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Relatos Ardientes

Mis novias siempre fueron cantantes por una razón

Si nunca te han hecho una mamada de verdad, no sabes de lo que estoy hablando. Y no me refiero a que te la chupen mientras tu chica te masturba con la mano, ni siquiera a que lo haga sin manos y te deje correrte en su boca. Eso está bien, no lo niego, es una buena experiencia. Pero no tiene nada que ver con dejarse acariciar por la garganta de ella.

Seguro que ahora estás pensando en metérsela hasta el fondo, frotar la punta contra su paladar y vaciarte mientras traga. No va por ahí. Te voy a dar una pista, pero antes hay un requisito. Para disfrutar de lo que voy a contar necesitas un buen miembro, de al menos dieciocho centímetros. Si no llegas, mejor no sigas leyendo, porque por mucho que tu pareja se esfuerce en la felación más profunda de su vida, esto no lo vas a poder probar.

Desde hace años, todas mis novias son cantantes. Sin excepción. Siempre guapas, siempre con ese punto de descaro. Eso ya lo imaginabas, claro, pero lo importante es que desde pequeñas hayan ido a clases de canto. Allí aprenden a manejar los músculos de la garganta, a controlar su intensidad, a moverlos a voluntad. Algo que el resto de los mortales jamás aprendemos a hacer. Creo que ya empiezas a entender por dónde va esto.

Conseguir que una chica te la chupe es relativamente sencillo. Con un poco de insistencia, sabiendo dónde besar y dónde apretar, la pones tan caliente que pasar de las pajas a la mamada es solo cuestión de tiempo. Lo difícil es lo otro.

Lorena fue la que me abrió los ojos. Era la vocalista de un grupo de electrónica que tocaba en una sala cerca de mi facultad. Tenía una voz fina, casi etérea, que encajaba perfecto con esa música de sintetizadores. Pero lo que de verdad encajaba era que estaba buenísima y se subía al escenario con minifaldas y tops ajustados que ponían a cien a toda la sala.

No sé cómo los demás del grupo conseguían concentrarse teniendo a semejante mujer delante, contoneándose sin parar. Yo, desde la primera fila, me la comía con la mirada e imaginaba que ella también se fijaba en mí. Me quedaba luego por el local, esperando cruzármela. Nunca lo conseguí.

Hasta que un día, tomando un café en un bar alejado de mi barrio, noté que alguien dejaba una nota sobre mi mesa al pasar. Cuando me giré, solo alcancé a ver de espaldas a una chica alta, melena rubia, falda negra y unas piernas de infarto. En el papel había un número de teléfono, un nombre y un corazón dibujado a boli. Lorena. No te voy a dar el número, por supuesto.

La llamé esa misma tarde y pasamos una noche que no se puede describir con palabras. Todo lo que diga se queda corto. Es increíble en todos los sentidos, una musa inalcanzable que tuve la suerte de tener entre mis brazos durante horas. No quedó un centímetro de su piel que no cubriera de besos, y ella devoró mi cuerpo con una destreza que jamás había sentido. Esa noche, sin exagerar, me cambió la vida.

Por la mañana me pidió que no volviéramos a vernos. Que solo había sido una aventura, que lo que pasó debía quedar entre nosotros. Me hizo la mejor mamada que puedas imaginar, y pasó mucho tiempo hasta que otra chica se acercó siquiera a aquella excelencia.

***

Por aquella época salía con Marina. Nada demasiado serio. Éramos compañeros en la universidad y no tardamos en pasar de la amistad a la cama. Marina era muy buena dándome placer, y explorábamos nuestros cuerpos sin reglas ni límites. Cuando no estábamos en exámenes, al salir de clase me iba a su casa, o mejor dicho, a la de su abuela, que pasaba largas temporadas en el pueblo y casi nunca aparecía. Aquello nos parecía un regalo.

Siempre la avisaba antes de subir.

—Marina, voy de camino. Llego en cinco minutos.

—Ya pensaba que no venías, con lo guapa que me he puesto para ti.

—Es que el profesor de física no había manera de que cortara. Tengo unas ganas de hacerte el amor que no veas.

Ella se reía y colgaba. Yo subía las escaleras de dos en dos. Llamaba al timbre y siempre me abría desnuda, espectacular. Su pelo negro rizado, los ojos enormes y azules, la piel muy clara salpicada de pecas, los labios sensuales y una sonrisa que me derretía. Pero mi mirada terminaba siempre en sus pechos, erguidos y firmes, coronados por una areola pequeña y rosada donde el pezón ya estaba duro de la pura espera.

Marina se abalanzaba sobre mí y me cubría de besos. Apenas me daba tiempo a cerrar la puerta.

—Has tardado mucho. He tenido que empezar yo sola, ya no aguantaba más.

—Lo que me he perdido. Tranquila, que recuperamos el tiempo enseguida.

Como podía, conseguía llevarla a la habitación. Aunque más de una vez me la encontraba arrodillada en el pasillo, bajándome los pantalones de un tirón. Mi sexo saltaba como un resorte y ella lo acariciaba mientras me miraba con picardía.

—¿Qué se dice? —preguntaba sonriendo.

—Chúpamela —respondía yo, encendido.

Y vaya si la chupaba. Hasta que conocí a Lorena, creía que Marina era lo máximo con la boca. Mis novias anteriores eran demasiado remilgadas, se ponían tensas con un miembro entre los labios. Marina, en cambio, era pura espontaneidad. Lo mismo me hacía una felación suave y profunda, sin usar las manos, hasta tragárselo casi entero, que la urgencia la empujaba a verme correr sobre su cara, o a apretar mis muslos con sus tetas mientras su lengua jugaba con la punta. Con ella nunca sabías qué venía después.

Cuando por fin llegábamos a la cama, le devolvía el favor devorándola como si fuera fruta madura. Es la novia que más he oído gemir, y eso me ponía a mil. Pronto descubrí que le gustaban los juguetes. Mientras le hacía el oral, la penetraba por detrás con un consolador que vibraba, y subía la intensidad al mismo ritmo que le succionaba el clítoris y le pellizcaba los pezones. La llevaba a un clímax tan brutal que, por mucho que intentara aguantarse, terminaba gritando. Los vecinos sabían perfectamente que estaba acompañada.

Nos pasábamos noches enteras follando. Veíamos porno para copiar posturas. Era la pareja perfecta, nunca decía que no a nada. Lo que más la enloquecía era que la sodomizara. Abrirle el culo la volvía loca, y no había encuentro que no incluyera alguna nalgada, normalmente con un consolador clavado en su sexo. Tenía un culo increíble, duro, apretado, bien proporcionado, y yo ponía toda mi energía en correrme bien adentro. Dado mi tamaño, eso ya era todo un mérito. La habitación se llenaba de sus gemidos. Incluso con una mordaza de bola seguía siendo igual de apasionada.

***

Por su cumpleaños le regalé un vibrador portátil que se controlaba desde el móvil. Una auténtica maravilla. Ella nunca sabía cuándo lo iba a activar, pero le prometí que solo lo haría si podía verla. Así que un día me colé en su clase como un alumno más, sin que me viera, me senté varias filas detrás y la observé mientras tomaba apuntes.

Estaba preciosa esa mañana, con unos pantalones cortos vaqueros y una camiseta de tirantes. Casi nunca llevaba sujetador y sus pezones apenas se marcaban en la tela en una situación normal. Pero aquella no iba a ser una mañana normal. Activé el aparato al mínimo y Marina dejó de escribir de golpe. Empezó a buscarme con la mirada.

Muy despacio fui subiendo la intensidad. Ella se removía en la silla. Como quería verla de cerca, abandoné mi sitio y me senté justo a su lado, y subí un poco más la barra de la aplicación. Sus manos se aferraron a la mesa, las uñas clavadas en la madera, mientras se mordía el labio y cerraba los ojos. Estaba a punto de correrse. Suspiraba, y los pezones se le marcaban claramente bajo la tela.

Me puso a cien, pero no podía hacerla sufrir más. Sabía que si subía la potencia o la mantenía un segundo más en ese filo, acabaría doblegándola delante de toda la clase. Así que paré el vibrador. Ella suspiró, aliviada. Al girar la cabeza y verme, sonrió. Yo me acerqué a su oído.

—Te espero en el baño. No tardes.

Asintió, y a los pocos minutos nos juntamos allí. Llegó como un torbellino, con cara de pocos amigos. No era muy alta, pero sabía imponerse. Era una fierecilla, y estaba realmente cabreada.

—Eres un hijo de puta. Quedamos en que no lo usabas en clase. He estado a punto de correrme delante de todos. Mira cómo se me marcan las tetas, parezco una zorra en celo.

No paraba de hablar. Estaba arrebatadora cuando se enfadaba. No dije nada. Encendí otra vez el vibrador y su expresión cambió de inmediato. Negaba con la cabeza, pero sus ojos azules me pedían guerra. Eché el cerrojo, la estreché entre mis brazos y la besé. La senté en la encimera de los lavabos, le subí la camiseta y devoré sus pechos, mordisqueándole los pezones con ansia. Fui subiendo la intensidad del aparato y sus gemidos empezaron a convertirse en gritos. Entonces supe lo que tenía que hacer.

La puse de rodillas frente a mí, me abrí la bragueta y hundí mi sexo en su boca. Subí el vibrador al máximo, le agarré la nuca con las dos manos y le follé la garganta sin piedad. Ella se aferró a mis muslos. Ahogaba toses, controlaba las arcadas, sumida en un placer que la obligaba a gritar, pero de su boca solo salían sonidos guturales por la felación brutal que me estaba haciendo. Esta vez sí que se lo estaba tragando entero.

Yo aceleraba el ritmo y trataba de aguantar, pero al ver nuestro reflejo en el espejo el pulso se me disparó. Creo que Marina se estaba corriendo cuando empecé a vaciarme en su garganta. El espejo reflejaba el movimiento de los músculos de su cuello tragando. Me miró y vi el orgasmo en sus pupilas, pero también la sorpresa de verse inundada por una cantidad que no era capaz de tragar de golpe. Se le hincharon las mejillas y abrió los ojos del todo.

Intentó apartarse, pero la sujeté y seguí corriéndome, con su nariz hundida en mi vello y mis testículos rozándole la barbilla. Fue una pasada. La sostenía con firmeza mientras palpitaba dentro de su boca. Con varios tragos sonoros consiguió engullir todo lo que retenía, y poco a poco fui aflojando la presión sobre su nuca hasta soltarla. Pero Marina no se apartó. Mantuvo mi sexo en la boca, succionándolo, recorriéndolo con la lengua milímetro a milímetro. Gemía, temblaba, perdida en un nuevo orgasmo.

Bajé el nivel del vibrador hasta apagarlo. A la vez que mi sexo quedaba flácido entre sus labios, ella dejó de gemir. Menuda mamada me acababa de hacer.

—Ha sido bestial, Marina. Cada vez me dejas más alucinado. Lo que nos vamos a divertir con este aparato.

—Eres un cabronazo —dijo entre toses, recuperando el aliento—. Casi me asfixias, mamón.

—Puede, pero no me digas que no has disfrutado como nunca. Hay que repetirlo. Y que sepas que no te he engañado: solo quedé en usarlo si te veía y estaba cerca de ti. ¡Estaba en tu clase!

—Qué hijo de puta —se puso de puntillas y me dio un beso. Sentí sus pezones duros contra mi pecho y la abracé.

***

Marina y yo estuvimos juntos un par de años más. Luego ella se marchó a Melbourne y yo me quedé atrás, buscando otra novia cantante.

Ahora te estarás preguntando si Marina cantaba. La verdad es que no, al principio no. Después de mi aventura con Lorena, le sugerí que se apuntara a clases de canto. Lo hizo. Y te puedo asegurar que, tras unos meses en el conservatorio, todo cambió. Me tumbaba boca arriba, ella se acurrucaba entre mis piernas y me hacía felaciones que rozaban lo imposible.

Con mi sexo clavado hasta el fondo de su garganta, era capaz de respirar y de ordeñarme moviendo los mismos músculos que ejercitaba en las clases. La sensación es indescriptible. Te exprime despacio, te saca hasta la última gota sin separar los labios de tu pelvis. Sencillamente brutal. Como agradecimiento, yo encendía el vibrador y la hacía correrse varias veces mientras ella me daba un placer infinito. Por eso, cuando alguien me pregunta cómo elijo a mis parejas, sonrío y respondo siempre lo mismo: tienen que saber cantar.

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Comentarios (5)

Noctambulo_k

el titulo me engancho desde el principio y el relato no decepciono jajaja

CharlieK77

Excelente, muy bien escrito. Directo y sin rodeos

ArielB_Mdq

Me recuerda a un descubrimiento similar que tuve hace años, esas cosas pasan cuando menos te lo esperas. Buen relato, autentico

fantasiaViva88

de los mejores de la seccion confesiones, el estilo es muy natural. Se nota que lo viviste de verdad. Sigue subiendo!!

Ceci_mdp

Los relatos de confesiones siempre son mis favoritos y este no es la excepcion. Muy bueno

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