Esa noche me ató en el jardín y me hizo esperar
La casa que alquilamos en las afueras de Treixedo es nuestro escondite desde hace tres años. No hay vecinos a menos de un kilómetro, no hay timbres, no hay nadie que toque la puerta a deshora. Solo el campo, el viento entre los robles y nosotros dos. Me gusta ese silencio. Lo que no había aprendido todavía era que ese mismo silencio podía convertirse en un instrumento, y que Mateo sabía tocarlo mejor que nadie.
Llegamos un viernes por la tarde. Yo venía cansada de la semana, con la cabeza llena de pendientes que no quería seguir cargando. Él, en cambio, venía con una calma distinta. Una calma que ya conozco y que me pone en guardia.
Durante la cena no dejó de mirarme de esa manera. Esa sonrisa suya, tranquila y paciente, la que me derrite y me asusta al mismo tiempo. Es la sonrisa que me avisa, sin palabras, de que ya lo tiene todo decidido. Cada detalle. Y que no hay nada que yo pueda hacer para cambiarlo.
—Comes muy despacio —le dije, solo por romper el aire.
—Tenemos toda la noche —contestó, y siguió mirándome.
No me estaba dejando ninguna salida.
Recogí los platos con las manos un poco torpes. Él me observaba apoyado en el marco de la puerta de la cocina, sin ayudarme, sin apurarme tampoco. Cuando terminé, me tomó de la mano sin decir nada y me llevó escaleras arriba.
Su bolso ya estaba sobre la cama. Lo abrió despacio, disfrutando del momento, y a mí se me cortó la respiración. Rollos de cuerda de algodón, unas esposas de cuero gastado, la venda negra que temo y deseo en la misma proporción, y el collar que siempre pesa más de lo que un trozo de cuero debería pesar.
—Desvístete —dijo en voz baja.
Obedecí enseguida. Doblé la ropa con cuidado, como a él le gusta, dejándola sobre la silla en una pila ordenada. De pie, desnuda frente a él, me sentí pequeña y expuesta. Los pezones ya se me habían puesto duros solo con su mirada, y sentí una humedad tibia bajarme entre los muslos antes de que él siquiera se hubiera acercado. Ya estaba temblando, y todavía no me había tocado.
***
Primero me ató las muñecas a la espalda. Lo hizo con una lentitud deliberada, nudo a nudo, asegurándose de que yo sintiera cada vuelta de la cuerda ajustarse contra mi piel. A Mateo le encanta tomarse su tiempo. No hay prisa en sus manos, y esa ausencia de prisa es lo que más me desarma. Cada tirón es un recordatorio de quién manda.
—¿Demasiado apretado? —preguntó.
—No —murmuré.
—Bien.
Después vino la venda. La oscuridad se lo tragó todo de golpe. El dormitorio, la luz cálida de la lámpara, su rostro. Mi mundo entero se redujo a sonidos y a tacto. Su mano rozó mi mejilla un instante, casi tierno, y desapareció antes de que pudiera apoyarme en ella.
Me guió fuera de la habitación con una mano firme en la nuca. Paso a paso, contando el suelo con los pies descalzos. Bajamos las escaleras así, yo midiendo cada escalón sin verlo, confiando todo mi peso en su voz cuando murmuraba «aquí», «ahora baja».
Entonces el aire cambió.
Una corriente fresca me golpeó la piel desnuda y entendí, con un sobresalto que me subió por la espalda, que no estábamos dentro. Me estaba sacando al jardín.
—Mateo… —dije, y mi voz salió más fina de lo que quería.
—Tranquila. Estoy contigo —respondió, aunque no me soltó ni me explicó nada.
El olor lo confirmó: hierba recién pisada, tierra húmeda de la tarde, el aroma verde de los robles. Mis pies tocaron el césped fresco y di un respingo. El corazón me golpeaba el pecho como si quisiera salirse.
—Quieta —ordenó.
Me separó las piernas con una presión suave de la rodilla y me ató los tobillos abiertos a algo que no podía ver, probablemente las estacas que él mismo habría clavado antes de la cena, cuando yo lo creía simplemente paseando. El collar de cuero se cerró alrededor de mi cuello con un clic, y enseguida escuché el chasquido metálico de una correa enganchándose a la anilla. Con las piernas así de abiertas al aire de la noche, sentí cómo mi coño quedaba expuesto por completo, los labios ya hinchados, la humedad resbalándome muslo abajo sin que pudiera hacer nada por esconderla.
Y luego, nada.
Silencio.
Me dejó allí.
***
Escuché sus pasos alejarse sobre la hierba. Lentos, sin urgencia, hasta que dejé de oírlos. La puerta de la casa no llegó a cerrarse del todo, o tal vez sí y yo no quise creerlo. No lo sabía. No sabía nada. Esa era la cuestión.
El jardín entero se llenó de sonido a mi alrededor. Los grillos primero, después el roce de las hojas, el zumbido tenue de los insectos de la noche. Cada ruido parecía más cercano de lo que era, más nítido, casi peligroso. Sin la vista, el oído se me había vuelto enorme.
Mi cuerpo temblaba de nervios. Pero debajo de los nervios, en algún lugar más hondo, había otra cosa. Algo más caliente, que no quería nombrar y que sin embargo crecía con cada segundo que pasaba sola. Mi coño latía. Latía como si tuviera corazón propio, cada pulso empujando otra gota entre mis muslos.
Empecé a hacerme preguntas, y las preguntas eran peores que el frío. ¿Y si alguien pasaba por el camino y me veía atada, desnuda, con las piernas abiertas y la mierda escurriéndome por dentro? ¿Y si me dejaba ahí toda la noche, hasta el amanecer? ¿Y si entraba y se sentaba a mirarme desde la ventana, en silencio, con la polla en la mano, sin que yo pudiera saberlo nunca?
Tiré un poco de las muñecas, solo para comprobar. La cuerda se me clavó en la piel y no cedió ni un milímetro. No había escape. La idea, en lugar de calmarme, me prendió por dentro. Sentí un espasmo en el coño, un apretón vacío que buscaba algo que meterse dentro y no encontraba nada.
Esto es exactamente lo que él quería que sintiera.
Mi respiración se volvió corta y ruidosa en la quietud. Cada exhalación me sonaba más fuerte que la anterior. Intenté contar para tranquilizarme, pero perdí la cuenta enseguida, atrapada entre el miedo y una necesidad que me ardía entre las piernas sin que yo hubiera hecho nada por provocarla. Mi propio cuerpo me estaba traicionando, y no podía ni cubrirme. Los pezones me dolían de duros. El clítoris me palpitaba con cada latido, hinchado, gritando por un roce que no llegaba.
Los minutos se mezclaron unos con otros hasta que dejaron de ser minutos. Pudieron ser cinco. Pudieron ser veinte. El tiempo, sin ojos, no significaba nada.
***
Y entonces, de pronto, su tacto.
Una mano se deslizó por la cara interna de mi muslo, cálida y deliberada, subiendo desde la rodilla. Se me escapó un gemido que no pude contener, brusco, casi vergonzoso en medio de tanto silencio. Su dedo siguió subiendo hasta el borde de mi coño y se detuvo justo ahí, sin entrar, recogiendo el jugo que llevaba goteándome quién sabe cuánto tiempo.
—Estás empapada —susurró pegado a mi oído, y su voz era grave, suave, dueña de todo—. Sola, aquí afuera, atada como una perra, y se te cae por las piernas.
No le contesté. No habría podido. Sentí su dedo repasarme los labios de arriba abajo, muy despacio, sin meterlo, extendiendo mi propia humedad por toda la vulva hasta el clítoris. Ahí sí trazó un círculo lento, uno solo, y me sacudió un temblor que me llegó hasta las plantas de los pies.
—Has esperado bien —añadió, y sus dedos recorrieron la cuerda de mis muñecas, tirando apenas, comprobando los nudos, asegurándose de que yo sintiera lo firme que estaba atada. Cada tirón me recordaba que no decidía nada.
—¿Pensabas que me había ido? —preguntó.
Asentí en la oscuridad, porque era verdad.
—Estuve aquí todo el tiempo —dijo—. Mirándote. Con la polla dura, mirando cómo se te ponía el coño de brillante bajo la luna.
Algo se me derrumbó por dentro al escucharlo. La sola idea de haber estado expuesta ante sus ojos mientras yo me creía abandonada me hizo apretar los muslos contra la cuerda. Se me contrajo el coño en el vacío. Él lo notó. Por supuesto que lo notó. Me metió un dedo hasta el nudillo, sin previo aviso, y yo grité contra el aire de la noche.
—Mira cómo lo agarras —dijo, riéndose bajito, sacándolo y volviéndolo a meter, esta vez con dos—. Como si te fuera la vida.
Tiró de la correa con firmeza y mi cabeza fue hacia atrás hasta que mi espalda se apoyó contra su pecho. Lo sentí entonces, su calor recorriéndome de golpe después de tanto vacío. Su piel contra la mía era casi demasiado después de la espera, como cuando entras en calor tan rápido que duele. Y noté también, contra la parte baja de mi espalda, su polla, dura como una piedra, apretándose entre mis nalgas.
—Me perteneces —dijo contra mi cuello, mientras sus dedos entraban y salían de mi coño con un ruido húmedo y obsceno que llenaba el jardín—. Aquí afuera, atada en la oscuridad, cada respiración que tomas es mía. Cada gota que sale de este coño es mía.
Y yo lo sabía. No como una frase bonita, sino como un hecho concreto, físico, imposible de discutir con las manos a la espalda y los ojos vendados bajo el cielo abierto.
***
La venda lo amplificaba todo y él lo aprovechaba. El rasguño suave de sus uñas bajando por mi columna. La correa que se tensaba y se aflojaba a su antojo, marcándome el ritmo de la respiración. Su aliento caliente en la nuca, justo en el punto donde se me eriza la piel. Sus dedos, todavía dentro de mí, curvándose para tocar ese sitio blando que me hace ver luces incluso con los ojos tapados.
No podía verlo. No podía adivinar dónde estaría su mano un segundo después. Cada caricia me llegaba sin aviso, y esa imposibilidad de anticipar nada estiraba el tiempo hasta volverlo insoportable. Una espera dentro de otra espera.
Sacó los dedos de golpe y yo gemí de puro vacío. Los sentí subir por mi vientre, mojados, hasta llegar a mi boca.
—Abre —ordenó.
Abrí. Me metió los dos dedos hasta el fondo de la lengua y me hizo lamerlos, chuparlos limpios, saborear mi propio jugo hasta la última gota. La humillación me quemaba las mejillas y a la vez me apretaba el coño con más fuerza que nada.
—Buena chica —dijo—. Que no se desperdicie nada.
Bajó de nuevo. Escuché el frufrú de su ropa cayendo al césped. Su polla, ahora sin nada por medio, se restregó entre mis nalgas, resbalando arriba y abajo por la raja, apretándose contra mi ano un instante que me hizo contener el aire. Luego bajó más, hasta la entrada del coño, y se quedó ahí, apoyada, sin entrar todavía.
—Por favor —dije al fin, sin saber muy bien qué pedía. Sí sabía. Sabía perfectamente.
—¿Por favor qué? —Su voz sonreía.
—Métemela —susurré, y me ardió la cara al oírme.
—Más alto.
—Métemela, por favor. Fóllame. Fóllame ya.
—Así me gusta —dijo, y me la clavó de una sola embestida, hasta el fondo.
Grité. La sensación de esa polla abriéndome entera después de tanto rato de espera vacía fue casi demasiado. Me llenaba, me estiraba, me tocaba en un sitio que solo él sabe encontrar. Con las piernas atadas abiertas no podía cerrarme, no podía apretar los muslos, no podía hacer nada más que aguantar cada embestida contra mi cuello, contra mi espalda, contra mi coño desbordado.
Me follaba despacio primero, con embestidas largas y hondas, saliendo casi entera y volviéndose a hundir. La correa tirada, mi cabeza apoyada en su hombro, sus manos ahora en mis tetas, apretándome los pezones entre dos dedos hasta que me arqueé contra él.
—Mira dónde estás —murmuró junto a mi oreja, sin parar de embestirme—. En la mitad del jardín, atada, con mi polla dentro. Podría pasar cualquiera por ese camino y te vería así. Toda abierta. Toda mía.
Cada palabra me apretaba el coño alrededor de él. Sentía la corrida subir por dentro, todavía lejos pero acercándose sin remedio. Él lo notaba, claro que lo notaba. Aceleró. Me agarró de las caderas con las dos manos, tan fuerte que supe que al día siguiente tendría las marcas de sus dedos, y me empezó a follar de verdad, embistiendo con un ritmo brutal que hacía sonar nuestras pieles contra el silencio del campo.
—Córrete —ordenó, apretándome el clítoris con el pulgar mientras seguía golpeándome desde atrás—. Córrete atada, córrete en la hierba, córrete con mi polla dentro.
No aguanté. No podía. La orden y el pulgar me tiraron por el borde y me corrí con un grito que estoy segura que se oyó en los robles, sacudiéndome entera contra las cuerdas, con el coño apretándose alrededor de él en oleadas que no terminaban. Él no paró. Siguió follándome a través de mi corrida, más fuerte, más hondo, hasta que sentí cómo se ponía tenso detrás de mí y me clavaba las uñas en las caderas.
—Aquí va —gruñó—, adentro, hasta el fondo, que me sientas toda la noche.
Se corrió dentro con una embestida larga que me estremeció otra vez. Sentí cada latido de su polla vaciándose en mi coño, caliente, espeso, llenándome hasta que empezó a rebosar y a resbalarme muslo abajo mezclado con lo mío. Cuando por fin la sacó, muy despacio, mareándome de nuevo con la sensación de vacío, se agachó detrás de mí y me la limpió con la lengua, recogiendo su propia corrida de mis labios y de mis muslos con una lentitud que me hizo temblar otra vez.
***
Para cuando me quitó la venda, me temblaban las piernas y el pecho me subía y bajaba sin control. Las estrellas, ahí arriba, me parecieron de un brillo imposible, como si las viera por primera vez en mi vida. Tardé unos segundos en recordar dónde estaba: en mitad del jardín, de rodillas sobre la hierba, con el cuerpo dolorido, el semen todavía escurriéndome entre los muslos y el cielo entero encima.
Pero no estaba libre. Seguía atada, seguía con el collar y la correa, seguía de rodillas en el césped frío. Mateo se agachó frente a mí, me sostuvo la barbilla con dos dedos y me obligó a sostenerle la mirada.
—¿Estás bien? —preguntó, y por un momento la dureza se le ablandó del todo.
—Sí —dije, y nunca una palabra había sido tan verdad.
—Bien —contestó. Y la sonrisa tranquila volvió a su cara, esa que ya lo tiene todo planeado—. Porque esto era solo el principio. Todavía te queda chuparme hasta dejarme otra vez duro. Y después vamos a probar ese culo.
Se me contrajo todo por dentro al escucharlo, un latigazo de miedo y de ganas al mismo tiempo. Allí afuera, en plena noche, abierta al mundo entero y a la vez completamente bajo su control, nunca me había sentido tan viva. Ni tan suya. Y entendí, mientras él se ponía de pie y su polla, semierecta y brillante todavía, me quedaba a la altura de la boca, que volvería a esa casa de las afueras una y mil veces, solo por la promesa de esa espera.