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Relatos Ardientes

Lo que mi hermana me pidió en la sacristía

Me llamo Mateo. Tengo treinta y cuatro años y soy el sacristán de la iglesia de San Cristóbal, en una aldea casi vacía perdida en las montañas de León. Aquí el invierno se alarga durante nueve meses y el viento se cuela entre las piedras viejas con un lamento que no deja dormir. Hay días en que las campanas son lo único que se escucha en kilómetros.

Vivo en la casa parroquial, pegada al templo, con mi hermana Elena. Ella acaba de cumplir diecinueve años. Nuestros padres murieron en un accidente cuando ella todavía gateaba, y yo, que por entonces me preparaba para entrar al seminario, lo dejé todo para sacarla adelante. Cambié una vocación por otra. La crié, la peiné, le enseñé las primeras letras y las primeras oraciones.

Pero hace un año algo se torció dentro de mí. Mis rezos dejaron de pedir salvación y empezaron a pedir otra cosa. Permiso, quizá. Perdón por adelantado.

El aislamiento aquí lo amplifica todo. Somos los dos únicos jóvenes en varias leguas a la redonda, y la soledad funciona como un espejo: te obliga a mirar de frente lo que durante años evitaste. Yo había aprendido a no mirar. Hasta aquella noche.

***

Todo se rompió un Jueves Santo. La iglesia estaba cargada de olor a cera derretida, a incienso rancio y a los lirios que empezaban a marchitarse sobre el altar. Yo estaba en la sacristía, planchando y doblando las vestiduras para el cura que llegaría al día siguiente desde la parroquia del valle. Afuera, la tormenta golpeaba los ventanales con ramas y granizo.

Elena entró sin avisar. Llevaba una falda oscura y una blusa clara, vestida de luto por la fecha, pero no había nada fúnebre en ella. Tenía las mejillas encendidas por el frío y el pelo alborotado por el aire.

—Mateo —dijo, y cerró tras de sí la pesada puerta de roble. El golpe retumbó contra los muros de piedra como un trueno pequeño.

—¿Qué haces aquí? Deberías estar en casa, con la chimenea encendida.

—Tengo frío. Y tengo miedo. El viento suena como si quisiera tirar la torre abajo.

Se acercó despacio. Yo seguía con una casulla de terciopelo morado entre las manos, sin saber qué hacer con ellas. Ella puso su palma sobre la mía. La tenía helada, pero debajo de ese frío latía un calor que reconocí enseguida, porque era el mismo que llevaba un año quemándome a mí.

—¿Miedo de qué? —pregunté. Mi voz sonó ronca, fuera de lugar en aquel silencio.

—De que un día te des cuenta de que ya no soy una niña. Y de que entonces te marches y me dejes sola para volver con tu Dios.

Me giré para mirarla de frente. Sus ojos, oscuros y húmedos, no me pedían consuelo de hermana. Me sostenían la mirada con algo distinto, una determinación que no le conocía.

—Nunca te voy a dejar, Elena. Eres lo único que tengo.

—Pues demuéstramelo —susurró.

Y entonces hizo lo que yo llevaba meses temiendo y deseando a partes iguales. Tomó mi mano, la misma que había encendido velas y limpiado cálices durante años, y la apoyó sobre su pecho, justo encima del corazón.

Sentí el latido disparado bajo la tela fina de la blusa. Pero sentí también la suavidad, la curva firme de una mujer que ya no tenía nada que ver con la cría que yo había criado. Mis dedos, traicionando todo lo que creía ser, se cerraron apenas. Una presión mínima. Suficiente para condenarme.

Ella soltó un suspiro que se mezcló con el crujido de la madera vieja.

—Llevas toda la vida cuidando mi cuerpo, Mateo. Lavándolo, abrigándolo, curándolo. ¿Por qué ahora te tiembla la mano?

No supe responder. La razón se me había ido de golpe, como una vela que apaga una corriente de aire.

***

La tomé por la cintura y la senté sobre la mesa de la sacristía, apartando de un manotazo las vestiduras que acababa de doblar. El terciopelo morado quedó arrugado bajo sus muslos. Una parte de mí gritaba que aquello era una profanación. La otra parte ya no escuchaba.

—Esto es un pecado, Elena —dije, acercando mi cara a la suya, respirando su aliento tibio—. De los que no tienen vuelta atrás.

—No es pecado si solo estamos nosotros dos —respondió, y abrió las piernas para atraparme entre ellas—. Venimos del mismo sitio. Somos la misma cosa. Quiéreme de una vez.

La besé. La besé con un hambre acumulada durante años, con la rabia del que se rinde después de resistir demasiado. Ella me devolvió el beso con la misma furia, mordiéndome el labio, agarrándome la nuca para que no me apartara. No pensaba apartarme.

Metí las manos bajo su falda y encontré la piel caliente de sus muslos por encima de las medias. No llevaba ropa interior. Se la había quitado antes de cruzar la nave de la iglesia, antes de inventar la excusa del miedo y la tormenta. Esa premeditación, esa entrega calculada en mitad de un lugar sagrado, me arrancó el último resto de cordura.

—Has venido a buscarme —murmuré contra su cuello, dejándole una marca con los dientes en la piel pálida—. Lo tenías todo pensado.

—He venido a confesarme —jadeó ella, arqueando la espalda cuando mis dedos encontraron su humedad—. Y mi penitencia eres tú.

Me desabroché el pantalón con manos torpes, temblando como un novicio. La iglesia estaba en penumbra, iluminada apenas por la lamparilla roja del sagrario que se filtraba desde el altar mayor. Esa luz teñía la piel de Elena de un tono rojizo, entre lo divino y lo prohibido, y la hacía parecer la criatura más hermosa y más peligrosa que había visto nunca.

Entré en ella despacio, conteniéndome, mirándola a la cara para no perderme ni un gesto. Elena cerró los ojos y echó la cabeza hacia atrás, y el sonido que se le escapó rebotó contra la bóveda de piedra y volvió a nosotros multiplicado. Estaba estrecha y ardiente, y sentir cómo su cuerpo se amoldaba al mío fue, que Dios me perdone, la experiencia más parecida a una revelación que he tenido en mi vida.

—No pares —me pidió, clavándome las uñas en la espalda a través de la camisa—. Por favor, no pares ahora.

No paré. Me moví dentro de ella con un ritmo cada vez más profundo, y la mesa de la sacristía empezó a golpear contra el muro con cada empuje. El olor del incienso se mezcló con el de nuestros cuerpos. Yo la miraba y reconocía mis propios rasgos en su cara desencajada por el placer, y esa idea, en lugar de frenarme, me encendía más.

—Eres mía —le dije, hundiendo la mano en su pelo para obligarla a mirarme—. Antes que de nadie, antes que de Dios, eres mía.

—Tuya —sollozó ella, con la voz quebrada—. Siempre tuya. Desde siempre.

El final me llegó como un castigo y un alivio al mismo tiempo. Me derrumbé sobre ella, vaciado, escuchando cómo nuestras respiraciones se iban apagando despacio en la nave vacía mientras la tormenta seguía rugiendo afuera, indiferente a lo que acababa de pasar entre aquellas piedras.

***

Desde esa noche, la sacristía se convirtió en nuestro refugio. En nuestro secreto.

Inventamos un ritual propio. Cada noche, después de cerrar las puertas del templo con la llave grande de hierro, Elena viene a mí. A veces lo hacemos en el primer banco, frente al Cristo de madera, desafiando su mirada tallada. Otras veces la siento en el confesionario y, a través de la rejilla, le hablo en voz baja mientras la escucho respirar al otro lado, hasta que ya ninguno aguanta y abro la puertecita estrecha.

Al principio fuimos prudentes. Atrancábamos las puertas, hablábamos en susurros, mirábamos por las ventanas antes de empezar. Pero el miedo terminó por gastarse, y lo que quedó fue solo el deseo, más limpio y más terco que nunca.

Para la gente de la aldea, sigo siendo el devoto Mateo, el que cuida la iglesia y a su hermana huérfana con una entrega ejemplar. Nadie sospecha que, cuando tiro de la cuerda para tocar las campanas del domingo, mis manos guardan todavía el olor de la piel de Elena. Nadie imagina que, cuando ella se acerca a comulgar y abre la boca, yo recuerdo lo que esa misma boca me susurró la noche anterior.

Vivimos en una especie de gracia al revés. Sabemos que, según todo lo que me enseñaron, estamos condenados. Pero cuando la abrazo de madrugada, en la cama estrecha de la casa parroquial, mientras el viento sigue golpeando la torre, no consigo sentir nada que se parezca a la culpa. Solo el calor de su cuerpo contra el mío y la certeza, terrible y dulce, de que no pienso renunciar a ella.

Si el infierno consiste en arder, supongo que nosotros ya hemos empezado a ensayarlo. Entre piedras frías y sábanas calientes. Y, que el cielo me perdone, no se me ocurre mejor manera de condenarme.

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