El vecino con el que crecí volvió a mi vida
Me llamo Carla, tengo veintiún años y vivo en una casa pequeña de un barrio tranquilo, de esos donde todos se conocen por el nombre. Mi vida dio un vuelco cuando mis padres se separaron hace ya un tiempo: mi madre se mudó a otra ciudad con su nueva pareja y yo me quedé con mi padre, sobre todo por la universidad. Él trabaja como guardia de seguridad en turnos eternos, así que paso muchas horas sola. Siempre encontramos la manera de llenar ese vacío, pero últimamente nada me distrae tanto como los recuerdos de mi infancia. Y casi todos esos recuerdos tienen un mismo nombre: Mateo, mi vecino de al lado.
Mateo y yo crecimos juntos, con nuestras casas separadas únicamente por la reja de madera que saltábamos mil veces para jugar en el jardín del otro. Él es cinco años mayor, así que de niños me trataba como a una hermana menor. Jugábamos a las escondidas, armábamos fuertes con sábanas y almohadones, y nos contábamos secretos tumbados en el césped, mirando las estrellas en las noches calurosas de verano.
Recuerdo su risa fácil, cómo me subía a sus hombros para asomarme por encima del muro, y la forma en que me defendía de los chicos más grandes del barrio. A veces incluso me obligaba a armarme de valor para jugar con todos, en lugar de esconderme detrás de él. Pero todo cambió cuando entró en la secundaria. Se volvió más distante, y yo, que todavía iba a primaria, me sentí abandonada.
Nuestras familias también se distanciaron. Sus padres se separaron poco después que los míos, y su madre se marchó lejos, dejándolo a solas con su padre, un hombre algo huraño que trabajaba en turnos rotativos: una semana fuera, en una empresa de la costa, y otra semana en casa, durmiendo como un tronco.
Los años pasaron y perdimos el contacto. Yo crecí, me convertí en una mujer con curvas que empezaban a atraer miradas, y a él solo lo veía de lejos alguna vez, volviendo de la facultad con una mochila al hombro. Ahora, con veintiséis años, Mateo es un hombre alto y de espaldas anchas, con el pelo oscuro siempre despeinado y una sonrisa que todavía me hace temblar. Estudió diseño industrial y trabaja en un taller de muebles del centro. Sigue viviendo en la misma casa, aunque pasa la mayor parte del tiempo solo, gracias a los turnos de su padre.
***
Todo empezó hace unas semanas. Estaba en el supermercado del barrio, empujando un carrito lleno de provisiones, cuando lo vi en el pasillo de las bebidas. Llevaba una camiseta ajustada que marcaba sus hombros y unos vaqueros gastados que se le ceñían a las caderas. Nuestras miradas se cruzaron y, por un segundo, el tiempo se detuvo.
—¿Carla? —dijo, con una voz grave que no recordaba tan ronca.
Sonreí, nerviosa, y charlamos un rato sobre los viejos tiempos. Me contó que había terminado la carrera y que su padre estaba en uno de sus turnos largos, dejándole la casa para él solo. Yo le hablé un poco de mi vida, de la separación de mis padres, de la soledad de las tardes vacías. Antes de despedirnos, intercambiamos números de teléfono.
Desde entonces no paramos de escribirnos. Nada serio al principio: fotos de comidas caseras, memes sobre los personajes del barrio, anécdotas de cuando éramos críos. Pero en mi cabeza las fantasías eran otra cosa, implacables.
Por las noches, cuando mi padre roncaba en la habitación de al lado, me metía en la cama y dejaba que la imaginación volara hacia él. Imaginaba su cuerpo apretado contra el mío, sus manos grandes recorriéndome la piel. Soñaba con besarlo en el porche de su casa, con la vieja reja de madera como único testigo. ¿Qué se sentirá tener su aliento en el cuello, su peso encima de mí?
Esas imágenes me mantenían despierta, encendida y ansiosa, mordiéndome el labio para no hacer ruido. Mateo era el chico que siempre quise, el amigo que se había transformado en un hombre imposible de ignorar. Y ahora que nos habíamos reencontrado, no podía dejar de preguntarme si él sentiría lo mismo.
***
Un viernes por la tarde, mientras el sol teñía el cielo de naranja, llegó su mensaje: «Mi viejo se va mañana de turno. ¿Te animas a venir a ver una peli? Como en los viejos tiempos». El corazón se me disparó. Respondí que sí y dediqué el resto del día a prepararme.
Me duché con calma, me puse un vestido ligero de algodón que se ajustaba al pecho y a las caderas, y me maquillé apenas, lo justo. Cuando crucé la reja esa noche, con el aire tibio del verano envolviéndome, sentí un cosquilleo en el estómago. Mateo abrió la puerta con una sonrisa enorme, vestido con una camiseta gris y un pantalón corto de deporte.
—Pasa. La casa es toda tuya… y mía —dijo, guiñándome un ojo.
Entramos al salón, que no había cambiado demasiado: el sofá viejo, el televisor enorme, algún póster descolorido en las paredes. Su padre había dejado todo impecable antes de irse, y un olor a pizza recién hecha flotaba en el aire. Pusimos una película de acción, algo ligero, pero ninguno de los dos prestaba verdadera atención.
Estábamos sentados cerca, con las rodillas rozándose, y cada contacto me enviaba una corriente por todo el cuerpo. Hablamos de todo: de cómo había cambiado el barrio, de nuestras familias rotas, de lo solos que nos sentíamos a veces.
—Siempre fuiste mi mejor amiga —me dijo, mirándome a los ojos.
—Pero fuiste tú quien se alejó —respondí en broma, aunque la voz me salió más ronca de lo que pretendía.
La tensión fue creciendo minuto a minuto. Cuando la película terminó, nos quedamos en silencio, con el aire cargado de algo eléctrico. Mateo se inclinó hacia mí y yo no me aparté. Sus labios tocaron los míos, suaves al principio, después urgentes.
El beso fue como prender fuego a algo que llevaba años guardado. Sus manos se posaron en mi cintura y me atrajeron hacia él, mientras mi cuerpo respondía con un calor que me hacía jadear. Nos besamos como si hubiéramos estado esperando aquello toda la vida, con las lenguas enredadas y la respiración entrecortada.
***
Me levantó en brazos sin esfuerzo y me llevó por el pasillo hasta su habitación. La cama era amplia, con las sábanas revueltas, y la luz de la luna entraba por la ventana abierta. Me dejó caer despacio y se quitó la camiseta, dejando a la vista un torso firme, marcado por las horas de trabajo en el taller.
Yo me incorporé y tiré del vestido por encima de mi cabeza, quedando solo en ropa interior. Sus ojos se oscurecieron de deseo mientras se acercaba, besándome el cuello, bajando hacia la clavícula.
—Eres preciosa —murmuró contra mi piel.
Sus manos me desabrocharon el sujetador y liberaron mis pechos. Los besó, jugó con mis pezones con la lengua hasta que se endurecieron, haciéndome arquear la espalda. Gemí su nombre, con los dedos enredados en su pelo. Bajó más, besándome el vientre, deslizando mi última prenda por los muslos.
Me abrió las piernas con una suavidad que contrastaba con el hambre de su boca. Su lengua dibujaba círculos lentos alrededor del clítoris, primero con cuidado, después con más fuerza. Sentí el placer subir como una ola, mis caderas moviéndose contra su rostro.
—Mateo… —jadeé, mientras él introducía un dedo, luego dos, curvándolos dentro de mí hasta que me deshice en un orgasmo que me dejó temblando.
No me dio tiempo a recuperarme. Se puso de pie y se quitó el pantalón corto. Lo miré, fascinada, y me arrodillé frente a él. Lo tomé con la mano, acariciándolo despacio de abajo hacia arriba, sintiendo cómo palpitaba. Lo lamí, saboreando su piel, y después lo envolví con los labios, moviendo la cabeza con un ritmo constante.
Mateo soltó un gruñido, con las manos en mi pelo, guiándome sin prisa.
—Así… qué bien lo haces —dijo entre dientes.
Lo chupé más profundo, con los labios estirados alrededor de él, hasta que me detuvo, jadeante.
—Espera, no quiero terminar todavía.
***
Sacó un preservativo del cajón de la mesita de noche, lo abrió y se lo colocó con manos algo temblorosas. Me tumbó en la cama y se acomodó entre mis piernas. Entró despacio, centímetro a centímetro, llenándome por completo. Gemí alto cuando estuvo del todo dentro, sintiéndome estirada de una forma deliciosa.
Empezó a moverse con un ritmo firme, sus caderas chocando contra las mías. Yo le clavaba las uñas en la espalda, con las piernas alrededor de su cintura, pidiéndole más sin palabras. Cambiamos de posición: me puse encima, montándolo, sintiendo cómo llegaba más hondo. Me mecía sobre él mientras me sujetaba las caderas y me miraba como si no existiera nada más en el mundo.
Después me giró y me penetró desde atrás, con una mano frotándome el clítoris hasta que otro orgasmo me sacudió de arriba abajo. Mateo aceleró, con embestidas cada vez más intensas, hasta que se tensó por completo y terminó con un gemido ahogado, repitiendo mi nombre.
Nos derrumbamos juntos sobre las sábanas, sudados y sin aliento, con sus brazos rodeándome.
—Esto es solo el principio —susurró contra mi pelo.
Y supe que tenía razón. Nuestras vidas, tan cercanas y tan entrelazadas desde la infancia, acababan de unirse de una manera completamente nueva. Esa misma reja que saltábamos de niños seguía ahí afuera, en la oscuridad, guardando ahora un secreto mucho más grande que cualquiera de los que nos contábamos bajo las estrellas.