Me escondí con un desconocido en plena reunión familiar
Me llamo Renata, tengo veintitrés años y siempre dije que era la tímida de la familia. Esta vez quiero contar lo que hice una tarde de domingo, escondida del resto de la casa, mientras abajo todos brindaban por una boda. Llegué a esa reunión todavía agitada por una mañana intensa, con el coño hinchado de haberme masturbado dos veces antes de salir, y supongo que esa fue la razón de que la temperatura se me disparara tan rápido.
Mi hermano mayor había organizado una comida en casa para anunciar que se casaba. Su novia, Carla, le había dicho que sí, y por eso vino también toda la familia de ella. En casa éramos cinco —mis padres y mis dos hermanos— y por parte de Carla eran cuatro, así que íbamos a ser nueve sentados a la mesa.
Yo llegué pasada la una de la tarde. Esperaba encontrar la casa vacía un rato, pero mis padres se me adelantaron por mala suerte. Mi madre, apenas me vio entrar, me puso a ordenar con ella. Como soy yo la que limpia todos los días, no había mucho que hacer: solo recoger lo que estaba fuera de sitio y devolverlo a su lugar.
Cuando terminamos, me mandó a arreglarme porque mi hermano ya no tardaba en llegar con Carla y los suyos. Subí, me duché y me puse un vestido amarillo que apenas me tapaba las rodillas. Debajo, un tanga blanco diminuto y un sostén a juego que apenas me contenía las tetas. Bajé otra vez al salón y ya estaban todos repartidos por los sillones.
Mi hermano me llamó para presentarme. Fui saludando uno por uno, y para cuando le di la mano a los padres de Carla ya tenía la cara roja. Mis hermanos siempre me hacen pasar esos momentos solo para reírse de mí. Pero todavía faltaba alguien: un chico sentado aparte, en el sillón individual.
Un par de veces cruzamos la mirada y los dos nos pusimos colorados. Y otro par de veces lo descubrí estudiándome las piernas, disimuladamente, sin perderse un detalle. Después de la mañana que había tenido, esa mirada me volvió a subir la sangre a la cara y a otros sitios, aunque él seguía siendo un completo desconocido. Sentí cómo se me apretaban los pezones bajo la tela y cómo el coño me empezaba a humedecer el tanga.
Mi hermano me llevó directo hacia él. Yo tenía las palmas sudadas y a él se le notaba la misma vergüenza.
—Renata, este es tan penoso como tú —dijo mi hermano, riéndose—. Te presento al hermano de Carla. Se llama Andrés.
—Andrés, esta es mi hermana, la callada de la casa. Es la que tiene los videojuegos que te comenté.
Nos miramos apenas unos segundos y nos dijimos un «hola» casi inaudible. Mi hermano se divertía con nuestras caras.
—Renata, ¿por qué no le subes a Andrés y le pones algún juego? Así no se aburre mientras esperamos la comida.
La verdad es que era guapo. Tenía algo en los ojos que me hacía volver a mirarlo una y otra vez. Y solo de pensar que iba a estar a solas con un chico dentro de mi habitación —el mismo que un minuto antes me espiaba las piernas— sentí un hormigueo en el vientre. Era una sensación excitante, y me estaba poniendo cachonda otra vez. El coño me palpitaba tan fuerte que juraría que se me escuchaba desde afuera.
Asentí y caminé hacia la escalera. Me detuve un instante esperándolo, porque ni siquiera le había dicho que me siguiera. Cuando me alcanzó, empezamos a subir.
Andrés, haciéndose el caballero, movió la mano para que pasara yo primero. Pero mi instinto me decía que en realidad quería verme mejor por debajo del vestido. Le di las gracias y empecé a subir los escalones.
Para ese momento ya no mandaban mis nervios, sino mis ganas. Si lo que él pretendía era mirar bajo mi vestido, yo iba a dejarle ver todavía más. Seguí actuando como la chica ingenua que todos creen que soy, subiendo casi a la carrera los primeros escalones, sin sujetarme la tela, dándole ventaja de altura y una vista mucho mejor. Sabía perfectamente que desde su ángulo se me tenía que ver el tanga blanco pegado al coño y las nalgas bailando bajo la falda.
A mitad de la escalera me giré. Él tenía la mirada clavada justo donde yo imaginaba. Al verse descubierto se puso rojo, con cara de susto, y me miró a los ojos. Yo le sonreí, para que entendiera que no me molestaba en absoluto que mirara.
Seguí subiendo despacio para mantener la distancia y que pudiera seguir viéndome las piernas hasta arriba. Cuando llegó, le señalé cuál era mi cuarto y le pedí que me siguiera. Apenas di un paso y me giré para sonreírle otra vez, pero él iba mirándome el trasero, tan perdido que ni notó que lo había pillado. Vi cómo se le empezaba a marcar un bulto en el pantalón, esa polla creciendo por mi culpa, y se me escapó una sonrisa.
Me puso muy caliente verlo así. Era la primera vez que alguien me observaba con tanta atención, y saber que estaríamos solos los dos, encerrados, con un chico guapo que apenas conocía, me derretía por dentro. De algo estaba segura: si él se insinuaba, yo no iba a frenarlo. Ya tenía el tanga empapado, con el flujo escurriéndose por la cara interna de los muslos.
Tal vez salga la otra Renata, la que no se controla, pensé. Tenía que seguir aparentando ser la niña buena, pero por dentro me moría por saber hasta dónde quería llegar Andrés y cuánto se atrevería a corromper mi cara de inocente. Quería su polla. Quería mamársela hasta que me llenara la boca de leche, quería que me follara contra el colchón, quería sentirlo hundido en el coño hasta el fondo.
Llegamos a la puerta cerrada. Respiré hondo para controlar el temblor y la abrí.
—Entra, ponte cómodo —le dije.
En mi cuarto no había dónde sentarse más que en la cama. Andrés iba con un pantalón deportivo negro y una camiseta larga del mismo color. Se sentó en la orilla del colchón, frente al televisor. Yo seguía midiendo cada gesto para parecer tranquila, y cada vez que lo descubría mirándome le devolvía una sonrisa enorme.
No aguanté mucho. Me levanté y caminé hasta el mueble del televisor, sintiendo su mirada en la espalda todo el camino. Los juegos estaban en el último cajón. Me puse de espaldas a él y, en lugar de doblar las rodillas, me incliné con el trasero levantado y las piernas un poco abiertas. Sabía que desde ahí se me veía el tanga blanco marcando la raja del coño, la tela pegada por la humedad, dejando adivinar los labios hinchados.
—¿A qué quieres jugar? Tengo todos estos, elige uno —dije sin girarme del todo.
Tomé varios y me incorporé para mostrárselos. Él no se había movido; tenía una pierna cruzada y una mano apoyada sobre la entrepierna. Supe que ya estaba duro. Me acerqué con la misma sonrisa de siempre, le entregué los juegos para que los sujetara con las dos manos —ya nada lo tapaba— y me arrodillé frente a él, justo entre sus piernas, fingiendo que solo le ayudaba a elegir.
El bulto se le marcaba enorme, tenso, dibujando la forma completa de la polla por debajo del pantalón deportivo. Se le veía la cabeza redondeada apuntando hacia el ombligo y la caña gruesa bajando por el muslo. Se me hizo agua la boca. Hice un esfuerzo enorme por no tocarlo. Apreté los puños hasta sudar, sostuve la sonrisa y mantuve los ojos fijos en los juegos que tenía en las manos. No sé cómo logré parecer tan ingenua mientras lo iba llevando, sin que se notara, a un punto en el que ya no disimulaba el deseo.
—Este me encanta —dije, aprovechando para pasar la mano por encima de su muslo, como si solo señalara la carátula—. Cuando tenía tiempo me lo pasaba jugando el día entero.
Sentí bajo mis dedos cómo la polla le dio un latigazo debajo del pantalón, un movimiento involuntario que me hizo apretar los muslos. Él eligió uno. Fingí una emoción exagerada, apoyé las dos palmas sobre sus piernas, muy cerca del bulto marcado, y me impulsé para ponerme de pie. Llevé el juego a la consola y me volví a inclinar para colocarlo, dejándole otra vez la vista de mi trasero. Levanté la cabeza y lo vi reflejado en la pantalla apagada: me miraba perdido mientras, con la otra mano, se frotaba por encima del pantalón.
Todo ese juego de exhibirme y seguir fingiendo que no pasaba nada me estaba gustando demasiado. Busqué el mando con calma a propósito, modelando cada postura, regalándole la mejor vista de mi cuerpo. El coño me chorreaba, ya no era humedad discreta: era un charco tibio empapando el tanga.
***
Para taparse el bulto, Andrés se puso los otros juegos encima. Vi la oportunidad y no la dejé pasar.
—Perdona, te dejé cargando todo —dije, y metí la mano por debajo del juego de arriba, entre el cartón y su erección.
Dio un pequeño salto en el colchón cuando lo rocé. La tenía durísima. Con los dedos alcancé a palparle la caña entera, dura como piedra, palpitando bajo la tela, y hasta noté una mancha húmeda en la punta donde el pre-semen se había filtrado. Yo seguía con mi cara de santa, y aunque los dos sabíamos perfectamente lo que mi mano acababa de tocar, actué como si nada. Encendí el televisor, le di el mando y dejé que empezara a jugar.
Andrés se fue relajando, ganando confianza. Se recostó un poco contra la pared con las piernas estiradas, y entonces fui yo la que se dedicó a mirarlo. Sobre la tela del pantalón se dibujaba con total claridad la forma de su erección, cada vez más evidente. La punta gruesa se le clavaba contra el elástico, marcada como si no llevara nada encima. Ya no sabía si no se daba cuenta o si me lo estaba mostrando a propósito.
Me senté en la cama, recostada contra la cabecera, en una posición desde la que podía vigilarlo de reojo. Y pensé que, si él me dejaba mirar, lo justo era que yo le dejara mirar también. Total, estábamos en el sitio perfecto.
Poco a poco subí una pierna al colchón y, al hacerlo, las fui abriendo. Al principio sujetaba el vestido con las manos para no enseñar la ropa interior. Andrés empezó a girarse cada vez más seguido, haciéndome preguntas sobre el juego que en realidad eran excusa para mirar. Yo aproveché esa charla para «olvidarme» de sostener la tela: movía las manos al hablar y, cuando terminaba la frase, tardaba en volver a taparme. En una de esas dejé la falda subida hasta la cadera, con el tanga blanco a la vista, la tela mojada pegada al coño dibujándome cada pliegue.
Era excitante ver su cara intentando descubrir lo que había debajo del vestido. Una parte de mí quería mostrarle más. La adrenalina de sentirme observada, de ver ese bulto crecer hasta tensar la tela, me tenía empapada. Me metí un dedo por debajo del tanga sin que él lo notara, lo pasé por los labios hinchados y me lo llevé a la boca fingiendo que me lo mordisqueaba distraída. Estaba tan caliente que casi me corro solo con eso.
En un momento se le acabaron las preguntas. El cuarto quedó en silencio, solo con el ruido del juego y nuestra respiración. Esa fue la insinuación más clara de los dos: él mirando mis piernas y yo mirando su entrepierna, y los dos volviendo a buscarnos los ojos.
—Oye, Renata, ¿qué otros juegos tienes? —preguntó.
Me levanté y fui hasta el mueble con las piernas temblando de pura excitación. Me agaché otra vez, le di la vista del trasero, y al girarme lo encontré sentado normal en la orilla, con las piernas abiertas y ese bulto enorme bien marcado entre ellas.
—Tengo estos, mira —dije, estirando la mano con los juegos, de pie frente a él.
—Oye… pero enséñamelos como hace un rato.
Sus palabras me sorprendieron y me encendieron al mismo tiempo. No supe ni qué responder, y sin darme cuenta ya estaba arrodillada entre sus piernas, con la cara a un palmo de su erección. Andrés ni miró los juegos: tenía los ojos clavados en mí.
Sentí cómo soltaba todo sobre el colchón. Una de sus manos acomodó el bulto, dejándolo aún más cerca de mi cara; la otra me acarició la mejilla y terminó sujetándome la barbilla. La polla, apretada bajo la tela, me rozaba la nariz. Podía oler el calor de su piel a través del pantalón, ese olor a hombre caliente que me hizo salivar de golpe.
—Renata, lo siento, pero ya no aguanto más —dijo en voz baja.
—¿En serio? La verdad es que yo tampoco. Esta polla que tienes aquí me está volviendo loca —le contesté, señalándolo con un dedo y recorriéndole el bulto de arriba abajo—. Llevo un rato con el coño empapado por tu culpa.
—¿Quieres tocarla? —Él mismo la meneaba por encima del pantalón, acercándola.
—Claro que quiero. Quiero tocártela, mamártela, todo. Pero pongamos un juego para que haga ruido y nadie sospeche.
Me levanté a poner el primero que pillé. Andrés me agarró de la mano, me hizo girar y me dio un beso largo en la boca. Su lengua entró de golpe y se enredó con la mía, hambrienta, mordiéndome los labios entre beso y beso. Mis manos cayeron sobre sus muslos, muy cerca de él. Eso lo soltó: empezó a recorrerme los hombros, bajó los tirantes del vestido y una de sus manos se coló por debajo de la tela hasta encontrarme un pecho. Me arrancó la copa del sostén de un tirón, me apresó la teta y empezó a pellizcarme el pezón, retorciéndolo entre los dedos. Se me escapó un gemido en su boca. La otra mano se me metió entre las piernas y encontró el tanga chorreando.
—Estás empapada, joder —murmuró contra mi cuello, apartando la tela con dos dedos y hundiéndolos de golpe en el coño.
Grité bajito. Me clavó los dedos hasta el fondo y empezó a moverlos dentro de mí, buscando ese punto que me hacía temblar. El sonido húmedo del coño chapoteando alrededor de sus dedos llenó el cuarto, y yo tuve que morderme el labio para no soltar un alarido. Me besaba el cuello, me chupaba los pezones, me follaba con los dedos, todo al mismo tiempo, y yo apenas podía mantenerme en pie.
Ya no soporté más. Con la mano libre tomé su erección por encima de la ropa y empecé a acariciarlo de arriba abajo, apretándosela, notando cómo latía bajo mis dedos. A él no le bastó: bajó el elástico del pantalón por delante, dejándolo apenas cubierto por la ropa interior, y subió las manos hacia mi vestido para acariciarme las piernas.
Volví a buscarlo, ahora más caliente y más duro todavía. Encontré la abertura del bóxer y, pasada a pasada, fui ensanchándola hasta meter la mano entera y sacársela. Era la primera vez que sostenía una polla así, palpitando en la palma, caliente, dura como si fuera a estallar. Larga, gruesa, con la venas marcadas por toda la caña y la cabeza morada, hinchada, mirando al techo. En la punta tenía una gota transparente, elástica, resbaladiza, que se estiró cuando lo solté un instante y le formó un hilo hasta mis dedos. Se lo pasé por toda la cabeza, humedeciéndosela, y empecé a masturbarlo despacio, apretando fuerte al bajar y aflojando al subir. A cada movimiento le brotaba más pre-semen, y yo lo iba usando de lubricante para deslizar la mano por toda la caña.
—Joder, así, Renata, así —jadeaba él, con los ojos entrecerrados.
Andrés tiró de los tirantes del sostén y mis tetas quedaron al aire. Fue directo a mis pezones con la boca y me hizo retorcerme; me los chupaba fuerte, me los mordía con cuidado, me los tiraba con los dientes hasta arrancarme un gemido ahogado. Las rodillas me flaquearon y terminé otra vez arrodillada frente a él. Sin soltarle la polla. Él lo entendió a su manera: se bajó del todo la ropa, se sentó en la orilla y me juntó el pelo en una coleta con las dos manos, mirándome como quien espera que empiece.
La tenía enorme delante de la cara. De cerca era todavía más impresionante: gruesa, larga, con los huevos pesados colgando debajo, tensos, cargados. La verdad es que yo también quería. Acerqué la cara hasta casi rozarla, la apoyé contra mi mejilla y sentí el calor de la piel latiendo contra la mía. Le pasé la nariz por toda la caña, olfateando ese olor a hombre, y levanté los ojos.
—¿Y ahora? ¿Cómo se ve mi cara? —le pregunté con una sonrisa pícara, restregándomela por la mejilla y los labios.
—Preciosa… pero se vería mucho mejor si te la metes en la boca.
Saqué la lengua y pasé la punta por encima, probando ese sabor salado, ligeramente amargo. Le lamí la cabeza en círculos, jugando con el frenillo, y bajé toda la caña de un lametazo largo hasta los huevos. Se los besé uno por uno, me metí uno en la boca y lo chupé despacio, escuchándolo gemir arriba. Subí otra vez con la lengua, iba a abrir los labios cuando, desde abajo, se escuchó la voz de Carla:
—¡Andrés! ¿Todo bien por ahí arriba?
Los dos pegamos un brinco y nos arreglamos la ropa en un segundo.
—¡Sí, todo bien! —respondió él, con la voz temblando.
—¡Si quieren agua, bajen por ella!
Nos quedamos un momento en silencio, asustados, y enseguida nos ganó la risa.
—Qué mala suerte. Nos cortaron en la mejor parte —dijo Andrés.
—Y eso que no me dejaste poner el juego para el ruido —le contesté.
Él se puso de pie para acomodarse, pero la erección seguía levantando la tela del pantalón, apuntando hacia arriba como una carpa. Me acerqué, se la agarré por encima de la ropa y le hablé al oído.
—Yo también me quedé con ganas. Voy a bajar por el agua, y cuando vuelva quiero que uses mi boca todas las veces que quieras. Todas. Que me la llenes de leche si te da la gana. Así que espérame, que tú no puedes bajar así.
Bajé casi corriendo a por los vasos y subí de la misma forma, con el coño chorreándome por los muslos. Andrés seguía sentado en el mismo sitio, igual de excitado. Le entregué su agua.
—Ahora sí ponemos un juego y deja el mando cerca por si acaso. Déjame pasar un segundo al baño.
Entré, me quité el sostén, me bajé el tanga empapado y lo dejé hecho un ovillo en el cesto. Me pasé una toalla entre las piernas para secarme lo peor y me puse otro tanga seco, esta vez negro. Volví. Cerré la puerta sin echar el seguro, tomé un juego y me incliné frente a él, esta vez sin disimulo, levantándome el vestido hasta la cintura y mirándolo por encima del hombro mientras lo cambiaba. Le mostré el culo entero, con el tanga negro perdido entre las nalgas y el coño asomando por debajo.
Cuando me giré, lo encontré con todo fuera, la polla en la mano meneándosela suave, recostado sobre los codos, las piernas estiradas y abiertas. Así parecía aún más grande, brillante ya de saliva y pre-semen.
—Madre mía. ¿Toda esa polla me vas a meter en la boca? —pregunté, acercándome con las rodillas.
—Tú dijiste que podía usar tu boca cuantas veces quisiera. ¿Te acuerdas? Y quiero usarla ahora.
—Está bien, úsala, que es toda tuya. Y no te contengas —le dije—. Métemela hasta el fondo. Fóllame la boca como si fuera un coño.
Me arrodillé y yo misma me bajé los tirantes del vestido hasta la cintura, dejando las tetas al aire, los pezones tiesos como piedras. Él se enderezó para acariciármelas mientras yo lo tomaba con la mano. Me apretó los pezones con dos dedos, tirándolos hacia arriba, y me arrancó un gemido. Volvió a juntarme el pelo en una coleta, esta vez con las dos manos, guiándome la cabeza hacia él.
—Vamos, Renata, abre esa boca.
—Vale, pero ponle al juego para que haga ruido. Esta vez no quiero interrupciones.
Soltó mi pelo para tomar el mando, y yo empecé a lamer cada parte de él, despacio. Le pasé la lengua por toda la caña, de arriba abajo, de un lado al otro, mojándosela entera. Le chupé la cabeza, me la metí solo hasta la mitad y la saqué con un plop sonoro. Le escupí encima y usé la saliva para pajearlo mientras le lamía los huevos. Los tenía tensos, calentísimos. Me los metí en la boca por turnos, chupándolos con ganas, mientras la mano no le paraba de moverse por la polla.
Cuando arrancó el juego, sus manos volvieron a mi cabeza y tomó el control del ritmo. Me abrí bien la boca y él la fue metiendo, milímetro a milímetro, hasta que la punta me tocó el paladar. Siguió empujando y noté cómo se me colaba por la garganta. Me atraganté un poco, se me llenaron los ojos de lágrimas, pero no me aparté. Él tampoco iba rápido: me dejaba sacarla casi entera y volvía a empujar hasta que la frente le rozaba el vientre y los huevos me chocaban contra la barbilla. Mi boca acumulaba saliva y emitía un sonido cada vez más sonoro, un glup glup mojado, y él no se perdía un solo detalle. La saliva me chorreaba por la barbilla, me caía sobre las tetas, y él aprovechaba para restregármela con la mano libre por los pezones.
En un momento se detuvo, conmigo hasta el fondo, y me sacó tirando suave del pelo. Un hilo largo de baba unía mi boca con la punta de la polla.
—¿Así la querías? ¿Te gusta tenerla entera hasta la garganta? —preguntó, dándome cachetadas suaves en la mejilla con la polla mojada.
—La tienes riquísima. No creí que cupiera toda —respondí, sin soltarla, jadeando—. Qué bueno que todavía queda tarde. Quiero que me la metas también en el coño. Quiero que me folles.
—Solo hay un problema: paré porque estaba a punto de terminar, y no quiero que esto se acabe.
—Ven, no te preocupes. Si terminas, mi boca está lista para que la sigas usando. Vacíamela entera. Y después me follas.
Volvió a metérmela, ahora de pie, moviendo las caderas lento, entrando y saliendo. Con mi cabeza quieta, yo lo miraba a los ojos, y eso pareció encenderlo del todo. Empezó a moverse más rápido, jugando con mi boca, hundiéndose hasta el fondo de un golpe y volviendo a salir. Yo saqué la lengua por debajo cada vez que me la metía, para lamerle los huevos al mismo tiempo. Cada empujón me hacía tragar aire, gemir con la boca llena, atragantarme un poquito. Él se hundía en mi garganta y se quedaba ahí uno o dos segundos, tapándome la respiración, antes de sacar y dejarme respirar de golpe.
Yo, mientras tanto, me había metido una mano bajo el vestido y me estaba frotando el clítoris por encima del tanga negro. El coño me chorreaba, empapándome los dedos. Estaba tan excitada de tenerlo hasta el fondo de la garganta que empecé a temblar entera, notando cómo se me venía el orgasmo. Le clavé las uñas del otro brazo en el muslo y me corrí ahí mismo, con la boca llena de polla, gimiendo ahogada contra su piel, temblando de pies a cabeza. Él lo notó y aceleró todavía más.
Pasados unos minutos levantó la cara hacia el techo y sus movimientos se hicieron más fuertes, más descontrolados. Me follaba la garganta a lo bruto, hundiéndose de un golpe hasta el fondo, sacando y volviendo a meter sin darme tregua.
—Me corro, Renata, me corro —jadeó.
De pronto se frenó, se echó hacia atrás, la sacó y se la agarró con la mano justo a la entrada de mi boca, que mantuve abierta con la lengua fuera. Los primeros chorros salieron con fuerza y me cubrieron casi toda la cara: un latigazo tibio me atravesó de la frente al mentón, otro me cayó sobre el ojo cerrado, un tercero me llenó la lengua y bajó por la garganta. Los siguientes cayeron dentro de la boca, espesos, calientes, con ese sabor salado que me hizo tragar de golpe. Los últimos me chorrearon por los labios, la barbilla, y se escurrieron sobre las tetas, dejándome dos trazos blancos entre los pezones. Terminé empapada, con la boca llena, escurriéndome sobre los pechos y un poco sobre el vestido.
Cuando ya no salió más, él apenas podía mantenerse en pie. Yo fui tragando despacio lo que tenía en la boca, saboreándolo, y después recogí el resto con un dedo, pasándolo por la cara, chupándomelo delante de él sin apartarle la mirada. Le lamí también la punta de la polla, limpiándole las últimas gotas, y me la metí una vez más entera hasta el fondo para exprimirle lo que le quedara dentro.
—Lo siento, te salpiqué por todos lados —dijo, dejándose caer en el colchón, agotado.
—No pasa nada. Hoy puedes hacer conmigo lo que quieras. Todo. Y todavía me debes follarme el coño antes de que acabe la tarde.
La tarde no terminó ahí, pero esa es otra parte de la historia. Lamento ser tan detallista; es que así es como lo recuerdo, y si yo lo disfruté tanto, quiero que ustedes, al leerlo, también lo sientan.
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