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Relatos Ardientes

El mecánico de la ITV le dejó algo más que un teléfono

Noa había aplazado la revisión del coche durante semanas. La carta de la estación de inspección llevaba un mes pegada en la nevera con un imán, recordándole cada mañana que su Corsa de quince años tocaba pasar el control. No era que le diera pereza el trámite. Era que odiaba esperar, y aquel sitio siempre tenía una cola de coches roncando al ralentí bajo el sol.

Esa mañana, sin embargo, se levantó de buen humor. Se puso un vestido ligero en lugar de los vaqueros de siempre, se recogió el pelo y condujo hasta el polígono con la ventanilla bajada. Mientras avanzaba a paso de tortuga en la fila, apoyó el codo en la puerta y se entretuvo mirando.

Siempre le habían gustado los uniformes. No los de oficina, ni los de traje. Le gustaban los monos de trabajo manchados, las manos con grasa, esa naturalidad de quien se gana la vida arreglando cosas con las manos. Prefería el aceite de un motor antes que el de una cocina, aunque eso no se lo decía a nadie.

Detrás del cristal del taller había tres operarios. Dos rondaban los cincuenta y se movían con la calma del oficio. El tercero era más joven, alto, con el mono atado a la cintura y una camiseta gris que se le pegaba a la espalda. Cada vez que se inclinaba sobre el capó de un coche, a Noa se le iban los ojos.

Que me toque ese. Por favor, que me toque ese.

Y le tocó. La vida, de vez en cuando, reparte bien las cartas.

—Buenos días. ¿Permiso de circulación y ficha técnica? —le dijo el chico, asomándose a la ventanilla con una sonrisa fácil.

—Aquí tienes —respondió ella, alargándole la carpeta y aprovechando para mirarlo de cerca.

Tenía los ojos claros y una barba de tres días que le quedaba bien. Olía a metal templado y a algo más, a sudor limpio de quien lleva trabajando desde las ocho. Le explicó el recorrido de la inspección con la voz tranquila de quien lo ha repetido mil veces: las luces, los frenos, los gases, la holgura de las ruedas.

—Tú tranquila, que tu coche tiene pinta de aguantar otros quince años —bromeó él, dando una palmadita en el techo del Corsa.

—Más le vale, que no está la cosa para cambiarlo —rió ella.

La inspección no llevó ni veinte minutos, pero Noa los aprovechó todos. Mientras él se metía bajo el coche y le pedía que pisara el freno, que diera las largas, que tocara el claxon, ella lo observaba por el retrovisor y por la ventanilla, estudiando cada movimiento. Cuando terminó, el chico apoyó las dos manos en el marco de la puerta y se quedó un segundo de más mirándola.

—Todo correcto. Pegatina nueva y a rodar.

—Qué alivio —dijo ella, y luego, sin pensarlo demasiado, soltó—: oye, ¿y tú estás casado o tienes un hermano soltero por ahí?

Él soltó una carcajada limpia, de las que no se fingen.

—Casado, me temo. Pero hermano no tengo, así que no puedo ayudarte mucho.

—Una pena. Con lo majo que eres.

El chico se mordió el labio, miró hacia el taller para comprobar que nadie estaba pendiente, y sacó un bolígrafo del bolsillo del mono.

—Mira, te apunto mi número en el resguardo. Por si el coche te da algún problema estos días —dijo, garabateando una cifra al lado del sello de la inspección.

—Por si el coche da problemas —repitió ella, sosteniéndole la mirada—. Claro.

Los dos sabían que el coche era lo de menos.

***

Noa se olvidó del asunto. O eso se dijo a sí misma durante tres días, mientras el resguardo con el número seguía doblado en el bolso, llamándola cada vez que buscaba las llaves. Al cuarto día le llegó un mensaje de un número desconocido.

«¿Qué tal va el Corsa? ¿Sigue vivo?»

Vamos a llamarlo Bruno. Empezaron a hablar de tonterías, de esas que sirven para tantear el terreno sin comprometerse. El trabajo, el calor que hacía, lo aburrido del polígono. Poco a poco la conversación se fue inclinando hacia donde ambos querían que cayera.

Bruno tenía treinta y tantos, un hijo pequeño y una mujer con la que apenas se rozaba desde hacía dos años. No lo contaba con rencor, lo contaba con resignación, como quien describe una habitación a la que ya no entra. Decía que estaba ardiendo todo el día, que necesitaba algo que su vida no le daba, y que desde que ella le había soltado aquello en la ventanilla no se la podía quitar de la cabeza.

—Y tú, ¿qué buscas? —le preguntó él una noche, ya tarde.

—Lo mismo que tú, supongo —escribió Noa—. Sin líos. Sin promesas. Solo ganas.

—Eso puedo dártelo.

—Concreta. Dime qué me vas a hacer.

—Voy a follarte hasta que se te olvide cómo te llamas. ¿Te vale así de concreto?

Noa se quedó mirando la pantalla con la boca seca y la mano ya metida entre los muslos. Le respondió con una foto: el vestido subido, las bragas apartadas, dos dedos abriéndose el coño para que se viera bien lo mojada que la había puesto un mensaje de mierda.

—Mañana —contestó él a los diez segundos—. Mañana no llego, Noa.

Quedaron al día siguiente. Él propuso el portal de una clínica vieja del centro, una de esas con consultas que cierran a media tarde y un hueco de escaleras que no usaba nadie. Discreto, rápido, sin testigos. Ninguno de los dos lo dijo en voz alta, pero los dos sabían que iban a follar.

***

Noa llegó primero. Subió hasta el primer rellano, donde una claraboya sucia dejaba pasar una luz amarillenta, y esperó con el corazón golpeándole en el pecho como si tuviera otra vez veinte años. Debajo del vestido no llevaba bragas. Se las había quitado en el coche, antes de subir, y las había dejado hechas una bola en la guantera. Cuando oyó la puerta de abajo y los pasos subiendo de dos en dos, se le secó la boca y notó cómo el coño se le apretaba solo, anticipándose.

Bruno apareció en el recodo de la escalera, todavía con la camiseta del taller, y no dijo nada. La cogió por la cintura, la apoyó contra la pared fría y la besó como si llevara semanas guardándoselo. Y llevaba semanas, en realidad. Le metió la lengua hasta el fondo, mordiéndole el labio, respirándole encima, y ella le devolvió el beso con la misma hambre, tirándole del pelo de la nuca.

—Estoy empalmado desde que he salido del taller —le gruñó él en la oreja—. Tócamela. Tócame la polla ya.

Noa no necesitó que se lo repitiera. Le desabrochó el cinturón de un tirón, le bajó los vaqueros y los calzoncillos hasta medio muslo y le cogió la verga con las dos manos. La tenía dura como una piedra, gruesa, caliente, con una gota de líquido asomando en la punta. Se la apretó, se la deslizó de arriba abajo despacio, extendiéndole aquella humedad por el glande, y sonrió al oírle soltar un gemido ronco.

—Joder, qué polla más rica tienes —susurró ella, y se la escupió encima para deslizar mejor la mano.

—Cállate, hostias, que nos van a oír —le respondió él, pero le agarró la muñeca para que no parara.

Bruno le subió el vestido de un manotazo hasta la cadera y se encontró con que no llevaba nada debajo. Se detuvo un segundo, mirándola, con la respiración entrecortada.

—Serás guarra… —murmuró, y le metió dos dedos de golpe.

Noa echó la cabeza contra la pared y se mordió el puño para no gritar. Estaba tan mojada que los dedos de Bruno entraron enteros al primer empujón, y él empezó a moverlos con un ritmo bruto, curvándolos por dentro, buscándole ese punto que la hacía apretar los dientes. Con la otra mano le agarró una teta por encima del vestido, se la sacó del escote y se agachó para chupársela, mordiéndole el pezón hasta hacerla jadear.

—Métemela —le pidió ella, moviéndole las caderas contra la mano—. Bruno, métemela ya, por favor.

Él la giró contra la pared. Le puso una mano en la nuca, empujándole la cara suavemente contra el gotelé, y con la otra se guio la polla hasta la entrada del coño. Se la metió de una embestida sola, hasta el fondo, y los dos soltaron un gemido al mismo tiempo que tuvieron que ahogar de mala manera.

—Aquí no podemos tardar —murmuró él contra su cuello.

—Pues no tardes —respondió ella, y le echó el culo hacia atrás para que entrara más adentro.

La folló deprisa, con un ojo en el descansillo por si bajaba alguien. Le clavaba la polla hasta el fondo en cada embestida, con las manos agarrándole las caderas para tirar de ella al mismo tiempo, y Noa notaba cómo el vestido se le pegaba a la espalda por el sudor. Él le mordía el hombro para no hacer ruido, ella le clavaba las uñas en el antebrazo. La chapa del cinturón le colgaba y le golpeaba el muslo cada vez que él empujaba, y el sonido húmedo de la polla entrando y saliendo del coño se mezclaba con el eco de la escalera.

—Me voy a correr —jadeó él, agarrándola más fuerte.

—Dentro no —susurró Noa—. Dentro no, córrete encima.

La sacó de golpe, la giró y ella se puso de rodillas justo a tiempo. Bruno se acabó a sí mismo con dos sacudidas rápidas y le descargó los chorros en la boca, en la barbilla, en el escote. Noa cerró los ojos, sacó la lengua y recibió el semen caliente como si fuera lo más natural del mundo, tragándose lo que le cayó dentro y limpiándose el resto con dos dedos que se chupó después, mirándolo desde abajo. Bruno tuvo que apoyarse en la pared para no caerse.

No fue elegante ni largo, pero fue justo lo que los dos necesitaban: la descarga de algo que llevaba tiempo acumulándose. Cuando terminaron, se recompusieron la ropa entre risas nerviosas y bajaron por separado, con un par de minutos de diferencia, como dos delincuentes de medio pelo.

En el coche, de vuelta a casa, Noa todavía temblaba un poco. Se pasó la lengua por la comisura de los labios y notó que aún le quedaba el sabor de él. Y ya estaba pensando en la próxima.

***

La próxima fue distinta. Bruno le escribió un sábado por la mañana proponiendo un sitio donde tuvieran más espacio y menos prisa: una explanada de hormigón detrás de una nave abandonada, al final del polígono, donde no llegaba nadie los fines de semana. Le dijo que iría en moto.

Y vaya si fue en moto. Noa lo oyó llegar antes de verlo, el rugido del motor rebotando entre las paredes vacías de las naves. Bruno aparcó al lado de su coche, se quitó el casco y se pasó la mano por el pelo aplastado, y a ella se le encogió todo por dentro. Se había puesto una falda corta a propósito y una camisa fina, y debajo, otra vez, nada.

No hubo mucha conversación. Él se apoyó en el sillín de la moto, se desabrochó los vaqueros y se sacó la polla ya medio dura sujetándosela por la base.

—Ven —le dijo—. De rodillas. Chúpamela.

Noa se arrodilló delante sin que hiciera falta decir nada más. El hormigón caliente le raspaba las rodillas pero le daba igual. Le cogió la verga con una mano, se la acercó a los labios y la lamió entera de abajo arriba, despacio, siguiendo la vena gruesa hasta la punta. Le dio un beso húmedo en el glande, se lo metió en la boca y notó cómo se hinchaba entre sus labios, poniéndose durísima en cuestión de segundos.

—Joder, Noa… así, así.

Se la mamó con hambre. Se la metía hasta que se le tocaba la garganta y luego la sacaba despacio, dejando un hilo de saliva colgando, y volvía a tragársela entera. Le chupaba los huevos, se los envolvía con la lengua, le lamía el tronco de raíz a punta como si fuera un helado. Bruno le hundía los dedos en el pelo, no para forzarla, sino para agarrarse a algo, y bajaba la vista para verla trabajarle la polla con esa cara de estar disfrutándolo tanto como él.

—Mírame —le pidió Bruno—. Mírame mientras me la comes.

Noa levantó los ojos sin sacársela de la boca y él soltó un juramento entre dientes. Le puso las dos manos a los lados de la cara y empezó a moverle la cabeza al ritmo que quería, follándole la boca despacio primero y luego más hondo, hasta que ella tuvo que sujetarle los muslos con las uñas para respirar. Le caía la saliva por la barbilla, se le corría el rímel, y estaba disfrutando como una perra.

No era que ella fuera su tipo de revista, y los dos lo sabían. Era una mujer de curvas generosas, de facciones dulces, pero había algo en aquella mezcla de descaro al aire libre y de guarrería a la hora de mamar que lo volvía loco.

—Voy a correrme —avisó él con un jadeo entrecortado.

Ella no se apartó. Se la clavó hasta el fondo, apretó los labios alrededor y esperó. Bruno se corrió con un gruñido largo, descargándole el semen dentro de la boca a chorros, y Noa se lo tragó todo sin dejar de mirarlo. Siguió chupándosela un poco más, despacio, sacándole hasta la última gota, hasta que él tuvo que apartarla con suavidad porque ya no aguantaba el roce.

—Ven aquí —dijo Bruno, tirando de ella para ponerla en pie.

Pero Noa quería más. Se dio la vuelta, se subió la falda hasta la cintura, se apoyó con las dos manos en el asiento de cuero caliente de la moto y arqueó la espalda, ofreciéndole el culo y el coño desnudos bajo el sol.

—Vuelve a ponértela dura —le dijo por encima del hombro—. Que no me pienso ir sin que me folles.

Bruno se agachó detrás de ella y le comió el coño de una vez, hundiéndole la lengua desde atrás, chupándole los labios, buscándole el clítoris con la punta y golpeándoselo rápido. Le metió dos dedos mientras seguía lamiendo, y Noa se agarró al manillar de la moto para no caerse. La lengua le subió más arriba, le rodeó el ojete despacio, y ella soltó un gemido largo que se perdió entre las naves vacías.

—Ahí también, cabrón —jadeó—. No pares.

Para cuando se levantó, Bruno la tenía otra vez tan dura como al principio. Se escupió en la mano, se pasó la saliva por la polla y se la metió despacio en el coño, sujetándola por las caderas. Empezó a moverse con un vaivén que a Noa le subió por toda la columna. El sol pegaba fuerte sobre el hormigón, no había una sola sombra donde esconderse, y esa sensación de estar completamente a la intemperie, con el coño abierto y una polla dentro al aire libre, lo hacía todo más intenso.

Bruno la follaba cada vez más fuerte. Le daba palmadas en el culo, le agarraba el pelo, le tiraba de él para levantarle la cabeza y verla con los ojos entrecerrados y la boca abierta. Ella le pedía más, le pedía más fuerte, le decía guarradas por encima del hombro que le sacaba de dentro.

—Más adentro, joder, hasta el fondo, así… así, no pares, Bruno, no pares…

—¿Te gusta que te folle en mitad de la calle como una zorra?

—Me encanta, sigue, sigue, no pares.

En una de las embestidas, él sacó la polla del coño, chorreando de flujo, y la apoyó un poco más arriba, en el ojete. Noa se mordió el labio, respiró hondo y arqueó todavía más la espalda. Se lo pidió sin palabras.

—¿Seguro? —preguntó él, pasándole el pulgar por el culo.

—Métemela. Despacio.

Bruno le empujó la punta y esperó a que ella se abriera. Entró un centímetro, luego otro, luego lo suficiente para hacerla soltar un gemido apretado entre los dientes. Se quedó quieto un segundo, dejándola acostumbrarse, y luego empezó a moverse, muy despacio al principio, entrando y saliendo con cuidado. Con dos dedos de la otra mano le buscó el clítoris y se lo frotó al mismo ritmo, y Noa notó cómo se le iba abriendo el cuerpo entero, cómo el dolor se transformaba en un placer sordo y sucio que le crecía por dentro.

—Más rápido —jadeó—. Ya está, ya está, más rápido.

Él le hizo caso. Empezó a follarla por el culo con un ritmo que los descolocó a los dos, sujetándola con fuerza para que no se le escapara, susurrándole al oído cosas que el viento se llevaba: que era suya, que era una guarra, que no había visto un culo tan cerrado en su vida. Los dedos seguían trabajándole el clítoris, entrando y saliendo del coño, y Noa se corrió con un grito ahogado que hizo eco en las paredes de la nave, apretando el culo alrededor de la polla de Bruno hasta que él tampoco pudo aguantar.

—Voy a correrme dentro —gruñó.

—Dentro, sí, córrete dentro.

Y volvió a derramarse, esta vez sin avisar, vencido del todo, vaciándose en un sitio en el que no había estado nunca antes.

Se quedaron un momento así, encajados, recuperando el aliento sobre la moto todavía templada por el viaje. Cuando él se salió despacio, Noa notó cómo el semen le resbalaba por la cara interna del muslo, y no se molestó en limpiárselo hasta que se subió las bragas al coche. Se vistieron sin prisa y se miraron con esa media sonrisa de quien acaba de hacer algo que no debería y no piensa arrepentirse.

—Esto va a traer problemas —dijo él, abrochándose el casco.

—Seguramente —contestó Noa—. Pero qué buenos problemas.

***

Después de aquello vinieron más mensajes, más llamadas a horas raras, más quedadas robadas a la rutina. La vida de cada uno siguió por su cauce: él con su mujer y su hijo, ella con sus cosas, los dos fingiendo que aquello no significaba nada. Pero ninguno tenía intención de dejarlo.

Se mandaban fotos a media tarde —una polla dura en el baño del taller, un coño abierto de dos dedos en la cama—, vídeos de madrugada cuando el otro lado de la cama estaba dormido, mensajes que empezaban con un «¿estás despierta?» y terminaban con las ganas de repetir en cualquier rincón discreto que se les ocurriera. Un día sería el portal de otra clínica, otro día un descampado, otro la trastienda de algún sitio, otro el asiento trasero del Corsa con las ventanillas empañadas.

Noa no sabe si esto durará un mes o un año. Tampoco se lo pregunta demasiado. Solo sabe que cada vez que pasa por delante de la estación de inspección, sonríe sola dentro del coche, y que de todas las cosas que se hacen en una ITV, la suya fue, sin duda, la que mejor pasó el control.

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Comentarios(8)

Lectora_Mdp

que bueno!!! me tuve que sentar un momento cuando termine de leer jajaja. De las mejores confesiones que lei en mucho tiempo

NachoCriollo

tremendo!! espero que hayas guardado el numero jajaja

MartinaBaires

Se nota que es real, tiene esos detalles que uno no se inventa. Muy buen relato, gracias por animarte a contarlo

PinaRosa_BA

Por favor seguí contando, quede con ganas de saber como siguio todo esto

Solana_LR

Qué envidia sana... uno va al mecánico y solo sale con la factura. Muy bueno!

LectorFiel22

Excelente, muy bien narrado. Se lee de un tiron sin querer parar.

GabiMrn

me recordo a algo que me paso hace años, estas cosas pasan mas de lo que uno cree jaja. gracias por compartirlo

Claudio_Mendoza

La tension del principio esta perfecta, se siente la electricidad en cada parrafo. Espero otro relato pronto

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