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Relatos Ardientes

La noche que mi amigo cambió todo sin proponérselo

La primera vez que lo vi después del velorio fue en el supermercado, tres días después de enterrar a Claudia. Yo caminaba por el pasillo de las conservas con el carrito vacío, sin saber bien por qué había salido de casa ni qué había ido a buscar. Marcos apareció por el otro extremo, vio mi cara y dejó su propio carrito ahí mismo, en el medio del pasillo.

No me dijo nada. Solo me abrazó.

Eso fue hace ocho meses. Desde entonces, mi vida tiene forma de caos silencioso: trabajo que se acumula, noches que no terminan, y Marcos apareciendo en la puerta casi todos los días, con una excusa o sin ella. A veces trae comida. A veces solo llega y se sienta en el sillón y me acompaña a mirar el techo. Nos conocemos desde los catorce años. Él sabe cuándo hablar y cuándo no. Y yo, que siempre fui el que resolvía las cosas, aprendí con Claudia enferma —y aún más después de perderla— que hay momentos en que lo único que podés hacer es dejarte sostener.

El miércoles era el aniversario. Doce años de casados. Hubieran sido doce.

Marcos me lo recordó por mensaje en la mañana: «Hoy no te dejo solo. Voy a las siete.» No lo discutí. Tampoco me molestó. Me alivió, si soy honesto, aunque en ese momento no lo habría admitido.

***

Llegó puntual con dos bifes y una botella de Malbec que costaba más de lo que yo gastaba en una semana entera de supermercado. Lo dejé hacer en la cocina mientras yo ponía la mesa con los movimientos automáticos de alguien que todavía practica los rituales de la vida cotidiana sin creerlos del todo. Platos, cubiertos, servilletas. En el cajón de las servilletas seguía el imán con la foto de nuestra luna de miel en la patagonia. Lo dejé ahí. Todavía no podía sacarlo.

La cena fue tranquila. Hablamos poco, pero bien. Marcos me contó algo del trabajo, algo de una chica con la que estaba saliendo que no terminaba de convencerlo, y yo escuché con esa atención incompleta que uno tiene cuando está presente pero no del todo. Tomé más vino de lo que debería.

—Estás en otro lado —me dijo en un momento, sin reproche.

—Estoy acá —respondí.

—Estás acá con medio cuerpo.

No le contesté. Tenía razón.

Después de cenar pasamos al living. Pusimos algo en la televisión, una de esas series que no requieren atención, y yo me hundí en el sillón con la copa en la mano. El vino me había aflojado algo por dentro, no de manera agradable sino de esa forma en que la anestesia empieza a perder efecto y lo que hay debajo duele más que antes.

Empecé a pensar en esa misma noche doce años atrás. La cara de Claudia cuando cortamos el pastel. La forma en que me miró antes del primer baile, como si yo fuera lo único fijo en una habitación que giraba. Esa mirada que con los años fui dando por sentada hasta que un diagnóstico me la robó antes de que pudiera aprenderla bien.

No me di cuenta de que estaba llorando hasta que Marcos me puso la mano en el hombro.

—Che —dijo en voz baja.

No me moví. Las lágrimas seguían, lentas, sin drama, como si el cuerpo simplemente se estuviera vaciando de algo que llevaba demasiado tiempo cargando. Marcos me rodeó con el brazo y yo apoyé la cabeza en su hombro sin pensarlo, igual que hacía cuando teníamos quince años y las cosas también eran difíciles aunque por razones completamente distintas.

Estuvimos así un rato largo. El televisor seguía hablando en el fondo.

—Quédate —le dije eventualmente.

—No me iba a ir —respondió.

***

Eran más de las doce cuando subimos. Yo fui primero al baño, me lavé la cara, me miré en el espejo sin demasiado interés. El hombre del espejo tenía ojeras y los ojos levemente enrojecidos y la expresión de alguien que está aprendiendo a existir en una vida que todavía no reconoce como propia.

Cuando salí, Marcos estaba parado al lado de la cama revisando el teléfono. Se había sacado los zapatos.

—¿Del lado de quién duermo? —preguntó.

Señalé el lado derecho. El mío. Claudia dormía a la izquierda y eso no había cambiado aunque ya no hubiera nadie ahí. Algunas cosas se quedan fijas como anclas.

Me saqué el buzo, los pantalones. Me quedé en ropa interior y me metí bajo las sábanas mientras Marcos se desabotonaba la camisa de espaldas a mí. Cuando se dio vuelta para doblarla y dejarla en la silla, lo vi.

Siempre supe que Marcos tenía buen cuerpo. Lo habíamos hecho juntos en el gimnasio durante años antes de que yo dejara de ir. Pero hay una diferencia entre saber algo de manera abstracta y verlo en la penumbra de tu propio cuarto, a medio metro de la cama donde vas a dormir. Espalda ancha. Abdomen marcado sin ser exagerado. Una cicatriz chica en el costado de la que nunca recordaba el origen. Y más abajo, el bulto marcado bajo la tela del pantalón, la forma de una polla gruesa que no había manera de no mirar.

Buen cuerpo, pensé, y el pensamiento me sorprendió por lo directo que fue. Sin adorno ni contexto. Solo eso.

Marcos se quedó con el pantalón de pijama que tenía guardado en casa desde la última vez que se había quedado, y se acostó encima de las sábanas. Hacía calor.

Conversamos un rato. Primero pavadas, cosas sin peso, el partido del fin de semana, una película que ninguno de los dos había terminado de ver. Después la charla fue derivando, como deriva siempre cuando uno está cansado y con vino encima y la guardia baja. En un momento Marcos me preguntó si alguna vez, en todos estos meses, había pensado en estar con alguien.

—Con alguien cómo —respondí.

—Con alguien. Estar. Coger. Lo que sea.

Tardé en contestar.

—No —dije—. No pienso en eso.

—¿Y antes? ¿Antes de Claudia?

—Antes era otro. —Hice una pausa—. ¿Por qué me preguntás esto?

Marcos se quedó callado un momento. Después se giró hacia mí en la oscuridad.

—Porque sé que me estabas mirando —dijo—. Cuando me saqué la camisa. Y no me estabas mirando la cara.

No respondí. Era verdad y los dos lo sabíamos.

—No hay nada de malo —agregó, tranquilo—. Solo lo digo porque me parece que vos también lo notaste.

—¿También? —repetí.

—También —confirmó.

Hubo un silencio que duró lo suficiente como para que yo entendiera exactamente lo que estaba diciendo. Me quedé mirando el techo. La calle afuera estaba quieta. Algún auto pasó lejos.

—Nunca hice esto —dije al final—. Nunca cogí con un tipo.

—Lo sé.

—¿Vos sí?

—Un par de veces. Hace mucho. Sé lo que hago.

Lo miré. En la oscuridad del cuarto podía ver el contorno de su cara, la línea de la mandíbula, el brillo quieto de sus ojos.

—¿Por qué nunca me dijiste?

—Porque no era necesario hasta ahora —respondió.

***

No sé quién se movió primero. Creo que fui yo, girando levemente hacia él. O quizás fue él acercándose un centímetro antes de que yo lo hiciera. El caso es que en algún momento que no puedo precisar, su mano estaba sobre mi pecho y yo no la aparté.

Era una mano grande, pesada, con esa callosidad que le quedó de años de trabajo manual antes de que se metiera en administración. La sentí apoyarse con cuidado, como preguntando algo sin palabras. Yo dejé que la pregunta se instalara.

Su mano se movió despacio hacia arriba, hasta mi cuello, y se quedó ahí. No me jalaba hacia él. No presionaba. Solo descansaba, como si quisiera darme tiempo para decidir. Ese gesto, más que cualquier otra cosa, fue lo que me hizo entender que esto era diferente a lo que imaginé que podría ser. No era un error ni un impulso. Era algo cuidadoso.

Me acerqué yo.

El primer beso fue extraño de una manera que no fue desagradable. Diferente a todo lo que conocía. Sin el pelo largo cayendo sobre mi cara, sin el perfume familiar, sin la suavidad que había sido el mapa de mi vida durante doce años. Labios más firmes, mejilla con algo de barba de dos días que raspaba levemente. Algo nuevo y concreto y presente.

Cuando nos separamos, ninguno habló. Marcos me metió la mano por dentro del calzoncillo sin preámbulo y me agarró la pija, ya medio dura, con esa misma calma con la que había hecho todo esa noche. La apretó una vez, midiéndome, y después empezó a masturbarme despacio, con la mano seca al principio y después usando la saliva que se juntaba en la punta cuando yo empezaba a chorrear el líquido preseminal.

—Se te para rápido —murmuró contra mi cuello.

—Hace ocho meses que no me toca nadie —respondí, con la voz más ronca de lo que esperaba.

—Entonces vamos con calma. Toda la noche.

Me sacó el calzoncillo tirando desde los tobillos y me dejó desnudo boca arriba. Se puso de rodillas al costado de la cama y me abrió las piernas con las dos manos, sin apuro, mirándome la pija como quien estudia algo que le interesa de verdad. Después bajó la cabeza y me la metió entera en la boca.

Nunca me habían mamado así. Claudia lo hacía con cariño, pero corto, casi como un trámite antes de coger. Marcos no. Marcos me chupó como si fuera lo único que le importara hacer en la vida. Me tragaba hasta el fondo, apretaba con la garganta, subía a la punta a lamerme el glande, después bajaba de vuelta y me metía las bolas en la boca de a una, chupándomelas mientras me seguía masturbando con la mano. Yo le agarré la cabeza y él me dejó guiarlo un rato, aunque no le hacía falta ninguna guía. Sabía exactamente lo que hacía.

—Pará —le dije en algún momento—. Pará que me voy a correr.

Sacó la boca con la pija mía brillando de saliva y me miró desde abajo, sonriendo apenas.

—¿Tan rápido?

—Hace mucho, ya te dije.

—Bueno, corréte. Después tenemos toda la noche para lo otro.

Me la volvió a meter en la boca y me la chupó firme, con la mano en la base y la lengua trabajándome la punta, y me corrí en menos de un minuto. Sentí la corrida subir desde las bolas, tensé todo el cuerpo, y le vacié la boca con un gemido que no me reconocí. Marcos se tragó todo. Cada gota. Me siguió chupando suave hasta el final, hasta que me estremecí porque ya no aguantaba que me tocara la punta sensible.

Se subió a la cama y me besó en la boca. Le sentí el gusto a mi propio semen en la lengua y me dio un morbo que no esperaba. Le devolví el beso hondo, buscándole la lengua, dejando que me pasara lo que quedaba de mi corrida de una boca a la otra.

—Ahora sacate el pantalón vos —le dije.

Se paró al costado de la cama y se bajó el pijama de un tirón. No tenía nada abajo. La pija le colgaba dura contra el muslo, gruesa, más larga que la mía, con la cabeza morada y una vena marcada por abajo. Me quedé mirándola un segundo largo. No supe qué hacer.

—Vení —dijo—. No pienses. Probá.

Me senté en el borde de la cama y él se paró frente a mí. Le agarré la pija con la mano y la sentí pesada, caliente, más ancha de lo que había calculado. Le pasé la palma por toda la extensión, del tronco a la punta, y vi cómo se le escapaba una gota espesa que le brotó del glande. La toqué con el pulgar y se la extendí.

—Metela en la boca —dijo bajo—. Como puedas. No hace falta que llegues al fondo.

Abrí la boca y me metí la punta primero. Estaba caliente y salada. Bajé unos centímetros, tanteando cuánto me entraba sin ahogarme, y empecé a chupar como suponía que se hacía, moviendo la cabeza, ayudándome con la mano en la base. Marcos me puso la palma en la nuca, sin presionar, guiándome apenas el ritmo.

—Así —dijo—. Usá la lengua por abajo. Ahí. Perfecto.

Le fui agarrando la mano. Después de un rato ya se la estaba mamando con ganas, saboreándole el gusto, sintiendo cómo se le hinchaba más en la boca cada vez que yo aceleraba. Él respiraba fuerte por la nariz y me acariciaba el pelo, sin apurarme. Le chupé las bolas también, como él me las había chupado a mí, y él soltó un gemido grave que me la puso dura otra vez a mí.

—Basta, basta —dijo, tirándome suave del pelo—. Si seguís, te lleno la boca ahora y quiero terminar en otro lado.

Lo miré desde abajo.

—¿Dónde?

—Adentro tuyo.

Se me hizo un nudo en el estómago que no era miedo, o no del todo. Era más parecido a las ganas mezcladas con la conciencia de que estaba por cruzar una línea que no había cruzado nunca.

—Nunca me cogieron —dije.

—Ya lo sé. Voy a ir despacio. Si te duele mucho, paramos y hacemos otra cosa. No pasa nada.

Asentí. Me tiré boca arriba en la cama y él se acostó encima de mí, piel contra piel, la pija dura apretada entre nuestros cuerpos. Me besó largo. Después bajó por el cuello, por el pecho, me chupó los pezones uno por uno hasta que se me pusieron duros, y siguió bajando hasta la pija otra vez. Me la agarró de la base y me la lamió a lo largo, pero no me la chupó de vuelta. Siguió más abajo. Me levantó las piernas con las manos y me abrió, y antes de que yo entendiera bien qué iba a hacer, sentí la lengua caliente contra el culo.

Se me escapó un gemido corto. No había sentido nunca eso. Marcos me comió el culo con lengua entera, apretándome los cachetes con las manos para abrirme mejor, metiendo la punta de la lengua adentro, empujando, ablandándome. La saliva le chorreaba. Yo tenía la cabeza tirada para atrás y las manos en las sábanas, y pensé en nada durante minutos enteros.

Después me metió un dedo. Estiró la mano hasta la mesa de luz, agarró la crema que yo tenía ahí, y se untó bien. Me pasó un dedo por la entrada, dando vueltas, y lo fue metiendo de a poco. Ardía un poco al principio, después no.

—Respirá —dijo—. Aflojá acá abajo.

Respiré. Aflojé. El dedo entró entero y él lo movió despacio, buscando adentro mío, hasta que tocó un punto que me arrancó un gemido más fuerte que todos los anteriores.

—Ahí está —dijo, medio sonriendo—. ¿Ves?

Me metió un segundo dedo. Después un tercero. Me abrió despacio, con paciencia, mientras me la seguía chupando por arriba cada tanto para mantenerme duro y distraído. Cuando sentí que ya no me molestaba nada, que solo tenía ganas de más, se lo dije.

—Cogéme ya.

—¿Seguro?

—Seguro. Metémela.

Se untó la pija con crema, se puso entre mis piernas, me las levantó y me las apoyó en los hombros. Me apoyó la punta en la entrada y empujó despacio. La cabeza entró primero y ardió fuerte, un ardor que me hizo cerrar los ojos y morderme el labio.

—Aflojá —repitió—. No te pongas duro. Respirá.

Respiré. Solté. Él siguió empujando de a poco, milímetro por milímetro, hasta que sentí que estaba entero adentro mío, las bolas apoyadas contra mis cachetes. Se quedó quieto un momento, dejándome acostumbrar.

—¿Estás bien?

—Sí —respondí, y era verdad. Después del ardor inicial había algo distinto, una plenitud rara, la sensación de estar lleno de otra persona de una manera que nunca había conocido.

Empezó a moverse. Primero lento, casi sin sacarla, un vaivén corto que me fue abriendo más. Después más largo, sacando media pija y metiéndola de vuelta hasta el fondo. Cada vez que entraba hasta la base me golpeaba adentro un punto que me hacía gemir sin poder controlarlo. Yo tenía las manos aferradas a sus brazos, sintiéndole los músculos tensos, y él me miraba desde arriba con una concentración que no le había visto nunca.

—Qué apretado sos —murmuró—. Mierda.

—Cogéme más fuerte.

Aumentó el ritmo. Me empezó a coger de verdad, apoyándose con las dos manos al lado de mi cabeza, dándome estocadas largas y firmes que hacían crujir la cama. Yo le rodeé la cintura con las piernas y le clavé los talones en el culo para pegármelo más, y él respondió metiéndomela más hondo todavía.

Cambiamos de posición. Me puso boca abajo, me levantó las caderas con las manos y me la metió por atrás. Así entraba distinto, más profundo, y yo terminé con la cara contra la almohada gimiendo cada vez que él empujaba hasta el fondo. Me agarró del pelo con una mano y me tiró la cabeza para atrás, cogiéndome con fuerza, con las bolas golpeándome cada embestida.

—Tocátela —me dijo al oído, inclinándose sobre mi espalda sin dejar de moverse—. Meté la mano abajo y hacéte una paja mientras te cojo.

Metí la mano. Me la agarré. Estaba dura de vuelta, chorreando. Empecé a masturbarme al ritmo que él me cogía y a los pocos minutos ya no aguantaba más.

—Me voy a correr otra vez.

—Corréte —dijo, acelerando—. Corréte con mi pija adentro.

Me corrí en la mano y en las sábanas, con un gemido largo que se me quebró en la garganta. Sentí las contracciones apretándome el culo alrededor de la pija de Marcos, y él soltó un gruñido y me la metió hasta el fondo tres veces más, rápido, seco, y se corrió adentro mío. Sentí las pulsaciones de la corrida bombeándome, caliente, y él se dejó caer sobre mi espalda respirando fuerte contra mi nuca.

Se quedó adentro un rato, quieto, hasta que se le fue aflojando. Después salió despacio. Sentí el semen chorreándome por el muslo cuando se acostó a mi lado.

Ninguno habló. Él me pasó el brazo por encima y me pegó la espalda a su pecho, todavía sudado. Me besó atrás de la oreja.

Lo que pasó después entre esas cuatro paredes queda entre las cuatro paredes. Lo que sí puedo decir es que en algún punto de esa noche dejé de pensar y empecé simplemente a estar. En ese cuerpo, en esa cama, en esa oscuridad que de a poco se iba llenando de algo distinto al dolor.

Fue la primera noche en ocho meses que no me dormí pensando en lo que había perdido.

***

A la mañana me desperté primero. Marcos dormía de costado, la espalda hacia mí, el torso moviéndose despacio con la respiración de quien duerme sin problema. La luz entraba por entre las persianas en franjas delgadas.

Me quedé mirándolo un rato sin saber exactamente qué sentía. No era culpa. Tampoco era euforia. Era algo más parecido a la perplejidad de quien descubre una habitación en su propia casa que no sabía que existía.

Bajé a hacer café. Cuando subí con dos tazas, Marcos estaba despierto, sentado contra el respaldo, con esa cara de recién levantado que le conocía desde los catorce años.

—Buen día —dije.

—Buen día —respondió.

Le di su taza. Se lo tomó en silencio un momento. Después me miró.

—¿Estás bien?

—Sí —respondí. Y era verdad. No estaba bien en el sentido de que todo estuviera resuelto, porque nada estaba resuelto. Pero estaba bien en el sentido de que era de mañana y yo seguía acá y tenía café caliente y alguien a quien conocía de toda la vida sentado en mi cama sin que eso se sintiera raro.

—¿Qué pasa ahora? —preguntó.

—No lo sé —respondí—. ¿Vos qué querés que pase?

Pensó antes de contestar.

—Quiero que estés bien. Primero eso. Después ya vemos.

Asentí. Era la respuesta correcta. La única posible, en realidad.

Afuera, la mañana seguía. El sol entraba por las persianas. Algún pájaro hacía ruido en el árbol de la vereda. La vida, como siempre, indiferente al tiempo que uno necesita para entender lo que le pasa, seguía adelante sin esperarnos.

Por primera vez en mucho tiempo, eso no me pareció una amenaza.

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Comentarios(8)

Lucia_RD

Dios mio que relato tan hermoso, se me hizo un nudo en la garganta leyendolo. Gracias por compartir algo tan personal.

RosarioBA

Por favor una segunda parte!! quede con ganas de saber como siguio todo despues

Paola_B

De esos relatos que se sienten verdaderos de principio a fin. Me encanto.

MartinaBsAs

A mi me paso algo muy parecido hace unos años con un amigo cercano, este relato me hizo recordar todo jaja. Muy bien escrito

cordobes_lector

Se nota que salio del corazon. Esperando mas relatos asi de honestos

Clarita_ok

Son las 2 de la madrugada y ya no podia parar de leer, tremendo

ValeriaBaires

increible como describiste ese momento tan intimo, lo senti muy real

Romi_BA

Que manera de escribir!! Uno se mete en la historia al toque y ya no puede soltar. Espero tu proximo relato :)

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