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Relatos Ardientes

Me bronceaba desnuda cuando él apareció

El sol de la tarde caía a plomo sobre la finca. Desde la terraza principal, la música electrónica retumbaba con ese ritmo machacón que Marina ya no soportaba. El choque de las copas de cristal, las risas demasiado altas, el olor dulzón del perfume caro mezclado con el cloro de la piscina y el humo de la marihuana que algunos fumaban sin disimulo habían terminado por hartarla del todo.

Llevaba casi dos horas fingiendo que se divertía. Sonrisas vacías, besos al aire en mejillas de gente que apenas conocía, conversaciones sobre yates y fondos de inversión que le entraban por un oído y le salían por el otro. A sus veintiséis años ya estaba cansada de ser la hija perfecta de los Solanes, la heredera a la que todos miraban con una mezcla de envidia y deseo.

Necesitaba aire. Necesitaba silencio.

Descalza, con los pies hundidos en un césped perfectamente cortado, caminó hacia el fondo de la propiedad. El terreno era enorme, cercado por un viejo muro de piedra que delimitaba el lado sur. Nadie solía acercarse hasta allí. Era su rincón secreto desde que era una adolescente.

El muro no era especialmente alto. En un lateral, casi invisible entre la hiedra, había una escalera de piedra irregular que solo ella conocía. Subió con facilidad, sintiendo el calor de las losas bajo las plantas de los pies. Arriba, la repisa era ancha, lo bastante para sentarse cómoda con las piernas colgando hacia el camino exterior.

Marina miró atrás un segundo. La fiesta seguía allá, a lo lejos: cuerpos bronceados, biquinis de marca, hombres con la camisa abierta enseñando pectorales trabajados en el gimnasio. Nadie miraba en su dirección.

Mejor. Así estaré más tranquila.

Se desató el nudo del biquini blanco que apenas le cubría los pechos. La tela cayó a un lado, sobre la piedra caliente. Sus pechos quedaron libres, firmes y redondos, con los pezones ya endurecidos por el roce del aire. Sin pensarlo dos veces, enganchó los pulgares en los laterales de la braga y la deslizó por las caderas. La tela minúscula bajó por sus muslos tonificados y quedó enredada en uno de sus tobillos. Estaba completamente desnuda.

Se sentó en el borde del muro, con el culo apoyado en la piedra ardiente, y abrió las piernas sin pudor, dejando que el sol del mediodía le diera de lleno en el sexo. El calor fue inmediato e intenso.

Echó la cabeza hacia atrás, cerró los ojos y dejó escapar un suspiro largo.

—Joder… —murmuró para sí.

El viento cálido le pasó entre las piernas como una lengua invisible. Sintió cómo el clítoris empezaba a despertar, hinchándose despacio bajo el sol. Una gota de sudor resbaló desde su cuello, bajó entre los pechos, recorrió su vientre plano y se detuvo justo encima del pubis antes de seguir su camino y deslizarse entre los pliegues de su sexo.

Pensó en lo ridícula que era su vida. Toda aquella gente fingiendo que eran amigos, fingiendo que les importaba algo más que el dinero y el estatus. Nadie la conocía de verdad. Nadie la había tocado nunca como ella necesitaba: con hambre, con rudeza, sin pedir permiso.

Fantaseaba a menudo con eso. Con ser solo un cuerpo. Con que alguien la usara sin miramientos.

Sus dedos rozaron el clítoris en círculos lentos. Estaba empapada. Notaba la humedad brillar en su entrada y resbalar hacia abajo. Introdujo la punta de un dedo dentro de sí misma y gimió bajito, mordiéndose el labio inferior.

Retiró la mano, respirando agitada. Los pezones duros, el sexo abierto y reluciente, los labios hinchados y enrojecidos por el sol y la excitación, y la braga aún colgando del tobillo derecho.

Se recostó un poco hacia atrás, apoyando las manos en la piedra caliente, y dejó que el sol siguiera bañándole el sexo, que el calor la penetrara entera.

Entonces lo oyó. Unos pasos sobre la tierra del camino que discurría justo debajo del muro.

Apareció un desconocido caminando por el estrecho sendero rural que bordeaba la finca. Era alto, de hombros anchos, la piel morena por el sol, el pelo negro revuelto y una barba de tres días que le daba un aire peligroso. Llevaba unos vaqueros gastados y una camiseta negra ajustada que marcaba unos brazos fuertes y un pecho duro.

Levantó la vista.

Sus ojos oscuros se clavaron directamente en ella. En sus pechos desnudos. En sus piernas abiertas. Y, sobre todo, en su sexo completamente expuesto al sol y a su mirada.

Marina sintió un latigazo de vergüenza y de excitación al mismo tiempo. Abrió la boca para decir algo, pero las palabras no salieron.

Él se detuvo justo debajo de ella. Ella intentó cerrar las rodillas por instinto, pero él fue más rápido.

Sin decir una sola palabra, alzó las manos grandes y morenas y le agarró los tobillos con firmeza. Tenía los dedos fuertes y callosos. Tiró de ella hacia el borde de la repisa, obligándola a sacar más el culo por fuera del muro. Marina abrió la boca para protestar, para preguntarle qué demonios hacía, pero antes de que pudiera articular nada él ya había hundido la cabeza entre sus piernas.

El primer contacto fue solo su aliento. Sopló directamente sobre su sexo. Ella se estremeció. Y entonces, sin previo aviso, sacó la lengua y la pasó despacio desde abajo hasta el clítoris.

Un gemido ronco escapó de la garganta de Marina.

—Ah… joder…

Él no contestó. No levantó la vista. Repitió el movimiento, recogiendo la humedad que ya le chorreaba. Lamió sus labios hinchados, saboreándolos como si fueran una fruta madura. Después los separó con la punta de la lengua y entró más adentro, recorriendo las paredes internas, rosadas y empapadas.

Marina echó la cabeza hacia atrás y clavó las uñas en la piedra caliente. El sol le quemaba los pechos, pero todo su cuerpo parecía concentrado entre las piernas. La lengua de aquel hombre era gruesa, hábil, terriblemente voraz. Atrapó uno de sus labios entero en la boca y tiró de él con suavidad. Luego hizo lo mismo con el otro.

El sonido húmedo y obsceno de la succión llenaba el aire silencioso de la tarde.

Marina notaba su sexo hincharse más y más bajo aquella boca. La humedad le resbalaba hacia el culo y él la recogía con la lengua, sin desperdiciar nada.

De pronto le metió la lengua dentro. No fue un lametón suave, sino una embestida: la metió hasta donde pudo, rígida, y empezó a follarla con ella. A Marina se le doblaron los dedos de los pies.

—Dios… sí… así… —jadeó, aunque ya sabía que él no iba a responderle.

Él gruñó contra su carne. El sonido vibró directamente en su clítoris y la hizo arquear la espalda. Entonces cambió de táctica. Apartó la lengua y la concentró en el botón hinchado, rodeándolo en círculos rápidos, mientras dos de sus dedos gruesos se colocaban en la entrada.

Se los metió de golpe.

Marina soltó un grito ahogado. Dos dedos grandes y ásperos la abrieron sin contemplaciones mientras la boca le succionaba el clítoris con fuerza, tirando de él, lamiéndolo sin descanso. El ritmo era brutal.

Él le separó más las piernas, empujándolas hacia los lados. Ahora el culo también quedaba completamente expuesto. Sin detener el movimiento de los dedos, bajó un poco la cabeza y le pasó la lengua por el ano.

Marina se tensó.

—Oh, mierda… no… sí… joder…

La lengua rodeó la entrada apretada, la lamió con hambre, presionó intentando entrar. Era sucio, era obsceno, y precisamente por eso la estaba volviendo loca. Mientras tanto, los dedos seguían trabajándola por dentro, cada vez más rápido.

Sintió llegar el primer orgasmo.

—No… espera… voy a… ¡ah!

Se corrió con fuerza. Su sexo se contrajo violentamente alrededor de los dedos del desconocido. Una oleada caliente la sacudió de arriba abajo. Él no se apartó. Siguió chupando el clítoris mientras ella temblaba y gemía, intentando no gritar demasiado fuerte para que no la oyeran desde la fiesta.

Pero él no le dio tregua. Apenas terminó el primer orgasmo, sacó los dedos y volvió a meter la lengua dentro de ella, follándola de nuevo. Luego subió al clítoris y lo succionó con más fuerza, casi con rabia, y esta vez le metió tres dedos.

El segundo orgasmo fue todavía más intenso. Le subió desde el vientre como una ola. Las piernas le temblaban sin control. Intentó cerrarlas, pero él se lo impidió con sus manos fuertes.

—Voy a correrme otra vez… por favor… no pares… no pares…

No paró.

Le succionó el clítoris como si quisiera arrancárselo y le hundió los dedos hasta el fondo, curvándolos salvajemente contra el punto exacto, hasta que Marina estalló.

Esta vez sí gritó. Un grito largo y ronco que intentó ahogar mordiéndose el antebrazo. Su sexo se contrajo en espasmos violentos y un chorro claro y abundante le cayó a él directamente en la barba y el pecho. Las contracciones eran tan fuertes que parecía que su cuerpo intentara succionarle los dedos hacia dentro.

Él siguió lamiendo con suavidad unos segundos más, recogiéndolo todo, como si no quisiera desperdiciar ni una gota. Después, despacio, sacó los dedos. Le dio un último lametón largo, de abajo hasta el clítoris, y se apartó.

Marina quedó jadeando, con la boca abierta, el pecho subiendo y bajando a toda velocidad, los pechos brillantes de sudor.

Él se incorporó. Se limpió la boca y la barbilla con el dorso de la mano y la miró fijamente a los ojos por primera vez desde que había empezado. Su mirada era oscura, intensa, casi animal. Tenía los labios hinchados y húmedos.

No dijo nada.

Simplemente dio un paso atrás, se dio la vuelta y siguió caminando por el camino de tierra como si nada hubiera pasado. Como si no acabara de devorar a una desconocida hasta hacerla correrse dos veces.

***

Marina se quedó sentada en la repisa de piedra, con las piernas todavía abiertas, el sexo palpitando, la braga enredada en un tobillo y el sol quemándole la piel sensible.

Su respiración tardó casi un minuto en normalizarse.

—Joder… —susurró con la voz ronca.

Con esfuerzo, se incorporó un poco. Las piernas le temblaban. Bajó la vista y vio la mancha oscura que había dejado en la piedra, un charco irregular de humedad, saliva y sudor. Se pasó una mano entre las piernas con cuidado. Al rozarse los labios hinchados soltó un gemido bajito. Estaba tan sensible que el simple contacto le dolía y le gustaba al mismo tiempo. Recogió un poco de aquella humedad con los dedos y, sin pensarlo, se los llevó a la boca. Saboreó la mezcla salada y dulce de su propio cuerpo con la saliva de aquel desconocido.

Sonrió con los ojos cerrados.

Se tomó su tiempo para recomponerse. Primero se subió la braga del biquini. La tela blanca se le pegó al sexo como una segunda piel. La sensación fue inmediata: apretaba contra el clítoris hinchado y los labios inflamados, rozándolos con cada movimiento. Sabía que caminar iba a ser una tortura deliciosa.

Se ató la parte de arriba con unos dedos todavía inseguros. Las copas blancas apenas contenían los pezones, que seguían duros y marcados bajo la tela fina. Se pasó las manos por el pelo, intentando arreglarse un poco, y bajó del muro por la escalera de piedra con las piernas temblando.

Cuando llegó al césped del jardín, la fiesta seguía exactamente igual. La música retumbaba, la gente reía, las copas chocaban. Nadie parecía haber notado su ausencia. Nadie parecía saber que, a menos de cien metros, un desconocido le había comido el coño hasta hacerla correrse dos veces como nunca en su vida.

Una amiga de su círculo la vio y le hizo un gesto con la mano.

—Marina, ¿dónde estabas? Te hemos buscado para las fotos.

—Tomando el sol —respondió con una sonrisa tranquila, la primera auténtica de toda la tarde.

La chica la miró un segundo más de lo normal, como tratando de averiguar si había algo detrás de aquellas palabras, pero no dijo nada, y Marina siguió caminando.

Se sirvió una copa de champán frío en la barra junto a la piscina. El contraste del cristal helado contra sus dedos calientes la hizo suspirar. Se sentó en una hamaca blanca, bajo una sombrilla, y cruzó las piernas con cuidado.

El champán estaba delicioso. Frío, burbujeante, caro.

Abrió ligeramente las piernas, solo unos centímetros, lo justo para que la brisa cálida de la tarde le acariciara el sexo a través de la tela mojada. Sintió un latido nuevo. El clítoris, todavía sensible, respondió al roce del aire y de la braga empapada.

Miró hacia el fondo de la finca, hacia el muro de piedra que ahora parecía inocente bajo el sol. El camino exterior estaba vacío. Ni rastro del desconocido. Ni siquiera sabía su nombre. Ni su voz. Solo recordaba el calor de su aliento, la anchura de su lengua, la fuerza de sus dedos y la manera en que la había devorado sin pronunciar una palabra.

Se mordió el labio inferior. Sabía que al día siguiente volvería. A la misma hora. Al mismo sitio. Se pondría otro biquini igual de corto, se sentaría en el mismo borde de piedra y, simplemente, esperaría.

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