Diario de una cortesana trans que se hizo a sí misma
Estamos acostumbrados a escuchar historias de gente que alcanzó lo que soñaba desde la infancia, como si la vida fuera un plano que se dibuja una vez y se respeta hasta el final. Es mentira. Cuántos quisieron ser bomberos y terminaron contando números ajenos en una oficina, cuántos juraron manejar un taxi y acabaron mirando el mundo desde muy arriba. Una no se diseña de un solo trazo. Una es el resultado de deseos, torpezas, golpes de suerte y accidentes que parecían desgracias.
Yo no profeticé ser lo que soy. Lo descubrí. Y una vez que lo reconocí, solo me quedaban dos caminos: aceptarme y vivir, o rechazarme y arrastrarme como un cadáver con permiso para respirar. Elegí lo primero, y esa decisión lo cambió todo.
Era una mujer encerrada en un cuerpo de hombre. Durante años las señales se fueron acumulando, pequeñas y persistentes, hasta que un día dejaron de ser sospecha y se volvieron certeza. Cuando por fin las dejé hablar, no me defendí. Las abracé con la misma pasión con la que más tarde abrazaría a tantos cuerpos. Y junto a esa transformación apareció otra cosa, igual de honesta: la vocación de cortesana.
No hay título más apropiado para empezar este diario que el de «introducción», porque de eso se trata todo. De introducir, de meter, de encajar, de clavar, de penetrar y, al final, de llenar. Esa es la tarea última de una cortesana, y así me gusta reconocerme, sin pudor y sin disculpas.
Nosotras formamos parte de una legión antigua. Servimos a dioses, a reyes, a templos y a hombres comunes que olían a vino barato. Pero que nadie confunda servir con ser sirvienta. Al servir, éramos servidas; al alquilarnos, nos pagaban; al cortejarnos, en realidad seducíamos; al consentirnos, nos regalaban el poder. Aún hoy, con los duques y los emperadores hechos polvo, seguimos haciendo nuestro trabajo. Seguimos siendo las hijas de la alegría.
Nos llamaron de mil maneras a lo largo de los siglos: sacerdotisas del amor, hermanitas del pecado, esclavas del placer, muchachas de jade. Más coloquialmente: putas, zorras, furcias, meretrices. Cada nombre era un escupitajo y, al mismo tiempo, una rendición. Porque al final siempre volvían a buscarnos.
Somos las dueñas de la geografía del deseo. Conocemos penínsulas anchas que ajustamos a nuestras bahías profundas, ofrecemos colinas a quien sepa apreciar su sabor, abrimos los confines del cuerpo a quien se atreva a explorarlos. Tragamos como un huracán y, sin embargo, sembramos felicidad por donde pasamos.
Pero nadie nace cortesana. Hay que aprenderlo. Estudiar, practicar, equivocarse, dominar el oficio como se domina un instrumento. No basta con un cuerpo voluptuoso y caliente: como toda herramienta, hay que saber lubricarla, afinarla y equilibrarla antes de soltarla a rodar por la calle.
También hay que pulir la cabeza. No se puede ejercer con culpa. No se coge bien sin imaginación. La palabra es tan excitante como la piel, y si manejás varias lenguas, mejor todavía. Antes había que saber de música y de danza; hoy quizá sirva entender de cine, de deportes o de las series que mira el hombre que tenés desnudo al lado. Todo es instrumento de seducción.
Hay quien se hace cortesana por dinero, por poder, por venganza o por aburrimiento. Yo lo soy por placer. Mi deseo eligió esta vida porque necesito el sexo siempre, en cualquier hora, en cualquier oportunidad. Vine a esta tierra con una libido inmensa, desproporcionada, ingobernable. Así que todo lo que vas a leer en este diario se trata de eso: sexo, y mucho.
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Claro que, en mi caso, antes de todo eso vino la transformación. Tuve que abandonar las exigencias que cargaba un cuerpo de varón para acomodarme en la piel de la mujer que siempre fui por dentro. No voy a mentir diciendo que fue fácil. Pero, comparado con lo que muchas de mis compañeras de viaje padecieron, lo mío fue casi un milagro de suavidad.
No quiero faltarles el respeto a ellas. Sé lo que cuesta. Hubo trabajo físico, hormonal, social, y hubo también un diván donde dejé llorar a la persona que me apretaba como un traje prestado. Pero emprendí cada una de esas tareas titánicas con un entusiasmo que ni yo me esperaba, convencida de que el final valía cualquier precio. Y vaya si lo valía. Para quien nunca vivió en un cuerpo que no responde a lo que el alma reclama, le aviso: ese sufrimiento es de los que matan en silencio.
Mi cambio, además, fue veloz. Lo acepté de inmediato y todo llegó pronto. En pocas semanas ya salía a la calle vestida como lo que era: a comprar, a tomar un café, a cenar, a bailar hasta que me dolieran los tobillos. Recuerdo la primera vez que me probé un vestido frente al espejo de una tienda y vi a alguien que por fin me devolvía la mirada sin pedirme perdón. Lloré, sí. Pero de alivio.
En cuanto al sexo, hice un curso intensivo. Y lo digo con orgullo. No me negué a nada, porque mi deseo, recién liberado de su jaula, era una sed que no se saciaba. Quería conocerlo todo, sentirlo todo, registrar en la piel cada sensación que durante años me habían robado.
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Mi primera noche como mujer entera fue con un desconocido que conocí en un bar de techos bajos y luz ámbar. Se llamaba Tobías —o eso dijo, y a esa altura los nombres importaban poco—. Tenía las manos grandes y una manera de mirarme que no buscaba descifrarme, solo desearme. Eso fue lo que me derritió: que no me trataba como un enigma, sino como una mujer a la que quería llevarse a la cama.
—Sé quién sos —me dijo, con la boca pegada a mi oído, cuando ya estábamos en su departamento—. Y me gustás exactamente así.
No hubo titubeo. Me bajó el tirante del vestido con un dedo, despacio, mirándome a los ojos para no perderse mi reacción. Yo temblaba, pero no de miedo. Temblaba de las ganas acumuladas durante toda una vida. Cuando su boca bajó por mi cuello y siguió hasta el pecho, sentí que el cuerpo entero se me ponía de acuerdo conmigo por primera vez.
Lo que vino después no voy a adornarlo con metáforas tontas. Hubo saliva, hubo sudor, hubo dientes y dedos y palabras sucias dichas al oído. Me dio vuelta sobre la cama, me sujetó de las caderas y entró en mí con una lentitud deliberada que me hizo morder la almohada para no gritar. Sentí el peso de su cuerpo sobre la espalda, el calor de su aliento en la nuca, el ritmo que fue subiendo de a poco hasta volverse imposible de contener. Y mientras me embestía, yo pensaba una sola cosa.
Esto es lo que soy. Por fin.
Acabé antes que él, con la cara hundida en las sábanas y el cuerpo sacudiéndose solo. Él lo hizo segundos después, gimiendo mi nombre nuevo como si lo conociera de toda la vida. Después nos quedamos quietos, pegados por el sudor, escuchando la respiración del otro. No hubo promesas. No hacían falta. Esa noche entendí que el placer iba a ser mi oficio y mi religión.
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Desde entonces, mi vida ha transcurrido entre dos pasiones que conviven sin pelearse: el sexo y la enseñanza. Porque sí, además de cortesana soy profesora, y no me ha ido mal en ninguno de los dos campos. Sería ambiciosa si pidiera mejores resultados. Tengo el don de explicar para el beneplácito de cientos de alumnos durante el día, y una imaginación desbordada para el placer de incontables amantes durante la noche.
Me divierte la doble vida. De mañana corrijo exámenes con anteojos y voz pausada; un alumno jamás sospecharía que la mujer que le explica sintaxis pasó la madrugada con las rodillas marcadas y el cuerpo agradecido. Hay algo profundamente excitante en ese secreto, en caminar por el pasillo del instituto sabiendo lo que sé de mí misma y que ellos jamás imaginarían.
Mi existencia siempre se movió de a pares. Primero, la díada más difícil: de varón a mujer, la indecisa, la dolorosa, la que casi me cuesta la vida. Y superada esa, vino la segunda, mucho más amable: la del aula y la cama. La tiza y las sábanas. La paciencia y el desenfreno.
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Una advertencia antes de que sigas leyendo: en estas páginas no vas a encontrar más que sexo. La historia de mi transición, contada con calma y circunspección, la dejé en otro de mis cuadernos. Este es el sucio, el caliente, el que escribo con una mano mientras la otra recuerda. Acá no hay lecciones, solo cuerpos.
Y antes de que me preguntes si todo lo que vas a leer es verdad, te respondo de una vez: hay mucho de cierto y un poco de fantasía literaria. Decidí no aclarar dónde termina una y empieza la otra. Creé mi propio cuerpo de la nada, así que también me reservo el derecho de adornar mis recuerdos. Vos elegí en qué parte preferís creer.
Dejemos entonces esta charla, que ya se vuelve larga y fastidiosa, para que pueda contarte de una buena vez las aventuras de esta puta profesora que se inventó a sí misma. Servíte un trago, ponete cómodo y prepárate. Lo que viene no es para almas tímidas.