La noche en la piscina del hostel me cambió el viaje
Es la primera vez que me animo a escribir algo así, de modo que perdonad si se me nota la mano torpe. Hace cosa de un año dejé de ver porno porque sentía que me estaba apagando algo por dentro, y por casualidad fui a parar a leer relatos. Me enganchó. Me gustaba ir despacio, imaginar, poner yo las caras y las voces. Desde entonces tenía ganas de devolver algo, contar una historia mía, pero entre el trabajo y el ritmo nunca encontraba el hueco. Estas vacaciones por fin me senté a hacerlo.
Para que sepáis quién os habla: tengo veintiocho años, soy español y llevo casi cinco viviendo fuera, dando tumbos por Asia. Trabajo en algo relacionado con el deporte y entreno casi a diario, no porque quiera salir en ninguna foto, sino porque me ordena la cabeza. No tengo un tipo de mujer concreto, aunque de tanto viajar me terminaron atrayendo las extranjeras. Soy curioso y bastante exigente conmigo mismo. Siempre he pensado que lo que cuesta un poco luego se disfruta el doble.
En aquella época vivía en Bangkok, y cada vez que me caía un puente lo aprovechaba para escaparme. Volar por la zona sale baratísimo, así que un fin de semana largo decidí volver a Filipinas y meterme en una isla pequeña que me habían recomendado, perdida de la mano de Dios. Carreteras de tierra, poca luz, mucha pobreza de fondo. Y, a la vez, uno de esos sitios donde parece que se concentra toda la gente guapa y en forma del planeta por metro cuadrado.
Nada más bajar del ferry vi un par de tiendas de buceo. Pregunté por curiosidad y me dijeron que en tres días me sacaba la licencia. Plan perfecto. El primer día fue todo teoría y acabé reventado a media tarde, sin alojamiento todavía. Cuando viajo solo me gusta dejarlo al azar: busco un hostel con gente joven y abierta y ya está. Viajar solo te empuja a situaciones que de otra forma jamás te pasarían.
Hice el check-in y un chico me llevó a la habitación. Una cabaña de madera con seis literas. Cinco ocupadas. Cinco chicas.
Me acuerdo perfectamente de la sensación de cruzar esa puerta. Una de ellas tenía rasgos mediterráneos, el pelo rizado recogido a medias y un cuerpo de bailarina. Otra era rubia, con algo dulce en la cara, menos estilizada pero imposible de ignorar. Había dos morenas más y una quinta de la que apenas guardo detalles. Solo recuerdo pensar una cosa muy concreta: vale, esto se acaba de poner interesante.
El baño compartido era claramente territorio de ellas. Bikinis colgando, cremas, cuchillas, mil potingues por todas partes. Y yo en medio, colocando mi neceser con cara de no saber muy bien dónde meterme.
La del pelo rizado fue la primera en hablarme. Me preguntó de dónde era, qué hacía allí. Le conté que español, que vivía en Tailandia, que andaba solo. Me dijeron que estaban celebrando el final de la carrera, un viaje de esos de despedida. Tres suecas y dos danesas. La del pelo rizado se llamaba Lina; la rubia, Frida.
Salí a dar una vuelta, cené algo, entrené un rato y volví ya de noche. Antes de dormir la imagen era difícil de quitarse de la cabeza: shorts diminutos, tops sueltos, cuerpos moviéndose por la cabaña con esa confianza de quien ya se conoce. Las literas tenían cortina, pero cuando alguna encendía la luz se dibujaban las siluetas. Yo tampoco iba precisamente abrigado. No pasó nada esa noche, pero la tensión ya estaba ahí, instalada en el aire.
Al día siguiente madrugué para bucear. Volví por la tarde y la escena fue todavía más directa: Lina y Frida andaban en tanga por la habitación como si yo fuese parte del mobiliario. Mi cabeza empezó a ir por libre. Ya me estaba montando la película yo solito.
Coincidimos los tres en el baño y hablamos de qué habíamos hecho durante el día. Pregunté por los planes de la noche y me contaron que iban a cenar a un mirador. Me invitaron. Acepté sin pensarlo.
Mientras ellas se duchaban salí a la piscina. Cuando me avisaron de que ya podía entrar, me encontré a Lina recién salida del agua, el pelo goteando, envuelta en una toalla corta que apenas le tapaba por debajo de las caderas. No voy a mentir: la cabeza me iba a mil, porque empezaba a tener la sensación de que aquellas chicas me estaban toreando a propósito. Y lo mejor de estas situaciones es justo eso, no saber del todo si va a pasar algo o si te lo estás inventando. Me metí en la ducha más excitado de lo que me hubiera gustado admitir.
***
Cenamos los tres en un sitio diminuto, mesas de madera, luz cálida, música baja de fondo. Nada del otro mundo, pero cómodo. Yo en medio, una a cada lado.
—¿Siempre viajas solo? —preguntó Frida sin levantar la vista de la carta.
—Casi siempre —dije—. Me gusta ir a mi ritmo.
—Tiene su punto —contestó Lina sonriendo—. Así conoces a más gente.
Pedimos varios platos para compartir y los pusimos en el centro. Las manos cruzándose sin querer, las sonrisas cuando alguien rozaba al otro buscando lo mismo. En un momento, Frida me miró y lo soltó como quien comenta el tiempo.
—Por cierto… yo tengo novio.
—Vale —respondí—. Gracias por avisar.
—Vive en Suecia, juega al fútbol —añadió.
Giré la cabeza hacia Lina.
—¿Y tú?
Negó despacio, sin apartar los ojos.
—No.
Nada más. Ni una explicación ni una excusa. A partir de ahí empecé a fijarme en los detalles: cómo me miraba cuando hablaba, cómo se inclinaba un poco hacia mí, esos silencios que en vez de incomodar suman.
—Esta isla hace que todo se sienta distinto —dije en voz alta.
—Sí —respondió ella—. Como más intenso.
Pagamos y volvimos caminando. La noche estaba húmeda y quieta. Apenas hablábamos; no hacía falta. Al llegar, el hostel estaba en silencio absoluto. La piscina iluminada por dentro, las luces de las cabañas apagadas, nadie alrededor.
—Qué calma —susurró Frida.
Lina me miró y sonrió. Y ahí lo supe. No sabía qué iba a pasar ni cómo, pero lo sentía en el estómago.
***
Propuse meternos en la piscina con la excusa del calor, que esa noche era de verdad insoportable. En cuestión de minutos, y entre bromas que iban subiendo de tono poco a poco, Lina se quitó el bikini por iniciativa propia. Yo intentaba aparentar tranquilidad, pero por dentro me estaba volviendo loco. Empezó a picar a Frida para que se soltara también, a meterse con ella, a decirle que me enseñara el pecho. Frida le devolvía la pelota: que si tanto le interesaba, que se lo enseñara ella. Y entonces se giraron las dos hacia mí.
—¿A cuál de las dos quieres ver? —preguntaron entre risas.
Yo me hacía el tímido para no entrar en su juego, aunque por dentro tenía las mismas ganas de jugar que ellas, sobre todo con Lina. No recuerdo qué les contesté exactamente. Sí recuerdo verlas cuchichear al otro lado de la piscina, mirándome de reojo y riéndose. Y entonces empezaron a acercarse, una por cada flanco.
La estrategia estaba clarísima: venían a quitarme el bañador. Frida se plantó delante para distraerme mientras Lina se colaba por detrás e intentaba bajármelo. Hice el paripé de forcejear un poco, pero la situación me ponía demasiado como para hacerme el duro de verdad. Mientras tiraba de la tela, Lina me rozó la polla varias veces, supongo que no del todo sin querer.
Me hice el ofendido y les pedí que me devolvieran el bañador. Ellas, cada vez más desobedientes, lo cogieron y lo lanzaron fuera de la piscina con todas sus fuerzas. Fue el mejor movimiento de la noche, porque me dio la excusa perfecta para salir del agua completamente desnudo y empalmado, y exhibirme un par de segundos delante de ellas mientras fingía buscar el dichoso bañador. Desde fuera vi cómo se miraban entre las dos y se relamían. No me quitaban el ojo de encima. Tengo una polla normal, dieciséis centímetros, pero por la cara que pusieron habríais dicho que era la primera que veían en su vida. Yo me hacía el despistado, aunque me estaba enterando de absolutamente todo.
Volví a meterme con la idea de devolverles la jugada y desnudarlas yo a ellas. Fui directo a por Lina y, antes de que la tocara, levantó las manos.
—Vale, vale, vale, me lo quito yo —dijo, y se deshizo de lo poco que le quedaba.
Justo en ese momento Frida decidió retirarse y dejarnos solos. Sin dramas, como si fuera lo natural. Y nos quedamos los dos desnudos en el agua, con todo cada vez más intenso. A veces me ponía detrás de ella y notaba cómo echaba el culo hacia atrás para buscarme. Otras se me subía a la espalda, otras nos quedábamos abrazados sin decir nada. Hasta que en una de esas le pedí que saliera y se sentara en los escalones.
No es algo que haga con cualquiera, pero cuando una chica me gusta de verdad y estoy a tope, me encanta bajar a comérselo con calma. La senté en el borde, le abrí las piernas y estuve ahí un buen rato, cambiando de ritmo, leyendo lo que le gustaba por cómo respiraba. Disfruté tanto viéndola disfrutar a ella que perdí la noción del tiempo. Cuando ya estaba cerca, me apartó la cabeza con suavidad.
—Déjame acabar a mí —susurró, y se terminó tocándose ella misma mientras yo la miraba.
Yo estaba durísimo. Me dijo que ahora me tocaba a mí, y le propuse subir a la habitación.
—¿Estás loco? —contestó—. Con todas las chicas durmiendo ahí, nos van a pillar.
Y esa es precisamente una de las cosas que más me han puesto siempre: hacerlo donde te pueden descubrir en cualquier momento. Acabamos metiéndonos en el baño de la cabaña, ese donde las paredes son prácticamente de papel. Nos metimos juntos en la ducha y se arrodilló delante de mí. No tenía muchísima experiencia, se le notaba, pero le ponía unas ganas que valían por todo lo demás, y estábamos sorprendentemente compenetrados.
—No aguanto más, fóllame aquí —me dijo al oído.
Y empezamos, contra la pared, justo al otro lado de donde dormían las demás. Le tapaba la boca con la mano para que no se le escapara ningún ruido y despertara a media cabaña. A los pocos minutos noté que no iba a durar mucho, de lo cargado que estaba. Cuando se lo dije, abrió mucho los ojos.
—¡Espera! —soltó, y se largó un segundo.
¿A dónde va esta ahora?
Volvió enseguida con el móvil en la mano. Quería grabar el final, decía que nadie le había acabado nunca en la cara y que quería llevarse ese recuerdo de la isla. Me pilló totalmente por sorpresa, nunca me había pasado algo así. Se arrodilló otra vez, volvió a metérsela en la boca y me pidió que diera al botón. A los pocos segundos terminé, y ella, sabiéndose grabada, se transformó por completo: se lo tragó todo y siguió como si la cosa no fuera con ella.
Dejé de grabar. Nos dimos una ducha juntos, medio enredados todavía entre risas, y nos fuimos cada uno a su litera como si nada. A la mañana siguiente crucé con Frida un buenos días de lo más normal, mientras Lina hacía la maleta para coger su ferry.
Y hasta aquí mi primer relato. Me he visto bastante torpe escribiéndolo, así que cualquier consejo es bienvenido. Prometo seguir mejorando para el siguiente. Gracias por llegar hasta el final.