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Relatos Ardientes

Mi amiga trans y la noche que casi la rompe

Bruna es una de las personas que más quiero en este mundo y, probablemente, a la que más admiro. La conocí en la facultad, cuando los dos arrastrábamos apuntes de un aula a otra y todavía respondía a otro nombre. Por aquel entonces era un chico que muchos llamaban «afeminado» con esa crueldad disfrazada de broma que tienen los pasillos. A mí me caía bien desde el primer día, y con el tiempo nos hicimos inseparables.

Cuando salíamos de fiesta, ella se vestía como lo que sentía que era: una mujer. Y lo cierto es que estaba preciosa. Tenía una forma de moverse, de reírse echando la cabeza hacia atrás, que hacía girar cabezas en cualquier local. Coqueteaba con todos, incluso conmigo, y enseguida se dio cuenta de que vestida de chica tenía un éxito que nunca había conocido antes.

Un día dio el paso. Empezó a acostarse con hombres por dinero. No lo hacía por necesidad, su familia le pasaba lo suficiente; lo hacía por caprichos y, sobre todo, por morbo. Le gustaba sentirse deseada, comprobar hasta dónde llegaba ese poder nuevo que descubría en el espejo cada mañana.

Con cada mes se sentía más mujer. Empezó las hormonas, empezó la transición. El chico de los pasillos era ya el pasado; ahora era Bruna, y en apenas año y medio su aspecto cambió de una forma que a mí me dejaba sin palabras.

***

Cuando se operó el pecho se convirtió en un auténtico bombón. La gente la miraba por la calle, y esa belleza nueva hizo que su clientela creciera sin que ella tuviera que buscarla. Lo que había arrancado por juego y por dinero «fácil» —que nunca lo es, lo aprendí yo antes que ella— se fue transformando en su modo de vida.

Y esa vida tiene un precio. Empecé a notarlo unos meses después de que se metiera de lleno en el oficio. Bruna era de las que estudiaba y sacaba buenas notas, pero poco a poco comenzó a faltar a clase. Seguía aprobando, seguía adelante, pero con calificaciones más bajas y una sombra distinta en la mirada.

Lo que más me dolía era el cambio de carácter. La chica alegre, bromista, capaz de reírse de cualquier cosa, se fue volviendo más cínica, más seca. Era como si alguien le estuviera apagando la chispa una vela cada noche, sin que ella se diera cuenta.

Poco antes de los exámenes faltó varios días seguidos. Le escribí para saber qué le pasaba y no contestó. Pregunté a otros compañeros y nadie sabía nada. Empecé a inquietarme de verdad.

Unos días después apareció por la facultad con moratones en los brazos y un corte mal disimulado en el pómulo. Me quedé clavado en el sitio al verla. No hizo falta que dijera nada: intuí lo que había pasado. La abracé sin una sola palabra y ella, que había aguantado toda la mañana, se derrumbó y empezó a llorar contra mi hombro.

***

Ese día no me contó nada. Tardaría semanas en hacerlo, y lo hizo en voz baja, una tarde de lluvia, con la mirada fija en la taza de té que se le enfriaba entre las manos. Yo ya me imaginaba la dirección de la historia, pero escucharla de su boca fue otra cosa.

Dos hombres la habían contratado. En el anuncio todo parecía normal: una cita, una tarifa, un hotel discreto en las afueras. Pero lo que aquellos dos buscaban no era sexo. Buscaban dominarla, humillarla, hacerle daño. Solo que eso no se dice en un mensaje.

El encuentro empezó como cualquier otro. Charlaron un rato, le sirvieron una copa, le preguntaron qué le apetecía. Le regalaban los oídos, le decían lo guapa que era, lo bien que olía. Ella se relajó. Era su trabajo y lo conocía.

Bruna se arrodilló entre los dos y se los sacó de los pantalones sin prisa, como quien saca un caramelo del envoltorio. Los tenía duros a los dos, uno en cada mano, y se los llevó a la boca por turnos. Primero al más alto: le pasó la lengua por toda la polla, desde los cojones hasta el glande, y luego se la metió entera, hasta el fondo, hasta que la punta le tocó la garganta y se le llenaron los ojos de lágrimas. Chupaba con ganas, apretando los labios en cada subida, ahuecando los mofletes, dejando hilos de saliva que le caían por el mentón y le mojaban las tetas. El otro le agarraba la cabeza y se la giraba para tenerla a él también, y ella cambiaba de verga sin soltar la primera, escupiéndolas, lamiéndolas juntas, frotándoselas por la cara mientras los dos le decían lo bien que se la mamaba, lo puta que era, lo mucho que iban a disfrutar. Uno le devolvió el favor: la tumbó en la cama, le abrió las piernas y le pasó la lengua por el culo y por la polla, chupándosela hasta que Bruna arqueó la espalda y jadeó con los ojos cerrados. Le lamió los cojones, le mordió el interior de los muslos, le hundió dos dedos con lubricante y se los movió despacio hasta que ella empezó a mover las caderas contra la mano. Hasta ahí, todo dentro de lo previsible.

Entonces propusieron atarla. «Parte del juego», dijeron. Ella accedió, porque hasta ese instante se habían comportado con normalidad y porque a muchos clientes les gustaba ese tipo de cosas. Le ataron las muñecas a la espalda con una cuerda que le mordía la piel y la dejaron boca abajo sobre el colchón, con el culo levantado y la cara aplastada contra las sábanas.

Y ahí cambió todo.

Lo que empezó con unos azotes flojos se convirtió enseguida en correazos que le cruzaban la piel y le arrancaban el aire. El cinturón le silbaba antes de partirle las nalgas y le iba dejando franjas rojas que se hinchaban en cuestión de segundos. Bruna protestó. Uno de ellos la agarró del pelo, le tiró de la cabeza hacia atrás y le escupió al oído:

—Grita, puta, que te vamos a poner fina.

Siguieron los golpes. Ella se revolvía, se quejaba, intentaba zafarse de las cuerdas, pero atada y boca abajo no podía hacer gran cosa. El otro la sujetaba por la nuca mientras el primero seguía castigándola sin escuchar una sola de sus palabras. Le separaron las piernas de un tirón, y el más alto se escupió en la mano, se untó la polla y se la metió de una sola embestida, hasta el fondo, sin esperar a que se acostumbrara.

—Mírala cómo aprieta el culo la muy zorra —se rio el otro—. Está hecha para esto.

La penetraron con brusquedad, primero uno y luego el otro, turnándose como si ella no fuera más que un objeto que se pasaban de mano en mano. El primero la follaba agarrándola de las cuerdas, usándolas como riendas, tirándole de las muñecas para clavársela más hondo con cada embestida. El choque de las caderas contra las nalgas sonaba seco, brutal, mezclado con los gemidos ahogados de Bruna y las risas de los dos. Cuando salía se la escupía en el culo y volvía a metérsela con un golpe seco que le arrancaba un grito. El otro esperaba de rodillas junto a la cabeza, machacándosela delante de la cara, y se la metía en la boca cada vez que ella intentaba hablar, empujándosela hasta la garganta para hacerla callar. Se turnaban sin descanso: el que había estado por detrás pasaba por delante, le agarraba la mandíbula y le follaba la boca sintiendo el sabor de ella misma en su propia polla, mientras el otro se colocaba entre sus piernas y la penetraba de nuevo. Las primeras embestidas fueron lentas, casi calculadas para que entendiera que estaba a su merced; después ya no hubo ningún cálculo, solo violencia, solo carne golpeando contra carne, solo dos vergas entrando y saliendo de ella como si quisieran romperla por dentro.

El que esperaba se masturbaba mirando, riéndose, escupiéndole en la cara y llamándola con cada insulto que se le ocurría: puta, zorra, cerda, marica de mierda, cada palabra dicha con una sonrisa. Le apretaba las tetas hasta hacerla gemir de dolor, le pellizcaba los pezones y se los retorcía. Le agarraba la polla, que a ella se le había quedado floja del miedo, y se reía diciéndole que era una farsante, que en el fondo le encantaba, que por eso lo hacía.

Bruna me contó que llegó un punto en que las lágrimas se le secaron. Dejó de llorar, dejó de quejarse. Entró en ese estado de shock en el que el cuerpo se rinde y la mente se va a otra parte, lejos, mirándolo todo desde arriba como si le ocurriera a otra persona. Ya no había súplicas. Solo el ruido de las embestidas, el olor a sudor y semen, y una resignación que me partió el alma cuando me la describió.

La desataron solo para volver a atarla, esta vez boca arriba, con las piernas abiertas y sujetas a los pies de la cama, expuesta entera. Ella no opuso resistencia; estaba intentando desaparecer. Le mordieron y estrujaron el pecho hasta dejarle marcas de dientes alrededor de los pezones, le apretaron el cuello hasta cortarle la respiración mientras uno se la volvía a follar, le dieron bofetadas que le dejaron los oídos zumbando. El de arriba se le sentó a horcajadas sobre el pecho y se la metió en la boca así, ahogándola con la polla, notando cómo se atragantaba, cómo se convulsionaba debajo de él. El otro se la clavaba entre las piernas sin descanso, agarrándole los muslos con las dos manos, dejándole las huellas de los dedos marcadas en la piel. Llegó a pensar que aquella habitación iba a ser lo último que vería, y, según me dijo con una calma terrible, llegó a desearlo.

Pero aquellos dos animales todavía no habían terminado. Cuando por fin se cansaron, se sacaron las pollas y se pusieron los dos delante de su cara, machacándoselas a dos manos con la punta apuntando a su boca. Se corrieron uno detrás del otro, chorros gruesos y calientes que le cayeron en los labios, en los párpados, en el pelo, mientras los dos gruñían y le restregaban el glande por la mejilla para limpiarse en ella la última gota. Y, como remate, se le pusieron encima y la orinaron entre carcajadas, la meada caliente cayéndole en la cara mezclada con el semen, escurriéndose por el cuello hasta el pecho, una última burla para grabarle quiénes mandaban.

El resultado: el cuerpo molido a golpes, desgarros que tardarían en curar y un trauma que tardaría muchísimo más.

***

Durante los meses siguientes traté de cuidarla como pude. A veces pasábamos la tarde entera cogidos de la mano, o simplemente abrazados en el sofá, sin decir una palabra, viendo cómo se apagaba la luz por la ventana. No hacía falta hablar. Estar ahí ya era suficiente, o al menos eso quería creer yo.

Fue en esas tardes silenciosas cuando me di cuenta de que lo que sentía por ella había dejado de ser amistad hacía tiempo. Me enamoré de Bruna sin remedio, de su fuerza, de su forma de levantarse cada mañana a pesar de todo. Estoy casi seguro de que ella lo notó, pero no dijo nada, y yo tampoco me atreví. No era el momento.

Poco a poco se fue recuperando. Volvió a las clases, volvió a aprobar, hasta volvió a reírse alguna vez con esa risa de cabeza echada hacia atrás. Pero nunca volvió a ser del todo la misma. Hay cosas que dejan una grieta que ya no se cierra, solo se aprende a vivir con ellas.

***

En parte, durante mucho tiempo me sentí responsable de lo que le pasó. Porque cuando ella empezó a prostituirse, yo ya llevaba un tiempo en el oficio. De hecho, fue una de las pocas personas de mi entorno a las que se lo conté.

Recuerdo cómo me escuchaba, los ojos brillándole de curiosidad, preguntándome detalles, cuánto se ganaba, cómo eran los clientes. Más por morbo que por otra cosa, creo. Y yo, ingenuo, le contaba mis experiencias y le enseñaba lo que sacaba en una buena semana. Esa curiosidad, ese morbo y ese dinero «fácil» —repito, nunca lo es— la empujaron a dar el paso.

Tardé en perdonarme. Tardé en entender que la decisión fue suya, que ella era una mujer libre y que culparme a mí era quitarle el derecho a haber elegido. Pero hay noches en que todavía me cuesta.

Este no es un trabajo como estar en una fábrica o sentado en una oficina. Es un oficio que te deja secuelas para toda la vida, y el problema es que, cuando eres joven y aún no sabes de qué pasta está hecha la gente, crees que vas a poder con todo. Crees que eres más fuerte que el mundo.

Sé que quien entra a una página como esta busca leer fantasías, deseo, escenas que enciendan algo. Pero creo que también vale la pena conocer la cara B de todo esto. Que detrás de cada anuncio hay una persona de carne y hueso, con sentimientos, con miedos, con gente que la quiere esperándola en casa. Y que todas, absolutamente todas, merecen ser tratadas con respeto.

Bruna, si algún día lees esto: gracias por dejarme contarlo. Y perdón, otra vez, por haberte abierto aquella puerta.

Lo que pasa en los relatos también pasa en la vida real: descubrí trans en Rosario.

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Comentarios(9)

DiegoNoche_ok

Dios, que intenso. Me dejó sin palabras.

Flor_BA

La amistad que describe se siente real. Que historia tan dura y tan bonita a la vez.

LecturaNocturna_AR

Tremendo relato! Espero que esten bien los dos despues de esa noche.

MomoLector

Pocas veces un relato me genera tantas ganas de saber cómo siguió. Muy bien escrito.

SabrinaT_lect

Se nota que hay sentimiento real en esto. Lo contás excelente.

toto_lector

Me quedé con ganas de mas, sin dudas. Seguí publicando!

Willy_MZA

buenisimo!!! uno de los mejores que lei ultimamente

NocheReader_21

Increible como mezcla la emocion con lo erotico sin caer en lo burdo. Se nota pluma.

CarlotaSV

Quedé en silencio un rato después de terminar. No es facil escribir así.

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