Mi primer mes de novia terminó bajo la luna del parque
El olor a café tostado lo invadía todo. Era el aroma de aquellas tardes de finales de mayo, cuando salíamos de la universidad y caminábamos hasta el local de la esquina, el mismo de siempre, con su mesa junto al ventanal y su luz dorada que se filtraba entre las cortinas. Esa tarde, sin embargo, no era una tarde cualquiera: cumplíamos un mes desde que él me había pedido ser su novia.
Sebastián me esperaba ya sentado, con dos tazas humeantes y una sonrisa nerviosa. El sol se ponía y teñía su cabello castaño y ondulado de un tono cobrizo que me dejaba sin palabras. Cada vez que nuestras miradas se cruzaban, sentía un brinco en el pecho, como si el corazón intentara escaparse del lugar que le correspondía.
—Llegaste —dijo, tendiéndome la taza.
—Disculpa la demora, el profesor de literatura no terminaba nunca.
Me senté frente a él y enseguida percibí lo que más me trastornaba de Sebastián: su olor. Una mezcla precisa de jabón, piel limpia y aquella loción suya, ligeramente amaderada, que me rondaba la cabeza durante horas después de cada beso. El verano había instalado el calor en la ciudad, así que a esa mezcla se le sumaba un toque de sudor que, lejos de molestarme, me embriagaba todavía más. Era un olor que ya reconocía como suyo, casi como propio, y que me provocaba algo entre las piernas que hacía semanas no podía seguir disimulando.
Hablamos del primer mes, de los planes para las vacaciones, de la película que íbamos a ver el sábado. Pero yo apenas escuchaba mis propias palabras. Mi mirada se quedaba pegada a sus labios, al modo en que rozaba la taza con los dedos, a la línea de su cuello cada vez que echaba la cabeza atrás para reírse de algo que yo ni siquiera había dicho con gracia.
—¿Pasa algo, Lucía? —me preguntó de pronto, ladeando un poco la cabeza.
Mi respiración se aceleró. Le respondí con torpeza que todo estaba bien, pero ya entonces Sebastián me conocía mejor de lo que yo creía. Llevó la mano a mi rostro, acarició mi mejilla con la punta de los dedos y me sonrió de medio lado. Yo me derretía. Sus dedos siguieron subiendo hasta enredarse en mi nuca, en el cabello, y entonces se inclinó sobre la mesa y me besó.
Su lengua entró en mi boca con una seguridad nueva. La punta de la mía empezó a moverse también, primero tímida, después con ganas. Comenzó como un beso romántico, de aniversario, de los que duran segundos y se cierran con una sonrisa. Terminó con sabor a deseo, con su mano apretándome la nuca y la mía buscándole la rodilla por debajo de la mesa.
Pasaban los minutos y todo a nuestro alrededor se iba silenciando. Las conversaciones de las otras mesas, el sonido de la cafetera, el tintineo de las cucharas: todo desaparecía. Solo estábamos él y yo, y ese deseo que crecía con cada beso. Su mano abandonó mi nuca y bajó por mi costado hasta apoyarse en mi pierna. Yo llevaba un vestido ligero de algodón, de los que se levantan con nada, y sus dedos comenzaron a colarse por debajo del dobladillo.
No me opuse. Al contrario, separé un poco las rodillas, como invitándolo a seguir. Su mano avanzó por la cara interna de mi muslo, lentamente, sin prisa, como quien comprueba hasta dónde le dejan llegar. Llegó al borde de mi tanga y se detuvo allí, jugueteando con el encaje, dibujando círculos pequeños sobre la tela. Mi mano, mientras tanto, había encontrado su entrepierna por encima de los vaqueros. El bulto era tan duro como yo lo imaginaba y supe entonces que no era la única que estaba a punto de perder la cabeza.
—Pidamos la cuenta —murmuré contra su oído.
Sebastián levantó la mano sin dejar de mirarme. Pagamos en menos de un minuto. Salimos del local casi tropezando, riéndonos de nuestras propias prisas, con las mejillas encendidas y las manos buscándose todavía.
***
El parque del Almendro estaba a tres calles. Lo conocíamos bien porque íbamos a estudiar allí algunas mañanas, pero a esa hora, con el sol ya escondido y la noche cayendo, no se parecía en nada al parque diurno. El aire cálido y húmedo del verano avivaba como brasas el deseo que llevábamos dentro. Nos adentramos por el camino principal y, sin necesidad de hablar, fuimos abandonando el sendero, internándonos entre los árboles hasta llegar a un claro pequeño que ya conocía la luz de la luna. Más allá, a unos metros, se oía el río deslizándose entre las piedras.
Sebastián me tomó por la cintura y me apoyó de espaldas contra el tronco rugoso de un árbol. Nos miramos sin decirnos nada. La luz blanca de la luna le caía sobre los pómulos y los labios, y de pronto me pareció que nunca lo había visto tan guapo. Volvimos a besarnos, esta vez sin contención, sin mesa de por medio, sin nadie alrededor. De mi boca, llena de la suya, escapó un gemido con su nombre.
—Sebastián…
Ya no era una palabra. Era una súplica.
—Lucía… —respondió él, apartando los labios apenas lo suficiente para hablar.
Su mano subió por mi muslo y arrastró el vestido hacia arriba. Cuando llegó a mi entrepierna, hizo a un lado la tela de la tanga con dos dedos. La brisa nocturna se filtró entre los pliegues de mi vagina húmeda y me arrancó un escalofrío que me recorrió toda la espalda. Cerré los ojos. Sus dedos empezaron a jugar con mi clítoris, primero con suavidad, después con un ritmo más decidido. Apreté los labios para no gemir fuerte, pero era inevitable. Cada movimiento suyo me arrancaba un sonido nuevo.
—Muéstrame las tetas —me pidió en voz baja, sin dejar de moverse.
No llevaba sujetador. Esa tarde, antes de salir de casa, había decidido no ponerme uno, como si en algún rincón del cuerpo ya hubiera previsto lo que iba a pasar. Desabroché los pequeños botones del vestido, uno a uno, y mis pechos se mostraron ante él, deseosos de su mano y de su boca. Sebastián se inclinó sin dudarlo. Su lengua recorrió mis pezones primero en círculos lentos y enseguida los atrapó con los labios, succionándolos con una intensidad que me hizo arquear la espalda contra el tronco.
Sus dedos, mientras tanto, no abandonaban mi clítoris. Aumentó el ritmo. Entraban y salían dos de ellos, masajeándome todo el sexo húmedo, mientras el pulgar seguía dibujando círculos en el punto exacto. El primer orgasmo se acercó como una ola que no podía detener. Me mordí los labios para no gritar. Las piernas me empezaron a temblar y unos chorros tibios se escaparon de mí y le mojaron la mano.
—Dios… —jadeé, abriendo los ojos un instante.
Sebastián no se detuvo. Yo escuché el sonido inconfundible de su cremallera bajando. Miré hacia abajo y su verga ya estaba afuera, dura, gruesa, con la punta húmeda brillando bajo la luz de la luna. Se acomodó frente a mí. Me tomó el muslo derecho y me lo subió un poco, lo suficiente para exponer la entrada de mi vagina. Después dio un paso adelante y, con un solo empujón firme, entró en mí.
Ahogué un grito, mezcla de dolor y placer, contra su hombro. Me apretó la cintura y empezó a moverse, lento al principio, profundo, dejándome sentir cada centímetro entrando y saliendo.
—Eres deliciosa, Lucía —me susurró al oído—. Qué rico coño tienes.
Lo áspero del tronco me lastimaba la espalda, pero no me importaba. Cada raspón era parte de aquello, una marca que me iba a quedar en la piel para recordarme la mañana siguiente que todo había sido real. Sebastián fue subiendo la intensidad de las embestidas. Una de sus manos abandonó mi cintura para acariciarme un pecho. La otra me sostenía firme, como si tuviera miedo de que me cayera al suelo en plena oscuridad.
—Así… sí, así, Sebastián, fóllame fuerte —le decía suplicante, sin reconocerme la voz.
Nuestros gemidos ya no eran discretos. El río corría a unos metros y, supongo, debió ahogar la mitad de los sonidos, pero la otra mitad se quedó suspendida entre los árboles. Yo tenía las uñas clavadas en su espalda y notaba el sudor caliente filtrarse por la tela de su camiseta.
—Lucía, me voy a venir… —gruñó él, cerrando los ojos con fuerza.
—Adentro, por favor —le respondí sin pensarlo, atrayéndolo más hacia mí, aprisionándolo con los brazos—. Quiero todo dentro de mí.
Sentí al instante sus chorros calientes inundándome por dentro. Su verga palpitaba intentando salir, pero yo no la dejé. Apreté las piernas alrededor de su cintura y le mantuve la cadera pegada a la mía hasta la última gota. Cada centímetro suyo me pertenecía aquella noche y lo quería conmigo, dentro de mí, sin desperdiciar nada.
Nos quedamos así un rato largo, abrazados, jadeantes, con la respiración volviendo poco a poco a la normalidad. Yo apoyé la frente en su cuello y aspiré ese olor suyo, ahora multiplicado por el sudor y el sexo. Sebastián me besó la sien, despacio, y soltó un suspiro profundo antes de hablar.
—Lucía… creo que te amo.
No le respondí enseguida. Cerré los ojos un segundo y me permití guardar la frase en algún rincón seguro, donde nunca se me pudiera perder. Después le tomé la cara con las dos manos, lo miré bajo la luz blanca de la luna y supe que yo también estaba perdidamente enamorada de él.
—Yo también te amo, Sebastián.
Lo dije sin temblarme la voz, y él sonrió con esa sonrisa de medio lado que me había gustado desde el primer día.
Volvimos al parque caminando despacio, abrazados, con el vestido apenas acomodado y los zapatos en la mano. La ciudad seguía respirando a unas calles de distancia, ajena a lo que acababa de pasarnos. Y mientras subíamos la escalera del edificio donde él vivía con sus padres, supe que aquella noche, la del primer mes bajo la luna del parque, era una de las pocas que nunca, jamás, le iba a contar a nadie.
Salvo, quizás, a estas líneas.