaban poniendo difíciles.
A mi derecha tenía a Edward Blackwood, casi setenta años y muchos kilos embutidos en un traje a medida que le quedaba dos tallas pequeño. La barriga le colgaba sobre el cinturón. La cara roja, surcada de venitas, una papada que le temblaba al hablar y unos ojos pequeños y acuosos que no paraban de moverse. Cada vez que se inclinaba, me llegaba en oleadas un olor a sudor rancio mezclado con colonia cara y puro apagado.
A su izquierda, Gerald Pembroke, parecido en volumen pero más bajo. Calva brillante, bigote canoso mal recortado, dientes amarillentos. Sudaba tanto que tenía dos cercos oscuros bajo los brazos de la camisa, a pesar del aire acondicionado a veinte grados. Cuando se reía, y se reía a menudo, la tripa le bailaba como gelatina.
Y los dos, sin el menor disimulo, miraban el escote de Lucía cada vez que ella se inclinaba para pasarles un documento o señalar algo en la pantalla.
Lucía estaba impecable, como siempre. El pelo pelirrojo recogido en un moño tirante, blusa blanca de seda con dos botones sueltos, falda de tubo negra que le marcaba las caderas y el culo redondo. Se había sentado a mi lado y tomaba notas en su tablet con esa calma absoluta que mantenía aunque el mundo se cayera a pedazos.
La reunión llevaba cuarenta minutos y ya estábamos al borde del abismo.
—Señor Romero —dijo Blackwood con su acento marcado, apuntándome con un dedo grueso lleno de anillos—, su propuesta de reparto de beneficios es… generosa. Pero nosotros queremos el veintiséis por ciento, no el dieciocho. Y queremos cláusula de salida preferente si las cosas se tuercen en los próximos dieciocho meses.
Pembroke asintió, con la papada temblando.
—Exacto. Y si no aceptan, nos vamos a otro despacho. Abogados en Barcelona hay muchos, ¿sabe?
El ambiente se volvió denso. Intenté mantener la voz firme, pero sentía la corbata apretándome el cuello. Los nervios me estaban comiendo vivo. Sabía que si perdíamos aquel contrato, los socios me iban a crucificar en la primera reunión del lunes.
Piensa algo. Piensa algo rápido.
Lucía, que hasta ese momento solo había hablado para aclarar cifras, cerró su tablet con un clic suave y levantó la vista. Sus ojos verdes recorrieron primero a Blackwood, luego a Pembroke, y al final se posaron en mí un instante. Después volvió a los dos ingleses.
—Señores —dijo con esa voz tranquila, casi amable, la misma con la que me traía el café cada mañana—, entiendo perfectamente su posición. Quieren más porcentaje y más seguridad. Es lógico. Pero también es lógico que nosotros no podemos ceder tanto sin recibir algo a cambio.
Blackwood arqueó una ceja.
—¿Y qué nos ofrece exactamente, señorita…?
—Lucía. Pueden tutearme. —Sonrió con una cortesía impecable—. Lo que les ofrezco es algo que sé que ambos valoran mucho más que un par de puntos porcentuales.
Se levantó sin prisa. Rodeó la mesa con paso seguro, se colocó entre los dos ingleses y, con una calma que me dejó sin aire, se desabrochó los dos botones que aún cerraban la blusa. La seda se abrió y dejó ver el sujetador de encaje negro que le sostenía las tetas grandes y firmes.
Se lo bajó ella misma con los pulgares, sin ceremonia. Los pezones rosados quedaron al aire bajo la luz fría de la sala de juntas, endureciéndose enseguida. Yo conocía cada centímetro de esa piel de haberla imaginado mil veces, y verla así, delante de aquellos dos viejos, me dejó la garganta seca y la polla dura contra la cremallera del pantalón.
Los dos ingleses se quedaron petrificados. Blackwood abrió la boca y se le escapó algo parecido a un gruñido. Pembroke se inclinó hacia delante, la tripa chocando contra el canto de la mesa, los ojos a punto de salírsele.
Lucía los miró a los dos con total naturalidad, como si acabara de proyectar una diapositiva más.
—Pueden mirar. Y pueden tocar, y chupar, y meterme lo que quieran donde quieran, si así cerramos el trato hoy mismo —dijo con la misma voz con la que explicaba cláusulas—. A cambio del dieciocho por ciento y de su firma esta tarde. Sin cláusula de salida.
El silencio duró tres segundos eternos.
Luego Blackwood soltó una risa ronca y dijo algo en inglés que no llegué a entender, sin apartar los ojos de sus tetas.
Pembroke ya tenía la mano extendida, ancha y temblorosa, agarrándole un pecho entero con dedos cortos y sudados. Le apretó el pezón entre el pulgar y el índice, primero con cuidado y enseguida sin ninguno, y ella ni se inmutó. Solo se volvió hacia el otro.
—¿Usted también, señor Blackwood?
El hombre asintió como un crío, tragando saliva. La otra mano ya se le había ido al pantalón, apretándose el bulto por encima de la tela. Alargó la zarpa y le agarró la otra teta a Lucía con la brutalidad del que lleva años sin tocar una. Se la sopesó, se la estrujó, se agachó y le metió el pezón entero en la boca. Empezó a chuparlo con ruido, la papada temblándole contra el pecho de ella, mientras Pembroke hacía lo mismo con el otro lado.
Lucía sonrió con esa media sonrisa profesional que a mí siempre me había vuelto loco, y les puso una mano en la nuca a cada uno, empujándolos suavemente contra sus tetas como si les ayudara a concentrarse en la reunión.
—Pues vamos a relajarnos un poco —dijo en voz baja— y así acercamos posturas. ¿Les parece?
Los dos viejos gruñeron contra su piel, chupando y babeando como cerdos. Blackwood le mordió el pezón y ella ni pestañeó. Pembroke le llenó todo el pecho de saliva, arrastrando el bigote sudado por la carne blanca, y bajó la mano por el costado hasta meterla por debajo de la falda de tubo.
—Sin bragas —murmuró el inglés, con voz de pasmo, cuando sus dedos gordos encontraron piel directa.
—Sin bragas —confirmó Lucía, sin mover un músculo de la cara—. Vine preparada para negociar.
Yo tragué saliva. Ella ni me miró. Ya tenía a Pembroke con dos dedos metidos en el coño, moviéndolos con torpeza, mientras Blackwood le seguía comiendo el pecho como si fuera la última cena de su vida.
***
Se arrodilló entre los dos con la misma elegancia con la que habría recogido un bolígrafo del suelo. La falda se le subió hasta el filo de las caderas y el moño pelirrojo quedó justo a la altura de sus dos braguetas.
Con las manos, una para cada uno, les desabrochó el cinturón y les bajó la cremallera con esa precisión que ponía en todo lo que hacía. Metió los dedos por dentro de los calzoncillos y sacó las dos pollas a la vez, cada una en una mano, como si presentara dos exhibits en un juicio.
Yo seguía clavado en mi silla, incapaz de moverme, incapaz de decir nada. Sabía que debía pararlo. No lo paré. Me desabroché el pantalón por debajo de la mesa y me agarré la polla dura, empapado en un sudor frío, con una mezcla de vergüenza y excitación que me hervía por dentro.
Empezó por Blackwood. Tenía una polla corta y muy gorda, con el prepucio arrugado y un olor a viejo que se olía desde donde yo estaba. Lucía la miró un segundo, apretó el puño en la base para bajarle la piel y dejó caer un hilo largo de saliva desde arriba, despacio, como quien revisa un detalle de un documento antes de firmarlo. La saliva le resbaló por el glande morado y le empapó los cojones peludos.
—Vaya —comentó con un tono casi de aprobación—. Muy británico. Muy directo.
Se la metió en la boca hasta la mitad, cerró los labios y chupó con una succión lenta que le hundió las mejillas. La sacó con un plop húmedo, escupió más saliva sobre el glande y volvió a tragarla, esta vez hasta el fondo, hasta que la nariz se le clavó en el pubis canoso del inglés. Blackwood soltó un aullido y le puso las dos manos en la cabeza, deshaciéndole el moño de un tirón.
El pelo pelirrojo le cayó por la espalda y por la cara. Lucía siguió sin apartarse, con los ojos verdes clavados en él, aguantando la polla clavada en la garganta hasta que un hilo de baba le colgó de la barbilla al pecho desnudo.
Luego se volvió hacia Pembroke e hizo lo mismo, sin cambiar el gesto, sin arrugar la nariz. La polla del segundo inglés era más larga y más fina, con las venas marcadas y un capullo enorme. Se la comió también entera, hasta el fondo, con el mismo profesionalismo con el que hacía todo. Los manejaba a los dos con una frialdad de cirujana que resultaba más obscena que cualquier gemido.
—Los dos a la vez —murmuró, más para sí misma que para ellos, sacando la polla de Pembroke con la mejilla brillante de saliva—. Así terminamos antes y podemos firmar tranquilos.
Y empezó de verdad.
Fue lo más calculado y lo más sucio que he visto en mi vida. Con la mano izquierda pajeaba a Blackwood, girando la muñeca cada vez que llegaba arriba, dándole vueltas al glande con la palma. Con la derecha hacía lo propio con Pembroke, arriba y abajo, marcando un ritmo constante y firme. Pero la boca la reservaba para alternar entre los dos.
Se metió a Blackwood hasta el fondo en un solo movimiento lento. Se le marcó el cuello, se le hincharon las venas de la garganta. Aguantó allí unos segundos, con la saliva chorreándole por la barbilla y cayéndole sobre las tetas, antes de salir con un sonido húmedo de succión. Después le dejó la polla resbalarle por la mejilla, una vez, dos veces, mirándolo a él a los ojos.
—Así me gusta —dijo, escupiendo un salivazo sobre el glande y untándolo con la lengua—. Que se sientan bien recibidos.
Se giró hacia Pembroke y repitió la operación. Profunda, ruidosa, con arcadas controladas que le hacían apretar los labios contra el pubis del viejo. Sin perder nunca esa expresión de «estoy haciendo mi trabajo y lo hago bien». Cuando la soltó, la recorrió de abajo arriba con la lengua plana, lenta, dando la vuelta al glande como si saboreara la victoria que aún no habíamos firmado. Le metió un cojón en la boca, luego el otro, y volvió a subir chupando con ruido.
Los dos ingleses estaban en trance. Blackwood tenía los ojos entrecerrados y gruñía, con la calva perlada de sudor. Pembroke jadeaba, con la tripa subiendo y bajando con violencia, agarrado a los reposabrazos como si temiera caerse.
Lucía iba alternando. Atendía a uno con la boca mientras al otro le marcaba el ritmo con la mano. Después cambiaba. Se restregaba las tetas contra los dos muslos peludos, dejaba que la saliva le resbalara por la piel y le mojara los pezones, y entre uno y otro levantaba la vista hacia los hombres con esos ojos verdes tranquilos, como esperando una respuesta a una pregunta de negocios.
Con la mano libre se abrió los muslos y empezó a tocarse el coño delante de ellos, sin dejar de mamar. Se metió dos dedos y siguió con el ritmo, chupando y masturbándose a la vez, y aun así la voz le salía firme cuando hablaba.
—Señor Pembroke —dijo, con la voz amortiguada por la polla que tenía en la boca—, ¿acepta el dieciocho por ciento?
La sacó con un sonido pegajoso para escucharle bien.
—Joder… sí… —gruñó él, aferrado a la silla, con la polla brillante de baba temblándole delante de la cara—. Lo que tú quieras, guarra…
—¿Y usted, señor Blackwood? —continuó, cambiando de boca sin perder un movimiento de la mano—. ¿Firma hoy? ¿Sin cláusula de salida?
Se tragó la polla del viejo hasta la nuez y aguantó, esperando la respuesta.
—Firmo… lo que sea… hostia… no pares… —balbuceó el otro, empapado en sudor, con las venas del cuello a punto de reventar.
Lucía se sacó la polla de la boca con un plop y sonrió con los labios brillantes, los dientes blancos manchados de saliva espesa.
—Perfecto.
***
Aceleró un poco, pero sin perder nunca el control. Iba de una polla a otra como quien cata dos vinos distintos para decidir cuál sirve primero. Las rozaba con la mejilla, las frotaba contra sus tetas, dejaba que la saliva lo empapara todo, y de vez en cuando soltaba un comentario en voz baja que los volvía completamente locos.
—Qué gorda la tiene, señor Blackwood… así, empújeme la cabeza, empújeme fuerte…
—Córraseme en la boca cuando quiera, señor Pembroke, no se corte por mí…
Se puso las dos pollas juntas, una contra otra, y las chupó a la vez, pasando la lengua de un glande al otro, saliva por todas partes, hilos brillantes cayéndole de la barbilla al pecho. Se apretó los dos capullos contra los pezones y se los frotó, gimiendo por primera vez en toda la escena, un gemido bajo y ronco que se le escapó sin permiso.
Blackwood fue el primero. Le agarró la cabeza con las dos manos, la clavó contra su pubis y soltó un gruñido animal. Lucía notó la primera oleada golpear contra el paladar y no se apartó: siguió con la mano hasta el final, tragando lo que pudo, dejando que el resto se le escapara por la comisura y le cayera en chorros espesos sobre las tetas. Cuando le sacó la polla, todavía chorreaba, y ella le limpió el último hilo con la lengua sin alterar el gesto.
—Muy generoso —murmuró, con la boca llena aún de semen británico—. Gracias, señor Blackwood.
Pembroke aguantó unos segundos más. Cuando le llegó el turno, le dijo entre jadeos «en la cara, guarra, en la cara», y Lucía obedeció como si le hubiera pedido un café. Se apartó lo justo, siguió pajeándolo con la mano y cerró los ojos. El viejo se corrió a chorros gordos sobre la frente, la nariz, los labios, el mentón. Lechazos calientes que le cruzaron la cara pelirroja de un lado a otro. Ella abrió la boca y sacó la lengua, recogiendo los últimos borbotones sobre los dientes, sin dejar de mover la mano hasta que Pembroke soltó un lamento y se hundió en la silla.
Los dos ingleses quedaron desparramados, jadeando, las caras rojas y sudorosas, las pollas encogidas y brillantes colgándoles del pantalón abierto. Blackwood tenía la mirada vidriosa. Pembroke sonreía como un idiota feliz, con la boca abierta.
Lucía se limpió con el dorso de la mano como quien se retira una miga de la comisura. Se pasó el pulgar por los pómulos, recogió el semen que le caía por la mandíbula y se lo chupó del dedo, tragando con un gesto profesional. Con una toalla que sacó del bolso interior de la chaqueta, se secó las tetas y la cara con eficiencia, sin ceremonia.
Se incorporó con elegancia. Se recolocó el sujetador y la blusa con toda la tranquilidad del mundo, abrochándose los botones uno a uno. La piel desapareció bajo la seda blanca. Se recogió el pelo pelirrojo con dos golpes de muñeca y lo devolvió al moño tirante de antes, como si acabara de ir al baño. Se pasó los dedos por los labios hinchados y miró a los dos hombres.
—Entonces… ¿firmamos?
Blackwood asintió, todavía sin habla. Pembroke alargó la mano hacia los papeles con la polla aún colgando fuera del pantalón.
Lucía recogió los documentos, los colocó frente a ellos y les tendió la estilográfica que yo siempre usaba para los contratos importantes.
—El dieciocho por ciento, sin cláusula de salida —recitó, señalando la línea con la uña—. Aquí y aquí, por favor.
Firmaron los dos, con la mano temblorosa, uno detrás del otro.
—Bienvenidos al despacho, señores —dijo ella, recogiendo las copias—. Ha sido un placer cerrar con ustedes.
Se dio la vuelta, me miró un segundo —ojos verdes, expresión imperturbable, como si no hubiera pasado nada— y bajó la mirada un instante a mi bragueta abierta, a la polla que yo aún me sujetaba con la mano bajo la mesa. Sonrió apenas.
—Voy a por una botella de cava para celebrar, jefe. ¿Necesita algo más?
Y salió de la sala cerrando la puerta tras de sí, dejando a los dos ingleses derrengados, con las pollas fuera y las camisas manchadas, y a mí sentado, con el corazón a mil, el contrato firmado entre las manos, la polla goteando sobre el pantalón y una sonrisa lenta dibujándose en la cara.
***
El resto de la tarde transcurrió como en un sueño raro. Los socios me felicitaron por teléfono. Nueve millones cerrados al dieciocho por ciento y sin cláusula de salida, dijeron, era una negociación de manual. Me preguntaron cómo lo había conseguido. Les dije que había sido cuestión de paciencia y de saber esperar el momento.
No mentí del todo.
Cuando se fueron los ingleses, con sus carpetas y sus apretones de mano demasiado largos, me quedé solo en mi despacho mirando por la ventana las luces de la ciudad. No sabía qué pensar. No sabía qué sentir. Solo sabía que llevaba tres años trabajando codo con codo con Lucía y que jamás habría imaginado de lo que era capaz.
Ella entró sin llamar, como siempre, con dos copas y la botella ya abierta.
—No tenías que hacerlo —le dije, y me salió la voz más ronca de lo que pretendía.
—Lo sé. —Llenó las copas y me tendió una—. Pero te conozco, jefe. Llevabas tres días sin dormir. Ibas a perder el contrato y a hundirte con él. Y eso no me convenía. —Sonrió de medio lado—. Me gusta mi puesto.
—¿Solo era por tu puesto?
Me sostuvo la mirada un instante de más. El suficiente. Dejó la copa sobre la mesa, rodeó el escritorio y se sentó a horcajadas sobre mis muslos, con la falda de tubo subida hasta la cintura y el coño desnudo apretado contra mi bragueta. Me buscó la polla con la mano, la sacó y la dirigió a su entrada, húmeda todavía de haberse tocado antes.
Se dejó caer despacio, hasta el fondo, con los ojos cerrados y un suspiro largo que le salió de dentro.
—Esto —dijo, empezando a moverse encima de mí, apretándome el cuello con las dos manos— es lo que me guardaba para ti, jefe.
Le agarré el culo por debajo de la falda y la marqué el ritmo. Me la follé sentado, ella encima, la blusa desabrochada otra vez, las tetas rebotándome en la cara. La besé por primera vez en tres años, y sabía a semen inglés y a cava, y me dio igual. Se corrió apretándome la polla con espasmos, mordiéndome el labio, y yo me vacié dentro de ella con la boca pegada a su cuello, gruñendo como un animal.
Se quedó encima un rato más, respirando fuerte, con el pelo revuelto por segunda vez esa tarde. Luego se incorporó despacio, dejó que el semen mío le resbalara por el muslo y se lo limpió con dos dedos que se metió en la boca sin apartarme la mirada.
—La próxima negociación —dijo, bajándose la falda— la cerramos igual.
Brindamos en silencio. Y mientras la veía beber, con el pelo todavía un poco revuelto y esa calma de hielo que no la abandonaba nunca, supe dos cosas con absoluta certeza.
La primera, que aquella mujer valía cada euro de su sueldo y muchos más.
La segunda, que jamás volvería a mirarla del mismo modo cuando me trajera el café por la mañana.
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