Saltar al contenido
Relatos Ardientes

El precio que pagué por la fantasía de mi esposa

Mi mujer se llama Camila y yo, Damián. Llevamos casi siete años casados y nunca nos faltaron las ganas. En la cama somos los dos igual de morbosos, y esa coincidencia nos llevó a ir empujando los límites uno tras otro, sin demasiado plan.

Desde el principio Camila me dijo que le encantaban mis nalgas. Que las tenía firmes, redondas, «de chico de gimnasio aunque nunca pises uno». Al principio se conformaba con apretarlas o con alguna palmada cuando me montaba. Después quiso más. Una noche, mientras me chupaba la verga, dejó los huevos a un lado y bajó la lengua hasta el perineo. Yo abrí las piernas por instinto, sin pensar.

Cuando la punta de su lengua tocó mi ano, di un respingo. Fue una corriente que me recorrió todo el cuerpo. Mi verga se puso más dura de lo que había estado nunca y se me escapó un gemido que ni reconocí como mío. No la frené. Ella siguió jugando ahí abajo hasta que terminé chorreándole encima sin que ni siquiera me tocara el resto.

A partir de esa noche el beso negro se volvió parte habitual del repertorio. Semanas después me metió un dedo. Apreté el culo por reflejo y sentí algo raro, ni placer ni dolor, hasta que tocó un punto interno que me hizo arquearme. Era la próstata. Acabé como un animal. Después llegaron los dildos, las bolitas, y por último un arnés. Aceptamos comprar uno chico, de unos doce centímetros, lo suficiente para alcanzar lo que me interesaba sin lastimarme. La primera vez que Camila me embistió con él, sentí que se me salían los ojos de las órbitas. A ella le fascinó la dinámica. Decía que la ponía dominante y a la vez le hacía entender lo difícil que era abrir el propio cuerpo para alguien.

Nunca, en todo eso, sentí nada parecido al deseo por otro hombre. Éramos dos cómplices que jugaban sin culpa, sin Dios y sin pudor.

Una tarde, después de coger, le pregunté si tenía alguna fantasía pendiente. Pensé que me iba a decir un lugar raro o una postura nueva. Me sorprendió.

—Me gustaría coger con otro hombre —dijo, mirando el techo—. Pero solo si vos estás ahí, mirando. Sería morbosísimo. Me empapo de pensarlo.

—Sos una pervertida —le contesté, riéndome para esconder los celos—. Compartirte no me copa nada. Me imagino al tipo y ya quiero romperle la cara.

—No sería un amante, bobo. Sería un desconocido, una sola vez. Sería como si vieras una película porno y la actriz fuera yo. A vos también te excitaría, te lo firmo.

Le dije que no, pero la idea se me metió adentro. Pasaron las semanas y la fantasía empezó a aparecer cuando ella se masturbaba al lado mío, cuando me masturbaba yo a solas. Una noche, todavía hundido entre sus piernas, le dije que sí.

—Lo hacemos. Pero a mi manera.

Camila me agradeció con un beso largo que sabía a victoria.

***

Pusimos un aviso en una página de contactos. «Pareja casada y morbosa busca hombre que se coja a la esposa con el marido presente». Subimos una foto de cuerpo entero de ella, sin cara, en lencería negra. Camila tiene un cuerpo precioso: cintura fina, culo respingón aunque no enorme, tetas paradas. La bandeja de entrada se llenó en horas.

Después de filtrar a los borrachos, los apurados y los que mandaban fotos pixeladas, nos quedamos con un divorciado de cuarenta y largos que se hacía llamar Mauricio. Atlético, moreno, ojos grandes. Las fotos que mandó parecían sacadas de un casting. Su verga, larga y gruesa, hacía que yo me sintiera ridículo en comparación. Le dije a Camila que seguramente esas imágenes eran de otro tipo, que en persona iba a ser un viejo panzón. Ella se rio y siguió chateando con él.

Acordamos vernos primero en un restaurante para conocernos sin presión. Cuando entró al lugar, Camila me apretó la mano por debajo de la mesa y yo entendí que las fotos no eran trucadas. Mauricio era exactamente como en las imágenes, quizá más alto. Espalda ancha, manos enormes, una sonrisa que iba un paso por delante de él. Me saludó con un apretón firme, pero la mirada que le dio a mi mujer fue otra cosa.

Pactamos las reglas: condón sí o sí, él se iba a correr en ella, yo le terminaba después. Mauricio asintió con la condescendencia de quien acepta una cláusula que no piensa cumplir. Subimos juntos a la suite que habíamos reservado a media cuadra, con una botella de tequila en la mano.

***

Apenas cruzamos la puerta, la agarró de las caderas.

—¿Lista, preciosa, para gozar con un macho de verdad?

El «de verdad» me golpeó. Tragué saliva y no dije nada. Camila lo besó como si esperara hacerlo desde hacía semanas, le aceptó la lengua, le entregó la boca. Él le bajó el vestido en un solo movimiento y la dejó en tanga negra. Yo, sentado en un sillón que había arrastrado cerca de la cama, le obedecí cuando me hizo una seña con la cabeza para que me quedara ahí.

Mauricio se desvistió. La verga era más impresionante en persona. Camila se la quedó mirando como hipnotizada, casi sin parpadear. La rodeó con la mano y empezó a masturbarlo con cuidado, como si midiera el peso.

—Parece que a tu mujer le gusta lo que ve —me dijo, mirándome por encima del hombro de ella.

Sentí la verga durísima dentro del pantalón y una mezcla de humillación y excitación que no sabía cómo procesar. Camila se arrodilló y empezó a mamarlo. Le chupaba la cabeza, le recorría el tronco, le succionaba los huevos. Mauricio se desplomó en la cama gimiendo.

Entonces ella levantó esos huevos y le pasó la lengua por el perineo. Mauricio dio un salto.

—Eh, eh, ahí no, putita. Ahí no.

—Perdón. Es que a mi marido le encanta cuando le hago eso. Le meto un dedo y se vuelve loco.

Sentí que me ardía la cara. Mauricio se incorporó un poco y giró la cabeza hacia mí, lento, con una sonrisa que crecía. Camila, en lugar de callarse, siguió. Le contó del beso negro, del dildo, del arnés. Le habló del punto G de los hombres como si estuviera dando una clase. Cada palabra suya era una piedra que me caía encima. Quise levantarme, decirle que se callara, explicar que aquello no era lo que él se imaginaba. No me salió nada.

—Ah, así que el maridito es de los modernos —dijo Mauricio, sin dejar de mirarme—. Mirá vos.

—Probá alguna vez, te lo recomiendo —insistió Camila, con una sonrisa que de pronto me sonó cómplice de él y no mía.

—No, princesa. A mí esas cosas raras no me van.

***

La levantó, la besó como si quisiera tragársela y la tiró boca arriba en la cama. Le abrió las piernas y le pasó la mano entre los muslos. Camila gimió antes incluso de que la tocara en serio.

—Estás empapada, putita. Bien lista para macho.

Se puso el condón. La verga lo desbordaba. Cuando se la apoyó en la entrada, Camila arqueó la espalda y dio un alarido a medio camino entre el dolor y el placer. La penetró hasta el fondo de una sola estocada. Yo me había sacado la ropa y me la pajeaba viendo cómo entraba y salía de mi mujer.

—Qué culito apretado, princesa, parece que sos virgen.

—Es que sos enorme, ay, cabrón, qué profundo me llega.

Mauricio la culeó largo, despacio al principio, después con embestidas que hacían sonar la pelvis contra los muslos de ella. Cada tanto giraba la cabeza para asegurarse de que yo lo estaba viendo. Cuando Camila empezó a convulsionarse y a gritar que se corría, le susurró algo al oído. Ella asintió. Le contestó algo que no llegué a escuchar y los dos giraron hacia mí casi al mismo tiempo. Esa coordinación me dio mala espina, pero el cuerpo no me obedecía. Tenía la verga goteando, las piernas tibias, las manos temblando.

Mauricio terminó adentro con un gruñido largo. Se quedó hundido unos segundos, se salió, se sacó el preservativo lleno y lo tiró a la papelera con un gesto teatral. Camila quedó abierta, jadeando, sonriendo.

—Te toca, amor —me dijo, estirando los brazos.

***

Me trepé entre sus piernas y la penetré de un solo envión. El coño estaba caliente, dilatado, como si fuera otro coño. Empecé a empujar y ella me clavó las uñas en la espalda. Estaba por encontrar mi propio ritmo cuando sentí dos manos extrañas separándome las nalgas.

—¿Qué hacés? —giré la cabeza.

—Tranquilo, campeón. Tu mujer dijo que te gusta. Quiero ver cómo gozás.

—El dedo de ella, no el tuyo.

—Aflojá, amor —Camila me agarró del cuello y me tiró hacia adelante, obligándome a curvar la espalda—. Es lo mismo. Ya lo hablamos: explorar sin tabúes.

Quise protestar y me cerró la boca con un beso. El dedo de Mauricio estaba untado en algo viscoso. Frotó mi entrada y, antes de que pudiera decidir si quería o no, empujó la primera falange. El ano se me cerró por reflejo. Era más grueso que el de Camila, más áspero, y el roce con las paredes internas me prendía algo que no podía apagar. Cuando tocó la próstata, di un gemido que me delató. Camila lo escuchó y sonrió.

—¿Viste, amor? Disfrutalo.

Entró un segundo dedo embadurnado en crema. Ardió. Quise zafarme, pero Camila me tenía agarrado del cuello con las dos manos y las piernas anudadas a mi espalda. Mauricio movía los dedos en círculos, abriendo, masajeando, y la próstata respondía a cada uno de esos movimientos con olas que me subían por las piernas. Estaba por correrme dentro de mi mujer cuando él sacó los dedos. Casi le pido que los volviera a meter.

En vez de los dedos, sentí la cabeza de su verga apoyada entre mis nalgas.

El pánico fue inmediato. Apreté el culo, intenté girar, intenté empujarlo con el codo. Camila me apretó más fuerte contra ella.

—Tranquilo, mi amor, tranquilo, va a ser como cuando yo te penetro con el arnés. Aflojá.

—Soltame, no soy puto, ¡soltame!

Mauricio empujó. Lo que vino después no fue como con el arnés. Fue un dolor que me partió en dos. Sentí cómo la cabeza, gruesa como un puño cerrado, abría el esfínter más allá de lo que yo creía posible. Lágrimas me corrieron por la cara. Grité contra el cuello de Camila, que me sostenía con una fuerza que no le conocía.

—Aflojá la cola o te voy a desgarrar de verdad —dijo Mauricio detrás—. Aguantá. Lo peor ya pasó.

—Es como cuando me desvirgaste, amor —me susurró ella, acariciándome la nuca—. ¿Te acordás? Después es solo placer.

Cerré los ojos. No tenía adónde ir. La cabeza ya estaba dentro, palpitante, ardiendo. Mauricio se quedó quieto unos segundos, después me dio una palmada en cada nalga y empezó a avanzar de a poco. Sentí cómo iba ganando terreno, milímetro a milímetro, hasta que su pelvis chocó contra mí y entendí, espantado, que se había metido entera.

—Ya está, princesa, te la tragaste toda —dijo, casi con ternura, como si me hubiera convertido en otra persona.

El dolor empezó a aflojar después de un minuto largo. Una ola de calor me subió desde el coxis hasta la nuca. Aflojé el culo y, de pronto, en lugar de un cuerpo extraño hubo un punto exacto de presión sobre la próstata. Cuando Mauricio empezó el vaivén, el gemido que me salió fue de placer y no me importó que se escuchara hasta el pasillo. Camila me besaba la frente y me decía cosas que ya no escuchaba.

Empezamos a movernos los tres. Cada embestida suya me empujaba dentro de Camila. Era como si me usara de pistón. Yo gemía, ella gemía, él gruñía. No sé cuánto duró. Veinte, treinta minutos. En algún momento aceleró y mi próstata se rindió. Me corrí dentro de Camila con una intensidad que no había sentido nunca, chorreando en una sucesión de espasmos que parecían no terminar. Ella se contrajo a mi alrededor, gritando. Detrás de mí, Mauricio dio un envión final y eyaculó con un gruñido largo. Sentí calor adentro, abundante. El cabrón se había sacado el condón en algún momento que no pude registrar.

***

Cuando se desplomó a un costado, me quedé tirado encima de Camila, vaciado. Me dolía el culo, me ardía, me chorreaba semen entre las nalgas. No podía moverme.

—Fue el mejor culo que probé —dijo él, en voz baja—. Avísenme cuando quieran repetir.

Se duchó, se vistió y se fue como si nada. Yo le reclamé a Camila lo que había hecho.

—Disculpame, amor. Cuando me preguntó al oído si quería que también te cogiera a vos, pensé que era la única forma de que sintieras lo que yo siento. Los juguetes están bien, pero una verga de verdad es otra cosa. Yo lo sé. Y ahora vos también.

No le contesté. No hacía falta. Los dos sabíamos cuánto había gozado.

Me hice análisis después, porque el imbécil se había sacado el condón sin avisar. Salieron todos negativos. Volvimos a contactarlo unas semanas más tarde, cuando se me pasó el orgullo. Se convirtió en nuestro amante habitual.

Sigo sin sentirme atraído por los hombres. No me gusta cómo huelen, cómo hablan, cómo se mueven. Pero cuando Mauricio aparece por la puerta del hotel y veo cómo Camila me mira con esa sonrisa que ya sé lo que significa, se me afloja el cuerpo solo. ¿Soy un cornudo? ¿Soy otra cosa? Cada uno que decida.

Valora este relato

Comentarios

Sé el primero en comentar.

Deja un comentario

Iniciar sesión o crear cuenta

Elegí cómo querés continuar.