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Relatos Ardientes

Mi confesión: dos hombres en el mismo motel, una tarde

Hay tardes que uno planifica como si fueran citas médicas: hora de inicio, hora de cierre, ningún cabo suelto, ninguna explicación pendiente para nadie. Esa tarde de octubre era exactamente así. Le dije a Mariana que tenía una reunión larga con un cliente del centro, le besé la frente, prometí volver a tiempo para la cena y manejé hasta el motel de la avenida que ya conocía de memoria.

Llevaba dos días chateando con Andrés en una de esas aplicaciones que prometen discreción y entregan, casi siempre, exactamente eso. Me había mandado fotos sueltas de su torso y mensajes apurados, llenos de erratas, escritos con la ansiedad de quien quiere cerrar el plan rápido por miedo a arrepentirse. Decía que tenía veintidós centímetros de polla. Le respondí que no le creía. Él contestó con un audio corto, una risa nasal y un «ya verás, te la voy a meter hasta las bolas» que me quedó dando vueltas en la cabeza el resto del día.

El cuarto que reservé era el mismo de siempre: cama amplia, espejo en el techo, televisor encendido en un canal de porno con el volumen bajo. En la pantalla, un tipo se la metía a otro contra una mesa de billar, sin sonido, solo caderas chocando y bocas abiertas. Llegué primero. Diez minutos después golpearon la puerta y abrí sin preguntar nombre.

Andrés era flaco. Mucho más flaco de lo que había calculado. Veintidós o veintitrés años, hombros estrechos, una camisa negra demasiado grande, jean ajustado, zapatillas de lona desgastadas. Entró sin saludar bien, dejó la mochila en la silla y empezó a quitarse la ropa antes de que yo cerrara la puerta.

Este pibe está acelerado. Capaz hasta drogado.

Esa prisa me incomodó de entrada. A mí los flacos no me suelen gustar. Prefiero cuerpos densos, hombres con peso, con presencia. Pero esa tarde quería precisamente lo otro: probar algo distinto, romper la rutina, comprobar si lo que había imaginado durante semanas valía la pena.

—¿Tienes lubricante? —preguntó.

—Tengo de todo. Tranquilo.

Cuando se bajó el bóxer, lo miré con la sospecha de quien recibe un paquete que parece más liviano de lo prometido. La polla le colgaba pequeña, arrugada, sin gracia, muy lejos de los veintidós centímetros del audio. Las bolas, en cambio, le colgaban pesadas, apretadas contra el muslo, cargadas. Me engañó con la verga pero las pelotas prometen, pensé, y casi me reí en voz alta. Pero todavía no lo había tocado.

Me arrodillé en la alfombra. Le agarré la verga blanda con dos dedos, se la estiré un poco y me la metí en la boca con cuidado, sin expectativas, casi por compromiso. Le pasé la lengua por el glande, por el frenillo, se la chupé entera de una vez porque cabía. Y entonces empezó algo que no había visto en mucho tiempo. La verga creció dentro de mi boca de una manera que parecía mentira: primero a lo largo, empujándome contra el paladar, después a lo ancho, hasta que los labios me empezaron a doler de tanto abrirse. En cuestión de minutos pasó de ser una decepción a ser un problema. Un problema bueno, de esos que uno celebra mientras los maldice.

Le agarré la base con la mano y ya no cerraba el puño alrededor. La cabeza morada, hinchada, se me trababa contra la campanilla. Cada vez que intentaba tragármela entera me atragantaba y salía un hilo de saliva espesa que le caía por las bolas. Se las lamí también, primero una, después la otra, me las metí en la boca de a una mientras le seguía haciendo una paja lenta con la mano. Andrés arqueó las caderas y me embistió la cara sin querer, la punta me golpeó el fondo de la garganta y arqueé el cuello.

—Te dije, hijo de puta —murmuró Andrés desde arriba, con los ojos cerrados—. Te dije que la tenía enorme.

Lo seguí chupando un rato más, calculando cómo iba a entrar semejante verga en mi culo sin destrozarme. El pibe respiraba rápido, las manos crispadas en las sábanas, los dedos del pie encogidos contra la alfombra. Estaba claro que se iba a venir muy pronto si no cambiábamos el ritmo. Se la saqué de la boca con un chasquido y le soplé sobre la punta empapada. Un hilo de líquido preseminal, transparente y viscoso, le colgaba del meato.

—Quieto —le dije—. No te muevas o te vas a correr sin darme tiempo.

—No me pidas eso, boludo. Mirá cómo la tengo.

Me subí a la cama de espaldas a él, me puse a cuatro patas y me abrí una nalga con la mano. Escupí en dos dedos y me los metí para prepararme, uno primero, después dos, empujando hasta el nudillo. Sentí cómo el anillo cedía, cómo cedía de nuevo, cómo me dolía y me gustaba en partes iguales. Agarré el pomo de lubricante, me eché un chorro generoso entre las nalgas y otro sobre la verga de Andrés. Se la unté con toda la mano, arriba y abajo, hasta dejarla brillante.

Me subí encima despacio, de espaldas a él para verme la escena en el espejo del techo, le sujeté la verga en su sitio y bajé. La punta entró de golpe y me dolió. Solté un gruñido corto. Me quedé inmóvil, con la boca abierta, respirando por la nariz, esperando a que el cuerpo se acomodara alrededor de esa cosa. Después fui descendiendo de a poco, sintiendo cada centímetro como si me marcara por dentro, como si me abriera un camino nuevo. Cuando por fin apoyé el culo contra sus muslos, tenía la frente empapada en sudor. Andrés hacía gestos extraños, mordía el aire, los músculos del abdomen le temblaban. Estaba al borde y ni siquiera había empezado a moverme.

Me quedé sentado encima un rato largo, sin dejarlo moverse, disfrutando de ese trozo enorme adentro mientras él intentaba no acabar. Apreté el ojete alrededor de la verga, la ordeñé sin subir ni bajar, solo apretando y soltando, y él gimió como si le estuvieran arrancando algo. Cuando arranqué a balancear las caderas fue cuestión de tres o cuatro empujones. Me levanté hasta que solo le quedó la punta adentro y me dejé caer de golpe. Otra vez. Y otra. Al cuarto me clavó los dedos en las caderas, me agarró fuerte y soltó un quejido seco.

—Me vengo, me vengo, me vengo —repitió apurado, como quien avisa que se cae de un piso.

—Adentro, boludo. Adentro.

Se vino dentro de mí en una serie de espasmos largos y desordenados. Sentí los chorros calientes empapándome por dentro, uno, dos, tres, cuatro, la verga latiéndole contra las paredes del culo. Yo apreté los músculos del trasero, lo seguí ordeñando sin frenarme, subiendo y bajando la cadera para exprimirle hasta la última gota, y él tuvo la decencia de no apartarme. Se quedó quieto, dejándome usarlo, y eso me terminó de gustar. Cuando finalmente me levanté, la verga se le salió con un ruido húmedo y una hilera espesa de semen me chorreó por el muslo hasta la rodilla.

***

Nos limpiamos sin hablar mucho. Andrés se tiró boca arriba en la cama, encendió un cigarrillo electrónico y se puso a mirar el televisor. La pantalla mostraba dos hombres en una piscina vacía, todo demasiado iluminado y mal actuado. Él se reía bajito de los gemidos sobreactuados.

—¿Te molesta si me quedo otro rato? —preguntó.

—Quédate.

A los diez minutos hizo un gesto con la barbilla hacia su entrepierna, como pidiendo permiso. La verga volvía a estar semi-erecta contra la ingle, sonrosada, todavía brillante de mis restos. Volví a arrodillarme entre sus piernas abiertas. Esta vez el sabor era distinto: salado, terroso, mezclado con el lubricante y con lo que él mismo había dejado adentro mío. No me importó. Me la metí entera de una y le pasé la lengua por debajo, se la chupé con ganas mientras le acariciaba las bolas vacías con la mano.

La verga creció otra vez en cuestión de segundos, aunque no tanto como la primera. Ya no me llegaba al fondo, o sí, pero sin la misma violencia. Me la llevé a la garganta hasta donde aguantó, tragué saliva alrededor de ella, sentí cómo se me contraía la garganta y cómo él pegaba un respingo. Le hundí la nariz en el pubis, aspiré ese olor a sudor y a sexo reciente, y ahí lo escuché quejarse.

Le agarré las bolas con la mano, se las apreté suave, se las masajeé mientras subía y bajaba la cabeza. Metí un dedo debajo, le busqué el perineo y le apreté con la yema justo ahí, en ese punto que a los tipos les vuelve locos. Aguanté dos minutos, a lo sumo tres, y sentí cómo se tensaba todo el cuerpo de Andrés, cómo se le levantaban las caderas de la cama, cómo se le trababa la respiración. Casi no botó nada en esa segunda vez. Un buche escaso, apenas un chorro tibio contra mi lengua. Solo el sabor, el espasmo, un suspiro ronco y los dedos enredándose en mi pelo mientras me sostenía la cabeza apretada contra el pubis.

Este es ninfómano y ya no le queda casi nada para descargar, pensé mientras tragaba. Pero me dio gracia, no lástima. Le lamí la punta hasta dejársela limpia. Salió un rato después, se vistió rápido, me dio las gracias con un beso seco en la mejilla y se fue.

***

Yo tenía dos horas más de motel pagado. Y un segundo plan agendado.

Don Hernán me había escrito tres días atrás. Las fotos del perfil eran mentirosas, eso lo supe después, pero en el chat me había caído bien: respuestas pausadas, frases bien escritas, ningún emoji estúpido. Me dijo que tenía cincuenta y siete años, que llevaba diez separado, que buscaba encuentros tranquilos y discretos con hombres que no le pidieran cuentas al día siguiente. Me dijo también que prefería esperar dentro del cuarto, no en el pasillo, no en el lobby. Eso me terminó de convencer. Me gustan los que esperan adentro.

Le mandé el número de habitación cuando Andrés se subió al ascensor. Veinticinco minutos después golpeó suave, dos veces, y abrí.

Las fotos no le hacían justicia, pero al revés de lo habitual: era más viejo de lo que aparentaba. Sesenta cumplidos, calculé. Estaba desnudo de cintura para arriba, en bóxer negro, el pecho cubierto de canas tupidas, la barriga firme, los brazos gruesos. Tenía esa contextura de hombre que trabajó toda la vida con las manos y siguió yendo al gimnasio aunque ya no le hiciera falta presumir nada. En el bulto del bóxer se le marcaba una polla gruesa, ya despierta.

—Pasa —dije.

—Ya pasé hace media hora —contestó, sonriendo—. Ahora pasas tú.

Cerré la puerta y él me agarró por la nuca antes de que pudiera dar dos pasos. Me besó. Y ahí supe que la tarde recién empezaba en serio.

Don Hernán besaba como si tuviera que justificar cada minuto que llevaba esperándome. Me besó en la boca con la lengua entera, me la metió hasta el fondo, me chupó los labios uno por uno. Me besó en el cuello, detrás de la oreja, en el hueco de la clavícula, me lamió el lóbulo y me lo mordió despacio. Me desabotonó la camisa sin apuro, me la sacó por los hombros, me dejó caer los pantalones sin teatralidad. No hablaba mientras lo hacía. Solo respiraba sobre mi piel y dejaba marcas húmedas con la lengua.

Cuando me tuvo desnudo delante de él, se bajó el bóxer sin preámbulos. La verga le colgaba gruesa, oscura, más corta que la de Andrés pero el doble de ancha, con una cabeza redonda y venas marcadas por el tronco. Las bolas grandes, colgantes, cubiertas de canas. Me la agarró con la mano y se la sacudió dos veces frente a mi cara.

—Abrí la boca —dijo, sin pedirlo.

La abrí. Me la metió despacio, empujándome la cabeza contra la ingle con la palma abierta. El olor a hombre maduro, a jabón y a sudor, me pegó de lleno. Me la clavó hasta la garganta, esperó un segundo con la mano en mi nuca, y después empezó a follarme la boca con movimientos cortos, sin apuro, como si estuviera calentando el motor. Me lagrimeaban los ojos y no me quitaba. Cuando me dejó respirar, me limpió la baba de la barbilla con el pulgar y me metió ese mismo pulgar en la boca para que se lo chupara.

Yo había llegado al motel pensando que Andrés iba a ser el plato fuerte. Me equivoqué.

Me tiró sobre la cama de medio lado y empezó a recorrerme con la boca desde los hombros hacia abajo. Pasó por los pezones, los mordió suave, después más fuerte, hasta hacerme arquear la espalda. Bajó al ombligo, siguió hasta los muslos, me mordió el interior del muslo tan cerca de la ingle que se me escapó un gemido. Se saltó deliberadamente lo que yo esperaba que tocara. Cada vez que me arqueaba pidiéndolo, él se reía contra mi piel y cambiaba de zona.

Cuando finalmente me abrió las piernas y me puso la lengua donde la quería, ya estaba al borde de pedirle a gritos. Empezó por los huevos, me los chupó de a uno, se los pasó por toda la boca, siguió por el tronco de mi verga con la lengua plana, me lamió el frenillo, se metió la cabeza entera y aguantó. Después bajó más, mucho más. Me levantó las piernas por atrás de las rodillas, me abrió las nalgas con las dos manos y me metió la lengua en el ojete sin preámbulos.

—Me cago en la puta —solté sin querer.

—Tranquilo —murmuró contra mi carne, y siguió.

Me lamió ahí adentro durante lo que me pareció una eternidad. La lengua puntuda, dura, empujando contra el anillo, entrando y saliendo, ensalivándome hasta dejarme empapado. Era de esos hombres que entienden que el tiempo del otro importa. Que disfrutan tanto el deseo ajeno como el propio. Que se dan permiso para tomarse una hora donde otro habría tardado quince minutos. Me ensalivó los dedos, me los metió de a uno, esperó, sumó otro, esperó, esperó más. Me abría con dos, me giraba las yemas contra la próstata, me hacía saltar cada vez que rozaba ese punto exacto. La paciencia era parte del juego. El cuerpo me empezó a temblar antes de que él hiciera nada decisivo.

—Date vuelta —dijo—. De rodillas, culo para arriba.

Obedecí sin pensarlo. Me puse a cuatro, la cara contra la almohada, el culo bien alto. Sentí cómo se acomodaba detrás, cómo se untaba la verga con lubricante haciéndose un ruido húmedo, cómo apoyaba la punta contra el ojete todavía ensalivado. No entró de golpe. Fue empujando de a poco, milímetro a milímetro, con una mano firme en la cintura y la otra separándome una nalga para verse entrar. Cuando la cabezota superó el anillo, gruñí contra la almohada. Cuando me llenó entero, se quedó quieto, apoyado contra mi espalda, respirándome en la nuca.

—Aguantás bien —me dijo al oído.

Empezó a moverse despacio. Sacaba casi toda la verga y volvía a meterla entera, de una embestida larga, hasta que las bolas peludas me chocaban contra las mías. La verga de Andrés era más larga, pero la de él era más ancha, y me llenaba de una manera distinta, más redonda, más total. Cada envión me arrancaba un gemido corto contra la tela. Aceleró de a poco. Me agarró de las caderas con las dos manos y empezó a cogerme en serio, con embestidas fuertes, secas, sin frenarse. El colchón crujía. El espejo del techo me devolvía la imagen: yo con la cara aplastada en la almohada, él con los dientes apretados y el pecho canoso brillando de sudor.

Yo no me iba a venir. Lo sabía desde antes de cruzar la puerta. Esa misma mañana, antes de salir de casa, había echado un mañanero largo con Mariana, me la había cogido de costado con ella medio dormida, le había descargado todo encima y había salido del baño con esa sensación de tanque vacío que dura horas. Pero no necesitaba venirme. Lo que necesitaba esa tarde era otra cosa: sentirme deseado, recorrido, tomado en serio por un cuerpo que no tenía nada que ver con mi vida diurna.

Don Hernán lo entendió sin que yo se lo explicara. Me cambió de posición dos veces sin dejar de estar adentro. Me puso de espaldas, con las piernas sobre sus hombros, y me cogió mirándome a los ojos, susurrándome cosas que no voy a repetir aquí porque pierden todo si se las saca de ese cuarto. Cosas sobre lo apretado que estaba, sobre cuánto había esperado esto, sobre lo que me iba a hacer la próxima vez. Me usó la boca un rato largo entre medio, me chupó la verga blanda y no le importó que no se me parara, siguió como si nada. Me usó las manos. Me usó la voz.

Cuando estuvo cerca del final, se salió y me hizo girar. Me puso de rodillas en el suelo, se paró frente a mí, se sacudió la verga a dos dedos de mi cara. Me abrió la boca con el pulgar y me la metió hasta el fondo. Yo cerré los labios alrededor y le pasé la lengua por debajo. Bastó eso. Acabó dentro de mi boca, con una mano firme en mi nuca y un quejido que sonó más a alivio que a placer. Cuatro chorros, cinco, gruesos, salados, que me llenaron toda la boca. Tragué sin pensarlo, tragué todo, le seguí chupando la punta hasta que se le escapó un temblor de sobrecarga y me apartó suave. Me limpié los labios con el dorso de la mano. Lo miré desde abajo. Él me miró desde arriba, con la verga todavía goteando contra mi mentón. Ninguno dijo nada durante casi un minuto.

***

Me vestí mientras él se duchaba. Cuando salió del baño, envuelto en una toalla, me alcanzó una botella de agua del frigobar y se sentó a mi lado en el borde de la cama.

—¿Volverías? —preguntó.

—Quizás.

—Tienes mi número.

Asentí. Le di la mano, no un beso, y salí del cuarto antes de que se me ocurriera quedarme un rato más. Bajé al estacionamiento, encendí el carro, miré la hora en el tablero. Llegaba justo para la cena.

Mariana había preparado pasta. Los chicos discutían por el control del televisor. Mi suegra había llamado dos veces durante la tarde. Me senté a la mesa, serví vino, sonreí en los lugares correctos. Nadie me preguntó cómo había estado la reunión. Nadie sospechó nada, porque no había nada para sospechar: yo era el mismo de siempre, recién bañado y con hambre.

Lo que pasó esa tarde lo pasó esa tarde. No se lo voy a contar a nadie de mi vida. Lo escribo acá, sin nombres reales, sin fotos, sin pruebas, porque a veces necesito leerlo de afuera para creer que fue cierto. Y porque, entre ustedes y yo, ya estoy planeando la próxima.

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Comentarios(9)

Florcita_ba

Que relato!!! me tuvo pegada hasta el final sin poder soltar el celular jajaja

PabloRdt

Por favor seguí contando, quedé con ganas de saber mas

RosaLectora

Me encanto la forma en que lo contaste, sin dramatismo ni culpa. Asi deberia ser siempre

Einar

Increible. Una de las mejores confesiones que lei aca

SolMarina27

Y despues? se volvieron a ver? me quede con esa pregunta dando vueltas todo el dia

LectorNocturno

Lo que mas me gusto es ese tono tan seguro, sin disculpas ni explicaciones. Ojala hubiera mas relatos con esa actitud

MauroK_27

Dos jaja eso si es una tarde bien aprovechada. Respeto total

Gabi_Tucuman

Se hizo cortisimo!!! quedé con ganas de mas detalles, esperando continuación

MabelCordoba

La descripcion del motel me llevo directo ahí, muy bien escrito

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