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Relatos Ardientes

Las setas que terminaron con mi suegra en mi cama

Mi vida entera cambió de rumbo en un solo fin de semana. Pasé de ser un universitario aplicado a fichar en una oficina, de soltero despreocupado a hombre casado y futuro padre. Y de vivir con mis padres, pasé a compartir piso con mi mujer y mi suegra. Las dos embarazadas. Todavía hoy me cuesta contarlo sin reírme.

Todo arrancó con una escapada que se nos fue de las manos.

Marina, que entonces era mi novia, me propuso probar unas setas que le había pasado Olga, una amiga suya. Le dijo que eran «las setas de la risa», y nosotros, jóvenes y con ganas de aventura, no lo pensamos dos veces.

Aquel fin de semana nos habíamos ido a un pueblo medieval del interior, uno de esos que cruza un río con un puente de piedra y donde el tiempo parece detenido. Olga vivía allí, en una vieja masía ocupada por gente que había huido de la ciudad. Solíamos alojarnos siempre en el mismo apartamento, barato y sin lujos, pero cómodo para una pareja de veintipocos.

Esta vez no fuimos solos. Nos llevamos a Amparo, la madre de Marina. Llevaba una mala temporada, arrastrando una depresión desde que se había separado, y su hija me convenció para que la sacáramos a respirar. Amparo había aguantado años junto a un marido que la trataba como a un mueble, hasta que reunió el valor de denunciarlo y dejarlo.

En su juventud, según contaba Marina, su madre había sido una mujer de armas tomar, de las que no se perdían un concierto ni una noche larga. Pero el matrimonio la había apagado. A sus cuarenta y cinco años todavía conservaba algo de aquella chispa, aunque la escondía bajo ropa ancha y gestos cansados.

En casa de Olga nos tomamos unas cervezas a la hora del vermut. Ella nos dio un puñado de setas secas, unas hierbas que recogía por el monte y una botella de licor casero que preparaba cada año macerando marihuana y plantas que llamaba, medio en broma, «las demoníacas». Pasamos un par de horas riéndonos con ella y sus amigos, fumando y arreglando el mundo. Amparo se animó más de lo que esperábamos: le dio a un par de cigarros que circulaban, decidida a integrarse en aquel grupo. Al fin y al cabo, ella venía de una generación que había vivido todo eso de primera mano.

Nos despedimos y volvimos al apartamento. Amparo se quedó con la habitación de las dos camas individuales; Marina y yo, con la de matrimonio.

Lo primero que hicimos al llegar fue ducharnos. Aquella ducha era nuestra debilidad: amplia, con el suelo a dos alturas porque la habían encajado bajo un tramo de escalera. Esos dos escalones nos permitían toda clase de juegos bajo el agua.

Nos enjabonamos el uno al otro siguiendo nuestro ritual de siempre, hasta que terminamos enredados contra los azulejos, su espalda arqueada y mi boca recorriéndole el cuello. Marina se corría sin pudor; sabía que la ducha amortiguaba cualquier sonido. Después nos secamos, abrimos un par de cervezas y, como quien cumple una ceremonia, nos tomamos las setas. Un puñado cada uno, acompañado de un trago de aquel licor, tal y como Olga nos había indicado. Más tarde supe que con lo que nos dio había para tres dosis largas. Amparo también quiso su parte, un puñado más pequeño; dijo que de joven ya las había probado.

***

Una hora después paseábamos por la plaza y las callejuelas del pueblo, matando el tiempo hasta la hora de la pizzería de costumbre. Marina iba colgada de mi brazo y Amparo a su lado. Sin darnos cuenta empezamos a caminar más y más deprisa, hasta que nos descubrimos casi corriendo y muertos de risa.

No podíamos parar. Nos mirábamos y estallábamos otra vez. Era verano, pero a mí las luces de las farolas me parecían de Navidad, cada reflejo brillaba y cambiaba de color. Me dolía la mandíbula de tanto reír. Y la carcajada se volvió histérica cuando Amparo, incapaz de aguantarse, siguió caminando mientras se le escapaba el pis bajo la falda. En cualquier otro momento nos habríamos muerto de vergüenza; con el colocón, solo nos dio por reírnos más fuerte.

Tuvimos que volver al apartamento antes de que alguien llamara a una ambulancia por nosotros.

Dentro, la risa no aflojaba. Marina se desplomó en el sofá y Amparo se dejó caer al suelo, revolcándose como una niña feliz. Cuando por fin Marina ayudó a su madre a levantarse, las dos se metieron juntas al baño, agarradas y sin dejar de reír.

Tardaban demasiado. Entré a ver qué pasaba y me las encontré a las dos desnudas, de rodillas, intentando alcanzar el teléfono de la ducha sin conseguirlo. Me desnudé y subí al escalón alto para alcanzarlo yo. Desde allí las miré: dos cuerpos pequeños y borrosos bajo el efecto de las setas, riéndose a mis pies. Y entonces noté que la tenía dura como una barra de hierro, sin haberlo decidido, sin saber siquiera si estaba excitado. Los tres terminamos riéndonos de mi propia erección.

Fue Amparo quien estiró la mano y me agarró los testículos. No apretaba con dolor, solo los sostenía, y por más que tiraba no había manera de que me soltara. Abrí el grifo. El agua fría calmó un instante las risas, pero volvieron enseguida.

Lejos de soltarme, con la otra mano me agarró el sexo y se lo llevó a la boca. Marina, su propia hija, miró la escena y se dobló de risa al ver a su madre haciéndome aquello. Le sujeté la cabeza a Amparo y empecé a moverme despacio; sus dedos no llegaban a rodearme del todo. Cuando le metí demasiado, se atragantó, y Marina, en lugar de detenerla, tomó el relevo y se la llevó ella a la boca. Su madre, mientras tanto, seguía sin soltarme los testículos, como si los hubiera reclamado en propiedad.

Con las bocas ocupadas, la risa por fin se apagó. Me corrí entre las dos, pero no bajé. Malditas setas, ¿también serán afrodisíacas?, pensé. Marina se incorporó y empezó a enjabonarnos a los tres. La única que seguía de rodillas era Amparo, empeñada en no soltarme. Se colocó detrás de mí y deslizó la lengua por donde menos lo esperaba; su hija le echó agua a la cara entre carcajadas para que parara.

No aguanté más. Marina se giró, apoyó las manos en la pared y me guio dentro de ella hasta chocar con los dedos de su madre, que aún seguían ahí. Me estaba follando a la hija mientras la madre me sostenía y me recorría con la lengua. Marina se movía con una desesperación que no le conocía. La tenía tan dura que pensé que iba a partirse. Me vacié dentro de ella y, en algún punto del colocón, apenas noté que Amparo me había metido dos dedos por detrás.

Marina salió de la ducha, todavía riéndose. Aproveché para levantar a Amparo, que tomó el relevo: se subió a mí, me rodeó el cuello con los brazos y la cintura con las piernas. Al menos así, por fin, me soltó los testículos. Empecé a moverme dentro de ella a un ritmo frenético, mis caderas chocando contra las suyas en cada embestida, hasta que la sentí desfallecer cuando se corrió.

Y aun así no bajé. Seguía dura como el hierro dentro de ella. Intenté bajarla, pero se aferraba a mí como una lapa.

***

Salí de la ducha con mi suegra colgada de mí, convertida casi en un apéndice de mi cuerpo. Por suerte era menuda y pesaba poco. En el salón, Marina dormía en el sofá con una sonrisa boba. Llevé a Amparo a su cama e intenté soltarla sin éxito; terminé tumbándome sobre ella y empezando de nuevo. Perdí la cuenta de las veces que me corrí. En algún momento ella quedó medio inconsciente, agotada, y comprobé aliviado que solo dormía.

Pero la erección no cedía. La tenía casi morada, y aquello empezaba a preocuparme de verdad. Probé con agua fría, probé a orinar, nada funcionaba. Saqué unos cubitos de la nevera, los metí en una bolsa y me apliqué el hielo. Mientras esperaba a que hiciera efecto, contemplé a Marina dormida en el sofá, con ese cuerpo que me tenía loco desde el día que la conocí: morena, ojos verdes, labios finos.

El frío del hielo no bajó nada, pero me dio una idea pésima. Me arrodillé detrás de ella y la desperté de la peor manera posible, hundiéndome de un golpe. Marina pegó un respingo, gimió y siguió gimiendo en cada embestida, despierta de pronto y enganchada al momento. La follé sin pausa hasta que se corrió temblando.

Cuando todo pareció calmarse, Marina se levantó para ir al baño y resbaló en el suelo mojado del salón. El grito se debió de oír en la plaza. Acudí corriendo y me la encontré en el suelo, llorando, sujetándose la rodilla. Esta vez no había setas que valieran: le dolía de verdad.

La duché con cuidado, la senté en el sofá y le puse un albornoz. No paraba de llorar y reír a la vez, maldiciéndome con palabras que no se entendían. Recordé que alguien me había dicho una vez que la marihuana calmaba el dolor, así que le serví un vaso del licor de Olga. Se lo bebió de un trago, creyendo que era agua, y se puso roja como un farolillo.

Llamé a emergencias. Me dijeron que mandaban una ambulancia. Mientras tanto, me acordé de golpe de Amparo. Fui a su cuarto y allí seguía, despertándose poco a poco, maldiciéndome con una sonrisa en los labios.

—Cabrón, me has dejado hecha polvo —murmuró.

—Usted tampoco se quedó corta, que no me soltaba ni debajo del agua —le respondí.

La ayudé a lavarse y a vestirse. Cuando volvimos al salón y vio el estado de su hija, me cruzó la cara de una bofetada.

—¿Pero qué hace? —protesté.

—Algo habrás hecho tú, seguro —dijo, y se le escapó la risa a media frase.

***

Llegó la ambulancia. Tras escuchar mil explicaciones, se llevaron a Marina y dejaron que la acompañara alguien. Mandé a Amparo, que no se atrevió a negarse aunque me fulminó con la mirada. Recogí algo de ropa, la documentación y lo imprescindible, y conduje detrás hasta el hospital comarcal, un edificio pequeño rodeado de bosque.

En la sala de espera, mi suegra y yo no podíamos parar de reír. El licor de Olga seguía haciendo de las suyas.

—Tienes un buen problema ahí abajo —me dijo, señalando con la barbilla—. Eso no es normal, chaval.

—Cuéntemelo a mí —respondí—. Empieza a darme miedo.

—Mi hija es una afortunada —soltó, y nos volvimos a reír los dos.

—Pues no se confíe, suegra, que a usted todavía le debo unas cuantas —le dije.

—Eso ni lo sueñes —contestó, pero la sonrisa la traicionaba.

Una doctora nos llamó al fin.

—Buenas tardes, soy la doctora Belmonte —dijo—. Además del alcohol y las sustancias que lleva en sangre, su mujer tiene una rotura de ligamento en la rodilla. Hemos tenido que intervenirla y va a necesitar reposo absoluto durante un par de meses. Ahora está sedada. Mañana podrán verla en planta.

Le dimos las gracias y la doctora se marchó. Amparo me clavó una mirada que mataba.

—Por tu culpa —dijo.

—Por sus meados en el suelo, querrá decir —contesté—. Llevábamos todos un colocón de mil demonios, no nos echemos la culpa unos a otros.

—Me hiciste correr como no me corría en años —admitió, bajando la voz—. Pero no vuelvas a acercarte a mí. Lo de anoche fue cosa de las setas.

—Eso ya lo veremos —dije.

***

De vuelta al apartamento, mi suegra ya no fingía resistencia. La dueña nos dejó quedarnos un par de días más, y aquellos días me sirvieron para descubrir que lo de la ducha no había sido solo cosa de las setas. La conquisté despacio, sin prisa, hasta que dejó de llamarme cabrón con rabia y empezó a hacerlo con otra cosa en la voz.

Los tres días que Marina pasó ingresada, más las semanas de reposo que vinieron después, los aproveché para recuperar con Amparo todo el tiempo perdido de su vida. El resultado, supongo que ya lo imaginan: las dos quedaron embarazadas. Echando cuentas, debió de ser aquel fin de semana en el pueblo medieval. Parieron con dos días de diferencia.

Lo hablamos los tres con calma y decidimos seguir adelante como una sola familia. Así que aquí estoy: casado con mi mujer y compartiendo cama, cuando toca, también con su madre. Lo llevamos mejor de lo que cualquiera pensaría. Lo único malo es que el único que trabaja soy yo, y tengo que mantener a dos mujeres y dos bebés.

De lo que desde luego no me puedo quejar es de falta de sexo. Este fin de semana volvemos al pueblo. Olga nos ha dicho que pasemos por su casa, que tiene setas nuevas y un par de botellas de su licor. Cuando nos lo dijo, los tres nos echamos a reír. Y, la verdad, todavía no hemos parado.

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