Saltar al contenido
Relatos Ardientes

Seis meses de aventura sin llegar a tocarnos

Nos conocimos de la misma manera en que suceden ahora muchas cosas: por la red, sin que nadie nos presentara, sin saber muy bien qué buscábamos. Empezó con un mensaje directo y terminó —aunque terminó no es la palabra correcta— en algo que sigo sin poder clasificar del todo.

Claudia se presentó sin rodeos desde el principio. Nombre real, ciudad real, situación real. Los dos teníamos pareja. Los dos teníamos vidas construidas a las que no pensábamos renunciar. Quizás por eso fue más fácil: no había expectativas que gestionar, ni promesas implícitas que luego hubiera que sostener. Solo conversación.

Los primeros mensajes fueron inofensivos. Películas, trabajo, anécdotas de fin de semana. Pero hay personas con las que la conversación se profundiza sola, sin que nadie la empuje, y Claudia era de esa clase. En pocas semanas ya hablábamos de cosas que no se comparten fácilmente con quien está sentado frente a ti en la cena. Miedos, frustraciones, deseos que llevan tiempo sin ventilarse.

Era directa de una manera que me descolocaba. Sin poses, sin filtros innecesarios. Una mujer que sabía lo que pensaba y no le daba miedo decirlo. Eso, en otro contexto, podría resultar intimidante. En ella era magnético.

La atracción llegó sola, sin que nadie la invitara, y ambos la dejamos quedarse sin hacer mucho caso. Durante casi seis meses hablamos casi a diario hasta que la conversación dio el giro que yo ya presentía desde hacía tiempo.

***

Una tarde de noviembre llevábamos un rato hablando de cualquier cosa cuando ella escribió algo que me hizo detenerme:

—Estando sola con mi pareja, haría el amor a cualquier hora. No hay suficiente y me quedo siempre con ganas.

No era una queja. Era un hecho dicho con la misma normalidad con que se comenta el tiempo.

—Coincido —respondí—. Dejarse llevar por lo que pide el cuerpo. Follar sin complicar las cosas.

—Desde luego. Habría que vivir esa clase de pasión al menos una vez con alguien que realmente lo merezca.

Pensé antes de escribir.

—Aquella noche de verano me escribiste que tu sueño era sentir unos labios, unas manos, sentirte cerca de alguien de verdad. Desde entonces no lo he podido olvidar.

—El romanticismo —respondió tras un momento— tiene más de sexual que la atracción puramente física. Porque lo primero incluye lo segundo y le suma algo más. Aquí estamos los dos con ganas de algo.

—Hagamos el amor y no la guerra.

—Hacer el amor es abrazar y follar al mismo tiempo. Una combinación perfecta para los que de verdad se desean.

—Abrazar con deseo es el principio de todo lo demás.

Hubo una pausa. Luego:

—Me apetece el dildo esta noche. Con él puedo hacer lo que quiero.

—El sexo entre dos también tiene su punto.

—Claro. Todo junto. Él me lo pone y luego ya follamos.

Me la imaginé. No pude evitarlo y no hice mucho por intentarlo.

—Aquí ella se lo coloca entre las piernas —escribí—. Yo solo observo mientras le acaricio los pechos y le masajeo el culo.

—Así tengo orgasmos seguidos. El vibrador para arrancar, luego tus dedos para continuar.

—Hoy le conté cuatro —respondí—. El primero con el vibrador. Los otros tres con los dedos. Al final me quedé más que satisfecho.

—Al final te refieres a correrte dentro de ella.

—Sí. Después de ella. Y hoy te he imaginado mientras lo hacía.

Los tres puntos parpadearon en la pantalla. Tardó en responder.

—¿Te has corrido pensando en mí?

—Sí.

Una sola palabra. Pero me afectó de una manera desproporcionada.

Seguimos. Le conté cómo ella necesitaba apretarse para llegar al orgasmo, cómo juntaba los muslos con una presión que aprisionaba mis dedos, cómo eso por sí solo me excitaba más de lo que podría explicar. Claudia escuchaba sin interrumpir y preguntaba con precisión. No juzgaba nada.

—A mí también me gusta cerrar las piernas —dijo—. Aunque lo que más disfruto es la boca de él entre las mías, sin hacer nada, solo recibir. Y después hacérselo a él. Así llego más y mejor.

—Porque puedes concentrarte en lo que sientes.

—Exacto. Sin distracciones.

—¿Te has mojado?

—Sí.

—¿Llegas al orgasmo sola? ¿Con los dedos?

—Sí, claro.

—Eso quisiera verlo —escribí—. No te dejaría acabar sola, porque lo haría yo. Pero saber que puedes ya me pone a tope.

—¿Qué me harías?

—Te acariciaría los muslos muy despacio. Acercando los dedos sin llegar todavía donde tú quieres que lleguen. Mojando las yemas con lo que encuentro. Notando cómo resbalo. Frotar de arriba abajo sin entrar, escuchando cómo cambia tu respiración.

—Me gusta todo eso.

—Luego meter un dedo. Sacarlo. Volver a frotar con más ritmo, más presión sobre el clítoris. Escuchar el chapoteo hasta que no puedas más.

—Uff.

—Seguir ese ritmo hasta que me pidas que pare o hasta que te vengas dos veces. Lo que llegue primero.

—Maravilloso.

—Y a ti, ¿qué te gusta para ti?

Le conté. Que me agarrara con firmeza con la mano, que pasara la lengua por la punta antes de meterla en la boca, que chupara con calma y sin prisas. Que me dejara venirme en su boca si me lo pedía.

—A mí no me desagrada —respondió—. Me sabe a limpio.

—¿Estás mojada?

—Sí. Necesitaría una hora a solas contigo, como mínimo.

—Mejor sin tiempo. Pero una hora ya la disfrutaríamos.

—¿Con penetración?

—Nos dejaríamos llevar.

—Nunca pensé que llegaría hasta aquí contigo.

—¿Te arrepientes?

—No. Todo lo contrario.

***

Le conté lo de la ducha. No sé exactamente por qué lo hice ese día y no otro. Quizás porque la conversación pedía honestidad total y yo no quería quedarme atrás.

Llevábamos años sin hacerlo allí. La última vez fue una mañana entre semana: entré al baño sin hacer ruido y la encontré en el banco de la cabina, con los ojos cerrados y el chorro de la alcachofa apuntando directo entre sus piernas. Se mordía el labio inferior. La columna se le arqueó de una manera que no dejaba ninguna duda sobre lo que estaba pasando.

—¿Qué hiciste? —preguntó Claudia.

—Quedarme mirando. Y masturbarme.

—¿Y ella no se asustó cuando te vio?

—Para nada. Me señaló con una mano que me metiera en la cabina.

—¿Dentro de la ducha?

—Sí. Me quedé de pie. Ella seguía sentada en el banco. Me apuntó un par de chorros al glande y luego me la metió en la boca. No aguanté ni un minuto. Cuando notó que me venía, la sacó justo a tiempo. No le gusta tragarla.

—Hay que calcular bien ese momento.

—Con el tiempo se aprende.

—Eso tengo que probarlo yo —escribió Claudia—. Lo de los chorros de la ducha. No tenía ni idea de que podía funcionar así.

—Pruébalo y me cuentas.

—¿Y a ti también te sirve el agua?

—Un chorro con fuerza en el sitio adecuado y estoy en marcha. Aunque ahora mismo no lo necesito para nada.

—¿No?

—Tengo mejores incentivos.

***

Pasaron unos días antes de la siguiente conversación que merece contarse. Era de noche. Yo estaba solo en el dormitorio. Llevábamos poco hablando cuando la conversación tomó su propio camino, como siempre terminaba pasando.

—¿Tus pezones se ponen duros con el frío? —le pregunté.

—Sí. Y también si me los tocan.

—Ya estás dura entonces.

—Normal.

—¿Estás sola?

—Sí, en el dormitorio.

—Yo también. Estoy solo.

—Pues no hablemos más —escribió— o voy a tener que ir al baño.

—A mí me gusta palpitar contigo.

Una pausa larga. Luego:

—Lástima que no podamos poner cámara.

—Voy a mirar fotos tuyas —respondí— y a desahogarme.

—¿Sí?

—Llevas un rato poniéndome a tope.

—Y yo qué. Estoy imaginándote.

—Me la estoy tocando pensando en ti —escribí.

—No escribas. Disfruta.

Seguí escribiéndole de todas formas.

—Dios.

—¿Qué?

—Qué gusto me das.

—Me alegro. Tú también a mí. Me gusta saber que disfrutas.

Le conté mientras lo hacía. Las fotos en la pantalla, la mano moviéndose despacio al principio y luego más rápido, cómo pensaba en ella y en todo lo que nos habíamos dicho. Ella respondía con frases cortas pero no paraba.

—Nunca me he podido expresar sobre el sexo con nadie como contigo —escribió.

—Ni yo.

—¿De verdad?

—De verdad.

—Eso no es malo.

—No. Es todo lo contrario.

—Guapo.

—Masturbarme contigo es lo mejor que hay.

—Aunque te parezca mentira —respondió ella—, me has ayudado mucho. Me has hecho darme cuenta de que no estoy tan sola como creía.

—Hemos saltado algunas líneas rojas.

—Sí.

—Saltar más sería directamente follar.

—Sí. Y los dos lo sabemos.

Le dije todo lo que le haría si pudiéramos estar juntos. Sin filtros, sin rodeos. Empezaría por los muslos, despacio, sin tocar todavía donde ella quería que tocara. Notaría el calor antes de llegar. Mojaría las yemas con lo que encuentro. Frotar de arriba abajo sin entrar. Meter un dedo y sacarlo. Volver a frotar con más ritmo, más presión, más constancia. Escuchar cómo chapotea y cómo cambia el sonido de su respiración.

Hasta que me pidiera que parara. O hasta que no pudiera más.

Ella respondía con monosílabos. Puntos suspensivos. Silencios que yo llenaba con mi imaginación.

Y de pronto:

—Como yo hace un momento.

Volví a leer la frase tres veces.

—¿Que te has corrido? —escribí—. ¿De verdad?

—¡Que sí!

—¿Cuándo?

—Mientras te leía. En esas estaba.

Me quedé sin palabras un momento. Pensé en ella al otro lado de la pantalla, en la misma oscuridad, sola, con el teléfono en la mano, leyendo lo que yo le escribía y llegando sin que yo pudiera ni verlo.

—Eres increíble —escribí.

—Le pasa a cualquiera si le dicen las cosas adecuadas.

—No le pasa a cualquiera. La primera vez que alguien hace eso conmigo eres tú. La primera.

—Tú has sido el primero con el que yo hago esto también.

—Espera que recupero el aliento.

—Cuéntame —pedí—. Cómo fue el momento.

—Muevo las piernas. Emito sonidos. Al final me cierro y me encorvo.

—No sigas o me pones a mil de nuevo.

—Bien. Así me gusta.

***

Esa fue la conversación más larga. Hubo más después, pero esa fue la primera vez que nos corrimos juntos sin estar juntos. Solo palabras en una pantalla y dos personas en dormitorios distintos, con parejas que dormían sin saber nada, cruzando una línea que habíamos estado bordeando durante meses.

No llegamos a vernos nunca. No nos tocamos. Quizás eso también fue parte de lo que hacía que todo funcionara: la distancia mantenía la tensión, y la tensión hacía que cada conversación importara más de lo que debería.

Me dijo una vez que las armas de una mujer son más peligrosas que cualquier otra cosa. Tenía razón. Las suyas, en particular, son de destrucción masiva. Palabras en el momento exacto. Honestidad sin filtros. La capacidad de hacer que alguien se corra sin levantar un dedo.

Me rendí desde el principio. Tardé unos meses en admitirlo, pero lo supe siempre.

Valora este relato

Comentarios (5)

Mati_lect

increible relato, me dejo pensando un buen rato. Muy bien escrito

VeronicaK

Por favor continualo! quede enganchada, necesito saber como termino todo

Caro_2507

Me recordo a algo que me paso hace años. Esa tension de chatear a escondidas tiene su propio morbo. Gracias por contarlo tan bien

NocheVeloz

Lo que mas me gusto es que no hace falta que pase nada fisico para que sea una aventura completa. Seis meses de eso debieron ser agotadores y adictivos a la vez

pablofer_22

Como termino? hay segunda parte??

Deja un comentario

Iniciar sesión o crear cuenta

Elegí cómo querés continuar.