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Relatos Ardientes

La foto que casi nos delata en la cena

Esto ocurrió hace apenas unas semanas y todavía me cuesta contarlo sin reírme, aunque en el momento no me hizo ninguna gracia.

Rodrigo y yo llevamos juntos casi tres años. Somos de esas parejas que no necesitan hacer ningún tipo de performance en público para demostrar lo que son, pero que tampoco van por ahí escondiéndose. Sus compañeros de trabajo saben que tiene novio; algunos nos han visto juntos en alguna cena, en algún evento. Nada del otro mundo.

Esa noche había una cena para celebrar el ascenso de su jefe, Mauricio. Un restaurante con mantel de tela, cartas con tapas de cuero y camareros que te llamaban «señor» con cara de no estarlo pasando especialmente bien. De esas cenas donde te pones corbata aunque el plan no te entusiasme demasiado.

Yo me vestí como pedía la ocasión: camisa oscura, pantalón de vestir, zapatos que casi nunca uso. Pero por debajo llevaba mis calzoncillos de siempre, unos boxer de tela fina que a Rodrigo le gustan en particular porque, según él, se le marca todo lo que hay debajo cuando me los pongo sin nada más. Eso no tenía por qué saberlo nadie más que él.

La cena empezó bien. Éramos ocho en la mesa: Mauricio con su mujer, tres compañeras de Rodrigo, uno de sus colaboradores directos y nosotros dos. El vino era bueno, la conversación iba fluyendo sin demasiado esfuerzo. Hablamos de viajes, de los planes para el verano, del nuevo proyecto que Mauricio iba a liderar.

Y fue justo ahí donde empezó el problema.

Mauricio preguntó dónde habíamos ido el verano pasado. Rodrigo le contó lo de Portugal, el sur de España, una semana en Cerdeña. Y como hacen todos cuando cuentan un viaje, sacó el teléfono para mostrar fotos.

Nada más normal del mundo.

Fue pasando imágenes, enseñando la playa en el Algarve, la catedral de Sevilla, las rocas de Capo Carbonara con ese agua de color que parecía mentira. Sus compañeras hacían comentarios, preguntaban por los hoteles, decían que tenían que apuntarse esos destinos para el año que viene. Rodrigo sonreía y pasaba fotos con el pulgar, confiado.

Yo estaba mirando la carta de postres cuando lo vi.

Vi cómo el pulgar de Rodrigo se detenía de golpe. Vi cómo sus hombros se tensaban. Vi cómo retiraba el teléfono de la vista de todos con un movimiento brusco, demasiado evidente para pasar desapercibido.

Hubo un silencio de medio segundo que a mí me pareció un minuto entero.

—Uy, perdón —dijo con una sonrisa que era más una mueca—. Se me agotó la batería.

Nadie le creyó del todo, pero nadie preguntó tampoco. Una de sus compañeras hizo un comentario sobre el postre de la carta y la conversación siguió. Mauricio dijo algo sobre los vinos de Cerdeña. Todo volvió a ser normal en la superficie.

Por debajo de la mesa, Rodrigo puso su rodilla contra la mía.

Me incliné un poco hacia él y sin mirarlo le pregunté en voz muy baja:

—¿Qué pasó?

—Después te cuento —respondió, con la boca prácticamente cerrada.

No necesité que me contara nada. Tenía una idea bastante clara de lo que habían visto.

***

Rodrigo tiene en el teléfono una carpeta que no aparece en la galería principal. La llama, sin demasiada originalidad, «Documentos personales». Dentro hay fotos mías que él mismo tomó durante los últimos años: algunas en la playa, algunas en casa con poca ropa, y algunas que definitivamente no estaban pensadas para que las viera la mujer de su jefe ni ninguna otra persona en esa mesa. Fotos con la polla dura contra el vientre, fotos mamándosela a él con el semen todavía en los labios, fotos a cuatro patas con el culo abierto mostrándole al objetivo lo que acababa de meterme. Ese tipo de fotos.

Lo que me imagino que vio Mauricio, o quien estuviera mirando más de cerca, era alguna de esas últimas. La que más me gustaba a mí era una que Rodrigo había tomado en la terraza del hotel en Cerdeña, el último día, al atardecer: yo apoyado en la barandilla con los boxers bajados hasta la mitad del culo, la polla medio dura colgando por delante y la mano de Rodrigo entrando en el plano por un costado, agarrándome una nalga. El resto al aire. Mirando hacia el mar sin darme cuenta de que él tenía el teléfono levantado.

A mí no me molestó que Rodrigo la tuviera. Me molestó, en todo caso, que tuviera tan mala suerte de mostrarla en ese momento concreto.

Los platos principales llegaron y los comimos con menos entusiasmo del que merecían. Rodrigo estaba incómodo. Yo, honestamente, también, aunque de una manera distinta a él. Había algo en esa incomodidad que no era pura vergüenza: había también algo eléctrico, una tensión que reconocí sin poder explicarla del todo. La polla se me había puesto medio dura debajo del mantel desde el segundo en que había entendido lo que acababa de pasar, y ahí seguía, apretada contra la tela del pantalón, recordándome que estaba viva cada vez que Mauricio hablaba.

Cuando trajeron el postre, Rodrigo se inclinó hacia mí.

—¿Nos vamos cuando terminen con el café?

—Sí —dije. Sin más preguntas.

Nos despedimos con los saludos de siempre. Mauricio hizo un chiste sobre la madrugada y dijo que éramos unos aburridos. Rodrigo se rió, le dio una palmada en el hombro y salimos del restaurante hacia el aparcamiento.

El aire de fuera era fresco. Las luces del parking estaban en esa frecuencia baja de las once de la noche, cuando ya casi no queda nadie y los coches forman filas ordenadas bajo una iluminación que hace que todo parezca más silencioso de lo que es.

Nuestro coche estaba al fondo, junto a una columna. Rodrigo sacó las llaves.

—¿Qué era exactamente lo que habían visto? —pregunté, cuando ya no había nadie cerca.

Él abrió el coche, se apoyó en la puerta y me miró con una expresión que era mitad vergüenza y mitad otra cosa que reconocí perfectamente.

—La de la terraza de Cerdeña —dijo—. La que se me ve la mano en tu culo.

Me quedé callado un momento. Después me reí.

—Bueno —dije—. Al menos salí bien en el ángulo.

Rodrigo también se rió, pero con ese tipo de risa que sirve para soltar tensión acumulada. Se pasó una mano por la nuca y miró el coche como si estuviera calculando algo.

—Llegando a casa te quito yo mismo los boxers y te follo como un animal —dijo, con la voz baja pero perfectamente clara—. Llevo toda la puta cena empalmado pensando en meterte la polla.

—¿Por qué esperar?

Lo dije antes de terminar de pensarlo. Rodrigo me miró fijo. Yo señalé el aparcamiento con la cabeza: vacío, silencioso, con la columna tapándonos por un lado y los cristales oscuros del coche delante.

No hubo mucha más deliberación que esa.

***

Nos metimos en el asiento trasero con esa torpeza particular de hacer algo en un espacio que no está pensado para eso, pero que tiene la ventaja de ser completamente nuestro en ese momento. Cerré la puerta. Rodrigo echó el seguro.

Lo besé. Lo besé en serio, con la lengua entrando entera en su boca, con la respiración ya rota antes de haber empezado. Él puso una mano en mi nuca y la otra en mi corbata, que tiró hacia él como si quisiera acercarme más aunque ya no había espacio para acercarse más.

—Siempre te pones esta corbata —dijo contra mi boca.

—Tú me la regalaste.

—Ya lo sé.

Le puse la mano en la entrepierna y se la apreté por encima del pantalón. La tenía dura, dura de verdad, marcándose contra la tela como si llevara horas esperando salir. Se la apreté fuerte y él soltó un gruñido bajo contra mi cuello.

—¿Y esto? —le dije al oído—. ¿Esto lo tenías así toda la cena?

—Desde que vi la puta foto —dijo—. Se me puso dura de golpe. He estado con la polla marcada contra la mesa durante los últimos tres platos.

Me reí bajito y le bajé la cremallera. Le metí la mano por la abertura y le saqué la polla de los calzoncillos. Estaba caliente, dura, con la punta ya húmeda. Se la agarré por la base y empecé a moverle la piel arriba y abajo, despacio, muy pegado a él, viendo cómo cerraba los ojos y echaba la cabeza atrás contra el reposacabezas.

—Chúpamela un rato —me pidió, con la voz rota.

Me incliné como pude en el espacio estrecho del asiento y me la metí en la boca. Toda. Hasta el fondo, hasta notar que me chocaba contra la garganta y me hacía toser un segundo. Rodrigo me puso la mano en la nuca, no para empujar sino para sujetarme el pelo mientras yo lo mamaba con hambre, subiendo y bajando, ayudándome con la mano en la base, chupándole los huevos entre pasada y pasada.

—Joder —repetía él en voz baja—. Joder, joder, así.

La saliva se me caía por la barbilla y le mojaba los huevos y el pantalón desabrochado. Le pasé la lengua por toda la longitud, desde la base hasta la punta, chupándole el glande como si fuera un caramelo, metiéndomelo entero de nuevo. Rodrigo tenía los muslos tensos y las caderas subían un poco cada vez que yo bajaba con la boca.

—Para —dijo de pronto—. Para o me corro en tu boca y no quiero correrme así todavía.

Levanté la cabeza con los labios brillantes y una sonrisa. Él me agarró de la corbata y me subió hasta su boca. Me besó con la lengua, sin importarle el sabor de su propia polla, sin importarle nada.

Me desabroché el pantalón. Él hizo lo mismo con el mío del todo. Nos las arreglamos en el espacio estrecho del asiento trasero con esa mezcla de eficiencia y torpeza que tienen estas situaciones: codos que van a parar donde no deben, rodillas contra el respaldo del asiento delantero, ropa que no se saca del todo sino que se desplaza lo justo para que funcione. Me bajó los pantalones hasta las rodillas y los boxers de tela fina detrás. La polla me saltó fuera, dura como una piedra, con la punta ya goteando contra la camisa.

Rodrigo me la agarró de una y me la empezó a menear con la mano cerrada, mirándome a los ojos.

—Mira cómo la tienes —me dijo—. Estás chorreando.

—Toda la cena así —dije—. Desde que se te ocurrió mostrar las fotos.

—Guarro.

—El guarro eres tú, que llevas mi culo desnudo en el teléfono.

Se rió y me apretó la polla más fuerte. Yo me mordí el labio para no gemir.

Rodrigo tenía en la guantera, desde hacía meses, un tubito pequeño de lubricante. No era algo que usáramos ahí con frecuencia, pero estaba. Siempre había estado.

—¿Sabías que esto iba a pasar esta noche? —le pregunté, cuando lo vi sacarlo.

—No —dijo—. Pero uno nunca sabe.

Se echó lubricante en los dedos y me buscó la mano para que le pasara un poco a la polla. Yo se la unté bien, de arriba abajo, mientras él me metía dos dedos en el culo de golpe. Uno primero, otro después, buscando el sitio, moviéndolos en círculo, abriéndome. Solté un gemido más alto de lo que debía.

—Chss —susurró—. Que se te oye afuera.

—Pues déjame de hacer eso.

—Ni de coña.

Metió un tercer dedo. Los movía adentro con una lentitud calculada, doblándolos hacia arriba, tocándome ese punto exacto que hacía que la polla me diera un salto y soltara otra gota gorda contra la camisa. Yo apretaba los dientes y respiraba por la nariz, con la frente ya perlada de sudor debajo del flequillo.

—Móntame de una vez —dije—. No aguanto más.

—Ven.

Me puse encima de él. El techo del coche estaba demasiado cerca y tuve que inclinarme hacia adelante, con las manos apoyadas en el respaldo del asiento delantero. Rodrigo me puso las manos en las caderas con esa manera suya de sujetarme que es firme sin ser brusca, que me orienta sin empujar. Con una mano me guio la polla contra el culo. Sentí la punta redonda apoyándose ahí, buscando la entrada, empujando apenas.

Lo noté contra mí primero. Después, despacio, bajé el peso del cuerpo.

Hay algo en ese primer momento que no se parece a ninguna otra sensación. La resistencia inicial del anillo cediendo, el glande entrando de golpe con un pequeño estirón, y luego la apertura, el cuerpo tragándose el resto de la polla centímetro a centímetro hasta que el culo me chocaba contra sus muslos y la sentía toda adentro, palpitando. La presión que se convierte en calor. Rodrigo exhaló lentamente, con un «joder» ahogado, y yo me quedé quieto un segundo, con la polla suya clavada hasta el fondo, dejando que el cuerpo se acomodara a él, encontrando ese equilibrio particular que solo se consigue con el tiempo y la práctica.

—Bien —dije en voz baja.

—Muy bien —respondió él, con la voz más grave de lo normal—. Qué apretado estás, hostia.

Empecé a moverme. Despacio al principio, subiendo y bajando la cadera sobre él, encontrando el ritmo en ese espacio reducido. Cada bajada me clavaba la polla entera, cada subida la dejaba casi afuera, con el glande sujeto por el anillo del culo. El asiento crujía levemente. Los cristales empezaron a empañarse desde los bordes hacia adentro, como si el coche tomara conciencia de lo que estaba pasando dentro.

Desde afuera, si alguien hubiera mirado en dirección a la columna, habría visto dos siluetas borrosas y un coche que se movía muy suavemente. Nadie miró. El aparcamiento siguió vacío, con su iluminación baja y sus filas de coches inmóviles.

Rodrigo me agarró con más fuerza conforme pasaban los minutos. Me hincaba los dedos en las caderas y me tiraba hacia abajo cada vez que yo bajaba, ayudándome a ensartarme entero, cada vez más fuerte. Yo aceleré el ritmo. Con una mano me sujetaba del asiento delantero y con la otra me agarraba mi propia polla y me la meneaba a la vez que rebotaba encima de él. La tenía tan dura que dolía. El líquido preseminal me caía por los nudillos.

—Fóllame más fuerte —le pedí, casi sin voz—. Más fuerte, Rodrigo.

Él empezó a subir las caderas para encontrarme a mitad de camino. Cada embestida sonaba con un golpe seco de piel contra piel, mis nalgas chocando contra sus muslos. La polla suya me abría hasta el fondo cada vez, tocándome adentro en el punto exacto que me hacía apretar los dientes y ahogar los gemidos.

Hay algo particular en hacer esto en un lugar donde no deberías: la emoción de que alguien podría aparecer en cualquier momento convierte cada sonido del exterior en algo que te pone más nervioso y más encendido al mismo tiempo. Un coche que cruzó por el fondo del parking me hizo contener la respiración y detenerme en seco, con la polla de Rodrigo todavía clavada dentro y latiendo. Rodrigo me apretó las caderas, sujetándome, comunicándome sin palabras que no parara.

No paré. Empecé a moverme otra vez, más despacio, apretando el culo alrededor de él a cada bajada, sintiendo cómo se le escapaba un gemido bajo cuando lo estrujaba con los músculos internos.

El coche que había entrado encontró su plaza al otro extremo del aparcamiento, lejos de nosotros. Oímos una puerta cerrarse. Pasos alejándose. El silencio volviéndose a instalar.

Volví al ritmo de antes, más fuerte, más profundo. La polla me daba tirones sola cada vez que bajaba a fondo. Seguí moviéndome durante un buen rato, con la corbata todavía puesta colgando entre los dos como una correa, y el pantalón de vestir a medio bajar, y Rodrigo mirándome desde abajo con los ojos entrecerrados y la boca abierta. Yo lo miraba a él, no al parking ni al techo empañado. Había algo en su cara en ese momento, esa concentración particular, esa manera de apretar la mandíbula, que me gustaba más que cualquier otra cosa.

—Me voy a correr —le avisé, jadeando.

—Córrete encima de mí —dijo él—. En la camisa. En donde sea. Córrete.

Me meneé la polla más rápido, sin dejar de rebotar sobre él. Un par de embestidas más y la corrida me subió por la espalda como una descarga. Me corrí en chorros gordos que le cayeron encima de la camisa blanca, uno detrás de otro, con el culo apretándose entero alrededor de su polla en cada espasmo. Solté un gemido ronco que traté de ahogar mordiéndome el labio y no lo conseguí del todo.

Sentí cómo Rodrigo perdía el control debajo de mí. Me apretó las caderas hasta el hueso, me sujetó clavado sobre él y empezó a embestir desde abajo con la fuerza contenida de toda la noche, cuatro, cinco, seis veces, cada embestida más profunda que la anterior. Cuando se corrió lo hizo apretando los dedos en mis caderas con una fuerza que mañana dejaría marca. Lo sentí adentro, ese calor familiar que reconocía perfectamente después de tres años, la polla suya vaciándose en chorros gruesos contra mis paredes, empapándome por dentro. Me quedé encima de él sin moverme, quieto, con su polla todavía dura y palpitando dentro de mí, dejando que todo terminara de asentarse.

Ninguno de los dos dijo nada durante un rato. Solo se oían las dos respiraciones deshaciéndose despacio y el goteo tenue de mi semen bajando por su camisa hasta el cinturón.

Al final me levanté un poco, con cuidado. La polla se le salió de mí con un ruido húmedo y sentí su corrida empezando a escurrirse por la parte de atrás del muslo hacia el asiento.

—Me estás dejando el asiento perdido —murmuró.

—Perdón. Es que me has metido medio litro.

Se rió flojito, todavía sin aliento.

—No sé cómo voy a mirarle a la cara a Mauricio el lunes —dijo por fin, con la cabeza apoyada en el respaldo del asiento.

Me reí contra su hombro.

—Lo mismo te dice él a ti.

***

Nos arreglamos lo mejor que pudimos. Yo me subí los boxers, que habían quedado a mitad de los muslos durante todo el proceso, notando de inmediato la humedad pegajosa entre las nalgas. El pantalón de vestir no había sufrido demasiado, afortunadamente. La corbata seguía en su sitio, algo torcida, pero en su sitio. Rodrigo miró la mancha de mi corrida en su camisa, chasqueó la lengua y se abrochó la americana por encima para taparla.

Salimos del asiento trasero con la misma torpeza con la que habíamos entrado. Rodrigo abrió las ventanillas un momento para que se disipara el vaho de los cristales. Después arrancó.

El trayecto a casa lo hicimos en silencio, de ese silencio que no es incómodo sino todo lo contrario. Rodrigo conducía con una mano en el volante y la otra apoyada sobre mi rodilla, y yo miraba las luces de la ciudad pasar por la ventanilla.

Durante el camino noté que los boxers se iban mojando poco a poco. Su semen escapándose de mi culo, empapándome la tela pegada a la piel. Esas cosas que pasan. Me resigné sin demasiado drama.

Al día siguiente, Rodrigo me mandó un mensaje a media mañana. Solo decía: «Mauricio me preguntó si tú eras fotógrafo».

No le respondí nada. Me imaginé la escena: Mauricio en su despacho nuevo, con su ascenso reciente y esa imagen de la terraza de Cerdeña todavía dándole vueltas en algún rincón de la cabeza que no quería reconocer, con mi culo desnudo y la mano de Rodrigo apretándolo grabados a fuego detrás de los ojos cada vez que los cerraba.

En fin. Al menos el ángulo era bueno.

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Comentarios(8)

MauroK77

tremendo relato, me tenia en vilo hasta el final!!!

ElChino_mp

La tension que se siente cuando algo esta a punto de descubrirse... imposible soltar el telefono leyendo esto. Muy bien narrado

romantico_nocturno

Bien escrito y con mucha tension. Espero la segunda parte, quede con ganas de saber como siguio todo despues de esa noche

LoboBA

increible, de los mejores que lei en mucho tiempo. Segui publicando

ElGatoPardo

y como quedo la relacion despues de la cena? esa parte me dejo intrigado, ojala haya continuacion

JuanSFe_23

excelenteeee!!! sigue asi

RicardoMDA

la tensión del momento esta muy bien lograda, se siente autentico. Uno de los relatos mas reales que encontre aca

Tomas_SBA

me recordo una situacion parecida, ese momento en que el corazon se te va a la garganta es inconfundible. Muy bien capturado

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