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Relatos Ardientes

La deuda que pagué con mi cuerpo aquella noche

Me llamo Rodrigo, tengo treinta y dos años y soy casado. Hasta aquella noche nunca había estado con un hombre ni lo había pensado siquiera. No lo buscaba, no lo quería, no entraba en ninguna idea que yo tuviera de mí mismo. Pero hay situaciones que te ponen contra una pared y las salidas que imaginabas ya no existen.

Todo empezó cuando mi empleador me mandó varios meses a una zona rural alejada de la ciudad. Un pueblo pequeño y tranquilo, de esos donde no pasa nada y el tiempo se mueve más despacio. Arreglé el alojamiento con Lorenzo, el dueño de una pensión vieja pero limpia en el centro del pueblo. Hombre de unos cincuenta y cinco años, corpulento, pelo entrecano y esas manos grandes de alguien que ha trabajado al aire libre toda la vida. Acordamos que le pagaría al terminar el encargo, cuando cobrara mi sueldo completo. Aceptó sin problema.

Los meses pasaron sin novedades. Lorenzo era reservado pero justo. Me preparaba el desayuno, dejaba toallas limpias y no preguntaba nada sobre mi trabajo. El pueblo era chico y los rumores corrían solos: que Lorenzo tenía ciertos gustos, que a veces ofrecía dinero a ciertos hombres a cambio de favores particulares. Yo lo escuchaba, me encogía de hombros y seguía con lo mío. No era asunto mío. Entonces.

***

El último día de trabajo cobré todo lo que me debían. Firmé los papeles, estreché manos, metí los billetes en el sobre y salí hacia la pensión. No era lejos. Había tenido una semana agotadora y la cabeza me iba a otro lado: a mi mujer, a la cama de mi casa, a la ducha larga que me debía desde hacía días.

Cuando llegué a la pensión y metí la mano en el bolsillo interior del abrigo, el sobre no estaba.

Me quedé inmóvil en el umbral. Busqué en todos los bolsillos. Los vacié uno por uno sobre la cama. Nada. Se me había caído en algún punto del camino, tres meses de trabajo en un sobre que ahora estaba en alguna cuneta o lo había recogido alguien. Salí corriendo hacia atrás. Rastreé el camino entero hasta las oficinas. Pregunté en el único almacén abierto y en la estación de servicio. Nadie había visto nada.

Volví a la pensión con las manos vacías y Lorenzo esperándome en la sala, con los brazos cruzados.

Le expliqué lo que había pasado. Lo vi tensarse. Saqué el teléfono y la computadora portátil y se los puse sobre la mesa.

—Son tuyos si quieres. Cúbrete con eso y dame algo para el pasaje de vuelta —le dije.

Los miró un momento y negó con la cabeza.

—No me sirven de nada. Tengo todo lo que necesito.

Me dijo que lo pensaría y que me avisaba. Subí a mi habitación. Eran las ocho y media. Intenté llamar a mi mujer pero la señal era mínima y la comunicación se cortó dos veces. Me senté en el borde de la cama y traté de pensar en alguna salida posible. Llamé a tres compañeros de trabajo. Dos no contestaron. El tercero dijo que me mandaría algo en cuanto pudiera, pero eso podía tardar días. Sin dinero no podía tomar ningún transporte ni conseguir otro lugar donde quedarme esa noche.

A las nueve me llegó un mensaje de Lorenzo.

***

—Mira, te soy directo —escribió—. Tenés buena presencia y yo tengo ciertos gustos que seguramente ya escuchaste comentar. Si querés saldar lo que debés, hay una forma. Pensalo. Tenés tiempo hasta las diez.

Me quedé mirando la pantalla un largo rato. Las manos me sudaban. Sabía exactamente a qué se refería. Lo había sabido desde que entré al pueblo.

Le respondí que era casado, que nunca había estado con un hombre.

—Eso no es un no —escribió.

Tenía razón. No era un no. No sabía qué era, pero no era eso.

Intenté imaginar alguna alternativa. Llamé una vez más a mis contactos. Nada. Miré el reloj: las nueve y cuarenta. Miré el techo. Escuché el silencio del pueblo afuera.

A las diez en punto golpearon la puerta.

***

Lorenzo entró con dos cervezas y una bolsa de plástico. Llevaba solo un pantalón corto, sin remera. El torso desnudo mostraba una figura que alguna vez había sido muy fuerte y todavía conservaba parte de eso, con esa panza discreta que tienen los hombres grandes que no se cuidan del todo. Se sentó en el sofá sin pedir permiso y abrió las cervezas. Me pasó una.

—Sin apuro —dijo.

Me senté lo más lejos que pude. Tomé un trago largo. Él sacó de la bolsa una caja y conectó algo al televisor. Puso un video. Era porno gay, dos hombres jóvenes en un departamento, uno rubio arrodillado frente al otro chupándole la verga con la boca abierta a más no poder, la baba resbalándole por el mentón.

No decíamos nada. Solo mirábamos la pantalla. El silencio tenía un peso particular, esa clase de silencio que no es ausencia de ruido sino presencia de algo que todavía nadie nombró. La segunda cerveza entró más rápido que la primera. En la tele el rubio ya estaba en cuatro sobre la cama y el otro le empujaba la polla entera hasta el fondo del culo, sin lubricante visible, con esa brutalidad de las escenas armadas para calentar.

En algún momento noté que estaba excitado. La polla me apretaba dentro del pantalón, dura, palpitando contra la costura. No entendí cuándo había ocurrido. Él lo notó antes que yo y esbozó algo parecido a una sonrisa.

—Es normal —dijo—. Relajate.

Se bajó el pantalón corto sin ceremonia y sacó su verga. La agarró y empezó a machacársela con la mano, lento, mostrándomela sin vergüenza. No era tan grande como había imaginado, diecisiete o dieciocho centímetros quizás, gruesa en la base, con los huevos colgando pesados entre las piernas abiertas. Pero había algo en la situación —la cerveza, la pantalla, ese silencio denso, la manera despreocupada en que se la sobaba delante mío— que me tenía paralizado y con la respiración más corta de lo habitual.

—Mostrame la tuya —dijo.

No sé por qué lo hice. Me paré, me bajé el pantalón y el calzoncillo de un tirón. Mi verga saltó afuera, dura, marcada, con la punta ya húmeda del líquido que se me escapaba solo. Él me miró con una expresión que no era sorpresa sino satisfacción, como quien confirma algo que ya sabía.

—La tenés más grande que yo —murmuró, chupándose el labio de abajo—. Date vuelta.

Me di vuelta. Se paró de un salto. Lo sentí pegarse a mi espalda, su pecho contra mis omóplatos, la panza tibia contra la parte baja de mi columna. Su verga dura se me apretó entre las nalgas, todavía por afuera, marcando el surco. Su mano rodeó mi cadera y encontró mi polla. Me agarró con firmeza y empezó a hacerme una paja lenta, deliberadamente lenta, escupiéndose en la palma primero para deslizarse mejor sobre el glande. Me sobó el prepucio de arriba abajo, giró la muñeca en la punta, apretó los huevos con la otra mano. Cada vez que sentía que estaba a punto de acabar, él lo notaba y me soltaba, esperaba unos segundos con los dedos apenas rozándome, y volvía a empezar. Me dejó al borde tres o cuatro veces, tenso, con las rodillas ligeramente flojas y un hilo de baba mío colgando del mentón sin que me diera cuenta.

Me giró despacio y empujó con una presión firme sobre mis hombros. Me arrodillé.

—Como el del video —dijo, señalando la pantalla sin mirarme a los ojos.

***

Empecé con la lengua porque no sabía qué otra cosa hacer y copié lo que veía. Le lamí los huevos primero, uno y después el otro, metiéndomelos enteros en la boca de a uno, chupándolos suave mientras él respiraba más hondo arriba mío. Subí por el tronco con la punta de la lengua, lento, siguiendo la vena gruesa que le corría por abajo. Llegué a la cabeza y la rodeé con los labios, apretando apenas. El sabor era extraño pero no desagradable, salado y cálido, con esa nota de piel de hombre transpirado que no había probado nunca. Algo en ese momento, arrodillado frente a ese hombre en esa habitación de pensión, con su verga en mi boca por primera vez en la vida, se apagó en mi cabeza. Ya no pensaba en la deuda ni en el sobre perdido ni en mi mujer. Solo estaba ahí, presente de una manera que pocas veces había estado en mucho tiempo.

Lo tomé con la mano en la base y empecé a chupar en serio. Abrí la boca, relajé la mandíbula y lo metí hasta que me llegó al fondo de la garganta y sentí las arcadas subir. Lo saqué con un tirón de saliva y volví a metérmelo entero. Otra vez. Y otra. Me acostumbré rápido al golpe, controlé la respiración por la nariz y empecé a bombearle la polla con los labios apretados alrededor. Él apoyó la palma sobre mi cabeza sin forzar, apenas acompañando el ritmo, deslizándome los dedos entre el pelo.

—Bien —dijo—. Muy bien. Chupá esa verga como si te la debieras.

Y yo se la debía. Le mamé los huevos otra vez con la mano subiendo y bajando por el tronco lubricado con mi baba, se los enjuagué con la lengua, los besé, volví a subir a la cabeza y a hundirla hasta la garganta. La saliva me chorreaba por la barbilla y le caía sobre los huevos y él me la untaba con los dedos por el cuello. La habitación olía a semen antes de que nadie hubiera acabado.

Cuando me indicó que me pusiera en cuatro sobre el sofá sentí el primer destello real de miedo. Pero no dije nada. Me acomodé, con las rodillas en el cojín y las manos apoyadas en el respaldo, el culo levantado y abierto para él. Vi que sacaba un frasco de lubricante y se lo aplicaba en los dedos con calma, echando también un chorro generoso entre mis nalgas. El líquido frío me hizo respingar. Sentí cómo bajaba por el surco hasta el ojete y él lo empujaba con la yema del pulgar, masajeando el borde en círculos lentos antes de meter nada.

Lo que vino no fue violento. Empezó con un solo dedo, despacio, hundiéndomelo hasta el nudillo y girándolo dentro. Me decía que respirara, que me relajara, que no hiciera fuerza. El dedo entraba y salía y yo sentía cómo el músculo se le rendía, cómo cedía un anillo que nunca había cedido para nada así. Metió el segundo con más lubricante. Los abrió en tijera dentro mío, estirándome, y me arrancó un gemido corto que no supe contener. Su otra mano me recorría la espalda, los costados, subiéndome la temperatura sin que yo terminara de entender cómo. Cuando sus dedos rozaron mis pezones y los pellizcaron sentí un sacudón que no esperaba, algo que me bajó directo al estómago y me hizo tensar la mandíbula. Los dedos dentro del culo encontraron un punto y presionaron, y yo largué un ruido grave, casi animal, que no reconocí como propio.

—Ya vas a pedírmelo —dijo, y había una seguridad en su voz que me irritó y me excitó al mismo tiempo.

No lo voy a pedir.

Pero lo pedí.

***

—Dale, ya —le dije, y mi propia voz me sonó diferente, más baja, casi ronca—. Metémela. No aguanto más.

Se rio, sin crueldad. Sacó los dedos y escuché el ruido húmedo del lubricante al embadurnarse la verga entera. Se posicionó detrás de mí. Sentí la cabeza redonda apoyarse contra el ojete abierto, tanteando, buscando el ángulo. Después la presión, lenta e insistente. Primero solo la punta, apenas un centímetro, empujando contra la resistencia. Se detuvo. Esperó que yo respirara. Luego un poco más, otra pausa. Cuando la metió entera de una embestida di un grito que él cortó tapando mi boca con la palma abierta.

—Quieto —murmuró contra mi nuca, con la voz apretada—. Dejá que se adapte. Sentila ahí dentro.

Y la sentí. Toda. Palpitando dentro mío, llenando un lugar que nunca había sido llenado. El dolor era real pero no era del tipo que me hiciera querer salir corriendo. Era de abrirse a algo que tiene su propio ritmo. Pasó un minuto, quizás dos, con él quieto adentro, respirando hondo sobre mi nuca, con una mano sujetándome la cintura y la otra apretándome el pezón. Y entonces empezó a moverse.

Lento al principio. Sacaba casi todo, hasta la cabeza, y volvía a entrar hasta el fondo, hasta que sus huevos golpeaban los míos. Cada pasada era más fluida que la anterior y el dolor se diluyó en algo que no tenía nombre preciso: una presión que llenaba un espacio y que cada vez que se retiraba dejaba un vacío que quería que volviera. No me lo explico de otra manera. La verga entrando y saliendo me arrancaba un jadeo cada vez, y yo empecé a empujar el culo hacia atrás para recibirla, sin pensarlo, buscándola.

—¿Cómo estás? —preguntó, con la voz agitada.

—Bien —respondí—. Cogeme fuerte.

Era verdad. Y era una orden que no supe cómo salió.

Agarró mi cintura con las dos manos y aumentó el ritmo. Ya no era lento. Cada golpe me empujaba hacia adelante contra el respaldo del sofá y yo lo recibía abierto, sin tensión, con el culo levantado y las nalgas tembleque. Me la clavaba hasta el fondo con embestidas secas que me hacían soltar aire de golpe. Me escuché a mí mismo hacer sonidos que nunca había hecho, un gemido bajo que salía solo cada vez que empujaba hasta el fondo, un "ah" quebrado que se me escapaba con cada golpe de cadera.

Me agarró del pelo, me tiró la cabeza hacia atrás y me cogió más fuerte, con las palmadas de su pelvis sonando fuerte contra mis nalgas. Mi verga estaba durísima, colgando entre mis piernas y sacudiéndose con cada estocada, chorreando un hilo de líquido preseminal sobre el sofá. Él bajó una mano y me la agarró, empezó a bombearla al mismo ritmo con que me la metía en el culo. Coger y paja al mismo tiempo, sincronizado, hasta que sentí que iba a explotar por los dos lados a la vez.

—Papi —dije en algún momento, sin pensarlo. La palabra salió sola, sin que yo la eligiera—. Papi, no pares.

Eso lo aceleró. Gruñó algo entre dientes y me clavó la verga más adentro, con embestidas más cortas y más rápidas. Se corrió hacia adelante sobre mí, aplastándome contra el respaldo, y aumentó el ritmo hasta que las palmadas de su cadera contra la mía llenaron el cuarto y ahogaron el ruido del video. Me cogió durante un buen rato más, lo suficiente para que yo perdiera la noción de cuánto tiempo llevábamos, con esa verga entrando y saliendo de mi culo como si ese fuera su lugar desde siempre, antes de sacarla de golpe y decirme que me diera vuelta.

***

Me senté en el sofá con las piernas todavía temblándome, sintiendo el culo abierto y latente, vacío. Él se puso de pie frente a mí, con la verga brillante de lubricante y de mí, la vena hinchada, los huevos apretados contra el cuerpo. Tomó mi cabeza con las dos manos y me la metió en la boca sin previo aviso. Empujó con ritmo corto y preciso, usando mi boca como antes había usado mi cuerpo, entrando hasta la garganta y saliendo, cada estocada más rápida que la anterior. Me llegaba hasta el fondo y me hacía toser y él no aflojaba, me sostenía la cabeza fija y me la clavaba adentro. Sentí que se tensaba, escuché su respiración quebrarse, sentí cómo los huevos se le encogían contra mi mentón. Lo que vino fue un chorro caliente que llegó directo a la garganta y casi me hizo toser. Después otro, y otro, cuatro o cinco descargas espesas que me llenaron la boca de semen tibio y salado. No me soltó hasta que terminó del todo, hasta que sacó las últimas gotas frotando la cabeza contra mi lengua.

Tragué. Sentí cómo bajaba, denso, pegajoso, dejándome el gusto de él en la boca.

Se dejó caer a mi lado en el sofá, agotado, la respiración lenta recuperándose. Su pija seguía semi-erguida, brillante de saliva y de leche, apoyada contra el muslo. La tomé con la mano, casi por instinto, y la besé una vez, con los labios cerrados, apoyada sobre la cabeza mojada. Hasta hoy no sé por qué lo hice.

El video seguía en la pantalla. Los dos tipos ya se estaban corriendo uno sobre la cara del otro, con la escena montada para el final. Me agarré la verga que seguía dura, palpitando, sin haber acabado todavía. Me masturbé mientras él miraba, sin disimulo ninguno, con la mano apretada y rápida, escupiéndome en la palma para lubricar. Me bombeé la polla mirándolo a él a los ojos, con el culo todavía tibio de su verga, hasta que sentí la corrida subir desde los huevos, tensarme entero y estallar en chorros gruesos que salieron disparados y cayeron en el piso de madera. Cinco, seis chorros. Un charco blanco y espeso brillando entre nosotros.

Él señaló el charco con el mentón.

—Limpialo.

Lo hice. Me arrodillé y pasé la lengua por la madera fría sin que nadie me forzara a hacerlo. Recogí mi propia corrida con la lengua, la junté en la boca, la tragué. El gusto era distinto al de él, más metálico, más mío. En ese momento sentí que se paró de nuevo, sentí el crujido del sofá, y así, agachado todavía con el culo al aire, me la ensartó de nuevo de una sola embestida. Grité contra la madera. Él me agarró de las caderas y me la clavó hasta el fondo sin ceremonia, aprovechando que ya estaba abierto y todavía resbaloso de lubricante. Cogió a mi culo con la fuerza de alguien que ya sabe que puede, sin la paciencia de la primera vez, entrando y saliendo con embestidas duras que me hacían golpear la frente contra el piso. Hasta llenarse. Me dio una palmada seca en el costado del culo y se separó de un tirón.

—Deuda saldada —dijo, agarrando la remera del respaldo—. Y esto no termina acá.

***

No se equivocó.

Dos días después, cuando regresé a la ciudad y pasé por las oficinas para recoger mis cosas, vi a Lorenzo del otro lado de la sala. Estaba hablando con mi jefe. Me miró desde ahí con esa misma sonrisa tranquila del que sabe más de lo que muestra. Mi jefe me presentó a su primo. Lorenzo extendió la mano como si fuera la primera vez que nos veíamos.

Me quedé en ese pueblo tres semanas más, con un contrato extendido que nadie me pidió firmar. Durante ese tiempo hubo otras noches, otras cervezas y otros hombres que aparecieron sin que yo los invitara. El primo de mi jefe tenía amigos y a todos parecía gustarles el mismo tipo de acuerdo.

Nunca pedí que parara.

No sé bien qué cambió en mí aquella primera noche en la habitación de esa pensión. No sé si fue la desesperación, el alcohol o simplemente algo que ya vivía dentro y estaba esperando la circunstancia exacta para salir a la superficie. Lo que sí sé es que cuando finalmente volví a casa y mi mujer me preguntó cómo había ido el trabajo, le dije que bien, sin novedades, que estaba cansado y necesitaba dormir.

Era mentira en casi todo. Pero algunas cosas no se cuentan.

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Comentarios(11)

SofiaM01

Dios mio que relato!!! me dejo sin palabras

MartinCba91

Me quede con ganas de mas, quedo muy corto para lo buena que es la historia. Espero una segunda parte

PatriciaRomero

Cuando esta escrito en primera persona se siente mucho mas real. Me meti en el relato desde el primer parrafo

DiegoNqn88

tremendo, lo lei dos veces jajaja

NoraCba21

Hay momentos en la vida que te marcan para siempre.. este relato me lo recordo muy bien. Gracias por compartirlo

ElOchentero

Lorenzo aparece justo en el momento exacto jajaja muy bueno

LectoresBA

De los mejores que lei en confesiones, sin exagerar. Seguí publicando!

LucasBsAs77

La tension del principio esta muy bien lograda, se nota que saben crear intriga. Buen relato

Juli89

ay que bueno!!! quiero mas 🙏

Caro_RD

El titulo me atrapo de entrada y el relato no decepciona para nada. Muy bien

ViajeroK77

Pregunta sincera: esto es ficcion o realmente paso? porque suena muy real jaja

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