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Relatos Ardientes

La del arnés en el bolso me cambió esa noche

Habíamos hecho match dos noches antes, un martes cualquiera, de esos en los que uno desliza el pulgar por la pantalla sin esperar nada. Ella se llamaba Lorena y desde el primer mensaje noté que era distinta a las demás. No tanteaba ni se andaba con rodeos. Escribía como habla alguien que sabe exactamente lo que quiere y no tiene ninguna intención de disimularlo.

La conversación arrancó con bromas tontas y en cuestión de minutos ya estaba en otro terreno. Saltábamos del humor a la confesión sin transición, como si nos conociéramos de antes. Y entonces, sin previo aviso, soltó la pregunta que me dejó releyéndola tres veces.

—¿Y tú, Hugo? ¿Eres de los que solo saben dar… o también sabes recibir?

Me reí solo, delante del móvil, fingiendo no entender el doble sentido. Pero claro que lo entendía. Lo entendía perfectamente y ya empezaba a notar el calor subiéndome por el cuello. Contesté con un emoji de ojos muy abiertos y un «depende de lo que quieras darme tú». Fue mandarlo y saber que no había vuelta atrás.

Lorena tenía experiencia, y lo contó con una naturalidad que me desarmó. Me dijo que le gustaba usar arnés, que había estado con varios chicos que se atrevieron a probarlo con ella y que no conocía nada más excitante que ver a un hombre soltarse del todo y dejar de aparentar. Solo de leerlo se me cortó la respiración. Yo nunca lo había probado. Ni me lo había planteado en serio. Y de pronto era lo único en lo que podía pensar.

Durante dos días no hicimos otra cosa que avivar el fuego por mensaje. Ella describía, yo preguntaba, los dos jugábamos a ver quién aguantaba más sin proponer lo evidente. Fue Lorena, otra vez, la que cortó por lo sano y puso fecha.

—El viernes. Un bar que conozco, tranquilo pero con gente. Y si no me decepcionas, seguimos en otro sitio.

***

Llegué al bar con el estómago revuelto, mitad nervios, mitad ganas. Ella ya estaba allí, sentada en la terraza con una copa a medias y las piernas cruzadas. Verla de cerca fue peor que cualquier foto. Llevaba el pelo castaño suelto, los labios pintados de rojo oscuro y una blusa negra semitransparente que dejaba adivinar el encaje de debajo. La falda le terminaba muy por encima de la rodilla.

Cuando me vio, sonrió de lado y se levantó para darme un beso en la mejilla. Olía a algo cálido y caro. En ese instante supe que estaba perdido, que esa mujer iba a hacer conmigo lo que le diera la gana y que yo iba a dejarla encantado.

Nos sentamos y la charla fluyó ligera, divertida, pero cargada de tensión desde la primera frase. Se inclinaba hacia mí cuando hablaba. Me rozaba el antebrazo con las uñas para subrayar cualquier cosa. Jugaba con la pajita de su copa mirándome fijo a los ojos, sin pestañear, esperando a ver cuánto tardaba yo en apartar la vista. Tardaba siempre.

—Hablas mucho para ser alguien tan callado por mensaje —dije, intentando recuperar algo de terreno.

—Hablo lo justo —contestó—. Lo importante prefiero hacerlo.

Pedimos otra ronda que casi no toqué. En un momento dado se acercó tanto que sentí su aliento en la oreja. Bajó la voz hasta convertirla en un susurro que no dejaba lugar a malentendidos.

—Tengo el arnés en el bolso. ¿Quieres dejar de perder el tiempo aquí y comprobar si eres tan valiente como pareces, o vas a seguir mirándome la copa?

No fui capaz ni de terminar la cerveza. Dejé unos billetes sobre la mesa sin contarlos y salimos juntos a la calle, ella delante, marcando el paso con una seguridad que me ponía más que cualquier roce.

***

Había un hotel a un par de manzanas. Lorena lo tenía claramente pensado, porque en recepción apenas habló: dejó su documento, recogió la tarjeta de la habitación y echó a andar hacia el ascensor sin esperarme. La seguí como un perrito.

El trayecto en el ascensor se me hizo eterno. La tensión se podía cortar con un cuchillo. Yo miraba los números subir, ella me miraba a mí con una sonrisa que prometía cosas. Cuando se abrieron las puertas, me puso la mano en la espalda y me empujó suave hacia el pasillo, como quien guía a alguien que ya le pertenece.

Apenas cerró la puerta de la habitación, me empotró contra la pared y me besó con una intensidad que me dejó sin aire. Sus labios eran suaves pero la forma de besar no tenía nada de delicada. Me mordía el labio, me chupaba la lengua, me agarraba de la nuca con los dedos clavados. Cuando se separó unos centímetros, vi en su cara esa maldad juguetona que ya conocía de los mensajes.

—Vas a ser mío esta noche —dijo—. ¿Estás listo?

Asentí. No me salía la voz. Tenía la polla dura como una piedra marcándose en los vaqueros y ella lo notó, porque bajó la mano y la apretó por encima de la tela sin dejar de mirarme.

Me desnudó despacio, disfrutando de cada movimiento, hasta dejarme en calzoncillos en mitad de la habitación. Después se arrodilló, me bajó la última prenda de un tirón y se quedó un momento mirándome la erección a un palmo de su cara, relamiéndose como si calculara por dónde empezar.

Me la chupó con una destreza que no había sentido nunca. Profunda, ruidosa, sin prisa pero sin tregua, usando la lengua y la mano a la vez hasta arrancarme un gemido que no supe contener. Cuando notó que estaba demasiado cerca, paró en seco, se levantó y me giró hacia la cama de un empujón.

—Ahora me toca a mí jugar contigo —susurró—. Túmbate.

***

Me tumbó boca abajo y me separó las piernas con las rodillas. Empezó a besarme la espalda, fue bajando vértebra a vértebra, sin prisa, hasta llegar a las nalgas. Sentí su lengua donde nunca nadie había estado, lamiendo, humedeciendo, jugando, mientras con la otra mano me masturbaba con movimientos lentos y exasperantes.

Yo ya no podía con mi vida. Jadeaba contra la almohada, me estremecía con cada lametón, apretaba las sábanas sin saber qué hacer con las manos.

—Mmm… estás temblando —dijo, y noté la sonrisa en su voz—. Sabía que te iba a encantar.

Escuché el clic de un bote y sentí el frío del lubricante. Empezó a trabajarme con los dedos con una paciencia metódica. Primero uno, lento, hasta el fondo. Luego dos, abriéndome poco a poco mientras yo me retorcía entre el ardor del principio y un placer nuevo que no sabía cómo nombrar. Mi cuerpo se entregaba sin pelear, empujando hacia atrás contra su mano, pidiendo más sin palabras.

Me giré un poco para mirarla y la vi de pie frente al espejo del armario, ajustándose el arnés con un consolador negro y brillante. La imagen me golpeó en el estómago. Casi me corro solo de verla colocárselo, seria, concentrada, ajustando las correas como quien se prepara para algo importante.

—¿Qué te parece? —preguntó, moviendo las caderas para que lo viera balancearse.

—Quiero sentirlo dentro —dije, y la voz me salió rota.

Se acercó por detrás, me levantó un poco las caderas con las dos manos y apoyó la punta en mi entrada. El primer contacto me hizo jadear fuerte. Fue entrando con movimientos firmes pero pacientes, atenta a cada reacción mía, parando cuando me tensaba y avanzando cuando me relajaba. Sentí cómo me abría, el ardor del principio convirtiéndose en una presión profunda que me llenaba entero.

Cuando estuvo del todo dentro, se inclinó sobre mi espalda, pegó el pecho a mí y me mordió el lóbulo de la oreja.

—Ya está —murmuró—. Ahora eres mío.

***

Empezó a moverse despacio, dejándome acostumbrarme, y enseguida subió el ritmo. El sonido de su pelvis chocando contra mis nalgas me volvía loco. Yo gemía sin ningún control, empujaba hacia atrás buscándola, le pedía más con un descaro que ni reconocía en mí. Ella me sujetaba de las caderas con fuerza, me daba alguna palmada que me arrancaba un respingo, y me hablaba al oído.

—Mírate cómo lo disfrutas… —decía—. No tienes remedio. Vas a acabar rogándome cada vez que quieras esto.

Y tenía razón. En ese momento le habría rogado lo que fuera.

Después de un rato me hizo girarme. Me puso de espaldas, me levantó las piernas y volvió a penetrarme, esta vez mirándome a los ojos. Eso fue lo que terminó de romperme. Se masturbaba ella misma mientras me follaba, gimiendo conmigo, como si el placer fuera de verdad compartido y no solo un favor que me hacía. No apartó la vista de mi cara ni un segundo.

Yo estaba tan fuera de mí que me corrí sin tocarme, en un orgasmo que me sacudió de arriba abajo, sintiendo cómo el consolador me presionaba justo donde tenía que presionar. Me quedé temblando, con la respiración entrecortada y una sensación de vértigo que tardó en bajar.

Lorena salió despacio, se desabrochó el arnés y lo dejó caer al suelo sin ceremonia. Después se tumbó a mi lado, me apartó el pelo de la frente con una ternura que contrastaba con todo lo anterior y me besó en los labios, sin prisa.

—¿Qué tal el chico valiente? —preguntó.

—Hecho polvo —contesté, y me reí sin fuerzas—. En el buen sentido.

Nos quedamos así un rato, en silencio, sin necesidad de llenarlo. En algún momento se incorporó sobre un codo y me miró con esa media sonrisa de la terraza del bar.

—Esto es solo el principio, ¿sabes? —dijo—. La próxima vez tengo otras ideas. Y no pienso ser tan paciente.

Me quedé mirando el techo, agotado, con una sonrisa idiota que no era capaz de borrar. Había cruzado un límite que llevaba años fingiendo que no me interesaba, y lo único en lo que pensaba mientras recuperaba el aliento era en cuándo volveríamos a quedar.

Salí del hotel pasada la medianoche, todavía con las piernas un poco flojas y el móvil pesándome en el bolsillo. No había llegado ni a casa cuando vibró. Era ella.

—Buen chico. El miércoles. No hagas planes.

No los hice.

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Comentarios (5)

NickyR88

increible!!! se me hizo corto, quiero mas

Sevillana

Dios mio que arranque, me dejaste con el corazon acelerado desde la primera linea. Seguí escribiendo!

CarlosBsAs

Buenisimo. Me recordo a una situacion similar que viví hace años y que jamas pude olvidar jaja

lucia_ddb

¿Hay segunda parte? Porque así no se puede dejar esto, necesito saber que pasó despues!!

Martincho87

lo que mas me gusto es como esta narrado, sin vueltas y con mucho ritmo. muy bien

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