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Relatos Ardientes

La noche que lo monté con mi juguete favorito

Llevaba toda la semana muriéndome de ganas de tenerlo otra vez. Nos habíamos pasado días mandándonos audios a media voz, fotos robadas frente al espejo del baño, mensajes que me dejaban temblando en mitad de una reunión. Para cuando llegó el sábado, yo ya no sabía cómo iba a aguantar la cena familiar de mi madre sin que se me notara en la cara lo que tenía en la cabeza.

Me puse el vestido negro más corto que tengo. Sin sujetador, sin nada debajo salvo una tira de tela que no cubría gran cosa. Y en el bolso, envuelto en un pañuelo, llevaba mi secreto: un vibrador de silicona, curvado, con una parte que entra y otra que presiona por fuera. Lo había cargado la noche anterior pensando exactamente en lo que quería hacer esa noche. No con él. A él.

En el taxi de camino a su casa no podía estarme quieta. Apretaba las piernas en el asiento de atrás, miraba el reloj del salpicadero cada dos minutos, y cada semáforo en rojo me parecía una pequeña tortura. El conductor puso la radio y yo fingí mirar por la ventana, pero solo pensaba en la cara que iba a poner cuando viera lo que llevaba en el bolso. Tenía la piel caliente, como si tuviera fiebre. Llevaba siete días esperando esto y los últimos diez minutos se me hicieron eternos.

No sé muy bien por qué cuento estas cosas. Supongo que hay noches que una necesita guardar en algún sitio, escribirlas para no perderlas. Esta fue una de esas.

Adrián vivía en un tercero sin ascensor, y yo subí los escalones de dos en dos. Cuando abrió la puerta, el olor de su perfume me golpeó como si me hubieran empujado. No me dio tiempo ni a saludar. Me agarró de la cintura y me estampó contra la pared del recibidor, y nos comimos la boca con un hambre que no era normal.

Sus manos subieron por mis muslos. Sentí el momento exacto en que descubrió que no llevaba nada debajo, porque se quedó quieto medio segundo y soltó un sonido ronco contra mi cuello.

—Vienes preparada —murmuró.

—Vengo a usarte —le contesté, mordiéndole el labio—. Esta noche tú no haces nada. Solo miras y obedeces.

Se rió contra mi boca, pero le temblaba la respiración. Le encantaba cuando me ponía así, y los dos lo sabíamos.

***

Nos fuimos quitando la ropa a tropezones por el pasillo. Él se sacó la camiseta por la cabeza y vi cómo le brillaba la piel a la luz tibia que venía del dormitorio. Yo dejé caer el vestido en el suelo del salón y me quedé solo con los tacones y aquella tira de tela mínima. Me miró de arriba abajo, despacio, como si fuera la primera vez que me veía desnuda.

Saqué el vibrador del bolso y lo encendí un instante, solo para que oyera el zumbido. Vi cómo se le abrían los ojos.

—¿Y eso qué es? —preguntó, aunque lo sabía perfectamente.

—Esto es para mí —dije—. Tú vas a mirar. Y cuando yo lo decida, vas a estar debajo.

Lo empujé hacia el dormitorio y lo tiré sobre la cama. La habitación olía a él, a esa colonia que ya tenía asociada a noches sin dormir. Encendí la lámpara de la mesilla, la que da una luz naranja y baja, y me subí a horcajadas sobre sus piernas.

Me acaricié delante de él, sin prisa. Pasé los dedos por encima de la tela, presionando despacio, viendo cómo se le tensaba la mandíbula. Corrí la tira a un lado con dos dedos y me dejé al descubierto. Estaba empapada y los dos lo notamos.

—No me toques todavía —le advertí cuando intentó levantar la mano—. Quieto.

Obedeció. Me incliné y le puse el vibrador delante de la boca.

—Mójamelo bien.

Lo lamió como si le fuera la vida en ello, lo metió en la boca, lo empapó de saliva sin dejar de mirarme, mientras yo me tocaba el clítoris con la otra mano. Cuando estuvo listo, lo encendí en la velocidad más baja y me lo apoyé encima.

El primer contacto fue como una chispa. Cerré los ojos y se me escapó un gemido largo. Empecé a moverlo en círculos lentos, sintiendo cómo la vibración me subía por dentro, calentándome poco a poco. Adrián, debajo de mí, tragaba saliva y apretaba las sábanas con los puños para no tocarse.

—Primero miras —repetí, con la voz ya entrecortada.

***

Bajé el juguete y me lo metí despacio. La parte curvada entró buscando justo el punto que me vuelve loca, mientras la otra quedaba fuera, vibrando contra mí. Empecé a moverme con él, subiendo y bajando la mano, cada vez un poco más rápido. Se me cortaba la respiración, se me tensaban los muslos a los lados de su cuerpo.

—Mírame —le pedí—. Mira cómo me corro yo sola, sin ti.

Subí la velocidad. El primer orgasmo me llegó de golpe, sin avisar, como si alguien hubiera tirado de un cable dentro de mí. Me temblaron las piernas, me clavé el juguete hasta el fondo y me quedé ahí, temblando encima de él, respirando como si hubiera corrido kilómetros. Adrián me miraba con la boca entreabierta, completamente fuera de sí.

Saqué el vibrador con un sonido húmedo y, antes de que pudiera decir nada, se lo puse en los labios.

—Prueba —le dije.

Lo chupó gimiendo, y eso casi me hace empezar de nuevo. Pero yo todavía no había terminado con él. Ni de lejos.

***

Me deslicé hacia abajo, hasta quedar sobre sus caderas. Lo tenía durísimo, latiendo contra mi vientre, y me dio gusto comprobar cuánto le costaba quedarse quieto. Lo agarré, guié la punta hasta mi entrada y bajé centímetro a centímetro. Estaba tan mojada que entró sola, llenándome despacio, abriéndome hasta donde no daba más.

Cuando lo tuve todo dentro, me quedé inmóvil un momento, solo sintiéndolo. Luego empecé a moverme muy despacio, subiendo apenas un poco y volviendo a bajar, sintiendo cada centímetro de él en el camino.

—Voy lento a propósito —le susurré—. Quiero sentirlo todo.

Él me agarró las caderas, no para empujar, sino para sostenerse, como si temiera que aquello acabara demasiado pronto. Me incliné hacia delante, apoyé las manos en su pecho y empecé a moverme en círculos lentos, profundos, dejando que el roce me fuera construyendo el segundo orgasmo desde abajo, desde la boca del estómago.

—Estoy otra vez —le avisé—. No te muevas. Déjame a mí.

El sudor me caía por la espalda. Me concentré en el ritmo, en la fricción justa, y cuando llegó fue distinto al primero: más hondo, más largo, una ola que tardó en pasar. Me clavé hasta el fondo y me quedé ahí, contrayéndome alrededor de él, mientras Adrián gruñía debajo de mí intentando aguantar.

—Ni se te ocurra —le dije, casi sin voz—. Todavía no. Quiero uno más.

***

Volví a encender el vibrador y me lo apoyé en el clítoris mientras seguía montándolo. La doble sensación fue demasiado: lo sentía dentro y la vibración por fuera al mismo tiempo. Empecé a subir y bajar más rápido, sin perder la profundidad, apretando cada vez que llegaba al fondo.

—Ahora sí puedes moverte —le concedí por fin—. Empuja. Empuja fuerte.

Adrián levantó las caderas y se hundió en mí desde abajo, y entre los dos encontramos un ritmo que no se parecía a nada. Yo cabalgaba, él empujaba, el vibrador zumbaba entre nosotros. Me agarró del pelo, me besó el cuello, me dijo cosas al oído que no voy a repetir aquí pero que me terminaron de encender del todo.

—Me voy a correr otra vez —le dije, y esta vez no había manera de pararlo—. Hazlo conmigo. Ahora.

El tercero me atravesó entera. Eché la cabeza hacia atrás y dejé de controlar nada. Lo sentí a él tensarse debajo, sentí cómo se vaciaba mientras yo me contraía sin parar, los dos al mismo tiempo, agarrados con una fuerza que al día siguiente dejó marcas. Me quedé encima de él, todavía moviéndome despacio, alargando las últimas réplicas hasta que no quedó nada que exprimir.

***

Nos desplomamos juntos, yo encima de su pecho, los dos empapados y sin aire. Su corazón iba a mil debajo de mi mejilla. Tardamos un buen rato en poder hablar.

—Avísame la próxima vez que vengas «a usarme» —dijo al fin, riéndose con lo poco que le quedaba de voz—. Para preparar el cuerpo.

—No te acostumbres —le contesté, dándole un beso en el cuello salado—. La próxima decido sobre la marcha.

Nos quedamos un rato largo en silencio, con las piernas enredadas y la ventana entreabierta dejando entrar el ruido lejano de la calle. Le pasé los dedos por el pecho, dibujando círculos sin pensar, y él me apretaba contra su costado como si tuviera miedo de que me levantara. No tenía ninguna prisa por moverme. Me gustaba ese momento de después, cuando el cuerpo todavía vibra por dentro y la cabeza se queda en blanco.

Me quedé un rato así, escuchándolo respirar, con el juguete olvidado en algún pliegue de las sábanas y la luz naranja de la mesilla todavía encendida. No siempre cuento estas cosas. Pero esa noche pasó tal cual, y de vez en cuando me gusta recordarla con todos los detalles, como si la estuviera viviendo otra vez.

Lo único que le dije antes de quedarme dormida fue que el sábado siguiente repetíamos. Y vaya si repetimos.

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Comentarios (6)

CelinaOk

excelente relato!!! me encanto de principio a fin

LucasBaires

Por favor escribi mas de este estilo, quede con ganas de mas jajaja

RomiArg

Me recordo tanto a una noche que tuve hace tiempo... ese control que una siente es increible. Muy bien narrado, se siente real

GatoNocturno88

Tremendo como lo describiste, casi lo vivi yo también jaja. Saludos!

Pao_lectora

Que buena naracion, se siente autentico sin ser burdo. Sigue compartiendo!!

SoniaMR

Corto pero intenso. Esperando el proximo relato :)

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