Saltar al contenido
Relatos Ardientes

Mi mejor amiga me usó como moneda de cambio

Carolina me escribió una tarde de jueves, a eso de las siete. Acababa de cortar con Tomás, el ingeniero ese de las gafas que nunca me cayó bien, y necesitaba salir a desconectar. ¿Me apuntaba a unas copas? No lo dudé ni un segundo.

A Carolina la conocía desde los dieciséis años. Llevábamos las mismas dos décadas con la misma rutina: yo enamorado de ella en silencio, ella tratándome como al hermano que nunca tuvo. Habíamos compartido viajes, mudanzas, funerales y al menos tres rupturas suyas que yo había sostenido a base de helado y películas malas. Cada vez que pensaba que esa noche por fin pasaría algo, ella se me escapaba por la tangente. Y yo, como un idiota, seguía esperando.

Nos vimos en un local del centro, uno de esos sitios con luz roja y reservados de cuero gastado. Le miré las piernas cuando se levantó del taburete para abrazarme y volví a sentir lo de siempre: las ganas, el bloqueo, la convicción de que nunca iba a poder.

Bebimos. Bailamos. La hice reír con historias que ya conocía. A la cuarta copa, ella estaba apoyada en mí, riéndose con la cabeza echada hacia atrás, y yo me decía que esa noche, por fin, iba a intentarlo. Me iba a lanzar. Aunque saliera mal, aunque fuera el final de algo, aunque me dejara de hablar tres meses como aquella vez del cumpleaños.

Y entonces noté que me miraba sin mirarme.

Sus ojos se desviaban una y otra vez por encima de mi hombro. Disimulé un giro de cabeza para ver qué había detrás de mí, y los vi: dos chicos apoyados en la barra, jóvenes, los dos altos, con cara de tener veintipocos. Carolina y yo rondábamos los treinta y tres y de pronto sentí cada año encima como un saco. Ellos la miraban a ella sin disimulo, y ella, fingiendo que conversaba conmigo, se reía un poco más fuerte y ladeaba la cadera un poco más despacio.

—Espérame aquí —me dijo de repente, y se fue.

Desde donde yo estaba, los vi hablar. Vi cómo el más alto le rozaba el codo. Vi a Carolina poner esa cara que pone cuando algo le hace gracia y a la vez le tienta. La música tapaba todo, así que solo me quedaba mirar.

Volvió arrastrándolos a los dos.

—Mira, son Diego e Iván —dijo, sin pararse a explicar nada más—. Los esperamos en la puerta.

Me dieron la mano sin energía, como quien saluda a un primo lejano. Ella ya me llevaba del brazo hacia el guardarropa.

—Pero ¿qué haces? ¿Quiénes son? —pregunté en voz baja, sintiendo cómo se me arrugaba el estómago.

—Te lo cuento luego. Vamos a tomar la última en mi casa.

Salí detrás de ella sabiendo perfectamente lo que iba a pasar. Lo veía venir como se ve venir un temporal: la última copa en su casa con dos desconocidos no era ninguna última copa. Yo era el que sobra. El amigo invisible que da conversación al otro mientras ella se acuesta con uno. Otra vez.

***

En el taxi me senté delante. Ellos atrás, con Carolina en el medio. Le di conversación al taxista sobre el tráfico, sobre las obras de la avenida, sobre cualquier estupidez que se me ocurriera, y mientras tanto trataba de mirar por el rabillo del ojo lo que estaba pasando en el asiento de atrás. Susurros. Risas. La mano de uno de ellos en su muslo, subiéndole la falda un dedo cada vez que el taxista frenaba. La otra mano, la de Iván, se le había colado por dentro del escote y le pellizcaba un pezón por encima del sujetador. Carolina apartaba las manos con cara de niña traviesa, sin demasiada convicción, y de vez en cuando dejaba escapar una risa aguda que se cortaba en un jadeo. Vi por el retrovisor cómo Diego le agarraba la muñeca y se la llevaba a la entrepierna, cómo ella palpaba por encima del vaquero el bulto que ya se le marcaba, y cómo se mordía el labio antes de retirar la mano.

Cuando llegamos, ella pagó al taxista, abrió la puerta del edificio y nos hizo subir al cuarto. Su apartamento era pequeño, con paredes blancas y un sofá demasiado grande para el salón. Diego e Iván se desplomaron en él como si llevaran allí toda la vida.

—Sentaos, ahora vamos —dijo Carolina—. Tú no, tú ven conmigo.

Me agarró del brazo y me llevó a su dormitorio. Cerró la puerta con la cadera y se quitó la chaqueta de un tirón. Después, con los dedos torpes por la prisa, empezó a desabrocharse la camisa.

—Venga, rápido.

Yo me quedé parado en mitad del cuarto, mirándola. Llevaba años imaginándome esa escena, y ahora que estaba pasando, lo único que sentía era confusión.

—¿Qué quieres? ¿Qué está pasando, Carolina?

Se rio. Una risa corta, casi nerviosa.

—Vamos. Sé perfectamente que alguna vez te has comido una polla. Esto no te va a pillar de nuevas. Lo vamos a pasar bien, los cuatro. Vas a chuparles la verga a esos dos como si te fuera la vida, y yo voy a mirar mientras me follan.

No le contesté. Se me había secado la boca. Era cierto. En la facultad, en una época rara, había estado con un par de chicos. No por atracción real, más por morbo, por curiosidad. Carolina lo sabía porque se lo había contado yo mismo, una madrugada, en la terraza del piso de un amigo. Yo había llegado a pensar que se le había olvidado.

Ahora lo estaba usando como moneda de cambio.

Se bajó la falda. La dejó caer al suelo, salió de ella sin mirar dónde caía y se acercó a mí en bragas y sujetador negro. Tenía el cuerpo que llevaba veinte años intuyéndole por encima de la ropa: delgado, los hombros pequeños, un lunar exactamente debajo de la clavícula derecha. Los pechos, pequeños y firmes, se le adivinaban a través del encaje del sujetador; el tanga se le hundía por delante en la ranura del coño y dibujaba una humedad oscura en el centro de la tela.

Me agarró del cuello de la camisa y me besó.

Fue un beso rápido, sin tiempo para procesarlo. Su lengua entró en mi boca con autoridad, no con dulzura. Me buscó la mía, se la enredó, me chupó el labio inferior y me lo mordió antes de soltarlo. Mientras me besaba, me iba sacando la camisa por los hombros y me desabrochaba el cinturón. Se me metió la mano por dentro del calzoncillo y me agarró la polla, que ya la tenía dura desde el taxi, y me la apretó dos veces en el puño, arriba y abajo, sin dejar de besarme.

—Mira cómo la tienes —me susurró en la boca—. Menudo cerdito estás hecho. Se te va a poner peor cuando se la metas a Iván entre los dientes.

En cuestión de segundos yo estaba en calzoncillos en mitad de su habitación, descalzo, con su gusto en la lengua y sin idea de qué decir. Ella me miró el bulto, se rio, y me dio un manotazo suave por encima de la tela antes de tirar de mí hacia la puerta.

Abrió y me llevó de la mano al salón. Yo no podía dejar de mirarle el culo, apenas tapado por un tanga negro, contoneándose por el pasillo. Se le marcaban las dos medias lunas blancas donde no le llegaba el bronceado y, entre ellas, la fina tira negra que se le perdía en el coño.

Cuando entramos al salón, Diego e Iván se levantaron del sofá. Cada uno fue a por uno de nosotros como si en el taxi se hubieran repartido el botín. Diego, el más alto, fue directo a Carolina. Iván se paró frente a mí.

Me miró de arriba abajo. No con desprecio. Con algo más complicado: una mezcla de hambre y suficiencia, como quien encuentra de propina un postre que no había pedido. Me apoyó las manos en los hombros y empujó hacia abajo. No mucho. Solo la presión justa para que entendiera.

Me arrodillé.

***

Iván se desabrochó los vaqueros frente a mi cara. Se bajó los calzoncillos hasta los muslos y me dejó su sexo a un palmo de la nariz. La tenía a medio empalmar, gorda, con la punta ya asomada y una gota clara resbalándole por la corona. Me llegó el olor a sudor y a jabón y algo se me removió por dentro. La agarré con la mano derecha, se la apreté por la base para sentirle el peso, y me la metí en la boca antes de pensarlo. Sentí cómo iba creciendo entre mi lengua y mi paladar, cómo la sangre lo iba poniendo duro en cuestión de segundos. Iván cerró los ojos y dejó escapar una risa por la nariz, una risa de incredulidad, como diciendo «mira a este».

—Joder, qué bien mamas —dijo entre dientes—. Métetela toda, venga.

Me agarró de la nuca con las dos manos y empezó a follarme la boca despacio, empujándome la cabeza a su ritmo. La punta me golpeaba la garganta y yo intentaba no atragantarme, tragando saliva alrededor de la verga, respirando por la nariz cada vez que él me dejaba retirarme un centímetro. Le pasé la lengua por debajo del glande, por la vena gorda que le subía por el tronco, y noté cómo se le tensaba entera cuando le chupé los huevos con la boca abierta, uno primero, después el otro, mientras le seguía haciendo una paja lenta con la mano.

Yo cerraba los ojos también, pero los abría de vez en cuando para mirar a Carolina. Estaba de pie a un metro de mí, con Diego comiéndole la boca, y le veía el costado del cuerpo y el perfil del pecho cuando él le sacó el sujetador. Diego se agachó, le chupó un pezón, después el otro, tirando con los dientes hasta que ella soltó un gemido de sorpresa. Le arrancó el tanga de un tirón —oí el ruido seco del encaje al rasgarse— y la tiró al sofá, se arrodilló entre sus piernas y le abrió el coño con los dos pulgares antes de meter la lengua.

Carolina gimió. Un gemido largo, sostenido, con el pelo cayéndole por el respaldo del sofá. Diego le estaba comiendo el coño con ganas, con la boca abierta contra ella, chupándole el clítoris a lengüetazos largos que se le oían desde donde yo estaba, y por sus quejidos se notaba que se le daba bien. Le metió dos dedos y empezó a moverlos dentro mientras le chupaba el capullo, y Carolina echó la cadera hacia arriba, agarrándole la cabeza y clavándole las uñas en el pelo. Yo seguía con Iván en la boca, con la mano libre apoyada en su cadera, sintiéndole los dedos en el pelo, viendo por el rabillo del ojo cómo ella se retorcía en el sofá.

—Chicos —dijo Carolina de pronto, incorporándose con la barbilla brillante de saliva de Diego—. ¿Por qué no nos folláis un poco?

No esperó respuesta. Se dio la vuelta sobre el sofá, apoyó las rodillas en el cojín y los antebrazos en el respaldo. El culo en alto, a la altura perfecta para Diego, que ya estaba sacando un preservativo del bolsillo del vaquero tirado en el suelo. Vi cómo se lo enfundaba en la polla, cómo escupía en la palma y se la untaba entera, y cómo se colocaba detrás de ella y le pasaba el glande por la raja del coño de arriba abajo, buscando la entrada.

Iván me sacó la polla de la boca con un chasquido. Me miró. Asintió con la cabeza. Me levantó del codo y me llevó hasta el sofá, a un metro de Carolina, en la misma postura que ella. Me bajó los calzoncillos de un tirón. Sentí su saliva caer entre mis nalgas, sentí cómo me la extendía con el pulgar, cómo me lo hundía un poco para abrirme, y supe lo que iba a pasar a continuación. Oí el crujido del envoltorio del preservativo, el chasquido del látex al desenrollarse, más saliva cayendo sobre mi entrada, y después la punta de su polla apoyándose ahí, empujando, buscando ceder.

Lo único que me importaba era poder ver a Carolina. A mi lado. Por fin. La cabeza echada hacia atrás, los pechos en alto cuando arqueaba la espalda, la boca abierta y los ojos cerrados. Llevaba veinte años imaginándole esa cara.

Me guiñó un ojo.

—Disfrútalo, cariño.

Su cara cambió de golpe cuando Diego entró en ella. Dejó caer la frente sobre el respaldo y soltó un quejido largo, gutural, mientras la polla de Diego se le hundía hasta la base en el coño de un solo empuje. Casi al mismo tiempo, Iván empujó por detrás de mí y me partió en dos. Quise gritar. No me salió. Sentí el dolor primero, un ardor seco que me subió por la columna, después el calor, después algo parecido al placer, todo mezclado en una misma respiración entrecortada.

Iván fue avanzando despacio, centímetro a centímetro, hasta que sentí sus huevos apoyados contra los míos. Cuando estuvo del todo dentro, me agarró por las caderas y empezó a moverse a su ritmo, sacándomela casi entera y volviéndomela a meter de una embestida seca que me hacía golpear el pecho contra el respaldo. Diego se reía cada vez que me daba un azote y cada vez que otro azote sonaba contra las nalgas de Carolina.

—Mira qué par de zorras —dijo Diego, follándose a Carolina con las dos manos en su cintura—. Cómo os gusta la polla a los dos.

Iván se sumó a los azotes, palmeándome el muslo, riéndose con su amigo como si estuvieran jugando a algo. Me metía la mano por debajo, me agarraba la polla dura que se me balanceaba al ritmo de sus embestidas, me la sacudía dos o tres veces y me la volvía a soltar. Yo apretaba los dientes cada vez que él tocaba fondo, sintiendo cómo se me relajaba el cuerpo por dentro para dejarle sitio, cómo el dolor iba cediendo hasta convertirse en un pulso caliente que me tenía la polla goteando sobre el sofá.

No hablaban entre ellos. No hacía falta.

Yo me consolaba mirando a Carolina. Cuando podía, soltaba una mano del respaldo y le rozaba un pecho, un pezón, una mejilla. Ella me dejaba. Los pechos le rebotaban a cada empujón de Diego y yo le pellizcaba los pezones tiesos, se los pinzaba entre dos dedos y tiraba hasta que ella soltaba un gemido más agudo. Una vez incluso se inclinó y me besó los nudillos sin sacar a Diego de su sitio. Sus dedos buscaron los míos por encima del respaldo y se entrelazaron con los míos, apretándomelos cada vez que Diego la embestía hasta el fondo.

—Así, así, más fuerte —le pedía Carolina, mirándome a mí mientras se lo decía a él—. Métemela toda, cabrón.

***

Al cabo de unos minutos, Iván salió de mí. Sentí el vacío de golpe, un frío raro en el sitio que él había estado ocupando. Diego paró también, se sacó la polla del coño de Carolina y se quedó de pie a un lado, con el preservativo brillante de flujo. Carolina giró la cabeza, los miró a los dos y les hizo un gesto con la barbilla.

Nos cambiaban como cromos.

Iván fue directo hacia ella, se quitó el preservativo usado, se puso otro nuevo y se le encajó detrás sin preámbulos. Le agarró la melena, se la enrolló en el puño y tiró hacia atrás mientras la penetraba, arrancándole un gemido nuevo. Cuando Diego se puso detrás de mí, me giré para mirarle. Vi su sexo y por un momento entendí los gemidos de ella. Era considerablemente más grande que el de Iván, más grueso, con el glande hinchado y venoso. Diego se dio cuenta de cómo lo miraba.

—¿Te gusta, eh? —dijo, riéndose—. Pues verás cuando lo tengas dentro. Ábrete bien, maricón, que esto no cabe fácil.

Se puso un preservativo nuevo, se escupió en la mano, se untó la polla y me apoyó la punta contra el culo. Empujó. Apreté los dientes. Se me doblaron las piernas un instante. Tuve que apoyar la frente en el respaldo, junto a la de Carolina, para no caerme. La sentí abrirme, forzarme, hasta que el cuerpo cedió y me la metió hasta el fondo de un tirón que me sacó todo el aire de los pulmones. Solté un gruñido largo contra el cuero del sofá. Diego no esperó a que me acostumbrara: empezó a follarme con las dos manos en mis caderas, sacándomela hasta la mitad y volviéndomela a hundir hasta los huevos, con un ritmo cerrado, brutal, que me hacía golpear la frente contra el respaldo en cada embestida.

Iván estaba ahora detrás de ella, intentando darle el placer que podía después de la perforación previa, pero ella ya tenía la cara puesta en otro sitio. Le llegaba la polla más fina y la echaba de menos la grande, se le notaba en los ojos.

Carolina me miraba a mí. Me miraba mientras Diego me follaba sin piedad. Me sonreía. Alargó la mano, me agarró la polla que me colgaba dura por debajo, y empezó a hacerme una paja al mismo ritmo que Diego me la metía por detrás. Cada embestida me empujaba la polla contra su puño cerrado, y cada retirada me la deslizaba fuera. Se me nubló la vista.

—Qué guarro eres, cariño —me susurró—. Míralo cómo te la mete. Estás disfrutando como una cerda.

Estiré la mano libre y le pellizqué un pezón. Fuerte. Como pequeña venganza por todo lo que estaba pasando, por los veinte años de desearla en silencio, por la última copa convertida en esto. Ella soltó un gritito y me lo agradeció con otra sonrisa. Se inclinó, me metió la lengua en la boca sin dejar de masturbarme, y me la mordió cuando Diego me dio un empujón que me hizo gemir contra sus labios.

—Me corro —avisó Diego de pronto, subiendo el ritmo hasta que sus huevos me golpeaban las nalgas a cada embestida—. Me corro, joder.

Carolina reaccionó en un segundo. Saltó del sofá dejando a Iván con la polla al aire, lo apartó de mí con la mano y se arrodilló en el suelo a la altura de su cadera. Diego se sacó la polla de mi culo con un jadeo, se arrancó el preservativo de un tirón y se la metió en la boca de Carolina agarrándola de la nuca. Le folló la garganta dos, tres veces, y descargó dentro con un gruñido ronco. Vi cómo se le hinchaba la mejilla, cómo intentaba tragar y no le daba tiempo, cómo un hilo de semen le resbalaba por la comisura hasta la barbilla. Después, con un gesto, llamó a Iván. Iván se acercó masturbándose con prisa, se colocó frente a ella y descargó en la cara de ella, dos golpes secos, uno en la barbilla, otro entre los labios entreabiertos, y un tercero que le cayó en el pecho, resbalándole entre los pezones.

Carolina cerró la boca. Se quedó así dos segundos, con la cara embadurnada de las dos corridas mezcladas, con los ojos cerrados como saboreándolo. Después se levantó, se acercó al sofá donde yo me había desplomado y se inclinó sobre mi cara.

Me besó.

Me pasó todo lo que tenía guardado en la lengua, despacio, sin soltarme la nuca, sin dejarme apartar la cara. Sentí el sabor salado y espeso llenarme la boca, el calor viscoso de dos hombres desconocidos derramándose desde su lengua a la mía. Tragué porque no me dejó otra opción. Ella se rio contra mis labios, me lamió los restos de la comisura y me pasó el pulgar por la barbilla para recogerme una gota que se me escapaba. Diego e Iván nos miraban de pie, las pollas a medio bajar, sin saber muy bien qué hacer con la cara.

Carolina bajó por mi pecho con los labios. Me chupó los pezones, me mordió la piel del vientre, me pasó la lengua por el hueso de la cadera. Cuando llegó a mi sexo se lo metió en la boca con la misma desesperación con la que me había besado en el dormitorio. Se la tragó entera hasta la garganta, apretándome los huevos con una mano, hundiéndome un dedo mojado con su propia saliva por detrás, tocándome por dentro el mismo sitio que Diego me acababa de dejar reventado. No duré nada. No pude. Llevaba toda la noche aguantando lo imposible y ella me lo soltó con tres movimientos: una chupada larga hasta la base, una succión en la punta, otra chupada larga hasta la base. Avisé con un gemido ahogado. Sacó la boca a tiempo, se acercó los pechos y dejó que la cubriera con todo lo que tenía dentro, chorro tras chorro caliente que le fue cayendo entre las tetas, en los pezones tiesos, en el hueco del cuello. Se recogió un poco con dos dedos, se los lamió mirándome, y se pasó el resto por los pezones para embadurnárselos.

Diego soltó una risa corta.

—Qué putas sois los dos.

Carolina se incorporó. Le miró exactamente con el mismo desprecio con el que él la había mirado a ella en el bar. Le señaló la ropa con la barbilla.

—Coged las cosas e iros.

Lo dijo sin rabia. Casi con cariño, como agradeciéndoles el rato.

Cuando cerraron la puerta y nos quedamos solos, ella se me sentó al lado en el sofá, todavía desnuda, todavía con la marca de los dos en la cara y en el pecho. Me apoyó la cabeza en el hombro.

—Hace veinte años que esperabas algo conmigo —me dijo, sin mirarme—. No iba a darte lo de cualquier otra noche.

No le contesté. No hacía falta. Me limité a quedarme allí, oliéndole el pelo, sintiéndola respirar contra mi clavícula, y entendiendo que aquella noche, de algún modo retorcido, ella había encontrado una forma de quererme distinta de todas las que yo me había imaginado.

Una forma que no se parecía a nada.

Ver todos los relatos de Confesiones

Valora este relato

Comentarios(10)

Marce_BA

Tremendo relato!!! no pude parar de leer

Susana_K

Por favor una segunda parte, no puede quedar ahí la historia jajaja

MartaRossi

Me recordo a algo que viví con un amigo hace muchos años... los amigos de toda la vida a veces son los mas complicados. Muy bueno

JavierMdQ

Espera... y despues como quedó todo? la intriga me mata jaja

martin_lector

Muy bien escrito, se siente autentico sin volverse burdo. Los relatos de confesiones cuando suenan reales son los mejores

Karina_77

jajaja el titulo ya me atrapó, y el relato cumple. Excelente

CristinaMD

Esa tension de veinte años acumulada se siente en cada frase. Me encanto como lo contaste

SergioBsAs

Buenisimo, veinte años esperando ese momento... eso tiene peso de verdad. Seguí así

PatriciaM

Se hizo cortisimo, quede con ganas de mas. Muy buen relato

Facu_mdp

Que comienzo!! la construccion de la tension es lo que mas me gusto. Seguí publicando

Deja un comentario

Iniciar sesión o crear cuenta

Elegí cómo querés continuar.