El hotel donde le di todo lo que había prometido
Le había dado mi palabra a Mauro de que iría. No era una promesa cualquiera. Era de las que se firman con la garganta seca y los muslos apretados durante una semana entera, una de esas que se construye mensaje a mensaje hasta que no hay vuelta atrás. Cuando me bajé del taxi a dos calles del hotel, lo hice a propósito. Quería caminar. Quería que la calle me viera con el vestido blanco más corto que tenía y los tacones que solo me pongo cuando ya he decidido todo.
El recepcionista me miró dos segundos más de lo necesario. No sé si era jovencito o si era yo la que estaba demasiado caliente para soportar miradas. Una pareja en un sofá del lobby también levantó la vista. Crucé el suelo de mármol con la cartera al hombro y los hombros echados atrás, sintiendo el aire acondicionado bajo el dobladillo, riéndome por dentro de lo poco que tapaba ese trozo de tela.
Subí en el ascensor sin mirarme al espejo. No quería arrepentirme de ningún detalle. Tercera planta. Pasillo a la izquierda. Habitación 312. Mauro me había escrito un cuarto de hora antes con la frase exacta que habíamos pactado meses atrás, cuando todo esto era todavía un juego escrito a las tres de la mañana: «Puerta entornada, todo listo».
No estaba nerviosa. Estaba hambrienta.
Empujé con la yema de los dedos. Estaba como me había prometido. Boca arriba, sobre el cubrecama color crema, completamente desnudo, con la cabeza ladeada hacia la puerta como un animal que oye llegar a su dueña. Tenía los muslos abiertos y las manos quietas a los costados. La polla, dura, recta, apuntando al techo como una promesa cumplida antes de que yo dijera una sola palabra.
Cerré la puerta detrás de mí con el talón. Dejé caer la cartera al suelo sin importarme lo que llevara dentro. El corazón me iba a un ritmo que no recordaba haber sentido antes, una mezcla rara de miedo y avidez que me empujaba a seguir avanzando.
Caminé despacio. No por timidez, por placer. Sabía exactamente lo que iba a hacer y quería darme el lujo de saborear los pasos. Me arrodillé entre sus piernas con un movimiento que ensayé mentalmente cien veces durante la última semana. Sus muslos eran gruesos, apretados, capaces de cerrarse alrededor de mi cabeza si yo se lo pedía. Tomé nota mental: se lo iba a pedir.
—Llegaste —dijo, casi sin voz.
—Te dije que sí.
Me saqué una horquilla del bolsillo del vestido. Me hice una coleta improvisada, alta, tirante. No quería pelo entre nosotros. No quería excusas. Apoyé las dos manos sobre sus muslos y empujé un poco para abrirlos más, solo para sentir esa carne firme contra mis palmas. Él dejó escapar un sonido que no era una palabra.
La habitación olía a él. A piel limpia, a algo metálico, a deseo encerrado durante demasiadas horas. La luz de la lámpara de la mesita le iluminaba el ombligo y dejaba la cara en penumbra. Mejor así. Quería que existiera solo de cintura para abajo durante un rato.
Le tomé la base con la mano derecha. La moví hasta dejar el glande a un centímetro de mi boca. Lo miré. Estaba brillante, tenso, una gota clara temblaba en la punta. Saqué la lengua y la recogí sin tocar nada más, solo esa gota, como si fuera algo que se me iba a escapar si no la atrapaba a tiempo.
—Por dios —murmuró él.
No le respondí. No iba a hablar más esa noche, o casi. Tenía cosas más importantes que hacer con la boca.
***
Empecé despacio porque me lo merecía. Me lo merecía yo. Llevaba semanas pensando en este momento, escribiendo y borrando mensajes, imaginando exactamente cómo iba a empezar. Y empezó así: con la lengua plana contra el frenillo, subiendo hasta la punta, bajando, subiendo, sin meterlo en la boca todavía. Solo lengua. Solo paciencia.
Él tenía los puños cerrados a los costados. Yo se lo había pedido por mensaje: «No me toques la cabeza. Yo sé lo que hago». Y lo estaba cumpliendo, aunque le costaba. Cada vez que mi lengua giraba alrededor del glande sentía cómo todo el músculo de su muslo se tensaba bajo mi mano izquierda.
Le besé la punta. Fueron besos cerrados, con labios húmedos, como si fuera la boca de alguien al que llevara meses sin ver. En cada beso abría un poco más, lo dejaba entrar un milímetro más, y volvía a salir. Lo estaba enseñando a esperar y aprendía rápido.
Cuando por fin lo dejé entrar de verdad, lo hice entero. Me clavé hasta el fondo de un solo movimiento, hasta tocar con la nariz su pubis y sentir sus testículos contra mi barbilla. La garganta me protestó, los ojos se me llenaron de agua, hice un sonido ronco que no era humano. Y me quedé ahí. Cinco segundos. Diez. Sin moverme. Sintiéndolo latir contra mi paladar mientras él dejaba escapar un quejido que valía oro.
Salí despacio, dejando un rastro de saliva en toda la longitud. Tomé aire. Volví a entrar.
Esta vez fue más rápido. No fue elegante. No quería que lo fuera. Subía y bajaba con la cabeza, y entre cada arcada me reía por dentro de lo que estaba pasando, de lo lejos que estaba todo esto de la mujer que era a las nueve de la mañana en una sala de reuniones. Aquí, en esta habitación con olor a cerrado, era otra cosa. Aquí era exactamente lo que él había imaginado, y un poco más, porque siempre soy un poco más.
Le saqué la polla de la boca para tomar aire y la usé para abofetearme la mejilla. Una vez. Dos. Tres. Cada golpe sonaba contra mi piel y cada uno me ponía más caliente, no menos. La saliva me caía por la barbilla y me daba igual. Me gustaba que se cayera. Me gustaba ver cómo manchaba el escote del vestido blanco que había elegido sabiendo que se iba a manchar.
—Mírame —le dije.
Levantó la cabeza. Me miró. Tenía los ojos vidriosos, la respiración cortada, esa expresión de hombre al borde de algo que no se puede decir con palabras. Lo miré a los ojos mientras le pasaba la lengua por toda la longitud, desde los testículos hasta la punta, sin parpadear.
—No quiero que termines aún —dije—. ¿Puedes aguantar?
—No sé.
—Aguanta.
***
Bajé. Le metí los testículos en la boca, primero uno y después los dos. Los chupé con cuidado, sin prisa, mientras con la mano derecha le seguía haciendo una paja lenta. Eran pesados, tibios, ligeramente salados. Le sentí estremecerse otra vez, esta vez de una manera distinta, más profunda, casi de derrota. Me gustó.
Volví arriba. Esta vez sí, me la metí entera y me quedé. Empecé a tragar con la garganta cerrada, esos pequeños movimientos de músculo que aprietan y sueltan, aprietan y sueltan, esos que no se ven desde fuera pero que por dentro son una tortura. Él intentó cerrar los puños más fuerte de lo que ya los tenía. Las uñas le iban a dejar marca en las palmas y eso también me gustaba.
Le solté la base con la mano y empecé a moverme yo. Cabeza arriba, cabeza abajo, ritmo constante, sin permitirme una sola pausa. Mi propia saliva me ahogaba pero no me importaba, era parte de lo que había venido a hacer. Estaba ahí para servirle la boca como una ofrenda, y eso es exactamente lo que estaba haciendo. Lo demás eran detalles.
Sentí el primer espasmo cuando llevaba un par de minutos así. Lo conocía. Lo había sentido en otros, antes que él, y sabía leer ese aviso de su cuerpo como leía el periódico por las mañanas. Le clavé las uñas en el muslo. Aceleré.
—Espera —dijo—, espera, espera, espera.
No esperé.
Lo vacié en mi boca con un gemido sordo que sonó más a él que a mí. Fue mucho. Más de lo que esperaba. Se me escapó algo por la comisura de los labios y bajó por la barbilla, pero el resto lo tragué entero, sin separarme, sintiendo cómo cada chorro me golpeaba el paladar y luego la garganta. Cuando dejó de moverse seguí ahí, suave, lamiendo, recogiendo.
No iba a desperdiciar nada. Eso lo había decidido también desde antes de bajar del taxi.
***
Le besé la punta una última vez, casi con ternura, casi con cariño, esa mezcla rara que solo existe cuando dos personas que apenas se conocen acaban de cruzar una frontera juntas. Apoyé la mejilla en su muslo. Sentí cómo le subía y bajaba el pecho, todavía agitado.
Él levantó la mano y, esta vez sí, me tocó el pelo. No para guiarme, ya no había nada que guiar. Solo me lo acarició, despacio, como quien acaricia a un animal que se ha dejado domar y que ha domado a la vez. Me reí bajito, contra su piel, todavía con sabor a él en la lengua.
—Estás loca —dijo.
—Te lo había dicho.
Me incorporé despacio. Me arreglé la coleta. Me limpié la barbilla con el dorso de la mano y me la chupé después, porque sí, porque podía, porque él me estaba mirando y yo quería que viera cada detalle. El vestido blanco tenía una mancha pequeña a la altura del pecho. Sonreí.
—¿Cuándo te marchas? —pregunté.
—Mañana al mediodía.
—Bien.
Recogí la cartera del suelo, dejé caer el cuerpo a su lado en la cama y me crucé las piernas como si nada de eso acabara de ocurrir. Él me miraba todavía, sin entender del todo cómo se había metido en esto. A mí me pasa con frecuencia. La gente cree que sabe a lo que viene y luego descubre que no.
—Tengo hambre —dije.
—¿Pedimos algo?
—Pide tú. Yo me ducho.
Me levanté despacio. Antes de cruzar la puerta del baño me giré, lo miré por encima del hombro y le sonreí una de esas sonrisas que solo me salen cuando me siento poderosa. Él seguía desnudo, todavía respirando como si acabara de correr, todavía sin entender del todo lo que acababa de pasar.
Cerré la puerta del baño detrás de mí.
Me apoyé en el lavabo y me miré al espejo por primera vez desde que había entrado al hotel. Tenía el rímel corrido bajo los ojos, la coleta ladeada, la mejilla todavía roja del último golpe que me había dado yo misma con su polla. Me reí en voz baja. Me gustaba lo que veía. Me gustaba más que la mujer del ascensor, más que la mujer del taxi, más incluso que la mujer del lobby.
Abrí el grifo. Dejé que el agua corriera caliente. Tenía toda la noche por delante y, por la cara que él había puesto cuando salí, sabía perfectamente que mañana al mediodía iba a llegar tarde a su vuelo.