Los gemidos de mi mamá y el gringo del piso de al lado
Todo esto pasó hace un par de años, a comienzos de 2024, cuando mi mamá empezó a tratar a Connor, un gringo que vivía justo al lado de nuestro pequeño departamento de alquiler. En pocas semanas él se convirtió primero en su novio, después en nuestro compañero de piso y, sobre todo, en el causante de todos los gemidos de mi mamá durante las noches. Para ponerlo en contexto, ella y yo habíamos llegado a Estados Unidos a fines del año anterior, después de cruzar varios países, así que ya se hacen una idea de dónde venimos.
Mi papá nos abandonó antes de que yo naciera, así que cuando decidimos migrar, el primer lugar que se nos ocurrió fue Estados Unidos. Acá teníamos algo de familia y, además, mi mamá hablaba inglés, lo que le daba la posibilidad de conseguir trabajo más rápido. Y así fue. Ella es la típica milf latina: pelo negro larguísimo, casi hasta la cintura, un metro sesenta y ocho, cuerpo de reloj de arena, un culo enorme y unas tetas medianas. Desde que pisamos el país volvió locos a los gringos, que le ofrecían empleos por todos lados, pero ella eligió uno de mesera y otro de lavaplatos para poder estar unas horas en casa.
A las pocas semanas de empezar a trabajar nos mudamos del departamento de un familiar a uno propio, en un bloque donde casi todos los vecinos eran blancos. Ahí conocimos a Connor el primer día. Tenía treinta y un años, vivía solo y rozaba el metro noventa. Estaba muy fornido, mezcla del gimnasio y de su trabajo como carpintero, y aunque de cara no era guapísimo, su mezcla de americano e italiano le daba un atractivo particular. Desde que vio a mi mamá se interesó en ella, y casi sin dejar pasar tiempo le empezó a coquetear hasta que ella aceptó una salida.
En ese momento mi mamá estaba por cumplir cuarenta años, así que al principio se mostraba cauta y esquiva cada vez que nos topábamos con Connor en las escaleras o en el pasillo. Pero con los días se fue soltando, hasta que verlo ya era motivo de conversación. Así las semanas pasaron y empezó a salir con él los viernes o algunos sábados a comer, después a invitarlo a casa e incluso a dejar que nos llevara a conocer alguna ciudad cercana. No puedo decir que Connor fuera idiota o grosero, porque en ese tiempo yo no hablaba nada de inglés y nunca pude conversar con él, pero con mi mamá era atento y caballeroso, hasta el punto de abrirle la puerta del carro para que entrara.
Con el correr de los días, las visitas de Connor se hicieron cada vez más frecuentes, hasta que mi mamá me contó que él le había pedido ser novios y ella había aceptado. El noviazgo fue corto, de marzo a junio, y de novio pasó casi a marido, porque decidieron que viviéramos juntos para repartir los gastos. No me consultaron nada, pero la idea no me pareció mala; incluso ayudé a acomodar sus cosas el día que se mudó.
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Desde la primera noche que Connor durmió en el departamento empecé a oír gemidos. A mis diecinueve años sabía perfectamente qué eran y qué estaban haciendo, pero igual fue un choque muy brusco. Nunca antes había escuchado un sonido así en mi vida, y menos de mi mamá. Me hice el desentendido y traté de dormir como siempre, pero los ruidos se mantuvieron un buen rato. No eran palabras ni frases, sino pequeños quejidos cortos, mezclados con el golpe de la cama contra la pared y, de vez en cuando, un chasquido seco de piel contra piel.
Desde ahí nuestras vidas cambiaron por completo, y creo que el mayor cambio lo viví yo, porque era el que más tiempo pasaba en casa. Uno de los primeros fue que, al llegar, varias veces me encontraba a Connor sin camiseta, todavía con el pantalón de trabajo puesto, caminando por el departamento. Por su porte y sus músculos imponía verlo así, aunque para él era de lo más normal. Incluso recibía a mi mamá sin camiseta, y parecían dos tórtolos besándose. No tenía todos los músculos definidos, pero la espalda era ancha y maciza, igual que los brazos y el pecho; el abdomen, aunque plano, dejaba ver poco, pero la línea de la cintura hacia la ingle la tenía bien marcada.
Cuando ya me estaba acostumbrando a verlo sin camiseta, empecé a cruzármelo saliendo en bóxer de su cuarto a la cocina y de vuelta. Eso sí me resultaba raro, porque aunque los dos éramos hombres, en ese entonces ni siquiera teníamos confianza para hablar cuando nos quedábamos solos, pero al parecer sí la había para que yo lo viera medio desnudo. Con los días entendí que a él le daba exactamente igual: no le importaba que el departamento hubiera sido nuestro ni que yo fuera el hijo de su novia, y siguió andando así durante toda su estadía.
Yo siempre supe que era heterosexual, pero no puedo negar que las primeras veces que lo vi pasar medio desnudo, mi mirada se fue directo a su entrepierna. En bóxer parecía pequeña, aunque meses después descubriría que de pequeña no tenía nada. Además, Connor tenía unas piernas grandes y musculosas, y un trasero redondo y respingón que casi parecía de mujer.
La mayoría de las veces que lo veía así era los días en que salía temprano del trabajo y se quedaba conmigo, porque mi mamá terminaba tarde. Todo cambió cuando, de un día para otro —no sé si por pedido de él o por iniciativa propia—, ella dejó de hacer sus últimas horas. Empezó a llegar dos horas antes que Connor y lo recibía con comida recién hecha, abrazos fuertes y muchos besos.
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La verdad, no me incomodaba que se besaran delante de mí, pero cada vez eran más intensos. En algunas ocasiones tuve que interrumpirlos, porque si no parecía que iban a tirarse al piso a coger conmigo cerca. Como pasaban más tiempo juntos, adoptaron la costumbre de meterse a bañar apenas él llegaba del trabajo. Algunos días la ducha era larga, otros corta, y no había dudas de que no se bañaban solamente. En todas las ocasiones se hizo habitual verlos salir del baño y desfilar hacia el cuarto: mi mamá envuelta en una toalla y Connor con otra atada a la cintura.
Una tarde, cuando ya llevaban un rato dentro del baño, Connor salió casi corriendo hacia su cuarto solo en bóxer, pero a diferencia de las otras veces la tenía dura. La tela marcaba cada detalle de la verga apuntando al frente: no se veía enorme, pero sí muy gruesa, con el glande completamente dibujado y hasta una mancha de humedad en la tela. Cuando volvió al baño con algo en la mano —tal vez un condón, no sé— me di cuenta de que de la parte de atrás del bóxer le colgaba un diminuto calzón de mi mamá. Verlo me dio un morbo que no puedo negar, y cuando él se volvió a encerrar, me acerqué un poco hasta donde se escuchaban con claridad el agua y las risas. Tardé más en caminar hasta ahí que en escuchar lo que hacían.
Para entonces ya no me extrañaba oír un gemido salir del baño. Durante casi todas las noches, el golpe de la cama contra la pared, los quejidos de mi mamá y los jadeos de Connor al terminar eran una rutina a la que estaba más que acostumbrado. A mucha gente le habría resultado traumático o excitante escuchar lo mismo cada día, pero yo lo tomé como una especie de escuela para mi futuro. Me asombraba la potencia diaria de aquel tipo, que lo escuchaba cogiendo un buen rato, y empecé a admirarlo por eso.
¿Será su verga, las posiciones o una mezcla de las dos?, me preguntaba cada vez. Siempre terminaba pensando que, cuando tuviera una mujer, debía hacerla gemir con esa misma intensidad para que me tratara como mi mamá trataba a Connor.
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Con cada mes que pasaba, la relación atravesaba problemas. A él le pagaban menos, le hacía escenas de celos a mi mamá, discutían y de noche se reconciliaban con sexo intenso, y al día siguiente volvían a pelear. Pasaban días sin hablarse, parecía que no se soportaban. Una vez, después de una discusión fuerte, Connor no llegó a dormir porque se fue a casa de sus padres. Mi mamá estaba furiosa, pero al amanecer se calmó: él apareció con un ramo de rosas. Ese día salieron por primera vez en meses, llegaron tardísimo —quizá después de pasar por un motel— y la reconciliación siguió hasta la madrugada. Escuché los gemidos y el rechinar de la cama, y me tranquilizó un poco saber que ya no estaban enojados.
Después de esa racha empezaron a salir cada dos semanas, solos o con amigos, y la relación se volvió tranquila, aunque más caliente. Varias veces atrapé a Connor besando a mi mamá por detrás mientras le agarraba las tetas por encima de la blusa, o con las manos metidas debajo, apretándoselas mientras se reían y se susurraban cosas. Al notar mi presencia se apartaban enseguida, pero ni con todas mis interrupciones a propósito lograban aplacar sus instintos.
La escena más surrealista fue una madrugada en que entré al baño creyendo que no había nadie. Apenas abrí la puerta, Connor estaba orinando de pie, completamente desnudo, sosteniéndose la verga, que incluso flácida se notaba gruesa y del todo circuncidada. Al verme intentó taparse, se lavó las manos a toda prisa y salió disculpándose mientras se cubría como podía.
Pero la imagen que nunca olvidé fue otra. Una mañana, al salir de mi cuarto, pasé frente al de ellos y vi a mi mamá acostada boca abajo, durmiendo completamente desnuda, y a Connor parado con la verga dura mientras miraba el celular. Estaba tan concentrado en la pantalla que ni siquiera me vio, pero yo sí vi lo que tanto me intrigaba. No era enorme —diría que del mismo tamaño que la mía—, pero se veía mucho más gruesa y venosa, y con su cuerpo atlético formaba una combinación perfecta. Ese día conocí de lleno al causante de todos los gemidos del último año y entendí, de una vez por todas, que el tamaño no importa cuando sabes usarla bien.
Tiempo después, por motivos de trabajo, Connor se mudó a otro estado. Quiso llevarnos con él, pero mi mamá decidió que nos quedáramos: acá estaba nuestra familia, nuestra casa y su trabajo. Las noches volvieron a quedarse en silencio, y reconozco que más de una vez, acostado en mi cama, me encontré echando de menos aquel golpeteo contra la pared que durante un año había marcado el ritmo de la casa.