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Relatos Ardientes

Confieso que mi placer empieza entre sus piernas

Hay cosas que uno guarda para sí mismo durante años, no por vergüenza, sino porque cuesta encontrar a quién contárselas. Esta es una de las mías. La escribo tal como la viví, sin adornos, porque creo que hay placeres que merecen ser nombrados con todas sus letras. Y el mío, el que de verdad me hace perder la cabeza, tiene un nombre muy concreto.

Me gusta saborear a una mujer. No como un trámite previo, no como algo que se hace antes de lo importante. Para mí es lo importante. Es donde empieza y, muchas veces, donde termina todo mi placer.

La conocí en la fiesta de cumpleaños de un amigo, una de esas reuniones donde uno no espera nada y termina llevándose el recuerdo de toda una temporada. Se llamaba Marina, o al menos así se presentó cuando chocamos los vasos sin querer junto a la mesa de las bebidas. Tenía una risa baja, de las que parecen guardar un secreto, y una manera de mirar que me hizo olvidar la conversación que traía a medias con otra persona.

—¿Siempre te quedas en las esquinas mirando a la gente? —me preguntó, y tuve la sensación de que llevaba un rato observándome ella a mí.

—Solo cuando hay algo que vale la pena mirar —respondí.

Era una respuesta gastada, lo sé. Pero ella sonrió como si la hubiera escuchado por primera vez, y eso fue suficiente para que pasáramos el resto de la noche hablando en una esquina del salón, ajenos al ruido y a la música. Hablamos de viajes, de trabajos que odiábamos, de la ciudad que ninguno de los dos había elegido pero en la que nos habíamos quedado. Y en algún momento, sin que ninguno lo dijera, dejamos de hablar de cosas y empezamos a hablar de nosotros.

No suelo tener tanta suerte, pensé cuando ella propuso que fuéramos a su casa a tomar la última copa.

***

Su departamento estaba a pocas cuadras, en un edificio antiguo con un ascensor que crujía. Subimos en silencio, y ese silencio decía más que toda la charla de la fiesta. Cuando abrió la puerta y encendió una lámpara de luz cálida, el lugar olía a algo dulce, a vainilla o a algún perfume que se había quedado impregnado en las cortinas.

No hubo copa. Apenas cerró la puerta, me apoyé contra ella y la besé despacio, tomándome mi tiempo. Marina respondió con una urgencia que contrastaba con mi calma, las manos buscando los botones de mi camisa. Pero yo no tenía ninguna prisa. La prisa, en estas cosas, siempre me ha parecido un desperdicio.

La guié hasta su habitación sin dejar de besarla, el cuello, la línea de la mandíbula, ese punto detrás de la oreja que la hizo respirar más hondo. La senté en el borde de la cama y me quedé un instante de pie frente a ella, solo mirándola, dejando que la anticipación hiciera su trabajo.

—¿Qué? —preguntó, con media sonrisa, un poco impaciente.

—Nada —dije—. Quiero acordarme de esto.

Le quité el vestido despacio, deslizándolo por encima de su cabeza, y la dejé recostada sobre las sábanas con la ropa interior puesta. Y entonces hice lo que más me gusta hacer en el mundo: me arrodillé frente a ella.

***

Empecé por donde siempre empiezo. No por la piel, sino por la tela. Besé la cara interna de sus muslos, subiendo apenas, y cuando llegué al borde de su ropa interior pasé la lengua por encima del algodón, sintiendo el calor que ya la atravesaba. Marina dejó escapar un sonido contenido y arqueó un poco la espalda, buscando más contacto del que yo estaba dispuesto a darle todavía.

Hay quien cree que esto se trata de llegar rápido a un punto. Yo creo lo contrario. Me gusta el camino, la forma en que una mujer pasa de la calma a la necesidad, cómo el cuerpo empieza a pedir antes que la voz. Deslicé los dedos por los costados de su ropa interior y la fui bajando con una lentitud deliberada, descubriendo centímetro a centímetro lo que había debajo.

Le abrí las piernas con suavidad, las manos en sus rodillas, y me tomé otro momento solo para mirar. Después bajé la cabeza y besé el centro de ella, un beso primero cerrado, casi casto, antes de separar los labios con la lengua y dar el primer recorrido completo, de abajo hacia arriba, lento.

Marina gimió de verdad esa vez, sin contenerse, y una de sus manos voló a mi pelo. No para guiarme, todavía no, solo para sostenerse de algo.

Subí las manos por su vientre hasta encontrar sus pechos. Los abarqué, sintiendo cómo los pezones se endurecían contra las palmas mientras seguía recorriéndola con la lengua, sin apuro, aprendiendo de memoria cada pliegue, cada reacción. Cuando rozaba un punto que la hacía temblar, me quedaba ahí un instante más, y cuando notaba que se acostumbraba, me movía a otro, dejándola siempre a medio camino entre el placer y el reclamo.

—Por favor —murmuró, y la palabra salió rota.

Esa era la palabra que estaba esperando.

***

La sentí humedecerse, ese cambio inconfundible que avisa de que el cuerpo ya está completamente entregado. Recién entonces concentré la lengua en su clítoris, trazando círculos primero amplios y después cada vez más cerrados. Lo presioné suave, lo envolví con los labios, alterné la punta de la lengua con la presión plana, atento a cada inhalación suya para saber qué le daba más.

Bajé una mano y, mientras seguía con la boca, deslicé un dedo dentro de ella, despacio, sintiendo cómo se cerraba a mi alrededor. Marina apretó los muslos contra mis sienes y dejó de medirse del todo. Sus caderas empezaron a moverse buscando mi boca, marcando un ritmo propio, y yo se lo seguí, dejando que ella tomara lo que necesitaba.

—No pares —dijo, y esta vez no era una súplica, era una orden.

No tenía la menor intención de hacerlo. Su mano en mi pelo dejó de sostenerse y empezó a guiarme de verdad, apretándome contra ella, y a mí me encantó. Me encanta ese momento en que una mujer deja de ser amable, en que olvida la cortesía y se mueve solo por lo que su cuerpo le exige. No hay nada más honesto que eso.

Subí el ritmo de la lengua sin soltar el clítoris, el dedo entrando y saliendo a un compás que ella misma me marcaba con las caderas. La sentí tensarse entera, las piernas, el vientre, la espalda despegándose de la cama. Su respiración se volvió entrecortada, los sonidos cada vez más altos, hasta que de pronto se detuvo en el aire, suspendida en ese segundo previo en que todo se concentra.

Y entonces se dejó ir.

***

Se corrió con un temblor largo que le recorrió todo el cuerpo, una mano aferrada a mi pelo y la otra clavando los dedos en la sábana. No me aparté. Me quedé con ella durante todo el orgasmo, suavizando la presión a medida que las oleadas se calmaban, lamiendo despacio, recogiendo cada gota, prolongando el placer hasta que su mano me empujó con suavidad porque ya no podía soportar más.

Subí por su cuerpo dejando un rastro de besos en su vientre, entre sus pechos, en su cuello, hasta quedar a la altura de su cara. Tenía los ojos cerrados, la respiración todavía agitada y una sonrisa floja, de las que no se fingen.

—¿De dónde saliste? —preguntó al fin, riéndose, todavía sin abrir los ojos.

—De la esquina de un salón —dije.

Se rió de verdad esa vez, y me atrajo hacia ella para besarme, sin importarle el sabor de sí misma en mi boca. Ese gesto, esa falta total de pudor, me gustó tanto como todo lo anterior.

La noche siguió, claro. Pero si soy honesto, y para eso escribo esto, lo que recuerdo con más nitidez no es lo que vino después. Es ese rato arrodillado frente a ella, en la penumbra de su habitación, cuando todo mi mundo se redujo a sus reacciones, a su sabor, a la forma en que su cuerpo pasó de la calma a la necesidad y de la necesidad al abandono.

***

Volví a ver a Marina unas cuantas veces después de esa noche. No éramos pareja, ni lo pretendíamos. Éramos dos personas que habían descubierto que se entendían bien en lo que importaba, sin promesas ni reproches. Cada encuentro empezaba igual, con ella recostada y yo arrodillado, y a ninguno de los dos se nos ocurría cambiar un ritual que funcionaba tan bien.

Con el tiempo cada uno siguió su camino, como suele pasar. Pero me dejó algo más que un buen recuerdo. Me confirmó lo que ya intuía: que mi placer no nace en mi propio cuerpo, sino en el de ella. En el momento en que una mujer se olvida de todo, se aferra a mi pelo y deja de pensar, yo siento que estoy exactamente donde quiero estar.

No me avergüenza confesarlo. Al contrario. Hay quien busca el placer hacia adentro, pensando solo en lo suyo. Yo lo encontré en el lugar opuesto, en entregarme por completo a darlo. Y si esta confesión sirve para que alguna mujer entienda que existen hombres dispuestos a quedarse ahí, sin prisa, todo el tiempo que haga falta, entonces habrá valido la pena contarla.

Porque no hay nada, absolutamente nada, que disfrute más que sentir cómo tiembla entre mis manos y saber que ese temblor lo provoqué yo, despacio, con paciencia, hasta el final.

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Comentarios (5)

suspiro_lector

Que relato tan diferente. Se agradece que alguien escriba desde ese lugar, desde el placer de dar.

Dani_88

increible!!!

MateoRiver

Me quede con ganas de mas. Espero que haya continuacion porque esto se hizo muy corto.

SolAndaluza

Me recordo a una situacion que vivi hace tiempo y que nunca olvidé. Muy bien escrito, se siente autentico.

RiojaLector

la forma en que lo contás te mete adentro de la historia. Bravo!

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