Mi primo se creía el rey del barrio hasta esa noche
Crecí en el peor rincón del barrio, en una casa de paredes descascaradas que mi madre alquilaba a duras penas. No tuve padre, ni dinero, ni nada que ofrecer salvo lo único que la vida me dio de sobra: una seguridad que los hombres pagan caro y las mujeres reconocen de lejos. A los cuarenta y cinco años, cuando paso por la plaza, todavía hay vecinas que bajan la mirada y otras que la sostienen un segundo de más. Esa diferencia, ese segundo, es toda mi historia.
Me llamo Mateo. Lo digo sin vergüenza porque nunca le mentí a nadie sobre quién era. No prometí matrimonios ni futuros. Lo que ofrecí siempre fue lo mismo: una noche en la que ellas dejaban de ser la señora respetable de la esquina y se permitían, por unas horas, ser la puta que llevaban callada por dentro.
***
Mi primo Rodrigo era el contrario exacto de mí. Heredó el taller de su padre, se compró un piso con vista al río y conducía un coche que costaba más que mi casa entera. Cuando éramos chicos jugábamos juntos; de adultos nos saludábamos con un apretón de manos demasiado firme, esa clase de saludo que en realidad es una medición. Él tenía el dinero. Yo tenía la reputación. Y en un barrio como el nuestro, donde el aburrimiento pesa más que la pobreza, la reputación gana casi siempre.
—Algún día vas a sentar cabeza, primo —me decía con esa sonrisa de quien cree que tiene todo resuelto.
—Algún día —le respondía yo, sabiendo que ninguno de los dos lo creía.
Lo que nos separaba de verdad no era el dinero. Era Lucía.
***
Lucía llegó al barrio en pleno verano, recién separada, a casa de su hermana Norma, que vivía dos calles más abajo de la mía. Tendría poco más de cuarenta, pero los llevaba como un arma. Caminaba sin prisa, con la cabeza alta, con unas tetas grandes que se le movían adentro del vestido y un culo redondo que hacía girar cuellos en toda la cuadra. La primera vez que la vi cruzar la plaza con dos bolsas de la compra, supe dos cosas: que me la iba a coger y que Rodrigo también quería lo mismo.
Mi primo no perdió el tiempo. Empezó a aparecer por casa de Norma con cualquier excusa: un grifo que arreglar, una caja que cargar, una invitación a cenar fuera. Le llevaba flores caras y la sacaba a pasear en el coche para que medio barrio lo viera. Hacía las cosas como las hacen los hombres que están acostumbrados a comprar lo que quieren.
Yo hice lo contrario. No le llevé nada. Me limité a saludarla cuando coincidíamos, a sostenerle la mirada ese segundo de más y a apartarla justo cuando ella esperaba que insistiera. La primera semana ni me registró. La segunda empezó a buscarme con los ojos en la panadería. La tercera fue ella la que cruzó la calle para preguntarme una tontería sobre el horario del autobús.
—Dicen muchas cosas de ti —me soltó, fingiendo que miraba la parada.
—Casi todas son ciertas —le respondí—. Por eso las dicen.
Se rió. No con la risa cortés que se le da a un desconocido, sino con una más baja, ronca, la clase de risa que se le escapa a una mujer que ya se imaginó desnuda con vos. Esa risa fue lo único que necesité.
***
Durante semanas no pasó nada y pasó todo. Nos cruzábamos, hablábamos de cualquier cosa, y cada conversación terminaba un poco más cerca que la anterior. Yo notaba cómo se debatía. Sabía que Rodrigo la cortejaba como Dios manda, con planes y promesas, y que la parte sensata de ella quería elegirlo a él. Pero la parte que la hacía morderse el labio cuando creía que yo no la veía quería otra cosa. Quería una polla que la callara.
Una tarde de agosto, con el barrio derretido de calor, la encontré sentada en el banco de la plaza, abanicándose con un sobre.
—Tu primo me ha invitado a cenar el sábado —dijo sin mirarme—. Un sitio elegante, en el centro.
—Deberías ir —contesté—. Cocina bien para impresionar.
Giró la cabeza, sorprendida de que no peleara por ella.
—¿No te molesta?
—Me molestaría si fueras suya —dije—. Pero todavía no lo eres.
Se quedó callada un largo rato, abanicándose. Cuando se levantó para irse, se detuvo a mi lado lo justo para que yo sintiera el calor de su brazo junto al mío.
—Eres un descarado —murmuró.
—Y tú todavía estás aquí —respondí.
No fue al centro ese sábado. A las dos de la madrugada de esa misma noche, alguien tocó a mi puerta.
***
Lucía estaba en el umbral, con un vestido fino de verano y el pelo suelto, descalza sobre las baldosas todavía tibias del día. No dijo nada. No hacía falta. Llevaba semanas diciéndolo todo con los silencios.
—Si entro, no quiero que mañana se lo cuentes a nadie —dijo por fin—. Ni a Rodrigo. A nadie.
—Nunca cuento nada —respondí, apartándome para dejarla pasar—. Es lo único que las viudas y las casadas de este barrio saben de mí con certeza.
Entró. Cerré la puerta y el ruido de la calle se apagó de golpe. En la penumbra de mi casa de paredes descascaradas, ella parecía fuera de lugar y completamente en su sitio al mismo tiempo. Debajo del vestido no llevaba sujetador; se le marcaban los pezones duros contra la tela fina, dos puntas oscuras que subían y bajaban al ritmo de una respiración que ya empezaba a acelerarse.
La besé despacio, sin la urgencia que ella esperaba. Le sostuve la cara con las dos manos y la besé como si tuviéramos toda la noche, porque la teníamos. Le metí la lengua hasta el fondo y ella me la chupó como si llevara meses sin probar una, gimiendo bajito contra mi boca. Sentí cómo se le aflojaban los hombros, cómo soltaba el aire que llevaba conteniendo desde que cruzó la plaza por primera vez.
—Pensé que serías más bruto —susurró contra mi boca.
—Con las que vienen buscando un bruto, lo soy —dije—. Tú no viniste buscando eso.
Le bajé los tirantes del vestido con dos dedos y dejé que la tela cayera sola hasta el suelo. Quedó desnuda en el pasillo, en bragas, con las tetas grandes al aire, los pezones tiesos y una marca oscura de humedad ya calando la tela entre las piernas. La miré entera, sin tocarla, hasta que el silencio se volvió insoportable para ella y fue ella la que dio el paso, la que me tiró de la camisa, la que decidió que ya estaba bien de esperar.
—Basta de mirarme —jadeó—. Tócame ya.
La empujé contra la pared del pasillo y le agarré una teta con la mano entera, apretándosela, pellizcándole el pezón hasta que soltó un gemido corto. Le mordí el cuello, la clavícula, bajé la boca hasta el otro pezón y se lo chupé fuerte, tirando con los dientes, mientras le metía la mano dentro de las bragas. Estaba empapada. Le colé dos dedos de golpe en el coño y ella arqueó la espalda contra los ladrillos, apretándome la muñeca con los muslos.
—Dios, así —jadeó—. Más adentro.
Le follé el coño con los dedos ahí mismo, contra la pared, sacándoselos brillantes y volviéndoselos a meter, mientras con el pulgar le buscaba el clítoris y se lo frotaba en círculos lentos. Ella me clavaba las uñas en la nuca y movía las caderas contra mi mano, buscando más, sin acordarse ya de los vecinos ni del silencio que había pedido. Le tiré de las bragas hasta romperlas por un lado y las dejé caer al suelo.
La llevé al dormitorio medio arrastrándola. La acosté sobre las sábanas, le abrí las piernas de un tirón y me tomé mi tiempo con cada centímetro de su cuerpo. Le lamí la cara interna de los muslos, el pliegue de la ingle, todo alrededor del coño sin tocárselo, hasta que empezó a levantar las caderas buscando mi boca. Solo entonces bajé y le pasé la lengua entera, de abajo arriba, saboreándola.
—Ahhh, hijo de puta —gimió, agarrándome del pelo—. No me hagas esperar.
Le chupé el clítoris despacio, envolviéndoselo con los labios, y le metí la lengua en el coño hasta el fondo. Estaba salada, caliente, resbaladiza. Se lo comí sin prisa, alternando lametones largos con chupetones que la hacían saltar en la cama. Le metí otra vez los dedos mientras le lamía el clítoris y sentí cómo el coño se le apretaba alrededor, cómo empezaba a temblarle todo el vientre.
—Me voy, me voy —jadeó—. No pares, por favor no pares ahora.
No paré. Le clavé la boca contra el coño y le chupé el clítoris con ganas mientras le hundía los dedos hasta el hueso. Se corrió con un grito ahogado en la almohada, echándome la cabeza contra el coño con las dos manos, apretándome la cara con los muslos hasta casi ahogarme. Yo seguí lamiéndola mientras se venía, absorbiendo cada sacudida, hasta que se quedó sin aire y me tiró del pelo para que subiera.
—Ahora —dijo, con la voz rota—. Métemela ya. Me la debes.
Me quité la ropa de un tirón. Cuando vio la polla se mordió el labio y abrió las piernas todo lo que pudo, agarrándomela con la mano y llevándosela al coño ella misma, restregándose la punta contra el clítoris antes de guiarme adentro. Se la metí de una embestida, hasta el fondo, y ella soltó un grito largo, gutural, que no tenía nada que ver con la señora respetable que cruzaba la plaza con las bolsas de la compra.
—Joder, qué grande —jadeó, con los ojos cerrados—. Fóllame fuerte, Mateo. Como te dé la gana.
Empecé a follármela así, hasta el fondo, con embestidas largas y lentas que la hacían chillar bajito cada vez que le llegaba al final. Ella me clavaba las uñas en la espalda, me mordía el hombro, me pedía más entre dientes. Sentí cómo el coño se le abría alrededor de la polla, cómo se le empapaba hasta los muslos, cómo cada vez que salía la verga salía brillante hasta la base.
La puse de rodillas, con el culo levantado y la cara contra la almohada, y le volví a meter la polla por detrás. Desde ese ángulo la penetraba más profundo y ella lo sentía; empezó a mover el culo contra mí, empujándose sola contra la verga, follándome ella a mí. Le agarré las tetas colgando y se las apreté mientras le clavaba las caderas, cada vez más rápido, hasta que las nalgas le rebotaban contra mi vientre con un ruido húmedo que llenaba el cuarto.
—Así, así, no pares —gimió contra la almohada—. Dámela toda.
Le tiré del pelo suave, echándole la cabeza para atrás, y le seguí metiendo la polla hasta el fondo. Ella mordía la almohada para que los vecinos no la oyeran, pero se le escapaban los gemidos entre los dientes, unos gemidos guturales de mujer que hacía demasiado tiempo que no la follaban así. Cuando por fin la puse boca arriba otra vez, para hacerla mía del todo mirándola, lo hizo con los ojos abiertos, mirándome, como si quisiera asegurarse de que era yo y no el hombre prudente que tenía que haber elegido.
Le levanté las piernas hasta los hombros, casi doblada, y la penetré así, viéndole la cara mientras se corría por segunda vez. Se agarró a las sábanas, se le puso el cuello rojo, y el coño se le cerró alrededor de la polla en espasmos que casi me hacen acabar ahí mismo. La saqué a tiempo, me subí a su pecho y me corrí sobre las tetas grandes, unos chorros espesos que le cayeron entre los pezones y hasta el cuello. Ella se pasó dos dedos por el semen y se los llevó a la boca, mirándome, sin dejar de chuparlos hasta el final.
Terminamos enredados, sudados, con el ventilador girando inútil contra el calor. Ella tenía la respiración entrecortada, el pelo pegado a la frente y una sonrisa que no se molestó en disimular.
—Rodrigo me habría llevado a un hotel de cinco estrellas —dijo, riéndose por lo bajo.
—Y te habrías acordado del hotel —respondí—. No de él.
Me dio un golpe flojo en el pecho, pero no me contradijo.
***
Se fue antes del amanecer, como vienen y se van todas: por la puerta de atrás, con los zapatos en la mano, mirando que no hubiera nadie en la calle. No le pedí que se quedara. Nunca lo pido. Esa es la otra parte del trato que las mujeres de este barrio entienden y agradecen.
Rodrigo nunca supo lo de esa noche. Siguió cortejando a Lucía durante un mes más, con sus flores y sus cenas, y ella le siguió la corriente lo justo para no humillarlo. Pero algo había cambiado, y él lo notaba sin entenderlo. Una tarde me lo crucé en la plaza, con el ceño fruncido, y me dijo:
—No la entiendo, primo. Le doy todo y es como si pensara en otra cosa.
—A lo mejor le das demasiado —contesté, encendiendo un cigarro—. A las mujeres no siempre les gusta que se lo den todo. A veces prefieren que se lo metan sin preguntar.
Me miró sin comprender, como me había mirado toda la vida, y se fue meneando la cabeza. Yo me quedé un rato en el banco, viendo caer la tarde sobre el barrio de mierda en el que nací y al que nunca quise renunciar.
***
Lucía volvió a tocar mi puerta dos veces más aquel verano. La segunda vez apareció con un vestido negro corto, sin bragas debajo; me lo demostró apoyándose contra la mesa de la cocina, levantándose la falda hasta la cintura y ofreciéndome el culo antes de que yo dijera una palabra. Se la metí ahí mismo, de pie, con ella agarrada al borde de la mesa, y le llené el coño de semen sin sacarla. La tercera vez me chupó la polla arrodillada en el pasillo apenas cruzó el umbral, se la comió entera, mirándome desde abajo con esos ojos que en la plaza bajaba delante de las vecinas, y no me dejó sacársela de la boca hasta que se tragó cada gota.
Después su hermana le consiguió un trabajo en otra ciudad y se marchó, como se marchan las cosas buenas, sin despedidas largas. La última noche que vino, antes de irse, se quedó un rato más de lo habitual, desnuda apoyada en mi pecho, dibujando con el dedo las grietas imaginarias de mi techo.
—¿Por qué tú? —preguntó—. Pudiendo tener una vida tranquila, ¿por qué eliges esto?
Lo pensé un momento. Era una pregunta que nadie me había hecho nunca, y que yo nunca me había molestado en responder.
—Porque a las once de la noche, cuando tu marido o tu novio rico ya roncan, alguien tiene que estar despierto —dije—. Y resulta que ese siempre fui yo.
Se rió, esa risa baja que se le escapaba sin permiso, se dio la vuelta en la cama y se subió encima de mí. Se empaló sola en la polla, despacio, hasta el fondo, y me la cabalgó una última vez sin prisa, moviendo las caderas en círculos, con las tetas rebotándole delante de mi cara. Cuando se corrió, se dejó caer contra mi pecho y me besó por última vez, con el coño todavía apretado alrededor de la verga. A la mañana siguiente ya no estaba.
Han pasado los años. Rodrigo se casó con una mujer correcta y tiene hijos correctos, y cada vez que nos cruzamos me mira con una mezcla de lástima y de algo que no termina de admitir, que se parece bastante a la envidia. Yo sigo en la misma casa de paredes descascaradas, sin un duro, con el mismo cigarro y la misma certeza.
Porque el dinero compra hoteles, flores y coches. Pero hay un segundo, ese segundo en que una mujer decide sostenerte la mirada en lugar de bajarla, que no se compra con nada. Y ese segundo, en este barrio, siempre fue mío.





