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Relatos Ardientes

Lo que le propuse a un desconocido en la plaza

Me llamo Malena, tengo veinticuatro años y voy a confesar algo que casi nadie sabe de mí. No me interesa el amor con mayúsculas, ni los noviazgos, ni las promesas que después nadie cumple. A mí me prende otra cosa: el deseo puro, el que no pide explicaciones. Me vuelve loca dar placer, sentir que alguien se deshace por culpa de mi boca, escuchar cómo se le quiebra la voz a un tipo que un rato antes era un perfecto desconocido. Y lo que pasó la tarde que voy a contar es, hasta hoy, una de mis confesiones favoritas.

Era un día de esos pesados, de sol que se pega a la piel. Estaba sentada en un banco de la plaza del barrio, con una gaseosa fría sudando entre las manos. Llevaba un short de jean cortísimo, una remera blanca ajustada y el pelo suelto cayéndome en ondas sobre los hombros. Me había pintado los labios de rojo solo porque me gustaba sentirme así, peligrosa, aunque no tuviera plan ninguno. Miraba pasar a la gente sin pensar en nada.

Y entonces lo vi a él.

Alto, de pelo oscuro, con una remera negra que le marcaba los hombros. Tenía un tatuaje que le asomaba por el brazo y esa cara difícil de descifrar, la de alguien que no sabés si es un buen tipo o un problema andante. Spoiler: yo siempre elijo el problema. Caminaba sin apuro, como si la plaza fuera suya, y en algún momento sus ojos se cruzaron con los míos.

No bajé la vista. Le sostuve la mirada y dejé que una sonrisa lenta se me dibujara en la cara, de esas que no dejan lugar a dudas. Él entendió el mensaje al instante. Cambió el rumbo y vino directo hacia mi banco.

—¿Todo bien por acá? —dijo, parándose justo enfrente, tapándome el sol.

—Todo bien… mejor ahora —contesté, mordiéndome apenas el labio—. ¿Y vos?

—Estaba muerto de aburrimiento —se rió—. Hasta hace dos minutos.

Me corrí un poco en el banco para hacerle lugar, una invitación silenciosa que él aceptó sin dudar. Nos pusimos a hablar de cualquier cosa, del calor, del barrio, de nada en realidad. Pero por debajo de las palabras pasaba otra conversación entera. Sus ojos bajaban a mis piernas y volvían a mi cara. Mi rodilla rozaba la suya como por accidente, una vez, y después otra, y ninguno se apartaba.

Yo ya sentía el calor subiéndome por dentro, esa cosquilla que me conozco de memoria. No quería esperar. Nunca me gustó esperar. Me acerqué hasta tenerlo a un suspiro de distancia y le hablé bajito, casi al oído.

—Te voy a proponer algo y quiero que me digas que sí.

—Te escucho —murmuró, y noté cómo tragó saliva.

—Hay un hotel a dos cuadras. Vení conmigo. No quiero nada más que chuparte. Eso es todo lo que pido. Me calienta hacerlo, me calienta de verdad.

Lo vi abrir grande los ojos, como si no creyera lo que estaba escuchando. Después una sonrisa enorme le partió la cara al medio.

—¿Y qué estamos esperando? —dijo, ya poniéndose de pie.

***

El lugar era uno de esos hoteles por horas con espejo en el techo y una luz roja tenue que hacía que todo pareciera una película. Apenas cerramos la puerta a mis espaldas, dejamos de fingir que éramos dos personas civilizadas. No prendimos el televisor, no dijimos una palabra más. Nos buscamos la boca como si nos debiéramos ese beso desde hacía años.

Besaba bien, con hambre pero sin atropellar. Su lengua jugaba con la mía, me mordía despacio el labio de abajo y yo le clavaba las uñas en la nuca. Bajé a su cuello, lo besé, lo lamí, le mordí justo donde late el pulso, y sentí cómo se le aceleraba la respiración. Sus manos me agarraban la cintura, después bajaban, después subían de nuevo, sin saber dónde quedarse.

Lo empujé suave hasta sentarlo en el borde de la cama. Me quedé parada frente a él un segundo, disfrutando de cómo me miraba, y después fui bajando despacio hasta arrodillarme entre sus piernas. Lo miré desde abajo, sonriendo como una nena que sabe perfectamente lo que está por hacer.

—Avisame si te gusta —le dije mientras le desabrochaba el jean—. Aunque me parece que ya lo voy a notar sola.

—No creo que pueda disimular —contestó con la voz tomada.

Me gustó esa honestidad. Hay tipos que se hacen los duros, que aguantan la respiración para no mostrar lo que les pasa, como si rendirse fuera una derrota. Él no. Él se entregaba, y eso me daba más ganas todavía. Le pasé las uñas por encima de la tela antes de soltarlo, solo para escucharlo suspirar una vez más.

Lo liberé de la ropa y ahí estaba, dura, lista, esperándome. Me tomé mi tiempo. Le pasé la lengua plana desde la base hasta la punta, lento, sintiendo cada centímetro, y lo escuché soltar el aire de golpe. Dejé caer un hilo de saliva desde mis labios y empecé a acariciarlo con la mano, sin apuro, mirándolo a los ojos todo el tiempo.

—Mirá cómo te tiembla —le susurré—. Y todavía ni empecé.

Le di un beso suave en la punta, después otro más húmedo, y recién entonces lo metí en mi boca. Empecé tranquila, con la lengua dando vueltas, chupando despacio, dejando que el ruido húmedo llenara la habitación. Con una mano le sostenía la base; con la otra le acariciaba el interior de los muslos, esas zonas que casi nadie atiende y que vuelven loco a cualquiera.

—Por favor no pares —jadeó él, hundiendo los dedos en mi pelo, sin tirar, solo siguiendo el ritmo.

No tenía la menor intención de parar.

Subí la intensidad de a poco. Lo sacaba un segundo, lo escupía, lo volvía a meter más profundo, hasta donde aguantaba. Le besaba alrededor, le pasaba la lengua por todos lados, volvía a tragar. Cambiaba el ritmo a propósito, como quien maneja un volumen: rápido y desesperado hasta dejarlo al borde, después lento y torturador para que se muriera de ganas, y otra vez rápido cuando menos lo esperaba.

—Sos increíble —alcanzó a decir entre suspiros—. No tenés idea.

Yo me reía con la boca ocupada y seguía. Me encantaba sentir cómo se le tensaban las piernas, cómo se le escapaban los gemidos sin que pudiera controlarlos. Esa pérdida de control es lo que más me gusta de todo. No el sexo en sí, sino el momento exacto en que el otro deja de fingir que tiene las riendas.

Le solté la base un momento para apretar mi propia pierna contra la otra. Estaba empapada, encendida, disfrutando casi tanto como él aunque ni me hubiera tocado. Me bastaba con eso, con sentirme dueña de su placer. Me llevé los dedos ahí abajo apenas un segundo, lo justo para calmar la urgencia, y volví a concentrarme en él.

Lo que más me gusta de esto no es solo lo físico. Es el poder. Es saber que un hombre que hace media hora no sabía ni mi nombre ahora está temblando, completamente a mi merced, dispuesto a darme lo que le pida. Esa sensación no me la cambia nada. No es sumisión, ni control, es algo más simple: es elegir lo que quiero y tomarlo sin pedir disculpas. Cada vez que lo hago me siento más yo misma que en cualquier otro momento del día.

—¿Te falta poco? —le pregunté, sacándolo y apoyándolo contra mi mejilla, todo brilloso.

—Muy poco… —dijo, casi suplicando—. No sé cuánto más voy a durar.

—Quiero todo —le aclaré, mirándolo fijo—. No te guardes nada.

Volví con todo. Aceleré, subí y bajé rápido, sin tregua, sintiendo cómo se le contraía cada músculo. Le apreté suave con la mano libre y noté el segundo exacto en que dejó de poder pensar.

—Malena… ahora —gimió.

Y se dejó ir. Lo recibí entero, sin apartarme, mirándolo a los ojos para que viera hasta el último gesto. No quería perderme nada de su cara en ese instante, esa mezcla de placer y rendición que vale más que cualquier cosa. Tragué tranquila, sin prisa, y después le mostré que no había quedado nada.

—Todo para mí —le dije, lamiéndome los labios, todavía de rodillas.

—Me dejaste sin palabras —contestó, derrumbándose hacia atrás sobre la cama, agitado—. En serio.

Me reí. Me gustaba dejarlos así, temblando, sin saber bien qué les pasó. Me trepé un segundo a la cama, le di un beso largo, con lengua, dejando que probara un poco de lo que acababa de pasar. Después me bajé, me acomodé el short y la remera frente al espejo y me arreglé el pelo como si nada.

—¿Te vas? —preguntó, todavía recuperando el aliento.

—Conseguí lo que vine a buscar —le dije, encogiéndome de hombros con una sonrisa—. Y vos también, me parece.

—¿Te vuelvo a ver?

—Capaz —le tiré desde la puerta—. Si tengo ganas. Esa es la gracia.

***

Salí del hotel con el sol todavía alto y una sonrisa que no me entraba en la cara. Caminé sin rumbo unas cuadras, disfrutando de esa sensación de poder que me queda siempre después, esa certeza de haber hecho exactamente lo que quería sin pedir permiso ni dar explicaciones.

Sé que mucha gente no lo entendería. Que esperan que una chica como yo busque otra cosa, algo más serio, más prolijo. Pero yo aprendí hace tiempo a no mentirme. No le hago daño a nadie. Doy placer, lo recibo, y me voy ligera, sin culpas ni cuentas pendientes.

Esa tarde no le dejé mi número ni le pregunté el de él. No hacía falta. Algunas confesiones no necesitan continuación. Me quedé con el recuerdo, con su cara en el momento exacto en que perdió el control, y con la promesa que me hago a mí misma cada vez: que mientras tenga ganas, voy a seguir buscando la próxima plaza, la próxima mirada, la próxima propuesta que nadie se anima a hacer en voz alta. Porque esto es lo que soy. Y, la verdad, no pienso cambiar.

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Comentarios (5)

SilviaMG

que valiente!!! ojalá yo tuviera esa decisión en el momento justo jaja

PaulaM_rosario

me encanto!!! seguí contando por favor

CuriosidadBA

Que bueno que hay gente que se anima. Muy bien escrito, se siente autentico el relato.

DiegoSur

y como termino? nos dejo con intriga jajaja. esperando la continuacion

Lectora_BA

Me recuerda a algo que le paso a una amiga, nunca le creí hasta que leí esto. Hay momentos en que una sabe exactamente lo que quiere sin importar nada mas.

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