La confesión que nunca le conté sobre Camila
Esa noche tenía claro lo que quería. Me duché dos veces, me afeité con cuidado y me aseguré de que cada rincón de mi cuerpo estuviera listo para ella. Camila era la única persona que conocía capaz de convertir una mamada en una forma de arte. No era la más bonita, ni la más experta, ni la más formada. Pero tenía algo que ninguna otra tenía: esa sonrisa imposible que no se le borraba nunca, ni siquiera con la polla hasta el fondo de la garganta.
Llegó pasadas las once, con una mochila al hombro y el pelo recogido en una coleta alta. Sin decir casi nada, me besó brevemente en la mejilla y se encerró en el baño. Yo esperé en el dormitorio, con las luces bajas y un whisky en la mano, intentando no pensar demasiado en lo que estaba a punto de pasar.
Salió veinte minutos después con una americana blanca impecable, sin nada debajo. El cuello quedaba abierto hasta el esternón y dejaba entrever el inicio de unos pechos pequeños y respingones. El bajo apenas le cubría medio muslo. En los labios, un chupete rojo brillante que había sacado de algún rincón de su mochila.
—¿Un chupete? —pregunté.
—Para calentar —respondió, y lo hizo girar con la lengua de un modo que me hizo apretar los dedos alrededor del vaso.
Camila acababa de cumplir veintitrés años. Era alta, de piernas largas y delgadas, con la musculatura marcada de alguien que corre todas las mañanas al amanecer. El pelo, castaño claro con mechas cobrizas, le caía hasta los hombros cuando se lo soltaba. Pero lo que de verdad importaba no era su cuerpo, sino lo que pasaba dentro de su cabeza. Había aprendido pronto que a los hombres les gustaba verla disfrutar, y ella había decidido, a su manera, disfrutar de verdad.
La miré un momento mientras se acercaba, descalza, moviéndose con esa seguridad que no todas las mujeres tienen.
—Ven —le dije.
Se quitó el chupete de la boca y lo dejó sobre la mesita de noche. Con dos dedos se desabrochó el único botón que sujetaba la americana y la dejó caer al suelo. Debajo estaba ella, entera, con los pezones duros y un recorte de vello púbico formando un zigzag caprichoso. A Camila le gustaba jugar con sus pelos. La semana anterior los había llevado en forma de flecha, apuntando hacia abajo, hacia lo único que importaba.
La empujé con suavidad por los hombros para que se arrodillara. Se dejó caer sin resistencia, como si llevara toda la noche esperando ese momento, y levantó la cara hacia mí con esa sonrisa que nunca la abandonaba. Antes incluso de que le rozara los labios con la polla, ya estaba sonriendo. Esa era la mejor parte.
Le pasé el glande por las mejillas primero, por la barbilla, por la punta de la nariz. Ella cerró los ojos y respiró hondo, olfateando con ganas, como si quisiera quedarse con mi olor pegado a la piel durante todo el día siguiente. Le restregué los testículos por la frente, por el nacimiento del pelo, por los párpados cerrados. Camila dejó escapar un sonido a medio camino entre la risa y el suspiro.
—Abre —le dije.
Abrió la boca y no la cerró más.
Mi polla no entraba entera —nunca entraba entera—, pero ella lo intentaba siempre con la misma dedicación. Avanzaba centímetro a centímetro, retiraba, volvía a avanzar. A veces se le escapaba una arcada y unas lágrimas le empañaban el rímel, pero no paraba. Ni siquiera paraba a respirar si yo no se lo permitía. Y cada vez que salía a por aire, sonreía. Sonreía con la saliva colgando del mentón y el pelo pegado a la frente por el sudor.
Le puse las manos a ambos lados de la cabeza y empecé a marcar el ritmo yo. Suave al principio, después más hondo. Cada embestida hacía un ruido húmedo contra sus labios. Mis huevos le golpeaban la barbilla con cada empujón, y Camila, en vez de echarse atrás, empujaba la cara hacia adelante, buscando más. Los dientes le rozaban a veces, pero era parte del juego. Nunca me había hecho daño.
—Arriba —le dije.
Se puso de pie con movimientos de gimnasta y yo la giré para verle la espalda. Le pedí que se colocara a cuatro patas en el borde de la cama, con la cara hacia el cabecero y el culo hacia mí. Camila obedeció sin preguntar. Esa era otra cosa que me gustaba de ella. Cuando entraba en esa especie de trance, no hablaba. Solo hacía.
Le miré el trasero desde atrás. Tenía dos nalgas pequeñas pero bien formadas, duras, con hoyuelos en los costados. Entre ellas, el agujerito apretado; más abajo, la vulva rosada y brillante, hinchada. Me acerqué y le pasé los huevos por la raja del culo, sin penetrarla. Camila soltó un gemido tan largo y tan claro que me tuve que apartar un momento para no acabar ahí mismo.
***
La volví a girar y la obligué a arrodillarse de nuevo. Le pedí que cruzara los brazos a la espalda, atados imaginariamente, y que mantuviera la boca abierta. Iba a hacer algo que ella y yo habíamos hablado muchas veces pero que nunca habíamos llegado a hacer del todo.
Me senté al borde de la cama y le pedí que se acercara.
—A ver si te atreves —le dije.
Camila levantó una ceja. Ya no sonreía. Sonreía aún más.
Abrí las piernas y me eché un poco hacia atrás, apoyándome en los codos. Ella entendió enseguida. Bajó la cara hasta mi entrepierna, pasó la lengua por los testículos y siguió bajando, hasta el punto al que nunca había llegado nadie antes que ella. La primera vez que me lamió ahí, seis meses atrás, me costó no apartarla por reflejo. La segunda, me costó no correrme en el sitio. La tercera, le pedí que no parara.
Esa noche no paró.
Camila tenía una habilidad rara con la lengua. Movía la punta en círculos pequeños, después se abría camino con el pulgar, después volvía a la lengua. Lo hacía despacio, como si tuviera todo el tiempo del mundo, y cada tanto, cuando levantaba la cabeza para tomar aire, me miraba desde abajo con esa sonrisa que parecía pedir permiso y exigirlo al mismo tiempo.
Le agarré el pelo con la mano derecha y empecé a masturbarme con la izquierda, despacio. La sentía respirando contra mi entrepierna, el aliento caliente sobre la piel mojada. Noté que empezaba a hervir por dentro. No quería acabar así, todavía no.
—Ven, ven acá —le dije, y la levanté por el pelo.
La puse otra vez frente a mí, con la boca abierta y los ojos brillantes. Le metí la polla entre los labios una última vez, le di tres, cuatro, cinco embestidas fuertes, y cuando sentí que ya no podía más me retiré y vacié en su lengua. Chorro tras chorro. Camila ni siquiera cerró la boca. Lo aguantó todo dentro, mirándome desde abajo, sin tragar, sin hablar, sin moverse. Solo sonriendo.
Cuando terminé, se quedó ahí unos segundos más, con la cavidad de la boca llena de semen mezclado con saliva. Entonces hizo algo que no esperaba. Escupió un poco en la palma de la mano, me miró, se rió, y se estampó la mano abierta contra la mejilla izquierda. Se restregó el líquido blanco por todo el pómulo, por la sien, por la mandíbula, riéndose con la cabeza echada hacia atrás y los pezones moviéndose arriba y abajo con cada carcajada.
—Estás loca —le dije.
—Ya lo sabías.
Una gota le resbaló desde la barbilla hasta el ombligo y se quedó allí, como en el fondo de una copa. Camila bajó la vista, la vio, y volvió a reír.
Siempre reía. Esa era su marca. Podía hacer cualquier guarrada, cualquier bestialidad, cualquier cosa que a otras les daba vergüenza o asco, y nunca perdía esa sonrisa que le iluminaba la cara entera. Una vez, en un trío con una amiga suya, le escupió a la otra chica el semen en la cara al terminar. A la amiga no le hizo ninguna gracia. Camila pasó diez minutos riéndose sola en el baño mientras la otra intentaba limpiarse con una toalla.
Estaba un poco loca, sí. Puede que más que un poco. Pero era esa locura tranquila, la de la gente que ha decidido no tomarse nada demasiado en serio, empezando por sí misma. Y cuando la tenía delante, arrodillada, con la cara cubierta de mi propia corrida y los ojos brillándole de pura diversión, yo tampoco me tomaba nada en serio. Y eso, a mi edad y con todas las cosas serias que me esperaban fuera de esa habitación, era lo más cercano al paraíso que se me ocurría.
Camila se levantó, fue al baño, se lavó la cara sin dejar de canturrear. Cuando volvió a la cama se acurrucó contra mi pecho como una niña y me pidió que le trajera agua. Le di un vaso, se lo bebió entero de un trago, me lo devolvió y se durmió encima de mí, con la cara apoyada en mi clavícula y la boca medio abierta.
Me quedé un rato despierto, mirándola. Le retiré un mechón de la frente y pensé que nunca iba a contarle esto a nadie. Nunca. Esta es la primera vez que lo hago, y es porque sé que, si alguien llega a leerlo, no va a ser ella.
Ella está en otra ciudad ahora, durmiendo quién sabe sobre qué clavícula. Pero estoy seguro de una cosa. Esté donde esté, esté con quien esté, está sonriendo. Siempre sonríe. Esa era Camila. Esa sigue siendo.