La boda de mi prima y el secreto de su marido
La boda de Valeria empezó como todas las de mi familia: dos horas de caos previo, una iglesia con eco y demasiada gente que no se ve en todo el año intentando aparentar que sí. Yo soy el mayor de todos los primos, cuarenta y un años, el único soltero de los que superamos los treinta, y desde primera hora de la mañana había asumido sin que nadie me lo pidiera el papel de coordinador invisible: recoger a los tíos que venían de fuera, llevarlos al hotel, asegurarme de que el abuelo llegara a tiempo y aguantar con sonrisa de piedra el «¿y tú para cuándo?» que, sin falta, me soltó alguien entre el aperitivo y los entrantes.
Soy gay. Llevo siéndolo toda mi vida, aunque la familia tardó algunos años en enterarse. Los mayores callan. Los de mi edad lo normalizan con el esfuerzo visible de quien normaliza. Los más jóvenes directamente no le dan ninguna importancia, que es lo que corresponde. En bodas como esta, ser gay tiene una ventaja inesperada: puedo mirar a Diego Castellano, el novio de Valeria, sin que nadie me esté evaluando por ello.
Veintisiete años. Uno ochenta y tres. Espaldas que llenaban la americana como si se la hubieran cosido directamente sobre el cuerpo. Pelo oscuro, algo ondulado, que llevaba peinado hacia atrás con una naturalidad que a mí me habría costado veinte minutos de espejo. Y esa sonrisa —la que soltaba cuando algo le hacía gracia de verdad, no la de compromiso de las fotos, sino la otra, la rápida, la que le arrugaba el rabillo del ojo izquierdo— esa me había estado haciendo algo interno desde la primera vez que la vi hace casi un año, en una cena familiar reducida donde nos pusimos a hablar de cine y no paramos.
Desde entonces nos habíamos visto poco. Alguna comida, alguna tarde en casa de mi prima. Pero cuando coincidíamos, la conversación retomaba exactamente donde la habíamos dejado, sin el rodeo de ponerse al día. Era el tipo de persona con quien el tiempo no hace falta malgastarlo.
La noche anterior, en la despedida informal en un bar del barrio, estuvimos sentados en la misma esquina durante más de una hora. Hablamos de la boda, de los nervios que Diego no terminaba de reconocer que tenía, de cosas sin importancia y de otras que sí la tenían. Él me miraba de una manera que no sabía muy bien cómo catalogar: demasiada atención para ser solo cortesía, demasiada calma para ser incomodidad. Valeria estaba en el otro extremo de la barra con sus amigas, brindando y riendo, completamente ajena.
Me fui a casa sin haber llegado a ninguna conclusión. Bueno, sí. Me fui a casa, cerré con llave, me metí en la cama y me la casqué pensando en su boca, en cómo movía los labios cuando pronunciaba palabras largas, en cómo se le marcaba el paquete cuando se sentaba con las piernas abiertas. Me corrí en dos minutos escasos, apretando los dientes para no gritar el nombre del novio de mi prima la noche antes de su boda.
***
La comida terminó cerca de las siete y media. Habían servido no sé cuántos platos, los postres se alargaron, el café también, y yo llevaba encima una mezcla bastante imprudente de cava, vino, un licor de hierbas que sacó el tío Matías de algún bolsillo interior y un par de copas de algo que alguien puso en mi mano sin que yo lo pidiera. Estaba bien. Contento. Más de lo necesario, quizás.
Diego y Valeria habían dado varias vueltas por el salón saludando mesa por mesa. En una de esas rondas, mientras ella se quedaba hablando con los compañeros del trabajo de su madre, él pasó por detrás de mi silla y se inclinó hacia mí.
—Tengo algo que contarte —me dijo en voz baja—. Más tarde.
No sonreía mientras lo decía. Su tono era neutro, casi serio. Pero un segundo después, cuando ya se estaba incorporando, me guiñó el ojo izquierdo y recuperó la expresión de novio impecable que había mantenido durante las últimas nueve horas.
Me quedé con eso clavado. ¿Algo que contarme? ¿Un problema? ¿Un secreto? Diego no era del tipo que generaba suspense innecesario, así que aquello tenía que significar algo. Intenté no pensar demasiado. Lo pensé constantemente. Y mientras lo pensaba, sentado con la servilleta sobre las piernas, la polla se me empezó a hinchar debajo del pantalón del traje, incómoda, apretada contra la tela, y tuve que cambiar tres veces de postura antes de que se me bajara.
Cuando empezó el baile nupcial ya necesitaba levantarme. Crucé el salón hacia los servicios más cercanos y cuando empujaba la puerta una mano me agarró del brazo desde atrás.
—Ese no —dijo Diego—. Ven, te llevo a uno más tranquilo.
—Si tardas más de un minuto en llevarme, el suelo del pasillo se entera de todo —respondí.
Se rio. Una risa corta y real, sin adorno. Me soltó el brazo y echó a andar.
Cruzamos un corredor largo, salimos a un patio interior y entramos en un edificio anexo que pertenecía al complejo pero que ese sábado estaba sin celebración. Un salón amplio con las sillas apiladas contra las paredes, las mesas plegadas, una barra sin personal. La única luz entraba de los focos del jardín por las ventanas laterales, una claridad oblicua y tenue que cortaba el espacio en ángulos largos y dejaba el centro casi en sombra.
Diego señaló con la cabeza el baño del fondo. Esperó.
Cuando volví al salón, él estaba al otro lado de la sala. La americana descansaba sobre el respaldo de una silla. La corbata, también. La camisa blanca, abierta en el cuello, le caía diferente sin el conjunto completo del traje. Era otro tipo de guapo: más informal, más real, más él.
—¿Qué me querías contar? —pregunté.
—Siéntate primero.
Obedecí sin pensar demasiado en si era buena idea. Me senté en una de las pocas sillas que no estaban apiladas, justo frente a él. Diego no se sentó. Se quedó de pie, a unos dos metros, y empezó a desabrocharse el resto de la camisa.
Seguí mirándolo. Primer botón. Segundo. Tercero. Quizás se había manchado algo y quería enseñármelo. Quizás tenía un tatuaje que nadie en la familia sabía. Quizás estaba completamente loco o completamente sobrio, que a veces producen el mismo resultado.
—Tranquilo —dijo sin levantar la vista—. Aquí no nos va a buscar nadie. Les dije que tenía que hablar con el encargado del local y que te llevaba de testigo por si hacía falta alguien de la familia.
Sexto botón. La camisa se abrió del todo. La dejó caer al suelo.
El pecho liso, sin vello, amplio pero sin exceso. El abdomen plano con la definición de quien se mueve mucho pero no vive en el gimnasio. Una línea fina desde el ombligo hasta el borde del pantalón que desaparecía bajo la tela. La luz del jardín le iluminaba desde el lateral, marcando las sombras de los costados.
—¿Sin pelo? —pregunté, porque era lo único que me salió.
—Prefiero así. Todo, hasta los huevos. ¿Hay algún problema?
—Ninguno en absoluto.
Soltó el cinturón. Un movimiento solo, calculado, sin prisa. Después el botón del pantalón. Después la cremallera. Para entonces yo había dejado de hacer el esfuerzo de parecer tranquilo y tenía la polla completamente dura dentro del pantalón, palpitando con cada latido, empujando la tela hacia arriba de una forma que no podía disimular ni sentado.
Se bajó el pantalón hasta los tobillos, se quitó los zapatos empujándolos con el pie contrario, lo dejó todo en un montón ordenado sobre la silla. El bóxer oscuro, bastante ajustado, no dejaba mucho margen para la especulación, y lo que dejaba a la especulación era de buen augurio: un bulto grueso, pesado, marcando la forma completa de la polla contra la tela, la cabeza dibujándose contra el elástico de la cintura.
—Los calcetines arruinan cualquier escena —dijo, y se los quitó también.
Solo quedaba el bóxer. Diego miró la mesa que tenía detrás, la evaluó un segundo y subió a ella. Se puso de pie encima. Desde esa altura, con la luz lateral del jardín recortándolo, parecía una estatua griega que alguien hubiera colocado ahí por descuido o por mala fe.
Levantó el brazo derecho y lo apoyó contra la pared. Inclinó la cabeza un poco. Con la mano libre empezó a acariciarse el pecho, despacio. Los pezones, que se le pusieron duros de inmediato, dos puntos oscuros sobre la piel clara. El abdomen. Se humedeció el índice en la boca y lo pasó en círculos lentos sobre la piel, con una atención pausada que resultaba más erótica que cualquier urgencia. Sus caderas se desplazaron apenas, un pequeño cambio de peso, y la forma dentro del bóxer respondió creciendo, empujando la tela hacia adelante hasta que se marcó entera: la longitud completa, el grosor, hasta el reborde de la cabeza tensando el algodón oscuro.
Bajó la mano por el abdomen, la metió por dentro del bóxer y se agarró la polla sin sacarla. La tela se abultó, se movió con el bulto del puño cerrado alrededor. Se acarició así unos segundos, mirándome directamente, comprobando el efecto. Después, con las dos manos, enganchó la cinturilla y se bajó el bóxer despacio hasta las rodillas.
Se le salió erecta, rebotando contra el abdomen antes de quedar apuntando hacia arriba. Gruesa. Larga. La cabeza morada, brillante, ya con una gota de líquido preseminal colgando del meato. Los huevos completamente lampiños, pesados, colgando por debajo. La base rodeada de una zona apenas más oscura, meticulosamente afeitada. Todo el paquete expuesto a menos de tres metros de donde yo estaba sentado sin poder respirar bien.
Yo no me moví. No estaba seguro de poder moverme.
Se escupió en la palma de la mano derecha, un gesto lento y deliberado, y se envolvió la polla con el puño. Empezó a masturbarse. Despacio. Bajando el prepucio hasta la base, subiéndolo hasta cubrir la cabeza, girando la muñeca en el punto alto. La saliva le hizo brillar toda la longitud. Se veía cada vena marcada bajo la piel tensa, cada tirón del glande cuando la mano llegaba arriba y volvía a bajar.
Con la otra mano se agarró los huevos, se los amasó, se los tiró un poco hacia abajo. Después se pasó dos dedos por debajo, por el perineo, presionando ese punto que hace que a un tío se le doblen las rodillas. Se le doblaron ligeramente.
—Mírala bien —dijo por fin, con la voz un poco más ronca—. Es para ti.
Se giró de espaldas sin dejar de masturbarse.
Las nalgas firmes, redondas, blancas comparadas con el resto de la piel, completamente depiladas también. Las piernas largas. La curva de la espalda bajando hasta el hueco de la cintura. Metió la mano izquierda por detrás, entre las nalgas, y con el dedo corazón se separó, se acarició despacio la entrada. Las nalgas se tensaron y se soltaron al ritmo de lo que hacía con los dedos. Con la otra mano seguía trabajándose la polla por delante, ahora en un ángulo distinto, la muñeca girando entre las piernas.
Se mojó el dedo con saliva y volvió a llevarlo a su culo. Esta vez lo metió. Poco. Hasta la primera falange. Se le escapó un jadeo bajo, contenido. Después lo metió entero. La cadera empezó a moverse hacia atrás contra su propio dedo, hacia adelante contra su propio puño, un vaivén corto y rítmico que me tenía a mí con la boca abierta y las manos agarradas al asiento de la silla.
No podía verle la cara. Solo la espalda, los hombros, los omóplatos marcándose cuando el brazo subía. La sombra que la luz del jardín proyectaba contra la pared lateral era explícita y tranquila al mismo tiempo, como si aquello fuera lo más natural del mundo: la silueta ampliada de un hombre desnudo follándose el dedo mientras se la machacaba.
Su respiración cambió. Más profunda primero, luego más rápida y corta. Las rodillas se flexionaron un poco. La cabeza cayó hacia atrás, el pelo oscuro deslizándose sobre el cuello.
Se giró otra vez de frente. Ahora podía verle todo. La polla enrojecida, mojada de saliva y de su propio líquido, el puño subiendo y bajando cada vez más rápido. Los abdominales tensándose en oleadas. El pecho subiendo con cada respiración. Se mordió el labio inferior. Cerró los ojos un segundo y los volvió a abrir para mirarme fijamente.
—Mira cómo me corro por ti —susurró.
Gemidos bajos, controlados, como quien calcula bien el volumen que puede permitirse. Los huevos se le contrajeron, subiéndose contra la base. Las nalgas se apretaron. Todo el cuerpo se le tensó en un arco corto y el primer chorro salió disparado hacia adelante, cayendo sobre el mantel blanco de la mesa a sus pies. El segundo fue más largo, más grueso, un chorro denso que le manchó los propios dedos y siguió cayendo. Un tercero, un cuarto. Se siguió masturbando exprimiéndose hasta la última gota, la mano cerrada apretando la base y subiendo lentamente hasta la punta, sacándole el semen que le quedaba, dejándolo caer también sobre la mesa.
El mantel blanco recibió las pruebas: charcos espesos, hilos blancos entrecruzados sobre la tela. Diego tardó un momento en recuperar la postura. Las rodillas se estiraron despacio. La respiración fue bajando. Se llevó el índice manchado a la boca y se lo chupó sin dejar de mirarme, limpiándose su propio semen del dedo con una tranquilidad que casi me hace acabar dentro del pantalón.
Luego giró la cabeza hacia mí, a medias.
—Espero que haya sido de tu agrado. Llevaba semanas queriendo hacer esto mientras tú estuvieras cerca. Considéralo un regalo, aunque al revés de como se suele hacer.
Me aclaré la garganta. Tenía la polla tan dura que me dolía.
—La tradición establece que los regalos los ponen los invitados.
—La tradición también dice muchas cosas absurdas.
Se bajó de la mesa con calma. Recogió el bóxer, se lo subió sin limpiarse siquiera lo que le quedaba pegado a la mano. Recogió la ropa del suelo. Se vistió sin prisa ni vergüenza, con la misma naturalidad con la que se había desvestido. Cuando terminó, se acercó y me puso una mano en el hombro, el gesto de dos conocidos que acaban de charlar de algo intrascendente.
—Eres la única persona aquí que lo habría apreciado de esta forma —dijo—. Incluida Valeria, que tiene otros gustos.
—Has calculado bien.
—Suelo hacerlo.
Salimos juntos al pasillo. Antes de doblar hacia el salón principal me detuve.
—Perdona, creo que necesito volver al servicio.
Diego se me quedó mirando de reojo.
—¿Otra vez? ¿Ya?
—Esta vez por otra razón.
Le guiñé un ojo. Él dejó caer esa sonrisa, la real, la que arruga el rabillo izquierdo. Siguió caminando hacia el salón sin volverse.
Entré al mismo baño del que había salido antes. Cerré con pestillo. Me apoyé de espaldas contra la puerta, me desabroché el pantalón con las dos manos y me bajé el calzoncillo hasta los muslos. La polla salió disparada hacia arriba, dura como no la recordaba en años, la cabeza púrpura, un hilo largo de preseminal colgando y cayendo sobre el suelo de baldosa.
Me escupí en la palma y me la agarré. Con el primer movimiento de la mano casi me corro. Cerré los ojos y volví a verlo: Diego encima de la mesa, la sombra contra la pared, el dedo entrándole en el culo, el chorro de semen cayendo sobre el mantel blanco. Aceleré. La otra mano me la llevé debajo, agarrándome los huevos, apretándomelos como se los había apretado él. Imaginé que era él quien tenía la polla en el puño. Imaginé su boca cerrándose alrededor de la cabeza, la lengua trabajándome el frenillo, la garganta abriéndose para tragarme entero. Imaginé metiéndosela yo a él por detrás, empujándolo contra esa misma mesa, con el mantel manchado por debajo, follándomelo hasta que gritara.
Me corrí en menos de dos minutos, mordiéndome el antebrazo para no hacer ruido. Un chorro largo que salpicó la puerta y me manchó la mano entera, y luego dos, tres, cuatro sacudidas más que fueron cayendo al suelo. Me quedé un rato apoyado, respirando, con la polla todavía en la mano, palpitando, sin bajar del todo. Después me limpié con papel, tiré todo por el retrete, me lavé las manos y me miré al espejo. Estaba colorado. Los ojos brillantes. La corbata torcida.
Volví al salón principal justo cuando cortaban la tarta.
Hay bodas que se recuerdan por la comida. Hay otras que se recuerdan por la música, por el discurso del padre de la novia o por la foto que salió mal. La de Valeria la voy a recordar por lo que pasó en ese salón vacío, a la luz indirecta de los focos del jardín, con Diego subido en una mesa y yo sin moverme de la silla durante veinte minutos que valieron por toda la noche.
Y también por lo que hice yo después, a solas, con su semen todavía secándose sobre un mantel a treinta metros de distancia y su imagen grabada a fuego en la parte de la memoria que uno reserva para lo que quiere recuperar cuando lo necesita.