Mi mejor amiga me confesó lo que hacía en público
Ya les conté antes alguna que otra historia de Renata, mi mejor amiga desde la facultad. Esta es, probablemente, la última, porque hoy está en una relación tranquila que le hace bien y, aunque dice que disfruta el sexo como nunca, ya no protagoniza esas aventuras que nadie creería si las contara en voz alta.
Renata es de esas mujeres que los hombres quieren como madre de sus hijos, no la que uno se imagina arrodillada en un estacionamiento. Y sin embargo, si alguien se lo hubiera propuesto en el momento justo, habría terminado de rodillas sin pensarlo dos veces. Esa contradicción es, en parte, lo que la vuelve inolvidable.
Voy a tratar de describirla, aunque sé que las palabras se me van a quedar cortas. Mide alrededor de un metro setenta, un poco más alta que el promedio, con una cara redonda que le da un aire tierno e inocente. Tiene ojos grandes y expresivos, de un marrón claro tirando a miel, y unas pestañas tan largas que parecen postizas, pero son naturales.
Su punto más fuerte es la boca. Tiene labios carnosos, el inferior bastante más grueso que el superior, siempre con un brillo rosado que los hace parecer húmedos a toda hora. Apostaría a que esos labios viven en las fantasías de la mitad de nuestros compañeros de cursada, y de más de un profesor también. Cuando sonríe se le forman dos hoyuelos que enamoran.
En la época de esta historia se teñía el pelo de colores raros. El que mejor le quedaba era un violeta intenso, imposible de no reconocer a una cuadra. Su cuerpo era una invitación: un poco llenita, en el mejor sentido, con cada kilo de más acomodado donde mejor le sentaba. Pecho grande, cintura marcada con una pancita suave, caderas anchas. Usaba medias hasta el muslo, plataformas y mil accesorios. Era la chica que todos querían de novia y ella ni se enteraba.
Esto que les voy a contar pasó hace un par de años, cuando todavía salía con Tomás, su ex, el mismo que después le dejó algunos recuerdos de los que hoy prefiere no hablar.
Esa noche Renata había venido a dormir a mi departamento. Una típica noche de chicas: pelis, probarnos ropa, hablar del amor, del sexo, de la facultad. En algún momento, entre el vino y las risas, la conversación se puso íntima.
—Che, Re, ¿cómo van tus cosas con Tomás? —le pregunté, hundida en el sillón.
—Bien, bastante bien. El tema es que en la semana casi no nos vemos, ando quemada con la facu, así que los fines de semana son intensos. Él quiere recuperar el tiempo perdido.
—¿Y se pone denso?
—No, en ese sentido no. Igual ya sabés cómo es, está re loco. —Se rió y bajó la voz—. Ah, no sabés la última. Bah, las últimas, mejor dicho.
—¿Quééé? Contame todo.
—Le agarró el bichito de hacerlo en lugares públicos. O mejor dicho, que yo se lo haga a él en lugares públicos. Dice que le gusta la adrenalina.
—No te creo que lo hiciste.
—Te lo juro, Mica. ¿Vos nunca hiciste algo así?
—Nunca tan al límite. Bueno, una vez en el cine, pero estaba oscuro y no contaba. Seguí vos, que tu historia es mucho mejor.
—Bueno, la primera vez fue una tarde en el parque de la Costanera. Estábamos besándonos en un banco, los dos re calientes, y de la nada me pide que se la chupe ahí mismo. No me animé porque había mucha gente, pero tenía una campera encima, se la tiré sobre las piernas y le hice una paja por debajo.
—Renata, mirá si te descubrían.
—Eso era justamente lo que más me asustaba y, no sé, lo que más me terminó gustando. La adrenalina me hizo disfrutarlo un montón.
—Pero quedó ahí, ¿no?
—Ehhh… no. —Y bajó todavía más la voz, como si las paredes pudieran escucharla.
***
—A los pocos días fuimos a almorzar a las Galerías del Centro —siguió, acomodándose el pelo violeta detrás de la oreja—. Me vestí como me gusta a mí: una remera ajustada rosa pastel, una pollera tableada amarilla, las medias hasta el muslo, las plataformas. Me pasó a buscar, me dijo que estaba hermosa y yo ya estaba feliz. Manejó hasta el último subsuelo del estacionamiento, donde estaba más vacío.
—¿Y ahí?
—Estacionó entre dos autos, apagó el motor y me empezó a besar fuerte, muy fuerte. Yo estaba a mil. En un momento dejo de besarlo, miro para abajo y veo que ya se había desabrochado el cinturón y bajado el pantalón. No sé en qué momento lo hizo, pensé. Lo miro, me mira, y la verdad es que ni ganas tenía. Pero me dice «chupá» con esa voz, y no me quedó otra que obedecer.
—Sos terrible.
—Estaba nerviosa por la gente que pasaba en auto, pero se la chupé igual, con ganas. La tenía durísima, casi no me entraba. La agarré con una mano y le lamía la punta mientras lo masturbaba. En un momento veo una luz, era un auto que pasaba, me asusté y me la metí entera en la boca, así, aunque me vieran, no me reconocían la cara.
—Me muero.
—Estuve como cinco minutos subiendo y bajando, hasta que me agarra fuerte de la cabeza y me la hunde hasta el fondo. Apenas podía respirar, me lloraban los ojos, y siento que acaba. Te juro que nunca acabó tanto. Me tuve que tragar todo para no mancharme la ropa. Lo raro es que el gesto de agarrarme así la cabeza me prendió fuego. Terminé empapada.
—¿Y después?
—Después fuimos a almorzar de lo más tranquilos. —Se largó a reír—. Yo con todo eso en el estómago, me costaba pasar la comida. Caminamos un rato por la zona y él me iba diciendo al oído, en cada rincón: «acá me la vas a chupar», «acá te voy a hacer mía». Yo le hacía que no con la cabeza, muerta de risa, pero por dentro tenía unas ganas tremendas.
—Sos una caja de sorpresas, Re. Esto se lo tenés que contar a tus nietos.
—¡Sos una hija de puta! —Se tapó la cara, roja de risa.
—Pero, hablando en serio, ¿te gustó?
—No te voy a mentir. Así de entrada no me copa. Pero cada vez que hacemos algo de lo que él propone, termino mojadísima. Decí que tenía pollera, si no salía con un manchón.
—A mí la idea me tienta para hacerla con alguien, pero me da pánico que me agarren. ¿Te imaginás que llame un policía a mi vieja? «Buenas, señora, tenemos a su hija acá por un escándalo en la vía pública.»
—¡Me muero si me pasa eso! —se rió—. Igual hay otras cosas que me están gustando mucho últimamente.
—¿Ah, sí? ¿Como qué? No te pregunto de morbosa… bueno, sí, un poco. Y para sacar ideas.
—Hay algo que se llama shibari. Tomás me ata y me deja inmovilizada, a veces hasta con los ojos vendados, y dispone de mi cuerpo como quiere. Es muy fuerte sentir todo cuando no podés ver ni moverte. Pero tenés que confiar muchísimo en el otro.
—Ah, no, eso paso. —Las dos nos reímos—. Mejor seguí con lo de los lugares públicos.
***
—Volvimos a repetir varias veces. En el cine, en el auto, donde fuera. Pero la mejor fue una noche que habíamos salido a cenar a un lugar que se llama Bruno, cerca de los bosques. La pasamos hermoso y, al salir, nos pusimos a dar vueltas con el auto sin rumbo.
—Me lo veo venir…
—Estacionamos cerca del observatorio del parque y caminamos un poco. Había algo de gente, era de noche pero con movimiento. Nos sentamos en el pasto y nos besamos como dos desesperados. Entonces me dice «quiero que me la chupes». Le dije que ahí no, que había mucha gente. Pero «ahí no», para nosotros, ya significaba «en otro lado, sí».
—Tienen su propio idioma.
—Caminamos hasta una parte con muchos árboles y casi nadie. Nos pusimos detrás de uno grande y él se quedó parado. Yo pensé que nos íbamos a acostar en el pasto, pero me mira, se pone serio y me dice «arrodillate». Esa palabra me calentó muchísimo. Me arrodillé ahí mismo, sin importarme nada.
—Sos de terror, Re —le dije, y la verdad es que yo también me estaba poniendo nerviosa de escucharla.
—Lo envolví con los labios y se la chupaba mientras lo masturbaba con una mano. Pero él me dice «con las manos no, solo la boca hasta que acabe». Así que las saqué y seguí solo con la boca, moviendo la cabeza, succionando lo más fuerte que podía. Le lamía todo, los huevos también, todo para que terminara rápido.
—¿Y no pasaba nadie?
—Pasaron un par de autos y nos hicieron luces, nos tocaron bocina. Estaba nerviosísima, pero no podía parar, estaba demasiado excitada. No sé cuánto habré estado, ¿diez, quince minutos? En un momento me pregunta dónde quería que acabara, y le dije que en la boca, que me lo tomaba todo.
—¿Y te lo tomaste?
—Casi. Me agarró fuerte la cabeza, yo ya estaba esperando, y de repente me dice «tengo un plan mejor». Me saca la pija de la boca, se masturba con una mano y con la otra me sostiene la cabeza. Me dice «cerrá los ojos» y empieza a acabarme en la cara. Tres veces, espeso. Y todavía agarró el celular y me sacó una foto, así, arrodillada y vestida de salir.
—¡No puedo creer que te haya sacado una foto!
—Lo peor fue después. Le pedí un pañuelo y no tenía, los había dejado en el auto. Tuve que caminar como cuatro cuadras tratando de limpiarme con la mano. —Se reía tanto que casi no podía hablar—. Una imagen lamentable, Mica, te lo juro.
—Estás re loca, Renata. Pero me encantó la historia, en serio.
—Gracias. Con vos es con la única que me puedo soltar así, sin que me juzgues.
—Te amo, amiga.
—Y yo más.
—Me encantan tus aventuras. Te digo, si fuera lesbiana, saldría con vos.
—Y yo con vos.
Nos dimos un beso corto, casi un juego, y seguimos hablando de nuestras cosas hasta tardísimo. Esa noche dormimos juntas en mi cama. Sentí su espalda contra la mía, su respiración tranquila, y me costó un buen rato cerrar los ojos. Al día siguiente le conté yo también un par de secretos míos, y se le iluminaban los ojos mientras me pedía detalles.
Lo único que puedo decir, después de escuchar todo lo que escuché esa noche, es que cualquiera que tenga la suerte de cruzarse con Renata no sabe lo afortunado que es.