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Relatos Ardientes

Confieso lo que pasó con mi compañera ese verano

Salimos juntos por la escalera, los del turno saliente y los rezagados que entraban. Esa tarde se estiró como un chicle blando, con demasiado calor en las oficinas y demasiada ropa encima. Todos teníamos un par de días libres por delante, así que en el rellano fuimos soltando los tópicos de cualquier viernes: que si las playas, que si el aire acondicionado roto, que si nos veíamos a la vuelta. Yo iba detrás del grupo, intentando no mirarla más de lo necesario, pero se me iban los ojos al culo apretado dentro de aquella falda de tubo y a la sombra del sujetador que se marcaba bajo la blusa fina.

Cuando llegamos al estacionamiento, me dirigí hacia mi coche sin haber cruzado con Camila ni una sola palabra desde la última reunión.

—¡Eh, Mateo! —me llamó, alto, para que la oyeran todos. Estaba claro que aquella tarde el universo se había puesto de su lado—. ¿No te acuerdas de que dijiste que me llevabas a casa? Al mío se le encendió un piloto al llegar y mañana paso con la grúa.

Siempre fui pésimo actor, pero conseguí soltar un —Ah, sí, perdona, llevo la cabeza fuera del cuerpo estos días— que sonó casi natural. Ella ya se metía en el asiento del copiloto antes de que terminara la frase.

Arranqué. Los demás todavía estaban metiendo bolsas en sus maleteros cuando salí del recinto. En cuanto pasamos la barrera, Camila se desabrochó el botón del pantalón con esa naturalidad de quien lleva todo el día pensando en hacerlo.

—Búscame un callejón, un descampado, un parking de un polígono, lo que sea —dijo, con la voz baja—. No puedo, ni quiero llegar así a casa. Tengo el coño empapado desde la reunión de las once, Mateo. Se me nota hasta cuando cruzo las piernas.

Se reclinó en el asiento, se subió un poco la blusa y deslizó la mano dentro de la ropa interior. Cerró los ojos. Vi cómo los dedos se le hundían bajo el encaje y cómo la tela empezaba a marcarse en el sitio donde el nudillo trabajaba en círculos lentos.

—Si te paras al lado de un camión, avísame, que no quiero dar el espectáculo —añadió, ya con la respiración alterada—. Aunque igual me da. Me estoy metiendo dos dedos y me la suda.

A los cinco minutos estábamos saliendo de la ciudad por la carretera vieja. Era domingo por la noche y aunque acababa de empezar el verano, había muy poco tráfico. Yo intentaba mantener la vista en la línea blanca y no en su mano. Su mano, que se movía debajo de la tela, que apretaba, que se demoraba. Se bajó las bragas hasta medio muslo y sacó los dedos brillantes para chuparlos con una lentitud teatral, mirándome de reojo, antes de volver a metérselos. El coche se llenó de un olor tibio y ácido a coño mojado que me puso la polla dura como una piedra.

A mí también me apretaba algo. Bajé la cremallera del pantalón sin dejar de conducir, no por morbo sino por simple supervivencia: la presión contra los vaqueros empezaba a doler. En cuanto liberé la verga, Camila estiró la mano libre y me la agarró por la base sin previo aviso, apretando fuerte, midiéndomela con el puño.

—Joder, cómo la tienes —murmuró, y empezó a subírmela y bajármela con el pulgar resbalando por la punta húmeda, mientras seguía trabajándose a sí misma con la otra mano—. No te corras, ¿eh? Ni se te ocurra. Esto es para dentro de mí.

La zona de pastos al norte de la ciudad está llena de caminos secundarios sin salida que terminan delante de alguna valla metálica o de una era abandonada. Conocía uno desde adolescente. Tomé la salida sin avisar y rodé un par de kilómetros entre olivos hasta que el asfalto se convirtió en grava. La luna estaba alta y todavía se veía algo de claridad en el horizonte.

Aparqué pegado a una valla, al final del camino. Apagué el motor. Las luces se fueron solas a los pocos segundos. Solo nos quedó el rumor lejano de un grillo y la respiración de los dos.

Abrimos las puertas casi al unísono y nos encontramos delante del capó. No nos dijimos nada. Camila me agarró de la nuca y me besó como si llevara una semana esperando ese minuto. Lo llevaba. Yo también. Me metió la lengua hasta el fondo, mordiéndome el labio, y yo le agarré una teta por encima de la blusa, apretándosela hasta que gimió dentro de mi boca.

Mi camiseta acabó en la grava. Su sujetador, doblado encima del paragolpes. Las tetas le quedaron libres, pesadas, con los pezones apretados y oscuros de puro deseo. Le agaché la cabeza y me llevé uno a la boca, chupando fuerte, mordiéndole apenas la carne, mientras ella me tiraba del pelo y arqueaba la espalda contra el metal caliente. Bajé por el vientre besándola hasta arrodillarme en la grava. Le arranqué las bragas de un tirón, ya empapadas, y le enterré la cara entre los muslos.

—Ay, hijo de puta, sí —jadeó, agarrándome del pelo con las dos manos y aplastándome contra su coño—. Chúpamelo, chúpamelo todo, no pares.

Le pasé la lengua entera de abajo arriba, saboreando la sal densa del deseo acumulado toda la tarde, y me detuve en el clítoris a chupárselo con los labios, tirando de él con succiones largas. Le metí dos dedos y los curvé hacia arriba, buscando el punto que la hacía temblar. Ella empezó a moverme la cara con las caderas, follándome la boca sin ningún pudor, gimiendo cada vez más fuerte contra el silencio del campo. Sentí cómo se le contraían los muslos alrededor de mi cabeza y cómo el coño se le apretaba en torno a mis dedos.

—Espera, espera —dijo tirándome del pelo hacia arriba—. Así no. Fóllame ya. Necesito la polla dentro.

Me levanté con las rodillas doloridas y me bajé los pantalones y la ropa interior hasta los tobillos sin elegancia ninguna. Ella se apoyó en el capó con las dos manos, abrió las piernas y giró la cabeza para mirarme por encima del hombro. Me enseñó el culo respingón, los labios del coño hinchados y brillantes, entreabiertos, esperando.

—Date prisa —dijo—. Métemela toda de golpe. No seas suave.

Le agarré las caderas con las dos manos y entré de un solo movimiento hasta las pelotas. Soltó un sonido seco, más de sorpresa que de molestia, y empujó las caderas hacia atrás para encontrarse conmigo. No hubo torpeza ninguna; toda la tarde y los masajes que se había estado dando en el coche habían terminado de prepararla. Se sentía como entrar en una casa que llevaba horas con la chimenea encendida: un calor apretado, resbaladizo, que me chupaba hacia dentro cada vez que empujaba.

Empujé fuerte. No buscaba ternura ni ritmo lento; buscaba descargar la semana entera. Las embestidas hacían chocar mis huevos contra su coño con un ruido húmedo que retumbaba en el silencio del olivar. Ella se aplastó las tetas contra el capó tibio y arqueó la espalda para que le entrara más profundo. Camila había intuido enseguida que aquello iba a durar lo justo, así que se llevó la mano libre entre las piernas y empezó a ayudarse con la yema de los dedos, frotándose el clítoris a la misma velocidad a la que yo le follaba el coño. Yo me agarraba a sus caderas para no perder el equilibrio sobre la grava, dejándole marcas rojas con los dedos. Sus dedos me rozaban a mí también, sin querer, cada vez que se movía sobre sí misma, y la fricción extra me estaba matando.

—Más fuerte, más fuerte —jadeaba con la mejilla pegada al metal—. Rómpeme, Mateo, llevo días pensando en esto, en tu polla dentro, en… ay, joder, así, así.

Le solté una nalga y le di una palmada seca que sonó como un latigazo. Ella soltó un gemido gutural y se apretó todavía más contra mí. Le agarré del pelo, le eché la cabeza hacia atrás y seguí metiéndosela desde ese ángulo, viendo cómo se le abría la boca sin sonido, como un pez.

Aguanté unos minutos. Lo justo para sentir cómo ella, debajo de mí, comenzaba a contraerse en pequeñas pulsaciones que ya no podía disimular. El coño se le cerró en anillos apretados sobre mi verga y la boca se le llenó de un jadeo largo, ronco, que no acababa nunca. Se corrió mordiéndose el antebrazo para no gritar. No nos miramos; teníamos los dos la cara hundida hacia el capó. Sus contracciones me arrastraron. Le clavé los dedos en las caderas, empujé tres veces más hasta el fondo y me vacié dentro con un gruñido sordo, sintiendo cómo la corrida salía a chorros calientes y ella empujaba el culo hacia atrás para recibirla toda. Cuando me solté, me solté del todo. Me apoyé sobre su espalda con todo mi peso muerto, con la frente pegada a su omóplato, respirando ruidosamente, todavía dentro, sintiendo cómo el semen empezaba a resbalarle entre los muslos.

Tardamos un rato en separarnos. Cuando salí, un hilo blanco le bajó por la cara interior del muslo hasta la corva. El aire olía a heno cortado, a tierra seca, a verano de verdad, y ahora también a sexo. Solo entonces caí en la cuenta de que desde que enfilamos el camino apenas habíamos pronunciado tres frases completas; el resto habían sido gemidos y órdenes.

Había sido un encuentro brusco, sucio, demasiado rápido para disfrutarlo como tocaba. Pero también había sido necesario. Llevábamos siete días acumulando un voltaje que no podía seguir creciendo dentro de una oficina con cubículos y luz de fluorescente.

Camila sacó del bolso unas toallitas húmedas y me pasó una sin mirarme. Se limpió el reguero de corrida del muslo con dos pasadas cortas. Nos limpiamos en silencio. Recompusimos la ropa en silencio. Volvimos a entrar al coche en silencio.

Mientras yo daba la vuelta por el camino, le sonó el teléfono. Vi en la pantalla que era su hija.

—Hola, cariño. No, no te preocupes, se nos lió la tarde con una incidencia. Sí, ya estoy saliendo de la oficina. En un ratito estoy ahí.

Colgó. Suspiró. Miró por la ventana y luego me miró a mí con una expresión que no supe descifrar: ternura, cansancio, culpa, alivio, todo a la vez.

—Mañana tomo un taxi y voy a buscar el coche —dijo—. ¿Y cuánto te queda para que esté listo el apartamento?

Era más una pregunta retórica que otra cosa. Esa semana había sido un infierno: yo durmiendo de prestado en casa de un amigo porque la mía estaba con la obra a medias, y ella inventando reuniones imposibles para que pudiéramos vernos diez minutos en cualquier sala vacía. La aseguradora había prometido tenerlo todo en dos días. Se lo dije.

La dejé delante de su portal. Salió disparada, casi sin despedirse. Me quedé un par de segundos mirando cómo subía las escaleras hasta que desapareció detrás de la puerta. Después arranqué hacia casa de mi amigo.

Llegué tarde y él ya dormía. No cené. Me metí en la ducha. Me hice una paja larga y silenciosa apoyado contra los azulejos, la mano izquierda contra la pared y la derecha bombeándome la polla con el jabón resbalando por los dedos, pensando en cómo se le había abierto el coño en el capó, en el sabor salado que me había quedado en la lengua, en el hilo de corrida bajándole por el muslo. Me corrí sobre las baldosas con la boca abierta y sin hacer ruido, no por necesidad real sino porque el cuerpo me seguía pidiendo cierre. Caí redondo en el sofá-cama del salón.

***

A la mañana siguiente me despertó el zumbido del teléfono encima de la mesa. Era el contratista. La obra estaría terminada el miércoles, la empresa de limpieza pasaría el jueves. Dije gracias dos veces y colgué con una sonrisa floja, sin abrir todavía los ojos del todo.

Volvió a sonar antes de que pudiera dejarlo en la mesa.

—Buenos días. ¿Has dormido bien? —Era ella. Su voz me terminó de despertar más rápido que cualquier café.

—La verdad, sí. Quedé frito. Me acaba de llamar el de la obra: el miércoles ya tengo apartamento.

—¿Has desayunado?

—Ni siquiera sé qué hora es —respondí—. Pero tengo un hambre absurda.

—Son las nueve. He ido por el coche y traje cruasanes. La niña —los padres seguimos llamando «niños» a los hijos aunque casi vayan a la universidad— está en casa de mis padres. Me inventé una excusa peregrina para que se quede toda la mañana ayudándolos con no sé qué historia de la huerta. Estoy sola hasta la tarde. ¿Vienes?

No me dejó contestar. Colgó.

A los diez segundos me vibró el móvil con un video. Lo abrí con esa mezcla de curiosidad y susto que da abrir mensajes suyos. Camila aparecía sentada en el borde de su cama con un camisón corto, color crema, finito. Se bajaba los tirantes muy despacio, primero uno, luego el otro, y dejaba que la prenda se cayera sola por gravedad. Se le vio un pecho entero, el pezón erecto, antes de que la mano libre bajara al bajo del camisón y se lo subiera hasta enseñar el coño depilado, brillante, con dos dedos ya frotándose entre los labios. La grabación se cortaba justo cuando se metía los dedos hasta el fondo.

Me cepillé los dientes en sesenta segundos. Bajé las escaleras dando saltos. Mi amigo todavía dormía.

***

Camila me abrió la puerta con el mismo camisón del video. La luz de la mañana entraba por la ventana del rellano y le caía sobre los hombros, sobre las clavículas, sobre la piel un poco rosada de quien no ha dormido lo suficiente. No llevaba nada debajo; los pezones se le marcaban contra la tela finita.

No alcanzamos a llegar al pasillo. Nos besamos contra la pared de la entrada, con la puerta todavía sin cerrar del todo. La cerré yo de un empujón con el pie. El camisón salió por encima de su cabeza y aterrizó sobre la cómoda. Mi camiseta cayó en el felpudo. El pantalón lo dejé a la altura de la rodilla porque no me daba tiempo a más. Ella se dejó caer de rodillas en el recibidor, me agarró la polla con las dos manos y se la metió entera en la boca sin ceremonia, tragándomela hasta la garganta.

—Ay, joder, Camila —jadeé apoyándome contra la pared.

Me la chupó con hambre, mirándome desde abajo, con la saliva escurriéndosele por la barbilla. Se sacaba la verga de la boca solo para lamerme los huevos uno por uno, subir por el tronco con la lengua plana y volver a tragarme. La cabeza se le movía en un vaivén rápido que me hizo agarrarla del pelo por instinto. Cuando sentí que estaba a punto de correrme le tiré del pelo para que parara, la levanté del suelo, la giré contra la pared del pasillo y le abrí las piernas de una patada suave.

Le metí la polla desde atrás sin previo aviso. Estaba tan mojada que entré hasta el fondo de una sola embestida. Ella se apoyó de antebrazos contra el papel pintado y arqueó el culo hacia mí. La follé de pie, con una mano en la cadera y la otra apretándole una teta desde atrás, mordiéndole el cuello, mientras ella jadeaba con la mejilla contra la pared.

—Al sofá, al sofá —gimió—. Que me tiemblan las piernas.

Hicimos el primer asalto propiamente dicho en el sofá del salón. Sin prisa, esta vez. Sin la tensión de un capó frío y una valla metálica detrás. La tumbé boca arriba, le abrí las piernas y me la comí despacio, dando lengüetazos largos de abajo arriba, chupándole el clítoris con los labios, metiéndole y sacándole la lengua del coño hasta que se retorcía y me clavaba los talones en la espalda. Cuando estaba a punto de correrse le subí por el vientre besándola y me monté encima. Le hundí la polla hasta el fondo con una embestida lenta y me quedé ahí, quieto, mirándola a los ojos.

—Follame despacio —susurró—. Quiero sentir cada centímetro.

Se lo hice despacio. Entrando hasta el fondo, saliendo casi entera, entrando otra vez, notando cómo ella empujaba las caderas para encontrarme cada vez. Le agarré las muñecas por encima de la cabeza y la sujeté contra el cojín. Ella me rodeó la cintura con las piernas y empezó a gemir bajito contra mi boca. Allí no había nadie a quien fingirle nada. Cada uno podía mirar al otro durante minutos enteros antes de moverse. Se corrió despacio, con un temblor largo que le empezó en los muslos y le subió por el vientre, y yo aguanté sin correrme porque quería más.

Pasamos del salón al pasillo, del pasillo al cuarto de baño. Allí la senté en el lavabo, le abrí las piernas y volví a metérsela mirándonos los dos en el espejo. Ella me observaba follármela, con la boca entreabierta, viéndome empujar entre sus muslos, viendo cómo se le movían las tetas con cada embestida.

—Mira cómo entra —murmuró, sin apartar los ojos del reflejo—. Mira cómo me la metes.

Nos miramos largamente en el espejo, los dos despeinados y serios, antes de continuar. De allí a la habitación, donde me dejé caer de espaldas sobre la cama y ella se me sentó encima con las rodillas a cada lado de mis caderas. Se ensartó despacio, apoyándose con las manos en mi pecho, y empezó a cabalgarme mirándome a los ojos, con las tetas botando delante de mi cara. Se agarró a los barrotes del cabecero, echó el culo hacia atrás y se movió arriba y abajo cada vez más rápido, apretando el coño en cada bajada. Le agarré las caderas y empujé desde abajo, encontrándome con ella en el centro.

—Me voy a correr otra vez —jadeó—. Córrete conmigo, córrete dentro.

La incorporé sin sacársela, la tumbé debajo de mí y le agarré una pierna por encima del hombro. Le clavé la polla desde ese ángulo, profundo, rápido, viendo cómo se le contraía la cara. Se corrió agarrándose de las sábanas y yo me vacié dentro de ella por segunda vez en menos de veinticuatro horas, con un gemido ronco que se me escapó contra su cuello, sintiendo cómo el coño se le apretaba en torno a mí en oleadas largas.

Nos quedamos así, encajados, respirando. Recuperamos en una mañana las caricias que la oficina nos había robado durante semanas. Yo había aprendido a memorizar lugares de su cuerpo a la velocidad a la que pasaba por delante de su mesa: el cuello, la cintura, la curva interior de la rodilla. En su casa, por fin, podía detenerme en cada uno. Le pasé la lengua por la línea de la clavícula, le mordí la cara interior del muslo, le chupé los pezones hasta dejárselos rojos.

No había prisa. No había horarios. No había escaleras con compañeros bajando. No había móviles vibrando en bolsillos ajenos.

Pasado el mediodía bajamos a la cocina envueltos en una sábana cada uno, descalzos sobre las baldosas frías. Las hormigas ya habían descubierto los cruasanes. Una columna oscura entraba por una rendija junto a la ventana y subía por la pata de la mesa hasta la bolsa de papel.

Camila los tiró al cubo riéndose. Yo abrí la nevera buscando lo que fuera.

—Hay queso, tomate y un trozo de pan de ayer —dijo asomándose por encima de mi hombro.

—Eso es un festín.

Nos sentamos en la encimera, ella con las piernas colgando, yo de pie entre sus rodillas. Comimos a trozos, sin platos, con la luz del sol de junio entrando a chorro por la ventana de la cocina. Hablamos por primera vez de cosas que no tenían nada que ver con la oficina ni con el pasado y, sin embargo, tampoco con el futuro. Solo con esa mañana.

A las cuatro de la tarde tendría que volver a por su hija. A media semana yo tendría apartamento propio. A los lunes siguientes habría reuniones, fotocopiadoras, grapadoras y bolígrafos sobre las mesas, y miradas robadas sobre los cubículos.

Pero esa mañana de lunes de junio, en su cocina, fue una de las más limpias que recuerdo de un verano que se complicó muchísimo después.

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Comentarios(8)

Lau_Sur

Que bueno!!! me quede sin palabras

CarlosMza

Por favor una segunda parte, quede con ganas de saber como termino todo...

RosaMariel

Me encantó como esta narrado, se siente tan real. Seguí asi!

Memo1987

La excusa del estacionamiento jajaja tremendo. Se hizo cortísimo, queremos mas!

Tere_Noc

Me recordó a algo que me paso en un viaje de trabajo hace unos años. Esas situaciones donde los dos saben lo que va a pasar pero nadie dice nada... increible como lo contaste.

NocheVerde

Muy bueno! Esperando ansioso la continuación

lector_fx

Una de las confesiones mas creibles que lei acá. Bien narrada, sin exagerar nada.

Damian77

Que tension la de ese momento en el coche... bien escrito

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