Valeria quería lo que su marido nunca le dio
Llevaba ya tres años follando con Carmen cuando todo eso sucedió. La conocí a través de su marido, que manejaba junto a su cuñado una empresa de servicios de limpieza. Ella era quien llevaba la contabilidad, y quien respondía los correos con esa mezcla de eficiencia y coquetería que terminó derivando, como suele pasar, en algo mucho más complicado que un simple acuerdo comercial.
Con Carmen aprendí ciertas cosas. Antes de mí, consideraba el sexo oral una concesión incómoda y el anal, directamente imposible. Conmigo fue cambiando esa postura, sin dramatismos. Cuando descubrió el orgasmo anal, fue ella quien empezó a pedirlo. Me lo decía directamente: que para su marido guardaba lo que tenía que guardar, y para mí era todo lo demás. Había algo honesto en esa división que a mí no me molestaba.
Fue una mañana de martes, en mi apartamento, cuando Carmen me hizo una pregunta que no esperaba. Estábamos aún en la cama, ella con un cigarrillo apagado entre los dedos que nunca llegaba a encender.
—¿Te parece bonita mi prima Valeria? —preguntó.
—¿Por qué me preguntas eso ahora?
—Porque me lo está pidiendo ella.
Le tomó un rato contarme el resto. Valeria era la esposa de uno de los socios del marido de Carmen, una mujer de veintisiete años, delgada, más alta, con el cabello castaño que se teñía de rubio desde hacía un par de años. Las primas se llevaban bien. Se contaban cosas. Al parecer, demasiadas cosas.
—¿Le contaste lo nuestro? —pregunté.
—No todo. Lo suficiente.
—¿Y qué quiere exactamente?
—Lo que tú ya sabes hacer. Oral y anal. Su marido nunca le ha dado ninguna de las dos cosas y ella tiene curiosidad. No busca una relación. Solo quiere saber cómo se siente.
No lo pensé demasiado. Carmen me conocía bien y sabía que no iba a negarme. Lo que sí le pregunté fue si ella estaba cómoda con la propuesta.
—Si no lo estuviera, no te lo estaría proponiendo —dijo, y apagó el cigarrillo sin haberlo encendido.
Quedamos en que Valeria vendría un miércoles. Su hijo tenía clase por la mañana, lo que nos dejaba una ventana de algo menos de tres horas.
***
La conocía de vista. Habíamos coincidido alguna vez en reuniones a las que me invitó Carmen, esas cenas donde nadie habla de lo que realmente piensa. Era simpática, algo reservada. Tenía una cara más fina que su prima, aunque Carmen compensaba con un cuerpo más rotundo y más presencia. Valeria era discreta en todo.
Cuando llegó ese miércoles, me sorprendió lo bien que disimulaba los nervios. Llevaba una falda oscura a la rodilla, una blusa de color crema y zapatos de tacón que resonaron en el pasillo antes de que pudiera abrir la puerta. Un perfume suave, floral. Se lo noté en la mirada: estaba asustada, pero había tomado una decisión.
Fui directo. No porque quisiera intimidarla, sino porque los rodeos en esa situación sirven para poco.
—Valeria, lo que pase aquí no sale de aquí. Carmen lo sabe, yo lo sé y tú lo sabes. Si en algún momento quieres parar, me lo dices y paramos. Sin explicaciones.
Ella asintió.
—¿Subimos? —pregunté.
—Sí —dijo. Nada más.
Subimos a mi habitación. Las cortinas estaban abiertas y entraba luz de media mañana. Se quitó la ropa con calma, sin teatralidad, dándome la espalda mientras doblaba cada prenda y la colocaba sobre la silla del escritorio. Llevaba ropa interior de color claro, sencilla. Se sentó en el borde de la cama y me miró mientras yo me quitaba la camisa.
—Carmen me dijo que quieres probar los dos —dije—. Dar y recibir.
—Sí —confirmó.
***
Le dejé que tomara la iniciativa. Se arrodilló en la cama y me tomó con las manos primero, explorando. Había en eso algo entre la curiosidad y la concentración. Se lo llevó a la boca despacio, como midiendo. Al principio solo besaba, luego empezó a chupar con más confianza. Le dije que apretara con los labios, no con los dientes. Corrigió sin decir nada.
La interrumpí para pedirle que bajara a los testículos. Dudó un segundo, luego lo hizo. Le dije que tuviera cuidado. Lo hizo con una delicadeza que no esperaba. Cuando se incorporó y me tomó otra vez en la boca, ya no había vacilación. Era como si algo se hubiera asentado en ella. Me tomó de las caderas y siguió un ritmo constante durante varios minutos.
Le avisé antes de correrme. No se retiró. Cuando terminé, un hilo blanco le resbaló por el labio inferior. Se lo limpió con el dorso de la mano y levantó la vista hacia mí.
—¿Cómo estás? —pregunté.
—Bien —dijo. Y sonrió por primera vez desde que había llegado.
Fuimos al baño. Mientras se enjuagaba, le pregunté qué le había parecido.
—Raro al principio —dijo—. Pero me gustó. No pensé que me fuera a gustar tanto.
—¿Tu marido nunca te lo ha pedido?
—Nunca. Para él esas cosas no existen.
Volvimos a la cama. Me quedé mirándola un momento sin decir nada.
—¿Y ahora? —preguntó ella.
—Ahora te toca a ti —dije.
Se recostó. Tenía el cuerpo tenso, como esperando algo que doliera. Le recorrí el abdomen con la lengua, despacio, sin apuro. Los músculos del estómago se contrajeron. Bajé más. Tenía el sexo depilado, los labios delgados, el clítoris apenas visible. Le pasé la lengua por encima una vez, suave, y escuché un sonido que no era exactamente un gemido pero que tampoco era silencio.
Le sujeté los muslos con las manos para que no los cerrara y empecé a trabajar con calma. Le abrí con los dedos y le hundí la lengua mientras con el pulgar le rozaba el clítoris. Fue entonces cuando dejó de contenerse.
—Dios —dijo en voz baja.
Le apretaba los pezones mientras seguía. Ella tenía la mano enredada en mis cabellos sin tirar demasiado, como si no supiera qué hacer con ella. Su pelvis empezó a moverse sola, pequeñas sacudidas que iban haciéndose más largas. Sentí que su respiración cambiaba antes de que se corriera: se cortó de golpe, el cuerpo se arqueó y luego una serie de temblores que le recorrieron los muslos de arriba abajo. Se corrió dos veces en menos de un minuto, el segundo orgasmo llegó antes de que el primero terminara del todo.
Me pidió que parara. Lo hice.
—No había sentido eso nunca —dijo cuando recuperó el aliento.
—¿Nada parecido?
—Nada.
***
Descansamos unos minutos. Tenía el cuerpo húmedo de sudor y los ojos brillantes. Me preguntó si era el momento de lo otro. Le dije que cuando ella quisiera.
—Quiero —dijo.
—¿Tienes nervios?
—Sí. Carmen me dijo que duele al principio.
—Un poco. Después no.
—¿Y después es como ella dice?
—Tendrás que comprobarlo tú misma.
La puse a cuatro patas en el borde de la cama. Empecé por las nalgas, besándolas y mordiéndolas apenas. Llegué al ano con la lengua y sentí cómo todo su cuerpo reaccionaba: los brazos se tensaron, la espalda se curvó ligeramente. Trabajé ahí durante veinte minutos, alternando la lengua con el pulgar, presionando sin forzar, esperando que el músculo cediera por sí solo. Cuando introduje el dedo con suavidad, lo recibió sin quejarse.
—¿Bien? —pregunté.
—Sigue —dijo.
Pasé a dos dedos, luego a tres. En ningún momento apresuré nada. Le decía lo que iba a hacer antes de hacerlo. Ella respondía con monosílabos, pero la forma en que movía la cadera decía más que las palabras.
Me lubrifiqué con sus fluidos y le asomé el glande despacio. Sentí la resistencia del músculo y esperé. Ella respiró hondo. Empujé un poco más y el glande pasó. Se tensó de golpe.
—Para —dijo.
Paré. Esperamos. Treinta segundos. Un minuto.
—Sigue —dijo.
Avancé centímetro a centímetro, hasta que mi pelvis chocó contra sus nalgas. Nos quedamos quietos un momento.
—¿Lo tienes todo adentro? —preguntó.
—Todo.
—Lo siento. Siento tus... —se interrumpió—. Lo siento todo.
—¿Duele?
—Un poco. Pero también... no sé cómo explicarlo. Quiero más.
Empecé a moverme con presión antes que con velocidad, como hundiéndome más en lugar de entrar y salir. A ella le gustó eso. Me lo dijo sin palabras: empujó hacia atrás para recibir más. Le tomé las caderas y seguí ese ritmo. Le pasé una mano al frente y le toqué el clítoris. Un gemido largo, sin palabras.
Saqué la verga del todo y le volví a meter la lengua. Tenía el ano abierto y sensible. Se dobló hacia adelante y apoyó la frente en la sábana.
—Eso es una tortura —dijo entre dientes—. Una tortura buena.
Se lo volví a meter. Esta vez entró más rápido y ella no pidió que frenara. Establecimos un ritmo de verdad, mis caderas golpeando las suyas con un sonido seco y regular. La sábana debajo de ella estaba empapada. Sus muslos temblaban. Cuando sentí que estaba cerca, aceleré. Ella se aferró a la sábana con las dos manos y se corrió con todo el cuerpo, un orgasmo que la dejó doblada y sin aire, mientras yo me vaciaba adentro y caía sobre su espalda sudada, los pulmones ardiendo.
Nos quedamos así un rato, sin hablar.
***
Cuando se levantó para ir al baño, caminó distinto. No mucho, pero sí. La miré y no dije nada.
Mientras se arreglaba frente al espejo, me preguntó sin girar la cabeza:
—¿Es siempre así?
—Cuando te relajas, sí.
Asintió. Se miró en el espejo un momento más y luego volvió a concentrarse en el pelo.
—Tengo que llegar a buscar a mi hijo —dijo.
—Ya sé.
Llevaba en el bolso otra muda de ropa interior. La que había traído puesta, empapada, la dejó doblada sobre el buró antes de irse. No sé si fue un gesto deliberado o simplemente se le olvidó. Prefiero creer que fue lo segundo.
***
Nos vimos otras veces. Casi siempre el mismo día de la semana, casi siempre la misma ventana de tiempo. Durante un año y medio aquello fue constante. Valeria nunca quiso besos en la boca ni charlas largas, nunca quiso que cambiara el formato. Llegaba, subíamos, cada uno hacía lo suyo. Era mecánico, sí, pero no por eso era menos real.
Lo que me sorprendió con el tiempo fue que no buscaba escapar de su matrimonio. No le molestaba su marido; simplemente había partes de ella que él no sabía que existían. Yo era la persona que encontraba esas partes.
Un día Carmen me dijo que Valeria estaba embarazada. No volvimos a vernos hasta más de dos años después. Cuando la vi, estaba diferente: más llena, más segura de sí misma o quizá solo más cansada. No le pregunté.
La segunda vez que vino después de ese paréntesis, subimos sin decir casi nada y todo fue exactamente igual que antes. Hay personas con las que el tiempo no cambia la temperatura, solo el contexto.