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Relatos Ardientes

Lo que mi amiga le hizo a mi novio de madrugada

Todo fue idea mía, y eso es lo primero que quiero dejar claro. Fui yo quien propuso el trío. Fui yo quien pensó en Tamara. Y fui yo quien reservó el apartamento con jacuzzi para ese fin de semana.

Llevábamos meses rondando el tema, Marcos y yo. Él nunca tomaba la iniciativa con ese tipo de propuestas, pero cuando yo lo saqué a la mesa, aceptó sin pensarlo demasiado. Encontré en Tamara a la candidata perfecta: amiga mía desde la universidad, sin complicaciones emocionales, divertida. Una tarde en que bebíamos vino hasta tarde, ella había admitido que alguna vez había fantaseado con algo así. Lo guardé en algún lugar de la cabeza, y cuando llegó el momento, lo saqué.

El viernes reservé el apartamento. El sábado por la tarde llegamos los tres a Ávila.

***

El ambiente tardó en calentarse. Hubo cena, hubo vino, hubo esa tensión incómoda de los primeros minutos en que nadie sabe exactamente por dónde empezar. Fue Tamara quien resolvió el problema: se levantó de la mesa, fue al baño y volvió en bañador, con una sonrisa de quien ya tomó la decisión.

El jacuzzi era grande. Cabíamos los tres sin apretujarnos, y eso ayudó a que todo fuera fluyendo de forma natural. El calor, las burbujas, el vino que seguimos bebiendo dentro. Marcos tenía un brazo sobre cada una de nosotras. Tamara fue la primera en besarlo, y yo la miré hacerlo sin sentir nada que no fuera curiosidad, y algo parecido al alivio: esto iba a funcionar.

Me acerqué. En algún momento nos besamos los tres, sin protocolo, sin una secuencia clara, y después ya no hubo más deliberación posible.

Lo que siguió en la cama fue exactamente lo que cualquiera imagina que pasa en un trío: los tres cuerpos buscándose, Marcos dividiéndose entre las dos, Tamara y yo encontrándonos también de vez en cuando con una naturalidad que me sorprendió gratamente. Tenía el cuerpo de alguien que cuida cada detalle, y verla disfrutar era, en sí mismo, algo que me encendía tanto como cualquier otra cosa.

En un momento dado, Marcos la puso a cuatro patas y empezó a penetrarla por detrás. Tamara gemía con fuerza, con las manos apoyadas en el cabecero. Yo los miraba desde el otro lado de la cama, apoyada sobre un codo, observando ese cuerpo moverse con cada embestida. Y fue entonces cuando me fijé en un detalle que no esperaba: el ano de Tamara no tenía el aspecto de quien evita esa práctica. Era una observación pequeña, casi absurda. La guardé.

Cuando Marcos acabó, los tres nos desplomamos en la cama con esa satisfacción pesada y cálida del sexo bien hecho.

—Tu novio folla muy bien —me dijo Tamara.

—Sí —respondí—. Ya lo sé.

Marcos se fue a la ducha. Tamara y yo nos quedamos tumbadas en silencio, sin necesidad de decir nada más.

***

Me dormí sin darme cuenta. A las tres de la madrugada, un sonido me sacó del sueño.

Abrí los ojos despacio. La habitación estaba en penumbra. Tardé unos segundos en orientarme, y luego en entender lo que estaba viendo.

Marcos estaba tumbado boca arriba en el lado izquierdo de la cama, con las piernas levantadas. Tamara estaba arrodillada entre sus muslos, con su boca sobre su pene y una mano moviéndose en otro lugar. Tardé un momento más en entender exactamente qué hacía esa mano: tenía dos dedos dentro del ano de Marcos, moviéndolos con una cadencia lenta y deliberada.

Marcos no hacía ningún intento por detenerla. Gemía en voz baja, con la cabeza echada hacia atrás y una expresión que nunca le había visto en dos años de relación.

Me quedé paralizada. No por escándalo, sino por la perplejidad de estar viendo algo que Marcos nunca me había dado a entender que quisiera. Conseguir que me dejara acercarme mínimamente a esa zona me había costado meses de conversación cuidadosa. Y ahí estaba él, con los ojos cerrados, dejándose hacer.

Tamara sacó los dedos, se levantó de la cama sin hacer ruido, buscó algo en su bolso. Volvió con un vibrador pequeño, de esos que caben en un bolsillo. Lo mojó con saliva y empezó a introducírselo a Marcos sin que él dijera una sola palabra.

Sin que él dijera una sola palabra.

Cerré los ojos un momento. Los volví a abrir. Seguía siendo real.

—¿Encendido o apagado? —preguntó Tamara en voz muy baja.

—Apagado —respondió Marcos.

Y Tamara lo movía ya apagado, dentro y fuera con ritmo creciente, mientras su boca volvía a cubrir el pene de Marcos. Él jadeaba cada vez más rápido, con los dedos apretando las sábanas.

—Para, que me corro —dijo casi sin voz.

Tamara aceleró. Marcos se corrió. Ella recibió todo en la boca, se incorporó un instante, y entonces hizo algo que me quitó las últimas ganas de seguir mirando: escupió parte de la corrida de Marcos directamente en la boca de él, y Marcos la tragó.

Cerré los ojos. Esta vez los mantuve cerrados.

No dormí más esa noche.

***

El desayuno a la mañana siguiente fue normal. Tamara pidió un café con leche. Marcos habló del tiempo para la vuelta. Yo comí tostadas en silencio y no dije nada sobre lo que había visto, porque no sabía cómo empezar esa conversación ni si debía tenerla.

De camino a casa, cuando Tamara ya se había bajado en su parada, Marcos me preguntó si lo había pasado bien.

—Sí —respondí—. ¿Y tú?

—Mucho —dijo.

Y eso fue todo lo que dijimos sobre el tema.

Al llegar, Marcos hizo la maleta en silencio porque al día siguiente salía de viaje de trabajo a Bilbao. Lo acompañé a la puerta, lo besé en la mejilla, y cuando cerré me quedé apoyada en el marco un momento, pensando en todo lo que no sabía de él todavía.

***

Esa noche, sola en el sofá, recibí un mensaje de Diego.

Diego era alguien con quien llevaba semanas intercambiando mensajes en una aplicación de citas, sin que nunca hubiéramos quedado. No era el tipo de hombre que me atrae físicamente a primera vista, pero tenía una manera de escribir que me gustaba: directa, sin adornos, con una inteligencia que se notaba sin que él la exhibiera. Me escuchaba cuando hablábamos. Y cuando quería decir algo, lo decía sin rodeos.

—¿Sigues viva? —escribió.

—Más o menos. Ha sido un fin de semana raro.

—Los fines de semana raros necesitan un antídoto. ¿Puedo proponerte algo?

Dije que sí.

—Paso por tu casa, te hago sexo oral hasta que te corras en mi boca y me voy. Sin más. Tú no tienes que hacer nada.

Me quedé mirando la pantalla un momento.

—¿Y qué sacas tú con eso?

—Me encanta hacerlo. Es lo que más disfruto.

No respondí más. Le mandé la dirección.

Llegó en veinte minutos. Llevaba ropa de calle, como si hubiera salido directamente de su casa. Yo tenía el pijama puesto, con un tanga debajo y sin sujetador, y no esperaba que fuera a venir tan pronto.

—Dije poca ropa —me dijo con una sonrisa cuando abrí la puerta.

No contesté. Me di la vuelta, subí las escaleras quitándome la camiseta del pijama, y cuando llegué a la habitación me quité el pantalón y me tumbé boca arriba en la cama.

—Haz lo que tengas que hacer —dije.

—Espero que estés preparada.

***

Diego tardó en llegar al objetivo. Eso fue exactamente lo que me gustó de él.

Empezó por el cuello: besó y mordió con suavidad, pasó por las clavículas, se detuvo en cada uno de mis pechos con una paciencia que no esperaba. Continuó hacia abajo, bordeó el ombligo, besó las caderas, las ingles, los muslos por dentro. Todo menos el lugar exacto donde lo necesitaba. Cuando llegó allí por fin, ya tenía la respiración entrecortada y las manos cerradas sobre las sábanas.

Lo que hizo con la lengua durante los siguientes minutos es difícil de describir sin que suene exagerado. Jugó con los labios, con la entrada, con el clítoris. Siempre atento a cómo respondía mi cuerpo, ajustando la presión y el ritmo según lo que yo hacía sin querer. Introdujo un dedo, luego dos. Cuando ya estaba cerca, sentí otro en un lugar inesperado, con una suavidad que no dejaba margen para protestar. Y me corrí.

Fue el orgasmo más intenso que recuerdo con sexo oral. No el más emotivo, no el más íntimo, pero sí el más físicamente exacto, como si supiera de antemano dónde y cuándo y con qué presión, sin margen de error.

Cuando terminé, Diego se incorporó, me dio un beso breve en los labios y dijo:

—Cuando quieras, aquí estoy.

Y se fue.

***

Escuché sus pasos bajar las escaleras y la puerta cerrarse. No me moví. El cuerpo pesaba de esa manera agradable que ocurre cuando el placer lo ha recorrido entero, y el techo era blanco y sin nada interesante, y no importaba.

Pensé en Marcos. En lo que había visto de madrugada. En los gemidos que intentó contener y no pudo del todo. En la pregunta que no le había hecho todavía y que tarde o temprano tendría que hacer, porque dos años son suficiente tiempo para no seguir guardando ciertas cosas.

Pensé en Diego: en lo sencillo que puede ser alguien que sabe lo que quiere y simplemente lo pide, sin rodeos, sin disculpas.

Y pensé en que a veces hace falta una noche fuera de lo habitual, o el silencio exacto de las tres de la madrugada, para darse cuenta de que las personas que conocemos no son exactamente quienes creíamos conocer. Ni las amigas de toda la vida ni las parejas de dos años. Ni, quizás, una misma.

Me dormí pensando en eso, con una sonrisa que no me esperaba.

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Comentarios (9)

PatoCordoba

de las mejores confesiones que lei aca, tremendo giro al final

SilviaCBA22

No me lo esperaba para nada... me dejo sin palabras. Que situacion tan complicada de procesar

NachoQ_lector

Por favor escribi la segunda parte, quedamos colgados justo en lo mejor!!

LectorNocturno

Me recordo a algo parecido que me paso hace años. Esas situaciones te cambian la cabeza completamente. Gracias por animarte a contarlo

mati_rosario

Y despues que paso con la amistad? eso es lo que mas me intriga jaja

MartinaRosario

increible como lo narraste, se siente que es real sin ser exagerado. Seguí escribiendo!

cordobes_77

Buenisimo!!! espero el proximo relato

Caro_Gdl

Lo leia y no podia creer lo que estaba pasando... muy bien contado, te engancha desde el principio

VeronicaSur

Uno organiza algo lindo y termina asi jaja, tremendo. Buen relato igual

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