Consolé a mi mejor amigo la noche que lo dejaron
Perdí la cuenta de las veces que vi a Mateo derrumbarse por una mujer. Siempre la misma escena: él hundido en el sofá, con la mirada perdida, repitiendo en voz alta preguntas que nadie podía responderle. No es que no me importara. Me importaba demasiado. El problema era que mi mejor amigo tenía un talento increíble para elegir exactamente a la persona equivocada.
Y esa noche no fue distinta. Otra chica más en una lista que ya era larga. La fiesta de despedida que habíamos armado en su departamento se fue apagando hora tras hora, y cuando el último invitado cerró la puerta, quedamos los dos solos entre vasos sucios y restos de hielo derretido.
—Quedate un rato más —me pidió, aunque no hacía falta que lo dijera.
Nunca lo dejaba solo en esos estados. Llevábamos cinco años conociéndonos, desde la facultad, y había algo entre nosotros que iba más allá de la amistad común. Una confianza absoluta. Por eso me senté de nuevo, abrí dos cervezas frías y le pasé una.
Él bebía rápido, casi sin notarlo, mientras yo intentaba arrancarle una sonrisa. Pero el tema de la ruptura era un pozo sin fondo, y después de media hora dando vueltas sobre lo mismo, me cansé. Decidí cambiar el rumbo de la noche con una pregunta que no medí del todo.
—¿Y en la cama? ¿Funcionaban?
Mateo levantó la cabeza, sorprendido.
—¿Qué?
—Lo que escuchaste. ¿Cómo era con ella?
Se quedó callado un segundo, revolviendo la lata entre las manos.
—La verdad… me dejaba todo el trabajo a mí. Como si estuviera haciéndome un favor.
No pude evitar reírme por dentro. Conocía a tipos que aguantaban cualquier desplante con tal de estar con alguien que supiera moverse. Mateo no era de esos. Él necesitaba sentir, conectar, que del otro lado hubiera ganas reales. Tenía que haber algo más detrás de tanta frustración acumulada.
Esto se está poniendo interesante, pensé, y fui a la heladera por dos cervezas más.
—Te propongo algo —dije al volver—. Juguemos a las preguntas. Una y una. Sin mentiras y sin enojarse por lo que salga.
Aceptó encogiéndose de hombros. Al principio fueron cosas tontas, anécdotas viejas, secretos que ya casi no eran secretos. Pero las latas se acumulaban en la mesa ratona y el alcohol fue aflojando la lengua de los dos. Yo ya sentía esa tibieza pesada en la cabeza, esa en la que las palabras salen antes de pensarlas.
Fue él quien subió la apuesta.
—¿A las chicas les gusta de verdad… hacerlo con la boca? —preguntó sin mirarme, como un chico avergonzado.
—Nos encanta —respondí sin dudar—. A muchas nos pone muchísimo. Ver cómo el otro lo disfruta, cómo pierde el control… es un poder enorme.
—A mí nunca me lo hicieron —soltó casi en un susurro—. Ninguna. Nunca.
Y en ese instante algo se ordenó en mi cabeza con una claridad que el alcohol no debería haber permitido. Mi mejor amigo, el chico bueno que coleccionaba decepciones, jamás había sentido eso. Me pareció una injusticia. Una de esas que una puede arreglar.
***
—¿Te excitaría si te lo hiciera yo? —pregunté, y mi propia voz me sonó extraña, más grave de lo normal.
Mateo giró la cabeza de golpe. Me buscó los ojos para confirmar si hablaba en serio. No aparté la mirada.
—Romina… —dijo apenas.
—Es una pregunta. Estamos jugando, ¿no? Contestá con la verdad. ¿Te pondrías duro si yo te la chupara ahora mismo?
Tragó saliva. Vi cómo subía y bajaba su garganta.
—Sí —admitió—. Joder, sí.
Me levanté con el corazón golpeándome el pecho y me encerré un momento en el baño. Apoyé las manos en el lavabo y me miré al espejo. Tenía las mejillas encendidas y, cuando me llevé una mano entre las piernas, comprobé que la ropa interior estaba completamente húmeda. ¿De verdad vas a hacer esto? Era mi amigo. El único con el que podía contar siempre. Si salía mal, perdería lo más valioso que tenía.
Pero el deseo pesaba más que el miedo. Llevaba años queriéndolo sin permitírmelo, escondiéndolo detrás de la palabra «amistad» como detrás de un escudo. Me retoqué el labial, me solté el pelo y respiré hondo. Salí decidida.
Cuando volví al living, lo encontré con la cara descompuesta por la duda. Estaba arrepentido antes de que pasara nada.
—Escuchá, Romi, mejor lo dejamos acá —dijo levantando las manos—. No quiero arruinar lo nuestro. Sos lo más importante que tengo.
No lo dejé terminar. Me incliné y lo callé con un beso. No fue un beso tímido ni de prueba. Fue un beso de años, de todo lo que nunca nos habíamos dicho. Él se resistió apenas un segundo y después me devolvió el beso con una urgencia que me sorprendió, hundiendo una mano en mi nuca.
Lo empujé despacio contra el respaldo del sofá. Tiré un almohadón al piso, me arrodillé frente a él y empecé a desabrocharle el cinturón. Sus ojos seguían cada movimiento de mis manos como si no pudiera creer lo que veía.
—¿Alguna vez te imaginaste esto? —le pregunté en voz baja—. ¿A mí, así, entre tus piernas?
No contestó. Solo respiraba fuerte, con el pecho subiendo y bajando demasiado rápido. Le bajé el pantalón y después el bóxer, y su erección quedó libre, dura y caliente. Apenas la rodeé con la mano, sentí cómo latía contra mi palma.
—¿Nunca pensaste en tenerme de rodillas para vos? —susurré mientras lo acariciaba con un ritmo lento, casi cruel.
—Dios… no sigas hablando así —jadeó—. Me vas a hacer terminar solo con la voz.
Me reí bajito, encantada con el efecto que tenía sobre él. Bajé la cabeza y le di una lamida larga, lenta, desde la base hasta la punta. Sabía limpio, masculino, exactamente como había imaginado tantas noches a solas. Una gota ya brillaba en la punta y la recogí con la lengua sin dejar de mirarlo a los ojos.
—¿Entonces? —pregunté deteniéndome a propósito—. ¿Querés que siga o no?
Asintió desesperado, incapaz de articular una palabra.
Me la metí entera de una sola vez. Gruñó fuerte y echó la cabeza hacia atrás, hundiendo los dedos en mi pelo sin tirar, solo sosteniéndose de mí. Empecé despacio, profundo, moviendo la lengua alrededor de la cabeza en cada subida. No usé las manos. Quería que sintiera únicamente el calor de mi boca, sin atajos.
Mientras tanto, con una mano me desabroché el pantalón y la deslicé dentro de mi ropa interior. Estaba empapada. Empecé a tocarme al mismo ritmo que lo chupaba, y cada gemido suyo me llegaba directo, encendiéndome más.
—Quiero que me mires —le dije, sacándomela apenas un segundo de la boca.
Bajó la vista y me clavó los ojos. Verme así, tragándomela y tocándome al mismo tiempo, lo volvió loco. Empezó a empujar suave con las caderas, buscando más profundidad, y yo se lo permití, relajando la garganta para recibirlo entero.
—No vas a aguantar mucho —murmuré entre lamida y lamida—. Lo siento en cómo late.
—No… no puedo —balbuceó—. Romi, me voy a…
Aceleré. Lo succioné más fuerte, marcando un ritmo firme, mientras mis propios dedos se movían rápidos entre mis piernas. Sentí que su cuerpo entero se tensaba, que las piernas se le ponían rígidas bajo mis manos.
Terminó con un gemido ronco, derramándose en mi boca en varias oleadas calientes y espesas. Tenía mucho guardado, demasiado. Tragué casi todo, aunque algo se me escapó por la comisura. Yo llegué casi al mismo tiempo, con un temblor que me recorrió completa y me obligó a apoyar la frente en su muslo para no caerme.
Levanté la cara con los labios brillantes y le sonreí. Él me miraba con una mezcla de asombro y devoción que nunca le había visto.
***
Me senté a su lado y me recosté con la cabeza sobre su regazo. Su respiración fue calmándose de a poco mientras me acariciaba el pelo en silencio. Ninguno de los dos se animaba a hablar primero, como si las palabras pudieran romper lo que acababa de pasar.
—¿Y ahora? —preguntó al fin, con la voz ronca.
—Ahora nada —contesté sonriendo—. Ahora sabés lo que se siente. Y yo me saqué una espina de años.
Se rió bajito, sorprendido por mi sinceridad. Me apretó un poco más contra él, y entendí que nada se había roto. Al contrario. Habíamos abierto una puerta que los dos llevábamos demasiado tiempo fingiendo no ver.
Entre el cansancio, el alcohol tibio y el calor de su cuerpo, los párpados se me fueron cerrando. Le di un último beso suave, casi un agradecimiento, y me quedé dormida ahí mismo, en el lugar donde durante cinco años había dicho que solo éramos amigos.
A la mañana siguiente, cuando abrí los ojos con la luz entrando por la ventana, él ya estaba despierto, mirándome con una sonrisa distinta. No la del chico derrotado de la noche anterior. Una sonrisa nueva, que me reservaba solo a mí. Y supe, sin necesidad de decirlo, que esa madrugada no iba a ser la última.