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Relatos Ardientes

El reencuentro en la finca despertó lo prohibido

El taxi se detuvo frente a la verja de El Encinar y levantó una nube de polvo dorado que tardó en posarse. Mateo bajó primero, con la mochila al hombro y esa cara de chico de ciudad que nunca sabe muy bien dónde poner los pies cuando pisa tierra. Llevaba meses sin volver, desde que él y su hermana terminaron la carrera y cada uno se enredó en su propia vida lejos del pueblo.

Lucía salió después, alisándose el vestido blanco con las dos manos. A sus veinticinco años seguía teniendo el gesto nervioso de cuando era pequeña, los ojos grandes recorriéndolo todo como si fuera la primera vez, aunque había pasado allí cada verano de su infancia.

La última en bajar fue Sofía. Pagó al taxista con una sonrisa que duró un segundo de más, se colgó el bolso al hombro y saltó a la grava como quien aterriza en su terreno favorito. La prima mayor. La que siempre sabía cómo iban a terminar las cosas antes de que empezaran.

En la puerta de la casa ya los esperaban los tres, y un perro enorme de pelo canela que se llamaba Sultán daba vueltas ladrando de pura alegría.

El abuelo Rodolfo fue el primero en avanzar, con los brazos abiertos y aquella sonrisa ancha que parecía no haber envejecido nunca.

—¡Mis criaturas! —bramó, y se fue derecho a abrazar a Sofía en cuanto la tuvo a tiro.

Sofía soltó una carcajada y le devolvió el abrazo con ganas, pegando la mejilla contra el pecho ancho del viejo.

—Abuelo, qué fuerte sigues estando, ¿eh? —dijo ella con ese tono juguetón de siempre.

Rodolfo la apretó un poco más de lo que pedía la cortesía y, al soltarla, su mano grande resbaló por la espalda de Sofía y se detuvo apenas un instante en la curva del culo, un roce breve, casi distraído, apretando la carne firme por encima del vestido. Los dos sonrieron a la vez, como si compartieran un chiste viejo que nadie más entendía. Sultán aprovechó para meter el hocico entre las piernas de Sofía, olfateando feliz.

—¡Sultán, bestia! Para, que me haces cosquillas —se rio ella, apartándolo con cariño.

Lucía se había quedado un paso atrás, mordiéndose el labio. La tía Carmen se acercó despacio, con esa elegancia de gata que tenía, y la envolvió en un abrazo suave que se alargó más de lo normal. Le pasó la mano por la cintura, se la apretó, le rozó las tetas al separarse apenas un instante y volver a abrazarla.

—Ay, mi niña, mírate, qué guapa estás —le susurró al oído, acariciándole la espalda de arriba abajo hasta que las yemas se detuvieron justo encima del culo.

Al separarse, Carmen le dejó un beso muy cerca de la comisura de los labios, casi rozándolos, y Lucía se puso colorada hasta la raíz del pelo y clavó la vista en el suelo.

—Gra… gracias, tía —balbuceó, sin saber dónde mirar.

Mateo, que observaba la escena con las manos hundidas en los bolsillos, se acercó entonces a la abuela Amalia. Ella abrió los brazos con la calidez de siempre.

—Ven aquí, cielo —dijo, y lo abrazó como solo ella sabía: fuerte, largo, oliendo a jabón y a flores secas.

Mateo la rodeó por la cintura, tieso al principio, y notó cómo el cuerpo de su abuela —todavía firme, todavía cálido bajo el vestido de algodón— se apretaba contra el suyo. Sin que él pudiera hacer nada por evitarlo, algo se despertó abajo, rápido y demasiado evidente: la polla se le empalmó pegada al muslo de la vieja, dura, marcándose contra la tela del pantalón. Intentó girar la cadera para disimular, pero Amalia lo notó. Lo notó todo. En vez de apartarse, lo retuvo un segundo más, apretó la cadera contra ese bulto y le dio un beso en la mejilla, muy cerca de la oreja.

—Cómo has crecido, mi niño —murmuró solo para él, con la voz baja y un punto de diversión que a Mateo le erizó la nuca.

Se separó rojo hasta las orejas, farfullando un «hola, abuela» casi inaudible.

El abuelo Rodolfo, ya libre, fue hacia Lucía y la levantó del suelo en un abrazo de oso.

—¡Mi Lucía! —dijo, dándole media vuelta en el aire antes de dejarla otra vez en la grava.

Sus manos se quedaron un momento de más en la cintura de ella, bajando apenas hasta el nacimiento de las caderas y llegando a rozarle las nalgas por debajo del vestido. Lucía soltó una risita nerviosa, sin terminar de decidir si aquello era normal o no.

Carmen, por su parte, recibió a Mateo con el mismo abrazo lento y perfumado, apretando sus tetas grandes contra el pecho del sobrino.

—Hola, guapo —dijo, rozándole la nuca con las uñas pintadas de rojo y bajando una mano hasta apretarle el culo por encima del pantalón.

Mateo tragó saliva, el cuerpo escultural de su tía pegado al suyo, y solo acertó a responder un «hola, tía» medio ahogado.

Por último, Amalia abrazó a Sofía. Las dos se fundieron en el saludo de quien se conoce de toda la vida: mejillas juntas, manos en la espalda, risas bajas.

—Y tú, mi reina, cada vez más peligrosa —le dijo la abuela, acariciándole el pelo.

Sofía le guiñó un ojo.

—Tú tampoco te quedas corta, abuela. Menudo verano nos espera.

Los saludos terminaron entre risas, algún beso de más y Sultán dando vueltas como un loco. Nadie dijo nada raro. Nadie cruzó ninguna línea. Pero todos sintieron el calor extraño que se quedó flotando en el aire de la tarde, espeso como el polvo del camino. Los mellizos se miraron de reojo, un poco aturdidos. Sofía, en cambio, sonreía como quien ya ha leído el final del libro.

***

La cena fue larga y regada de vino tinto de la propia bodega. El abuelo contó las mismas historias de siempre, la tía Carmen rellenó las copas más veces de la cuenta y la abuela Amalia, sentada justo enfrente de Mateo, lo miró durante toda la velada con una tranquilidad que a él le resultaba imposible de sostener. Cada vez que sus ojos se cruzaban, ella tardaba un instante de más en apartarlos, y en una de esas Mateo notó cómo la punta del pie descalzo de la vieja le subía por la pantorrilla por debajo de la mesa y se le apoyaba en la entrepierna, apretando despacio la polla que ya le abultaba en el pantalón.

Lucía apenas habló. Tenía a la tía Carmen al lado, y en algún momento entre el segundo plato y el postre Mateo se dio cuenta de que la mano de su tía había desaparecido bajo el mantel y que su hermana se había quedado muy quieta, la respiración corta, las mejillas encendidas. Por debajo del vestido, los dedos de Carmen le habían apartado las bragas y le hurgaban el coño con lentitud, dos dedos entrando y saliendo mientras el pulgar le rozaba el clítoris. Lucía apretaba el tenedor con los nudillos blancos, mordiéndose el labio para no gemir en la mesa. Nadie comentó nada. Sofía masticaba con calma, divertida, como si todo aquello formara parte de un guion que solo ella conocía de memoria.

—A la cama temprano —dijo el abuelo al levantarse—. Mañana hay mucho campo que enseñaros.

Las habitaciones estaban arriba, repartidas por un pasillo de madera que crujía con cada paso. Mateo se acostó pero no logró pegar ojo. La casa entera parecía respirar a su alrededor: el viento en los chopos, los grillos, el suelo asentándose. Y por debajo de todo eso, la voz de su abuela repitiéndose en su cabeza. Cómo has crecido, mi niño. Se la meneó despacio bajo la sábana pensando en las tetas de la vieja apretadas contra su pecho, y aun así no consiguió correrse; el nudo en el estómago era demasiado grande.

A la una de la madrugada bajó descalzo a la cocina, buscando un vaso de agua que le sirviera de excusa para algo que no sabía nombrar.

La luz del extractor estaba encendida. Y allí estaba ella.

Amalia, de pie junto a la encimera, con una bata fina anudada flojo a la cintura y el pelo suelto sobre los hombros. No pareció sorprendida de verlo. Pareció, más bien, haberlo estado esperando.

—Sabía que bajarías —dijo, sin moverse de donde estaba.

Mateo se quedó parado en el umbral, el corazón golpeándole en la garganta.

—No podía dormir —murmuró.

—Ya lo sé. —Amalia le tendió un vaso de agua que ya tenía preparado, como si hubiera contado los minutos—. Toma. Y deja de mirar al suelo, que no te he criado para que andes con la cabeza gacha.

Él levantó la vista. La bata se le había abierto un poco en el escote, y la piel de su abuela, dorada por años de sol y trabajo, subía y bajaba despacio con cada respiración. No llevaba nada debajo: se le adivinaban los pezones oscuros marcando la tela fina. Mateo bebió un trago largo solo para tener algo que hacer con las manos.

—Esta tarde, en el abrazo —empezó ella, acercándose un paso—. No tienes por qué avergonzarte. Eres un hombre. Pasa.

—Abuela, yo… —La frase se le quedó a medias.

Amalia le apoyó la palma abierta en el pecho. No lo empujó. Lo dejó ahí, sintiendo cómo el pulso del chico se aceleraba bajo su mano. Después la mano bajó, sin prisa, por el abdomen, y se paró justo encima del bulto que se le volvía a marcar en el pantalón de dormir.

—Lleva latiendo así desde que llegaste —dijo, y había algo nuevo en su voz, más ronco, más bajo—. Y esto también. ¿Te crees que no me di cuenta? Aquí todos nos damos cuenta de todo, Mateo. Es la única regla de esta casa.

Le apretó la polla por encima de la tela, con la mano abierta, midiéndola. Mateo soltó un jadeo bajo. La vieja sonrió sin apartar los ojos de los suyos y coló los dedos por debajo de la cinturilla. Cuando su mano callosa se cerró directamente sobre la verga, el chico se dobló un poco hacia adelante, apretando los dientes.

—Mírala —murmuró ella, sacándosela fuera del pantalón—. Menuda polla te ha crecido, mi niño.

Se la meneó despacio, con la muñeca girada, apretando fuerte en la base y aflojando en el capullo. Mateo no podía respirar. Amalia se acercó hasta que apenas quedó aire entre los dos. Él podía oler el jabón, el vino, algo más caliente debajo. Cuando la vieja se puso de puntillas y le rozó los labios, fue un roce de prueba, lento, una pregunta más que un beso. Mateo tardó una eternidad de medio segundo en responder. Después la rodeó con los brazos y la besó de verdad, metiéndole la lengua hasta el fondo, y sintió el cuerpo de su abuela ablandarse contra el suyo como si llevara toda la vida esperando justo eso.

El vaso quedó olvidado en la encimera. Las manos de él, torpes al principio, encontraron la cintura por debajo de la bata; las de ella, expertas, lo guiaron sin prisa, enseñándole el ritmo, frenándolo cuando se aceleraba demasiado. Le tiró del nudo y la bata se abrió del todo. Debajo estaba entera desnuda: las tetas caídas pero llenas, con los pezones muy oscuros y ya duros; el vientre blando y cruzado por marcas de partos viejos; una mata de pelo canoso entre los muslos.

—Despacio —susurró Amalia contra su boca—. Aquí los veranos son largos. No hay ninguna prisa.

La bata cedió y resbaló hasta el suelo de baldosa. Mateo dejó de pensar. Dejó de pensar en lo que estaba bien y en lo que estaba mal, en el pasillo que crujía sobre sus cabezas, en su hermana al otro lado de una pared, en la prima que sonreía como si todo aquello lo hubiera escrito ella. Solo quedó la piel de su abuela bajo sus manos y la luz amarilla del extractor recortándolos en mitad de la noche.

Le agarró las tetas con las dos manos, sopesándolas, apretándoselas, agachando la cabeza para chuparle un pezón. Amalia le hundió los dedos en el pelo y lo empujó contra el pecho.

—Así, mi niño. Chúpamelas bien —jadeó—. Con hambre.

Mateo mamó como si tuviera sed, pasando de un pezón al otro, mordiendo apenas, y la vieja le arrancó la camiseta por encima de la cabeza. Le bajó el pantalón de un tirón hasta las rodillas y la polla del chico saltó dura, palpitando contra el vientre de la abuela. Ella lo miró de arriba abajo, orgullosa, y se agachó sin más ceremonia. Se puso de rodillas en las baldosas frías y le pasó la lengua desde la base del huevo hasta la punta del capullo, muy despacio, mirándolo desde abajo.

—Abuela… —gimió él.

—Calla y disfruta —contestó ella con la boca ya llena.

Amalia se la metió entera, hasta el fondo de la garganta, y empezó a chuparla con una técnica que no dejaba dudas sobre cuántas pollas había mamado en su vida. Le agarraba los huevos con una mano y con la otra le apretaba el culo, hundiéndose el capullo contra el paladar, sacándola con un ruido húmedo, escupiendo saliva por encima y volviendo a tragársela. Mateo se agarró al borde de la encimera para no caerse. La vieja subía y bajaba la cabeza a un ritmo lento, pesado, sin dejar de mirarlo.

—No te vayas a correr todavía —le advirtió sacándosela de la boca un segundo—. Que esto no ha empezado.

Se levantó, lo besó otra vez —él pudo sentir su propio sabor en la lengua de la abuela— y lo tumbó sobre la mesa de madera donde habían cenado horas antes. Se subió encima con una agilidad que desmentía cualquier idea que Mateo tuviera sobre la edad, abrió las piernas a horcajadas y le pasó el coño ya empapado por toda la longitud de la polla, restregándose el clítoris contra el capullo.

—Mi niño —repitió, y esta vez la palabra sonó a otra cosa por completo.

Se agarró la verga con la mano, se la centró en la entrada y bajó despacio, sentándose entera de un solo movimiento largo. La abuela soltó un gemido ronco cuando la polla del nieto le llegó hasta el fondo. Mateo apretó los dientes: el coño de la vieja estaba caliente y prieto, ordeñándolo con paredes que se cerraban en oleadas.

—Joder… —jadeó él—. Abuela, qué apretada estás…

—Trabajo de campo, mi vida —le contestó ella riéndose, y empezó a moverse.

Se movieron juntos en la penumbra, sin apuro, el viejo crujido de la madera marcando un compás propio. Amalia cabalgaba de arriba abajo, con las tetas botando encima de la cara de Mateo, y luego se echaba adelante y hacía círculos con la cadera, montándolo como si lo estuviera domando. Le agarró las manos y se las plantó en el culo, guiándolo para que se lo abriera y volviera a apretárselo con cada embestida. Cuando el chico se cansó y quiso más, la vieja se dejó girar: acabó tumbada de espaldas sobre la mesa, con las piernas abiertas de par en par y los tacones apoyados en los hombros del nieto.

—Fóllame ya, hazme el favor —le dijo, tirándole del pelo—. Como se folla a una mujer. Sin miedo.

Mateo se la clavó hasta el fondo y empezó a moverse fuerte, la mesa golpeando contra la pared con cada embestida. La abuela le enterraba las uñas en la espalda y le mordía el cuello para no gritar, con la boca abierta contra su piel. Le decía guarradas en susurros pegajosos —«así, mi niño, rómpeme el coño, dámelo todo»— y el chico embestía cada vez más rápido, con el sudor cayéndole por la frente. Enterró la cara en el cuello de su abuela para no hacer ruido, y ella le mordió el hombro por la misma razón.

—Me voy a correr —jadeó él contra su oreja.

—Dentro —le contestó la vieja apretándole el culo con los talones—. Suéltalo todo dentro, que hace años que nadie llena a esta abuela.

Mateo se vació dentro de ella con tres embestidas largas, gruñendo, la polla latiéndole con cada chorro. Amalia se corrió debajo mordiéndose el puño, arqueada, con el coño ordeñándole todo el semen hasta la última gota. Cuando todo terminó, se quedaron quietos un rato largo, recuperando el aire, el sudor enfriándose en la noche del campo. Un hilo blanco resbaló por el muslo de la vieja hasta el borde de la mesa.

Amalia se incorporó, se pasó dos dedos por la entrepierna, se los llevó a la boca y los chupó despacio. Después recogió la bata del suelo y se la anudó con una calma absoluta, como si acabara de fregar los platos.

—Vete a dormir, anda —dijo, dándole un beso en la frente—. Y bebe agua, que mañana hay sol.

Mateo subió la escalera flotando, el corazón todavía desbocado. En lo alto del pasillo, una puerta entornada dejaba escapar una franja de luz tenue y un murmullo de risas ahogadas: la voz de su hermana gimiendo muy bajito y, debajo, la de la tía Carmen susurrándole guarradas al oído mientras algo húmedo hacía un ruido rítmico. Más allá, otra puerta, otra respiración pesada, el chirrido de un somier viejo.

Se metió en la cama mirando el techo, sintiéndose distinto, despierto de una manera nueva. Por la mañana se cruzaría con todos en la cocina, se servirían café, hablarían del tiempo y de las cosas del campo como si nada hubiera pasado. Esa era la regla. Esa era la finca.

Antes de cerrar los ojos pensó en lo que había dicho Sofía al bajar del taxi, con aquella sonrisa de quien ya conoce el final.

Menudo verano nos espera.

Y la semana, recordó Mateo, acababa de empezar.

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Comentarios(8)

Romi_tucuman

increible, me dejo sin palabras!!!

PabloSF22

Que bueno esto, se siente tan real... espero la segunda parte con ansias!

LorenaS_78

Las confesiones son las que mas me gustan por lo autenticas que suenan. Esta no decepciona para nada.

GatoMadrid

¿Este relato es real? porque se siente muy vivido, los detalles son increibles

Martu_cap

me transporto a los veranos en lo de mis abuelos jaja, esas fincas tienen algo especial. Muy buen relato

ElisaLectora

Me gusto mucho como lo narraste, sin apuros y con tension creciente. Seguí así!

Alondra_M

genial!!! mas asi por favor

Claudio_BsAs

Estuvo bueno pero se hizo corto, quede con ganas de mas :)

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