Esa noche en su cocina no debió pasar
La noche había empezado de forma inocente, o al menos eso nos repetimos los dos para no admitir lo que llevábamos semanas evitando.
Subí al piso de Adrián poco después de las nueve, con una botella de tinto en una mano y una excusa que había ensayado en el ascensor. Le había escrito media hora antes: «Pasaba cerca y se me ocurrió que podíamos cerrar de una vez ese informe que dejamos a medias». Era mentira, claro. El informe podía esperar a la oficina, como llevaba esperando dos semanas. Pero los dos habíamos sentido esa misma corriente al mismo tiempo, esa necesidad de vernos lejos de los pasillos, de las miradas de los demás, de la luz blanca de las pantallas.
Me abrió en vaqueros y una camiseta gris, descalzo, con el pelo todavía húmedo de la ducha. El salón estaba en penumbra, iluminado solo por dos lámparas de pie y el resplandor naranja de la ciudad colándose por el ventanal. Olía a café recién hecho y a algo más: su perfume, discreto, que yo reconocí al instante y que me provocó un cosquilleo absurdo en el estómago.
—Pasa —dijo, apartándose—. Justo estaba pensando que esto necesitaba interrupción.
Nos sentamos en el sofá, uno al lado del otro, con la mesa baja delante. Abrió la botella, sirvió las dos copas y empezamos a hablar. Al principio de tonterías: la gente de la oficina, una reunión absurda de aquella semana, una serie que los dos habíamos dejado a medias. Pero el vino fue haciendo lo suyo. Las risas se acortaron la distancia, los silencios se alargaron. Cada vez que él se inclinaba para rellenar mi copa, lo hacía un poco más cerca. Yo cruzaba y descruzaba las piernas, sabiendo perfectamente que la falda se me subía un dedo cada vez.
En algún momento se levantó a poner música. Eligió algo lento, de bajo profundo, que llenaba el aire sin tapar nuestras voces. Cuando volvió, se sentó más cerca que antes. Nuestras rodillas casi se rozaban. Sentí el calor que salía de su cuerpo y tuve que esforzarme para no quedarme mirándole la boca mientras hablaba.
La conversación derivó hacia donde tenía que derivar. Me preguntó si estaba viéndome con alguien. Le respondí con una sonrisa torcida y otra pregunta, y ninguno de los dos contestó del todo. En su lugar empezamos a hablar de lo que echábamos de menos: el contacto, la piel, esa electricidad que aparece sin avisar y te deja sin saber qué hacer con las manos. Nuestras voces bajaron de volumen, se volvieron más roncas. Las miradas se sostenían un segundo de más cada vez.
Si me toca ahora, no voy a apartarme.
Se hizo un silencio espeso. Él alargó el brazo para retirar la botella vacía y, al volver, su antebrazo rozó el mío. Ninguno se movió. El roce se quedó ahí, tibio, cargado. Giré un poco el cuerpo hacia él; Adrián apoyó el brazo en el respaldo, detrás de mis hombros, sin tocarme todavía, pero tan cerca que sentía el calor de su piel a un centímetro de la mía.
—Me gusta cómo hueles —murmuró, casi sin pensarlo.
Me mordí el labio antes de contestar.
—Tú tampoco hueles nada mal.
Otro silencio. Nuestras respiraciones se habían acompasado sin darnos cuenta. Bajé la vista un instante a su boca y, cuando volví a subirla, sus ojos ya estaban en los míos con una intensidad que ninguno de los dos supo disimular. El aire pesaba. Llevaba horas pesando, en realidad.
Nos levantamos casi a la vez, como si hubiéramos acordado sin palabras que necesitábamos movernos antes de hacer algo de lo que no había vuelta atrás.
—Ven, que lo mejor del piso es la vista desde la cocina —dijo, y yo acepté, aunque los dos sabíamos que la vista era lo de menos.
Caminamos despacio, él delante, yo siguiéndolo tan cerca que notaba su espalda. La cocina estaba abierta al salón, con una isla grande de mármol en el centro, iluminada apenas por la luz que llegaba de fuera. Nos colocamos uno a cada lado de la encimera, apoyados, hablando en voz baja de nada y de todo. Nuestras manos descansaban sobre la piedra fría, a unos centímetros, midiéndose.
Él se estiró para alcanzar una copa olvidada al otro extremo. Al hacerlo, su cuerpo rodeó la isla y se acercó al mío. No retrocedí. Mis ojos seguían fijos en los suyos.
Levantó la mano y la posó en mi cintura, apenas un roce, como una pregunta.
No me moví.
El aire se volvió denso del todo. Nuestras respiraciones llenaron el silencio de la cocina. Había algo inevitable en ese acercamiento, algo que no tenía que ver solo con el deseo, sino con la certeza de que, a partir de ese punto, nada entre nosotros volvería a ser lo que era.
***
Las manos de Adrián empezaron a recorrerme sin prisa. Me apartó un mechón de la cara y lo dejó detrás de la oreja, una caricia mínima que terminó con su mano sosteniéndome la mejilla. Después llegaron los besos, tímidos al principio, cada vez más profundos a medida que nuestros cuerpos se enredaban. Quiso desnudarme despacio, sin perderse un solo lunar, una sola peca de las que iba descubriendo. Besaba cada centímetro de piel que dejaba al descubierto, respiraba mi olor, observaba cómo me erizaba bajo sus dedos.
Yo no podía dejar de mirarlo. Había tanto deseo en su cara como el que yo sentía hervir por dentro. Cuando quedé desnuda frente a él, en mitad de su cocina, noté mi propia respiración entrecortada, los pezones endurecidos, la humedad entre las piernas delatando todo lo que sus manos y sus palabras habían provocado en mí.
Quise hacerle lo mismo. Él me había dado seguridad y yo quería desnudarlo para mí. Empecé a desabrocharle la camisa mientras le besaba el cuello, la mandíbula, despacio, con los dedos recorriéndole el pecho. Bajé por sus hombros, por sus brazos, por las líneas firmes de su abdomen. Cuando llegué a la hebilla del cinturón, lo miré de reojo, buscando su permiso. Él cogió mis manos y las llevó él mismo a los lados de la hebilla.
Desabroché el cinturón, solté el botón, bajé la cremallera. Metí las manos por dentro y, mientras le deslizaba el pantalón hacia abajo, fui descendiendo hasta quedar arrodillada frente a él. La excitación había crecido entre los dos hasta volverse insoportable: yo completamente empapada y él duro, justo delante de mi cara.
Lo tomé despacio, sin dejar de mirarlo desde abajo, disfrutando de cómo se le tensaba la mandíbula cada vez que mi lengua lo recorría. Una de sus manos se enredó en mi pelo, no para empujar, solo para sostenerse, como si le costara mantenerse en pie. Lo escuché soltar el aire entre dientes, y esa reacción suya me encendió todavía más que el deseo de mi propio cuerpo.
***
Esa noche exploramos cada rincón del cuerpo del otro, llevándonos al límite, dando y recibiendo a partes iguales. El sitio favorito, sin duda, fue esa isla de mármol. Me tumbó sobre ella y se convirtió en su plato principal. Dejé las piernas abiertas y flexionadas sobre el borde frío de la encimera. Él se quedó de pie, entre mis muslos, mirándome un segundo entero antes de tocarme, como si quisiera grabarse la imagen.
El frío del mármol contra la espalda me erizó la piel otra vez. Adrián me besó con ganas, y ese beso fue bajando por el cuello, por el pecho. Cuando alcanzó mis pezones los lamió, los atrapó entre los labios, los retorció con cuidado entre los dedos hasta que se me escapó el primer gemido de verdad. Los besos siguieron bajando por mi abdomen, por las caderas, por las curvas, hasta llegar al final.
A cada roce de su lengua se me escapaba un sonido nuevo, todavía contenido, casi tímido. Él se tomó su tiempo: primero pasadas suaves por fuera, después más largas y lentas, atento a cada cambio en mi respiración, a cada vez que mis caderas se levantaban buscándolo. Cuando su lengua encontró el punto exacto, me contraje entera. Estaba tan húmeda que sentía que iba a estallar antes de tiempo.
Adrián notó que necesitaba algo más. Se incorporó sin dejar de mirarme, y yo no podía apartar los ojos de él. Fue rozándome despacio en la entrada, jugando, esperando, hasta que por fin se deslizó dentro de mí. Entraba y salía lento, midiendo, hasta que nuestros ritmos se encontraron y mis caderas empezaron a recibir cada embestida. Apoyó una mano abierta sobre mi vientre, justo encima, y juro que así sentíamos los dos cada movimiento con una claridad que me cortaba la respiración.
Empezó a moverse con más fuerza, sujetándome firme, sin soltarme la mirada ni un segundo. Yo me agarré al borde de la encimera, arqueada, dejándome llevar por algo que ya no podía controlar. Cuando llegué, lo hice con su nombre atascado en la garganta, y él me siguió poco después, derrumbándose sobre mí.
Unos minutos más tarde seguíamos los dos tumbados sobre el mármol, sin aliento, riéndonos por lo bajo de lo que acababa de pasar, de la excusa del informe, de las dos semanas perdidas fingiendo que aquello no estaba ocurriendo.
Nunca le conté a nadie aquella noche. No hacía falta. Cada vez que paso por una cocina con isla de mármol, me vuelve entera a la piel.