El secreto que mi amiga guardaba en su celular
Mara tiene mi misma edad, veintidós, la cara redonda, la piel apenas tostada, el pelo largo, la nariz chica y los labios carnosos. No es lo que cualquiera llamaría una chica linda, pero tiene unas tetas enormes, las caderas muy anchas y los muslos gruesos, y con eso despierta la atención de un montón de tipos, sobre todo por el pecho. El problema es que esa atención nunca se traduce en que alguien quiera algo serio con ella.
La historia que les voy a contar me llegó por mi novio, y a él se la contó uno de los protagonistas, así que existe la chance de que nada de esto haya pasado de verdad. Pero bueno, las experiencias sexuales siempre vienen envueltas en mitos y exageraciones.
Hacía poco, en una charla cualquiera, a mi novio se le escapó que a mi amiga le decían «la gordita sacaleche», porque los pibes la usaban cuando tenían ganas de coger o de un oral rápido para sacarse las ganas.
El apodo me dejó un nudo raro. Por un lado me parecía cruel. Por otro, no voy a mentir, me daba un morbo extraño que alguien que yo conocía cargara con un mote tan sexual y tan denigrante a la vez. Varias veces quise hablarlo con Mara, pero siempre me arrepentía justo antes, más que nada porque no quería hacerla sentir mal. Y al final pensaba lo mismo: cuanto menos se nombre una cosa así, más fácil es que quede en el olvido.
Lo que sí hablábamos con Mara era de sexo oral. Las dos somos fanáticas y nos pasábamos trucos para hacerlo mejor, técnicas, frases para mantener calientes a las parejas. En mi caso a mi novio; en el de ella, a algún garche eventual. Una de las cosas que me enseñó fue lo de colgar la cabeza fuera de la cama: te acostás boca arriba pero dejás la cabeza colgando en el aire, y así el tipo te entra más profundo en la boca.
Otra técnica buenísima que me pasó fue la de deslizar la lengua entre el prepucio y el glande. La primera vez que la usé, mi novio se volvió loco.
Un viernes después de clase me fui a la casa de mi novio a pasar el fin de semana. Él es hijo único y de muy buen pasar, así que sus padres aprovechan los findes para hacer alguna escapada y dejarle la casa sola, total ya es grande.
Esos fines de semana se resumían en comer algo de delivery, caminar un rato por el río, ver alguna película y mucho, mucho sexo. El noventa por ciento de lo que hacíamos era oral: yo a él, él a mí. El nueve por ciento vaginal y el uno por ciento anal.
Ni me acuerdo cómo arrancó la conversación, pero terminamos hablando de Mara, que estaba saliendo con Nico y se la veía contenta. Estábamos los dos tirados en el sillón grande y empezamos a besarnos de lengua, despacio primero, después con ganas. Me caliento enseguida con él, y ahí mismo le quise hacer sexo oral. Le aflojé el jean, le bajé el cierre, él se corrió un poco la tela y quedó en bóxer. Acerqué la cara a su pene todavía cubierto y se lo besé por encima. Le bajé el bóxer apenas, dejando a la vista la mitad de su erección.
Me quedé muy cerca, sin tocarlo, lo agarré con la mano derecha, acerqué la lengua al glande y la metí por debajo del prepucio, deslizándola entera por ahí, justo como me había enseñado Mara. Él soltó un gemido y se le puso dura del todo. Le empecé a hacer un pete, de esos que solo yo sé hacerle, que mezclan ganas, lujuria y mucho amor de verdad.
Lo estuve chupando como diez minutos, hasta que me avisó que iba a acabar. Le hice «shhh» para que se callara y se concentrara, y seguí, hasta que sentí su pija latiendo contra mi lengua y el semen caliente llenándome la boca. Apliqué otra técnica de Mara: apenas el tipo termina, succionás bien fuerte y le apretás la pija con la mano, como exprimiendo un pomo de dentífrico, para sacarle hasta la última gota y dejársela limpia.
Cuando ya no salía nada, saqué la lengua, le mostré la leche, cerré la boca y la tragué haciendo todo el ruido posible para calentarlo más. Después volví a sacar la lengua, ya sin nada, casi orgullosa. Nos dimos un beso y nos quedamos abrazados un rato, con mi cara apoyada en su pecho. Hasta que me cansé del romanticismo, levanté la cabeza y le dije:
—Amor, ¿yo soy tu flaquita sacaleche?
—Sos eso y muchísimo más.
—Te amo, mi lechero.
—Yo más, mi flaquita sacaleche.
—Ay, pobre Mara. La adoro, y acá estoy burlándome de ella diciéndome «flaquita sacaleche».
—Ja, no digas nada, Romi. Estamos en la intimidad, nunca se va a enterar.
—Ja, sí, tenés razón. Ojalá le vaya bien con Nico, que tenga algo como lo nuestro. Se lo merece, es buenísima persona.
—Ehh, seee.
—No sonó muy convencido ese «sí», amor.
—Bueno. O sea, no creo que Nico sea el indicado para ella.
—¿Por qué decís eso? Mara está re ilusionada con él.
—Por lo que yo sé, no es nada serio. Y aparte Nico es un bocón, cuenta todo el muy boludo.
—¿Qué te contó?
—Mirá, esto me lo dijo él, no sé si es verdad, pero te lo cuento en confianza. El otro día estábamos con los pibes después del gimnasio, hablando boludeces. Tincho siempre alardea de sus levantes, y de la nada Nico salta con que Mara está completamente desatada.
***
No saben lo que me pasó el otro día con Mara, no lo van a creer. El viernes mis viejos no estaban, así que invité a dos pibes del club a jugar a la consola y boludear toda la noche. Me cae un mensaje de Mara, que me quería ver sí o sí. Le dije «hoy no puedo, tengo a los pibes en casa». Se puso pesadísima, no sé si no me creía o qué, pero ya me estaba hartando. Entonces me escribe «si me dejás ir te chupo la pija, aunque tus amigos estén en el otro cuarto».
Y ahí Nico nos pasó el teléfono, y efectivamente estaba el mensaje de Mara prometiéndole eso y auto invitándose. Yo, para no quedar tan desesperado, le contesté «traete a una o dos amigas, así no te aburrís entre tantos tipos».
—Es verdad —lo interrumpí—. Hace dos o tres días Mara tiró un mensaje en nuestro grupo a ver si la acompañábamos a lo de Nico, que iba a haber chicos. Yo dije que no de una, Flor no podía porque los padres no la dejaban salir, y Agus se iba con la familia a la costa.
—¿Viste, Romi? Entonces capaz que es cierto todo. Nico siguió con el relato:
***
Cerca de las siete llega Mara. Yo estaba en mi pieza con los pibes jugando al fútbol en la consola. Se decepcionó al vernos ahí, no sé qué esperaba, capaz encontrarme garchando con otra. Saludó a los tres y se quedó sentada en la cama charlando. Enseguida pegamos buena onda los cuatro. La verdad, a esta altura yo no estoy para nada serio con ella. Después de algo que nos había contado Tincho hacía unas semanas, y de lo celosa que es, no tengo ganas de bancármela salvo para coger. Encima me enteré de que tiene Tinder. ¿A mí me cela por respirar y ella metida en esa app? Que me chupe la pija nomás. No es culpa mía que esté acomplejada; a mí me daba igual que pesara lo mismo que yo, que juego al rugby, pero ni mis viejos me rompen las pelotas, mucho menos alguien que conozco hace diez minutos.
Yo seguí jugando y charlando con ella sin darle mucha bola, hasta que me levanté para ir al baño y me siguió. Se metió atrás mío y me dijo «vengo a cumplir mi promesa», y me empezó a chupar la pija. Chupa como los dioses, hay que decirlo. A mí me han hecho buenos petes, pero como los de esta gorda nunca. Encima se levantaba la remera para que le vieras bailar las tetas, gloriosas. Yo la tengo bastante grande y se la metía entera. Es algo nunca visto que alguien de su edad maneje la boca de esa manera. Le digo bajito «voy a acabar» para no avivar a los pibes, ella acelera y se traga todo. Le pregunto «¿dónde aprendiste a chupar así?» y me contesta «hice muchísimos». Me dio un poco de rechazo: hace diez minutos me celaba y ahora me cuenta de sus petes. Me hice el boludo y le dije «qué piola, apuesto a que te gustaría chupársela a varios a la vez». Se me quedó mirando y me dijo «No, ahora estoy con vos, solo lo hago con vos. A menos que me dejes».
Me quedé pensando y le tiré «a que no te animás a chupársela a mis amigos». Y la muy puta me respondió «vos no te vas a animar a pedírmelo delante de ellos». Me re cagó, no me iba a animar.
Volvimos a la pieza, abrimos unas cervezas. Mara no quiso tomar; nosotros sí, bastante. Jugamos como una hora más. Y en algún momento, bien en pedo, dije «chicos, Mara nos va a hacer un pete a todos». Primero se rieron. Cuando vieron que iba en serio dijeron «no, no, no da», y Bruno saltó «no, boludo, tengo novia». Yo le dije «es un pete nomás, no te vas a enamorar, y Mara quiere, ¿no, Mara?». Y ella «si ustedes quieren, yo quiero». Se hicieron los difíciles y dijeron que no.
Entonces dije «bueno, no importa, que me la chupe a mí nomás». Me bajé los pantalones, me quedé parado y le pedí que me la chupara. Increíble: el pete del baño parecía de una principiante al lado de lo que hacía ahora. Ella arrodillada y los otros dos mirando anonadados. Bruno, el de la novia, fue el primero en pararse y acercarse. Le dije «dale, que también te chupa», se bajó los lienzos y ella empezó. El boludo arrancó con «ah, qué bien la chupás, mi novia nunca quiere», y Mara iba alternando, un poco a mí, un poco a él. Iván vino a los cinco minutos, se paró sin decir nada y se bajó la ropa. Mara no hizo nada hasta que le dije «a él también», y se movió hasta él y se la metió entera en la boca.
A los dos minutos pidió que nos acercáramos y le pusiéramos las tres pijas en la cara. Sacó la lengua y nos lamía. Se levantó un segundo, se sacó la remera y dejó las tetas al aire. Nos chupaba alternando. Quiso ver si le entraba más de una pija a la vez, pero ninguno se animó a poner la suya cerca de la de otro. Bruno fue el primero en querer acabar, así que ella lo chupó bien fuerte hasta que terminó, pero no se lo tragó: escupió toda la leche sobre sus propias tetas. Iván acabó después y le tiró directo encima, un enchastre. Por último acabé yo, y me salieron dos gotitas tristes; se cagaron de risa todos, pero no sabían que yo ya había acabado veinte minutos antes en el baño. ¿Y sabés qué hizo la puta? Agarró el celular y se sacó una selfie cubierta de leche con los tres atrás. No me la quiso pasar, ja. Es putísima. No puedo creer que hasta hace una semana yo pensaba en pedirle que fuera mi novia.
***
—Eso fue, más o menos, lo que contó Nico. No sé si es verdad o no —terminó mi novio.
Yo me quedé muda. No podía creer que mi amiga fuera tan trola. No me dio ni tiempo a enojarme.
Con la cabeza dada vuelta, unos días después invité a Mara a casa para echar luz al asunto. Estuvimos toda la noche hablando y tomando, pero no hubo forma de que me animara a preguntarle «eso». Lo máximo que conseguí fue sacarle algo de información de esa noche.
—Amiga, ¿cómo la pasaste el otro día en lo de Nico?
—De diez, igual menos mal que no fuiste, no es tu onda, los pibes son re huecos. Sacando eso, Iván y Bruno, los amigos de Nico, son divinos, y re lindos, todos del club de rugby.
—Ah, bueno. Me alegro de que la hayas pasado bien.
La charla quedó ahí. Me estaba divirtiendo y no iba a arruinar la noche con una pregunta desubicada.
—Amiga, me estoy meando, voy un toque al baño —me dijo Mara un rato después.
—¿Me dejás el celu? Me quiero sacar unas selfies con tu iPhone —le pedí, porque ella tiene el pro max y yo uno común.
—Sí, obvio, amor.
Agarré el teléfono y me saqué varias fotos. Abrí la galería: salían divinas. Y ahí me ganó el pensamiento intrusivo. Empecé a hacer scroll, sin buscar nada en concreto, solo por curiosidad. Una semana atrás, entre fotos cualquiera, apareció una de Mara arrodillada, con las tetas cubiertas de semen.