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Relatos Ardientes

La casa de campo donde nadie pudo dormir esa noche

La casa olía a tomillo, a leña fría y a ese verano viejo que parece guardado en las paredes de las casas de campo. Los tres hermanos subieron las maletas por la escalera de madera, que crujía bajo cada paso como si llevara años esperando para contar secretos. Fuera, el olivar temblaba con el calor de la tarde y las cigarras no daban tregua.

Ninguno de los tres era ya un niño. Nora y Diego, mellizos de veinticuatro, habían dejado atrás la universidad hacía poco; Sofía, la pequeña, acababa de cumplir los veintidós. Pero en aquella casa, con los abuelos esperándolos abajo y las mismas camas de siempre, todos volvían a sentirse como cuando pasaban los agostos enteros correteando entre los árboles.

Nora y Diego entraron en la habitación de siempre: dos camas individuales separadas por una mesilla, la ventana abierta de par en par al olivar y el ventilador de techo dando vueltas lentas, perezosas. Nora dejó la mochila sobre su cama y se agachó para guardar las zapatillas debajo. Su mano tropezó con algo duro y rígido en la penumbra. Tiró sin pensar.

Eran cuatro o cinco revistas antiguas, de esas de papel brillante que ya casi no se imprimen. Portadas descoloridas, mujeres y hombres enredados en posturas imposibles, titulares enormes que prometían cosas que ninguna revista cumple.

—Diego… ven a ver esto —susurró ella, con la cara ardiendo antes incluso de terminar la frase.

Su hermano se acercó, se arrodilló a su lado y abrió una al azar. Fotos explícitas, tipografía gruesa, todo con un aire muy de otra década. En la doble página había una mujer arrodillada, con la boca abierta y la lengua fuera, chupando una polla gruesa que le brillaba de saliva; en la esquina, otra foto la mostraba con las piernas abiertas, los dedos separándose los labios del coño para que se viera cada pliegue rosado por dentro. Los dos se quedaron mudos un instante demasiado largo. Nora sintió un cosquilleo inmediato, una corriente baja que le recorrió el vientre y se le clavó entre las piernas; Diego notó cómo la polla se le endurecía dentro de los vaqueros hasta doler, y cambió de postura disimulando.

—Serán del primo aquel que vino hace mil años —dijo él con la voz más ronca de lo que pretendía, pasando las páginas demasiado rápido.

Nora asintió sin hablar y apretó un poco los muslos. En otra foto una chica de pelo largo tenía una polla metida en el coño y otra en el culo, la boca torcida en un grito mudo. Ninguno de los dos se atrevía a mirar al otro a los ojos. Nora sentía las bragas mojarse; Diego notaba el bulto latiéndole contra la costura, tan hinchado que temió que su hermana se diera cuenta si se ponía de pie demasiado rápido. Al final volvieron a esconderlas debajo de la cama, como si quemaran al tacto, y salieron de la habitación con las mejillas encendidas y la respiración demasiado rápida para dos personas que no habían hecho nada.

***

En la habitación contigua, Sofía compartía cuarto con su tía Renata. Renata, treinta y ocho años llevados con una elegancia descuidada, le dedicó una sonrisa perezosa mientras se recogía el pelo.

—Voy a darme una ducha rápida, ponte cómoda —dijo, y desapareció tras la puerta camino del baño.

Sofía abrió la maleta y empezó a colgar vestidos en el viejo armario que olía a alcanfor. Al tirar del cajón superior de la cómoda para dejar la ropa interior, se quedó helada. Allí, ordenado con un cuidado casi doméstico, estaba el arsenal privado de su tía: un succionador de color morado, un consolador de silicona grueso y realista, con las venas marcadas y un glande enorme, un plug de acero rematado con una piedra roja, un par de bolas chinas unidas por un cordón, un vibrador rosa con forma de conejo, unas esposas forradas de terciopelo y un frasco de lubricante con aroma a fresa. Todo dispuesto como si fuera maquillaje.

Sofía tragó saliva. Cogió el consolador con dos dedos, casi sin querer, y sintió el peso: era más gordo que la muñeca de un niño, la silicona blanda por fuera y firme por dentro. Se imaginó a su tía metiéndoselo entero, abriéndose el coño con esa cosa mientras el succionador le trabajaba el clítoris, y sintió un pinchazo de calor húmedo entre las piernas. Cerró el cajón despacio, con la punta de los dedos, pero la imagen ya se le había grabado por dentro. Se sentó al borde de la cama, cruzó las piernas con fuerza y, sin terminar de decidirlo, deslizó una mano por debajo de la cintura de los pantalones cortos. Los dedos se le hundieron directo en la humedad; el clítoris ya estaba duro, pidiendo. Se lo frotó en círculos rápidos, mordiéndose el labio para no gemir, mientras el agua corría al otro lado de la pared y ella intentaba no imaginarse a Renata desnuda bajo el chorro, jabonándose las tetas, abriéndose los muslos para lavarse el coño. Se metió dos dedos, muy adentro, hasta que la palma le chocó contra el hueso del pubis; los sacó chorreando. Un minuto después se levantó como si nada hubiera pasado, aunque el pulso le latía con fuerza en las sienes y las bragas se le pegaban al sexo empapado.

***

Media hora más tarde, los tres bajaban las escaleras hacia el comedor. Al pasar por el pasillo del baño principal, la puerta se abrió de golpe. Renata salió envuelta en una toalla blanca demasiado pequeña, el pelo mojado cayéndole por la espalda y las gotas resbalando lentas por el escote hasta perderse entre unos pechos generosos que la toalla apenas tapaba. Y detrás de ella, sin el menor pudor, apareció el abuelo Tomás, secándose la nuca con otra toalla, el cuerpo todavía fuerte y bronceado por los años de campo, y entre las piernas, colgando pesada y a medio despertar, una polla larga y gruesa que Sofía no pudo evitar mirar durante una fracción de segundo antes de que él se la cubriera con la toalla.

—Perdona, pequeña —le dijo a Sofía con una calma absoluta, anudándose la toalla a la cintura—. Cuando hay tanta gente, el baño se vuelve comunitario. Así nos criamos aquí.

Renata soltó una risa baja y siguió caminando hacia su habitación, la toalla apenas cubriéndole el culo redondo, que se le movía con cada paso. Sofía se quedó clavada medio segundo, los ojos muy abiertos, la imagen de la polla del abuelo balanceándose grabada a fuego, antes de bajar las escaleras casi a trompicones, con las mejillas ardiendo y un calor traicionero instalado entre las piernas que le empapaba las bragas por segunda vez en menos de una hora.

En el comedor ya estaba puesta la mesa grande de madera: jamón, una tortilla todavía tibia, ensalada, pan recién hecho y un par de botellas de tinto abiertas para que respiraran. Todos fueron sentándose. Los mellizos no conseguían levantar la vista del plato; Sofía bebía vino como si fuera agua fresca.

La abuela Pilar sirvió las copas y, con esa voz juguetona que solo le salía cuando tenía público, empezó a soltar prenda.

—¿Os acordáis del verano en que Renata cumplió veintidós? —dijo, mirando a su hija por encima de la copa—. Nos escapamos las dos a la hoguera de San Juan, y allí apareció un desconocido que nos folló a las dos por turnos detrás de los matorrales. A mí me puso a cuatro patas y me la metió hasta el fondo mientras tu tía se lo mamaba a un amigo suyo. Ninguna de las dos ha olvidado esa noche.

El abuelo soltó una carcajada grave que hizo temblar la mesa.

—Y tú no te quedaste corto, Tomás —contraatacó Renata, guiñándole un ojo a su padre—, el verano que acompañaste a la hija del molinero hasta su casa y volviste al amanecer con la camisa manchada de carmín y oliendo a coño.

—Esa chica se corrió tres veces con mi lengua antes de dejarme meterla —contestó él, sin bajar la voz, sirviéndose más vino—. Tenía un chochito estrecho como una virgen y le encantaba que se lo llenaran de leche.

Las anécdotas fueron subiendo de tono, siempre envueltas en risas y en el tintineo de las copas. Que si una despedida de soltera que terminó en el río con tres tíos follándose a la novia por turnos, que si un baile en el pueblo de al lado donde Renata acabó chupándole la polla al hijo del alcalde en el granero mientras su mujer bailaba dentro. Los mellizos escuchaban con las orejas rojas, fingiendo concentrarse en el jamón; Diego notaba la polla dura otra vez debajo de la mesa y no se atrevía a moverse. Nora tenía el coño hirviendo, apretando los muslos cada dos frases. Sofía reía con todos, pero por debajo del mantel apretaba los muslos cada vez que su tía describía un detalle de más, y una vez llegó a rozarse el clítoris con el nudillo, disimuladamente, sobre la tela de los pantalones cortos.

No es normal que esto me ponga así, pensó Sofía, dándole otro trago al vino. No con ellos delante.

Y, sin embargo, le pasaba. Tenía las bragas empapadas y sentía cómo se le escurría un hilillo por el interior del muslo cada vez que cruzaba y descruzaba las piernas.

***

Cuando terminaron de cenar, la abuela dio las buenas noches con un beso en la frente a cada uno y un comentario cariñoso sobre lo guapos que se habían puesto todos. Uno a uno fueron subiendo por la escalera que volvía a crujir, esta vez en sentido contrario, como si también ella estuviera cansada del calor.

Nora y Diego entraron en su habitación en silencio, cerraron la puerta y se metieron cada uno en su cama sin encender la luz grande. Solo quedó la lámpara tenue de la mesilla, dibujando sombras anaranjadas en el techo. Se dieron las buenas noches con un hilo de voz, pero ninguno de los dos cerró los ojos de verdad.

El ventilador seguía girando. Fuera, las cigarras habían dado paso a los grillos. Y debajo de las sábanas, muy despacio, casi sin reconocerlo ninguno de los dos, dos manos empezaron a moverse en la oscuridad, cada una en su cama, fingiendo un silencio que la respiración entrecortada desmentía. Nora se había subido el camisón hasta la cintura y se había bajado las bragas hasta las rodillas; se abrió los labios del coño con dos dedos y empezó a frotarse el clítoris muy despacio, en círculos, mientras con la otra mano se pellizcaba un pezón duro. Pensaba en la foto de la chica con dos pollas dentro y, sin querer, empezó a pensar en Diego, en el bulto que había visto formársele en los vaqueros al pasar las páginas. Se metió tres dedos en el coño hasta el fondo y se mordió el brazo para no gemir; estaba empapada, la mano le chapoteaba contra la vulva y el sonido húmedo era escandaloso bajo la sábana.

Diego, en la cama de al lado, se había bajado el bóxer hasta los tobillos y tenía la polla en la mano, muy dura, latiéndole entre los dedos. Se la agarraba con fuerza, deslizando el prepucio arriba y abajo, apretando el glande con el pulgar en cada bajada, húmedo del líquido preseminal que ya le brotaba. Intentaba no pensar en nada y fracasaba. Escuchaba la respiración de su hermana quebrarse cada pocos segundos, oía el roce leve de las sábanas, y a su pesar se imaginaba lo que estaba haciendo Nora, si se estaría metiendo los dedos, si tendría los pezones duros. Se corrió apretando los dientes, en silencio absoluto; sintió los chorros calientes salpicarle el vientre, uno tras otro, mientras seguía apretando la polla hasta la última gota. Al otro lado de la mesilla, casi al mismo tiempo, Nora se estremecía con las caderas levantadas, el coño palpitando alrededor de sus dedos, apretándolos con espasmos que no acababan nunca. Ninguno habló. Ninguno se atrevió a romper el pacto tácito de no enterarse de lo que estaba pasando a un metro de distancia.

***

En la habitación de al lado, Renata y Sofía se metieron juntas en la cama grande, todavía con el calor de la ducha y de la cena pegado a la piel. Renata apagó la luz principal y dejó encendida la lamparita, que apenas alcanzaba a iluminar las dos siluetas. Se acurrucó detrás de su sobrina, rodeándole la cintura con un brazo, como cuando Sofía era pequeña y se quedaba a dormir con ella las noches de tormenta.

—Buenas noches, mi niña preciosa —susurró Renata muy cerca de su oído, con un beso suave en la mejilla, un beso de tía cariñosa y nada más.

—Buenas noches, tía —respondió Sofía, acomodándose contra ella con una sonrisa que la oscuridad escondía.

Pero ninguna de las dos se durmió enseguida. Sofía sentía la respiración tibia de su tía en la nuca, las tetas grandes apretadas contra su espalda, un pezón que se le clavaba a través del camisón fino, y cada vez que cerraba los ojos volvía el cajón abierto, el consolador grueso en su mano, el succionador morado, la imagen del abuelo saliendo del baño con la polla colgando pesada entre las piernas, las anécdotas de la cena enredándose unas con otras hasta formar una sola cosa caliente y confusa. Sentía el coño palpitar, empapado; podía olerse a sí misma. Apretó los párpados. Contó respiraciones. Intentó pensar en cualquier otra cosa, y en cambio se descubrió apretando el culo contra el pubis de su tía, muy despacio, casi sin darse cuenta.

Renata, por su parte, sonreía en la penumbra. Notaba perfectamente el movimiento de la sobrina, cómo se restregaba contra ella con esa lentitud culpable, y sentía cómo se le endurecían los pezones dentro del camisón. Conocía demasiado bien esa quietud demasiado tensa, esa forma de fingir el sueño. Recordaba haberla tenido ella misma, muchos veranos atrás, en aquella misma cama, escuchando a su madre contar historias que entonces no entendía del todo y frotándose el coño sobre las sábanas hasta correrse en silencio.

—¿No te duermes? —murmuró, sin moverse, apretando apenas el brazo con el que le rodeaba la cintura, dejándolo caer un dedo más abajo, casi rozándole el pubis por encima del camisón.

—Hace calor —mintió Sofía, con la voz temblona.

—Sí —respondió Renata, y en esa única sílaba había una sonrisa entera—. Hace mucho calor en esta casa.

Las dos se quedaron en silencio, despiertas, respirando casi al mismo ritmo, fingiendo que el día no había traído más que abrazos de familia. Y el primer día de aquel verano se apagó así, con el zumbido lento del ventilador, los grillos al otro lado de la ventana y, en cada habitación de la vieja casa de campo, un secreto que nadie pensaba confesar a la luz del día.

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Comentarios(8)

vale_lectora22

Increible!! mas asi por favor

MarkosSur

jajaja esas revistas viejas bajo la cama... clasico!!! me rei mucho con eso

MiriamBaires

Me encanto el tono confesional, como si lo estuvieras contando en voz baja. Se siente muy real, sin artificios.

RecuerdosVivos

Me trajo recuerdos de unas vacaciones en el campo de chico. Esas tardes de calor tienen algo que no se olvida mas. Muy bien contado

Lorena_pba

Es autobiografico? Porque se siente demasiado real para ser ficcion jaja. Buenisimo igual

Fede_lee

Que relato, me dejó pegado a la pantalla hasta el final. El titulo ya te atrapa

TomásO_cba

Excelente, el ritmo esta muy bien llevado. Se hace corto, espero que haya continuación

NikoBA_lector

Por favor seguí con esto!! Quedé con ganas de mas, segunda parte urgente

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