Confieso lo que pasó con mi compañera ese verano
Salimos juntos por la escalera, los del turno saliente y los rezagados que entraban. Esa tarde se estiró como un chicle blando, con demasiado calor en las oficinas y demasiada ropa encima. Todos teníamos un par de días libres por delante, así que en el rellano fuimos soltando los tópicos de cualquier viernes: que si las playas, que si el aire acondicionado roto, que si nos veíamos a la vuelta. Yo iba detrás del grupo, intentando no mirarla más de lo necesario.
Cuando llegamos al estacionamiento, me dirigí hacia mi coche sin haber cruzado con Camila ni una sola palabra desde la última reunión.
—¡Eh, Mateo! —me llamó, alto, para que la oyeran todos. Estaba claro que aquella tarde el universo se había puesto de su lado—. ¿No te acuerdas de que dijiste que me llevabas a casa? Al mío se le encendió un piloto al llegar y mañana paso con la grúa.
Siempre fui pésimo actor, pero conseguí soltar un —Ah, sí, perdona, llevo la cabeza fuera del cuerpo estos días— que sonó casi natural. Ella ya se metía en el asiento del copiloto antes de que terminara la frase.
Arranqué. Los demás todavía estaban metiendo bolsas en sus maleteros cuando salí del recinto. En cuanto pasamos la barrera, Camila se desabrochó el botón del pantalón con esa naturalidad de quien lleva todo el día pensando en hacerlo.
—Búscame un callejón, un descampado, un parking de un polígono, lo que sea —dijo, con la voz baja—. No puedo, ni quiero llegar así a casa.
Se reclinó en el asiento, se subió un poco la blusa y deslizó la mano dentro de la ropa interior. Cerró los ojos.
—Si te paras al lado de un camión, avísame, que no quiero dar el espectáculo —añadió, ya con la respiración alterada.
A los cinco minutos estábamos saliendo de la ciudad por la carretera vieja. Era domingo por la noche y aunque acababa de empezar el verano, había muy poco tráfico. Yo intentaba mantener la vista en la línea blanca y no en su mano. Su mano, que se movía debajo de la tela, que apretaba, que se demoraba.
A mí también me apretaba algo. Bajé la cremallera del pantalón sin dejar de conducir, no por morbo sino por simple supervivencia: la presión contra los vaqueros empezaba a doler.
La zona de pastos al norte de la ciudad está llena de caminos secundarios sin salida que terminan delante de alguna valla metálica o de una era abandonada. Conocía uno desde adolescente. Tomé la salida sin avisar y rodé un par de kilómetros entre olivos hasta que el asfalto se convirtió en grava. La luna estaba alta y todavía se veía algo de claridad en el horizonte.
Aparqué pegado a una valla, al final del camino. Apagué el motor. Las luces se fueron solas a los pocos segundos. Solo nos quedó el rumor lejano de un grillo y la respiración de los dos.
Abrimos las puertas casi al unísono y nos encontramos delante del capó. No nos dijimos nada. Camila me agarró de la nuca y me besó como si llevara una semana esperando ese minuto. Lo llevaba. Yo también.
Mi camiseta acabó en la grava. Su sujetador, doblado encima del paragolpes. Me bajé los pantalones y la ropa interior hasta los tobillos sin elegancia ninguna. Ella se apoyó en el capó con las dos manos, abrió un poco las piernas y giró la cabeza para mirarme por encima del hombro.
—Date prisa —dijo.
Entré de un solo movimiento. Soltó un sonido seco, más de sorpresa que de molestia, y empujó las caderas hacia atrás para encontrarse conmigo. No hubo torpeza ninguna; toda la tarde y los masajes que se había estado dando en el coche habían terminado de prepararla. Se sentía como entrar en una casa que llevaba horas con la chimenea encendida.
Empujé fuerte. No buscaba ternura ni ritmo lento; buscaba descargar la semana entera. Camila había intuido enseguida que aquello iba a durar lo justo, así que se llevó la mano libre entre las piernas y empezó a ayudarse con la yema de los dedos. Yo me agarraba a sus caderas para no perder el equilibrio sobre la grava. Sus dedos me rozaban a mí también, sin querer, cada vez que se movía sobre sí misma.
Aguanté unos minutos. Lo justo para sentir cómo ella, debajo de mí, comenzaba a contraerse en pequeñas pulsaciones que ya no podía disimular. No nos miramos; teníamos los dos la cara hundida hacia el capó. Cuando me solté, me solté del todo. Me apoyé sobre su espalda con todo mi peso muerto, con la frente pegada a su omóplato, respirando ruidosamente.
Tardamos un rato en separarnos. El aire olía a heno cortado, a tierra seca, a verano de verdad. Solo entonces caí en la cuenta de que desde que enfilamos el camino apenas habíamos pronunciado tres frases.
Había sido un encuentro brusco, sucio, demasiado rápido para disfrutarlo como tocaba. Pero también había sido necesario. Llevábamos siete días acumulando un voltaje que no podía seguir creciendo dentro de una oficina con cubículos y luz de fluorescente.
Camila sacó del bolso unas toallitas húmedas y me pasó una sin mirarme. Nos limpiamos en silencio. Recompusimos la ropa en silencio. Volvimos a entrar al coche en silencio.
Mientras yo daba la vuelta por el camino, le sonó el teléfono. Vi en la pantalla que era su hija.
—Hola, cariño. No, no te preocupes, se nos lió la tarde con una incidencia. Sí, ya estoy saliendo de la oficina. En un ratito estoy ahí.
Colgó. Suspiró. Miró por la ventana y luego me miró a mí con una expresión que no supe descifrar: ternura, cansancio, culpa, alivio, todo a la vez.
—Mañana tomo un taxi y voy a buscar el coche —dijo—. ¿Y cuánto te queda para que esté listo el apartamento?
Era más una pregunta retórica que otra cosa. Esa semana había sido un infierno: yo durmiendo de prestado en casa de un amigo porque la mía estaba con la obra a medias, y ella inventando reuniones imposibles para que pudiéramos vernos diez minutos en cualquier sala vacía. La aseguradora había prometido tenerlo todo en dos días. Se lo dije.
La dejé delante de su portal. Salió disparada, casi sin despedirse. Me quedé un par de segundos mirando cómo subía las escaleras hasta que desapareció detrás de la puerta. Después arranqué hacia casa de mi amigo.
Llegué tarde y él ya dormía. No cené. Me metí en la ducha. Me hice una paja larga y silenciosa apoyado contra los azulejos, no por necesidad real sino porque el cuerpo me seguía pidiendo cierre. Caí redondo en el sofá-cama del salón.
***
A la mañana siguiente me despertó el zumbido del teléfono encima de la mesa. Era el contratista. La obra estaría terminada el miércoles, la empresa de limpieza pasaría el jueves. Dije gracias dos veces y colgué con una sonrisa floja, sin abrir todavía los ojos del todo.
Volvió a sonar antes de que pudiera dejarlo en la mesa.
—Buenos días. ¿Has dormido bien? —Era ella. Su voz me terminó de despertar más rápido que cualquier café.
—La verdad, sí. Quedé frito. Me acaba de llamar el de la obra: el miércoles ya tengo apartamento.
—¿Has desayunado?
—Ni siquiera sé qué hora es —respondí—. Pero tengo un hambre absurda.
—Son las nueve. He ido por el coche y traje cruasanes. La niña —los padres seguimos llamando «niños» a los hijos aunque casi vayan a la universidad— está en casa de mis padres. Me inventé una excusa peregrina para que se quede toda la mañana ayudándolos con no sé qué historia de la huerta. Estoy sola hasta la tarde. ¿Vienes?
No me dejó contestar. Colgó.
A los diez segundos me vibró el móvil con un video. Lo abrí con esa mezcla de curiosidad y susto que da abrir mensajes suyos. Camila aparecía sentada en el borde de su cama con un camisón corto, color crema, finito. Se bajaba los tirantes muy despacio, primero uno, luego el otro, y dejaba que la prenda se cayera sola por gravedad. La grabación se cortaba justo antes de que la tela acabara de caer.
Me cepillé los dientes en sesenta segundos. Bajé las escaleras dando saltos. Mi amigo todavía dormía.
***
Camila me abrió la puerta con el mismo camisón del video. La luz de la mañana entraba por la ventana del rellano y le caía sobre los hombros, sobre las clavículas, sobre la piel un poco rosada de quien no ha dormido lo suficiente.
No alcanzamos a llegar al pasillo. Nos besamos contra la pared de la entrada, con la puerta todavía sin cerrar del todo. La cerré yo de un empujón con el pie. El camisón salió por encima de su cabeza y aterrizó sobre la cómoda. Mi camiseta cayó en el felpudo. El pantalón lo dejé a la altura de la rodilla porque no me daba tiempo a más.
Hicimos el primer asalto en el sofá del salón. Sin prisa, esta vez. Sin la tensión de un capó frío y una valla metálica detrás. Allí no había nadie a quien fingirle nada. Cada uno podía mirar al otro durante minutos enteros antes de moverse.
Pasamos del salón al pasillo, del pasillo al cuarto de baño, donde nos miramos largamente en el espejo, los dos despeinados y serios, antes de continuar. De allí a la habitación.
Recuperamos en una mañana las caricias que la oficina nos había robado durante semanas. Yo había aprendido a memorizar lugares de su cuerpo a la velocidad a la que pasaba por delante de su mesa: el cuello, la cintura, la curva interior de la rodilla. En su casa, por fin, podía detenerme en cada uno.
No había prisa. No había horarios. No había escaleras con compañeros bajando. No había móviles vibrando en bolsillos ajenos.
Pasado el mediodía bajamos a la cocina envueltos en una sábana cada uno, descalzos sobre las baldosas frías. Las hormigas ya habían descubierto los cruasanes. Una columna oscura entraba por una rendija junto a la ventana y subía por la pata de la mesa hasta la bolsa de papel.
Camila los tiró al cubo riéndose. Yo abrí la nevera buscando lo que fuera.
—Hay queso, tomate y un trozo de pan de ayer —dijo asomándose por encima de mi hombro.
—Eso es un festín.
Nos sentamos en la encimera, ella con las piernas colgando, yo de pie entre sus rodillas. Comimos a trozos, sin platos, con la luz del sol de junio entrando a chorro por la ventana de la cocina. Hablamos por primera vez de cosas que no tenían nada que ver con la oficina ni con el pasado y, sin embargo, tampoco con el futuro. Solo con esa mañana.
A las cuatro de la tarde tendría que volver a por su hija. A media semana yo tendría apartamento propio. A los lunes siguientes habría reuniones, fotocopiadoras, grapadoras y bolígrafos sobre las mesas, y miradas robadas sobre los cubículos.
Pero esa mañana de lunes de junio, en su cocina, fue una de las más limpias que recuerdo de un verano que se complicó muchísimo después.