Mi novio quería acabar en mi cara y yo dije que no
Hay mujeres a las que les elogian la cola y mujeres a las que les elogian las tetas, y entre los hombres existe una especie de rivalidad simpática sobre cuál de las dos cosas importa más. Una se entera de eso interactuando con ellos: tarde o temprano a alguno le preguntan «¿culo o tetas?» y se arma una discusión alegre donde repasan los atributos de todas las mujeres que conocen.
En esas charlas siempre salta uno que dice «yo prefiero que sea linda de cara». Y ahí, justo ahí, entro yo.
No tengo tetas, o las tengo chicas. Tengo un lindo culo que se nota mucho más en una tanga o en una malla que con ropa puesta. No soy de esas que se ponen un jean ajustado y hacen girar cabezas por la calle, pero en la playa mi cola redonda sí gana algo de atención. Mido un metro sesenta y dos, lo justo para no ser considerada petisa, pero tampoco lo suficiente para parecer modelo.
Lo que siempre me dijeron, desde chiquita y ahora que tengo veintitrés, es que soy preciosa de cara. Voy a tratar de describirla lo más objetivamente que pueda. Es ovalada, suave, con los pómulos marcados. Piel clara con un brillo natural, cejas sin retocar, ojos almendrados de un marrón muy claro. Una nariz recta y proporcionada que más de uno calificó de «perfecta». Mejillas que se ponen coloradas cuando estoy feliz. Una boca mediana, de labios apenas carnosos, y cuando sonrío parezco tímida.
Tengo el pelo castaño oscuro hasta la cintura, aunque cada tanto me lo corto a la altura de los hombros. Usaba anteojos de armazón grueso que me daban un aire intelectual; ahora uso lentes de contacto, pero seguro en unos meses vuelvo a los anteojos. Cuido mi piel religiosamente, tomo litros de agua, y eso hace que siempre la tenga impecable. Un rostro armónico, dulce, muy fotogénico. Eso soy.
***
Hace varios años, cuando el grupo de amigas recién empezaba su vida sexual, mi amiga Sol me contó que había hecho su primer oral. Tenía un novio más grande y se ve que les agarraron ganas de probar cosas nuevas.
—Boludaaa, no sabés, le hice un pete —me soltó.
—¿Queeeé? Ay, contame, ¿cómo pasó?
—Estábamos en su pieza chapando en la cama. Y bueno, viste cómo es, empezamos con el jueguito de meternos la mano debajo de la ropa. Él me tocaba las tetas, yo le metía la mano dentro del pantalón.
—Nooo, estás re zarpada.
—Ay, no sabés. Lo empecé a pajear, se bajó el pantalón, quedó en bóxer, y yo seguía mientras nos besábamos.
Yo me quedé con la boca abierta, sin poder decir nada.
—Entonces me dice «¿me la chupás, Sol?».
—¿Y se la chupaste?
—Sí. Bajé la cabeza, me metí la punta en la boca y empecé como había visto en las películas.
—¿Y? ¿Qué pasó?
—Mientras se la chupaba él me acariciaba las tetas y gemía, así que pensé que lo estaba haciendo bien. Es muy divertido, te sentís re poderosa con la pija en la boca.
—Ay, me muero de vergüenza si me lo llega a pedir.
—En cualquier momento te lo pide. Animate, es divertido.
—No sé, me da cosa. ¿Vos cuánto tiempo estuviste?
—Diez minutos, supongo. Hasta que me avisó que iba a acabar.
—¿LA TRAGASTE?
—No, le dije que no quería. Así que me pidió acabarme en la cara. Se paró al lado mío, apuntó acá —se señaló la parte de arriba de la boca— y se empezó a pajear. ¿Sabías que la leche es tibia?
—¿En la cara? Ay, qué asco.
—No está tan mal, te limpiás fácil, jajaja.
Seguimos hablando un rato más, riéndonos del asunto. Por dentro yo pensaba: qué asco chupar una pija, y qué denigrante que te tiren la leche en la cara. Pero me lo guardé para mí, no quería hacerla sentir mal.
***
Al poco tiempo le hice el primer oral a mi novio, y se me escapó un poquito de semen de la boca hasta el mentón. Un mini facial involuntario que me hice yo sola, sin querer.
Todo el tema del sexo oral fue complejo para mí. Sentía que era algo que hacían solo las putas, las chicas fáciles, pero al mismo tiempo lo disfrutaba muchísimo. Esa contradicción me incomodaba. No es que no pudiera dormir, pero para que se entienda: era como reírme de alguien que se cae, algo que en mi cabeza estaba mal. En mi escala de valores, chuparle la pija a mi novio era malo.
No tuve una educación represiva, todo lo contrario. Pero hacer algo que se suponía que no debía darme placer, algo que me ponía en una posición de sumisión, me hacía sentir que valía menos. Con el tiempo me fui amigando con la idea. Incluso me fascinó el sabor de su semen.
Había algo, sin embargo, que todavía no me animaba a hacer. Y él me lo había pedido una sola vez; ante mi negativa, no insistió nunca más: acabar en mi cara.
Una noche se lo estaba haciendo y me avisó que estaba por terminar. Por lo general trago o dejo que acabe en mis tetas, pero esa vez me dijo algo que me quedó dando vueltas.
—Amor, ¿te puedo acabar en la cara?
—Mmm, no. Prefiero en las tetitas.
Esa vez acabó en las tetitas y el tema no se volvió a tocar. Seguimos con el sexo oral de siempre, aunque casi siempre yo tragaba. La excusa que daba es que tragar «es más práctico». La verdad es que amo el sabor, el olor y la textura de su semen.
Siempre pensé que el facial era de por sí un acto degradante, algo que solo existía en el porno para demostrar que el hombre manda, sin importar el placer de la mujer. La mujer reducida a objeto, a depósito de semen, ensuciada en la cara, que es justamente lo que define la identidad de una persona.
Un día, hablando con él, le pregunté:
—¿Por qué querías acabarme en la cara la otra vez?
—Mmm, no lo pensé mucho. Me gusta tu carita preciosa y se me ocurrió que podías verte sexy con mi leche encima.
La charla terminó ahí, pero me hizo pensar que estaba sobreanalizando todo. Igual que sobreanalicé el sexo oral antes de quedar enamorada del pete, tal vez debía darle una oportunidad. El peor escenario era que me diera asco; en ese caso me limpiaba y lo tachaba de la lista.
***
Unas semanas después, los padres de mi novio se fueron de viaje solos, a despejarse, y le dejaron la casa para ellos tres días: viernes, sábado y hasta la noche del domingo. Con el aval de sus viejos, los míos me dejaron quedarme con él. Podíamos estar tranquilos y divertirnos. La diversión a nuestra edad era comer pizza, tomar gaseosa y tener mucho sexo oral, y tal vez vaginal.
El viernes llevé un bolsito con un par de mudas, el cepillo de dientes y algunas cosas de higiene. Esa primera tarde-noche estuvimos viendo videos en internet, dándonos besos y poco más. Nos comimos una pizza y media entre los dos, tomamos dos litros de gaseosa y la verdad es que no estábamos para nada más.
El sábado aprovechamos el día hermoso para ir al río. Llevamos un mantel, hicimos un picnic y nos quedamos toda la tarde ahí, riéndonos. Al volver, todavía con el sol metido en la piel, empezamos a besarnos apasionadamente en el living, y él me pidió hacerme sexo oral ahí mismo.
—No aguanto más, amor. Te la quiero chupar.
—Yo también me muero de ganas. ¿Vamos al cuarto?
—No, acá mismo. Sentate en el sillón y sacate la pollera y la bombacha.
En el living tienen un sillón de tres cuerpos donde nos gusta quedarnos abrazados, él sentado y yo colgada de él, besándolo. A veces le hago el oral ahí; por alguna razón mágica, en ese lugar la chupada me parece un acto más romántico e íntimo. Pero esta vez me tocaba a mí. Me senté, levanté las piernas todo lo que pude para que mi cola no rozara el sillón —no quería ensuciarlo con mis fluidos— y él se arrodilló frente al sofá.
—Qué rico olés, Mari —decía mientras me la chupaba.
—Qué rico, amor, me encanta, ahhh.
—Mmmhmmm.
—Sí, sí, seguí así.
Apoyé las piernas sobre sus hombros. Hasta hacía poco era muy insegura con mis olores, pero la experiencia me enseñó que a él le gustan. Y aclaro: era un día caluroso, habíamos estado afuera horas, así que olor tenía de sobra. Él pasaba la lengua por mi clítoris, suave, porque lo tengo hipersensible, y después la hundía en mí todo lo que podía.
En una de esas pasadas le agarré la cabeza con fuerza, se la hundí contra mí y tuve un orgasmo tremendo en su boca.
Qué delicia. Me acomodé para devolverle las gentilezas. Me arrodillé frente a él, le bajé el pantalón y ahí estaba su pene erecto en todo su esplendor: grueso, con el glande rosado y brillante. Se me hacía agua la boca, lo necesitaba ya.
Me lo metí en la boca y empecé a chupar. El olor y el sabor eran maravillosos; el calor del día le había dejado un gusto masculino que me hacía estremecer. Lo metía hasta el fondo, lo sacaba, lo lamía, le daba besos en el glande. Lo agarraba con la mano, lo apuntaba hacia arriba y aprovechaba para succionarle los testículos, le lamía todo el tronco. Después me lo volvía a meter y seguía, feliz de hacerlo.
—Amor, no aguanto más, quiero acabar.
Esas eran las palabras mágicas. Seguí chupando como si nada hasta que sentí los latidos de su verga en mi boca y cómo me llenaba de leche caliente y espesa. Me la tragué toda. A él le gusta eso, pero a mí me gusta más.
Nos bañamos juntitos y fuimos a dormir a la cama matrimonial de sus padres. Es una cama hermosa, en un cuarto de muebles antiguos con un espejo de pared. Me encanta mirarme en ese espejo; me hace sentir bella y elegante. A veces me observo desnuda: mi cuerpo esbelto, casi sin tetas, mi culito redondo, el pubis con una franja de pelo que me da aire de modelo de revista de los años ochenta. Me siento hermosísima.
***
Al día siguiente nos despertamos temprano, desayunamos y salimos a comprar algo para el mediodía. Hacía un calor pesado y transpiramos un poco. Al volver, no eran ni las doce y ya estábamos calientes los dos.
—Te quiero hacer el amor —me dijo.
Volvimos a la cama matrimonial. Nos desnudamos y me acosté boca arriba, la cabeza en la almohada, las piernas apenas abiertas. Él me dio un beso romántico, bajó, me succionó las tetitas como me gusta, recorrió mi vientre a besos y terminó haciéndome un oral magistral. Ya me conoce a la perfección.
Estaba a punto de acabar otra vez, pero no quise.
—Amor, quiero que me cojas.
—¿Segura?
—Muy segura. Quiero sentirte adentro.
Se incorporó, agarró un preservativo, apretó la puntita con el índice y el pulgar y lo desenrolló sobre su pene erecto. Me dio un beso de lengua y empezó a penetrarme en misionero. Pasan los años y sigue siendo mi posición favorita: no hay nada, por más porno que sea, que supere ver a la persona que amás gozando junto a vos.
—Despacito, amor —le pedía mientras entraba. Soy bastante estrecha y necesito estar muy caliente para que no duela. Pero una vez excitada, el sexo es maravilloso.
—Ay, sí, ay, sí, ah, ah, ahhh —gemía al compás de sus embestidas hasta que llegué al orgasmo.
Cuando acabo quedo tan sensible que me cuesta seguir con la penetración, así que decidí complacerlo de otra manera.
—Amor, acercate.
—¿Me la vas a chupar?
—Obvio. Quiero que goces vos también.
Hay una posición para el oral que estábamos probando: yo acostada normal en la cama y él acercando su cuerpo cerca de mi boca. En el porno le dicen «coger la cara», pero lo nuestro era mucho más amoroso, sin nada de violencia. Yo le hacía el oral apoyada en la almohada mientras él hacía movimientos suaves de pelvis para ayudar.
Se sacó el preservativo, se acercó y empecé a chuparlo mientras él acompañaba con la cadera. En esa postura, como casi no muevo el cuello, tengo que jugar más con la lengua, lo cual es divertidísimo. Amo lamerle el glande y verlo estremecerse.
Mientras se la chupaba me acordaba de que hasta hacía poco el sexo oral me parecía degradante, y ahora lo amaba. Acababa de entender por qué: hacerle un oral era —y sigue siendo— algo emocionalmente más íntimo para mí que la penetración. Por eso lo encaro igual que él lo encara conmigo, tratando de hacerle volar la cabeza cada vez y guardándole una sorpresita de tanto en tanto.
—Quiero acabar, Mari.
—Amor, acabame en la cara.
—¿Segura?
—Sí, muy segura.
Con esas palabras le estaba dando justo la sorpresa que me gusta darle. Él se empezó a pajear a milímetros de mi cara mientras yo sacaba la lengua para que contemplara una de sus partes favoritas de mi cuerpo. Cuando lo noté cerca del final cerré la boca y los ojos, lo toqué con las manos, hasta que sentí impactar los chorros de semen, varios, calentitos, espesos.
Abrí los ojos y lo vi con una mirada de éxtasis total y una sonrisa enorme. Lo miré, me miró, nos reímos. Quiso darme un beso, pero me corrí: me daba cosa que tocara con sus labios su propio semen.
Me incorporé a buscar algo para limpiarme y me crucé con el espejo antiguo.
***
Me vi hermosa. Mi cara armónica, dulce, cubierta de cuatro manchones de semen blanco, caliente, espeso. Mi carita preciosa ensuciada por el semen de la persona que más amo. Sentía que era degradante y a la vez no sentía que fuera algo malo. Era exactamente eso lo que lo hacía más caliente, y verme tan linda al mismo tiempo hacía que me gustara.
No hay nada más excitante que romper algún tipo de tabú. Estás ahí haciendo algo que se supone no deberías, solo porque podés, y encima con alguien que te cuida y te ama.
Con el tiempo fuimos sumando la eyaculación facial a nuestras prácticas habituales. No es mi favorita, pero no me desagrada en lo más mínimo, y la verdad que ver mi rostro cubierto de semen me parece una imagen súper sexy.
Siempre me da ternura la Mariana del pasado, la que les tenía aversión a ciertas prácticas y terminó disfrutándolas todas. Pero no hay nada que disfrute más que sentir el pene de mi novio creciendo en mi boca, hacerlo gozar con mis labios y mi lengua, y terminar siendo alimentada por su semen.