La mujer que siempre escondí dentro de mí
Llegué a esta página por accidente, buscando otra cosa, como le pasa a casi todos. Pero cuando empecé a leer los relatos me quedé un rato más de lo planeado. Había algo en el anonimato que me llamó de una forma que no supe explicarme enseguida. Esa sensación de que podés contar lo que sos sin que nadie te mire a los ojos al día siguiente, sin que nadie cambie el tono cuando te ve entrar por la puerta.
Así que decidí contar.
Llevo muchos años casado. Tengo hijos, una casa, un trabajo que me mantiene ocupado de lunes a viernes. Desde afuera soy exactamente lo que se espera de alguien de mi edad y con mi historia: un hombre de familia, previsible, sin complicaciones visibles. Durante décadas creí que ese era también mi interior. Me lo repetí con suficiente convicción como para casi convencerme.
El problema con repetirse algo durante mucho tiempo es que, en algún momento, la realidad decide interrumpirte.
No recuerdo un momento preciso en el que todo empezó. Fue más bien una acumulación lenta. Pensamientos que aparecían y desaparecían sin dejar rastro, imágenes que cruzaban la mente en los momentos menos pensados: en el trabajo, en el auto, antes de dormirme. Durante años los ignoré. Los archivé en esa carpeta mental que todos tenemos y que preferimos no abrir porque no sabemos bien qué vamos a encontrar adentro.
Pero las carpetas se llenan.
La primera vez que lo hice fue sin demasiada premeditación. Mi esposa había viajado con su madre por el fin de semana y yo estaba solo en la casa por primera vez en mucho tiempo. Estaba ordenando el dormitorio cuando encontré un conjunto de lencería que ella había comprado hacía meses y nunca había usado. Encaje negro, muy fino, una tela que casi no pesa. La sostuve un momento entre las manos. Sentí la textura suave, los bordes delicados, el peso que no era peso.
Después no sé bien qué pasó. Solo sé que un rato más tarde estaba frente al espejo del baño con eso puesto.
Lo que sentí en ese momento no lo esperaba. No fue vergüenza, aunque eso también vino después. Fue otra cosa primero. Algo parecido al alivio, como si una tensión que había cargado sin darme cuenta durante años se soltara de repente. Me quedé ahí, mirándome. Reconocía mi cara, mis hombros, mis manos. Pero algo en el reflejo me resultaba más honesto que cualquier otra imagen que hubiera visto de mí en mucho tiempo.
Me quedé mirándome un buen rato. Cuando finalmente me saqué todo y guardé la ropa donde estaba, seguí con el día como si nada. Pero algo había cambiado. Todavía no sabía cómo llamarlo.
***
Con el tiempo fui armando mi propio espacio. Compré cosas por internet con discreción: conjuntos de encaje en tallas que me quedaban bien, medias, alguna prenda más atrevida. Lo guardaba todo en el fondo de una valija que nadie usaba, metida en el placard de un cuarto que casi no abrimos. No era mucho, pero era mío. Era el único lugar donde no tenía que ser lo que se esperaba de mí.
Empecé a explorar también de otras formas. Compré un consolador pequeño primero, después uno un poco más grande. Aprendí a usarlos con tiempo y sin apuro, prestando atención a lo que sentía. Hay algo en esa experiencia que no me resulta fácil describir con exactitud: una mezcla de vulnerabilidad y rendición que encontré, sorprendentemente, muy natural. Como si mi cuerpo ya supiera algo que mi cabeza tardaba meses en procesar.
Me depilaba cuando podía. No siempre, no del todo, pero lo suficiente para sentir la diferencia. La suavidad en lugares que habitualmente ignoramos. Hay formas de habitarse el cuerpo que nadie te enseña y tampoco te prohíben de manera explícita, simplemente nunca se mencionan. Como si no existieran para quien se supone que sos.
Los fines de semana que estaba solo aprovechaba cada rato. Me vestía, me miraba, me movía diferente. No había actuación en eso. Era más bien dejar caer algo que normalmente sostenía con esfuerzo. Esa mujercita que vivía adentro, callada, esperando su turno, por fin podía respirar un poco.
No le contaba esto a nadie. ¿A quién? ¿A mis amigos de toda la vida, que se juntan a ver fútbol y hablan de trabajo y de las vacaciones de sus hijos? ¿A mi esposa, que me conoce desde hace veinte años y tiene una imagen de mí construida con mucha paciencia? No había manera de abrir esa conversación sin romper algo que tampoco quería romper. No ahora. No sé si alguna vez.
Así que lo guardé. Lo sigo guardando. Pero guardar algo no es lo mismo que no sentirlo.
***
La fantasía que más vuelve, la que aparece siempre que me permito dejarla entrar, tiene una forma bastante clara aunque los detalles cambian según el día.
Imagino a alguien como yo pero no igual. Alguien que ya recorrió ese camino que yo todavía no sé cómo transitar. Una chica trans, o alguien muy femenino, con esa seguridad tranquila que da haber elegido quién uno es sin pedir permiso ni esperar la aprobación de nadie. No importa tanto cómo llegamos a estar juntos en esa habitación. Lo que importa es lo que pasa después.
Las dos vestidas de encaje. Tela liviana, casi nada de peso, algo que se siente bien en la piel y que al mismo tiempo dice algo sobre quiénes somos en ese momento. Sin que ninguna tenga que interpretar un papel que no eligió. Sin que ninguna tenga que explicarse ante la otra.
Me imagino su voz, baja, sin urgencia. Sus manos recorriendo mi espalda con calma, como alguien que sabe que no hace falta apurar nada. Que hay una manera de tocar que no es tomar sino encontrar. Me imagino que entiende cosas que no hace falta decir en voz alta porque también las cargó durante mucho tiempo.
Nos besamos. En ese beso hay algo que en mi fantasía no logro terminar de describir: no es el beso del deseo rápido, es el del reconocimiento. El de ver en alguien más algo que en vos mismo todavía está aprendiendo a nombrarse. Eso que pesa en la boca de otra manera.
Lo que sigue ya no es necesario detallarlo todo. Solo digo que no se parece a ninguna otra cosa que haya imaginado antes. Es más lento, más atento, más cargado de algo que no sé si llamar ternura o complicidad o simplemente alivio. Nos chupamos, nos tocamos, nos mordemos despacio. Dos cuerpos que se entienden en un idioma que ninguno aprendió en ningún lado.
Me imagino también caminar con ella después, salir al jardín, sentir el aire de afuera. Nada dramático. Solo ese silencio después de haber sido, aunque sea por un rato, lo que uno es sin que nadie lo vigile.
***
A veces me pregunto qué diría la gente si supiera. No solo mi esposa, sino cualquiera. Los amigos de los sábados, los compañeros de trabajo, el tipo que me corta el pelo desde hace quince años. No creo que ninguno sospeche. Hago bien mi papel de hombre ordinario, y probablemente lo seguiré haciendo durante mucho tiempo más.
Pero hay noches en que eso pesa. No el secreto en sí, sino la distancia entre lo que uno muestra y lo que uno es. Esa distancia no desaparece solo porque decidás ignorarla. Se queda ahí, callada, esperando que en algún momento le prestes atención.
He leído cosas sobre esto. Sobre hombres en situaciones parecidas que descubren tarde aspectos de sí mismos que no encajan del todo con la vida que construyeron. Sobre la diferencia entre identidad y deseo, entre lo que uno siente y lo que decide hacer con eso. No tengo respuestas claras. No creo que las vaya a tener pronto, y a esta altura tampoco sé si las necesito para seguir.
Lo que sí tengo es la certeza de que lo que siento es real. No es una confusión pasajera ni un capricho de mediana edad ni algo que pueda resolverse ignorándolo el tiempo suficiente. Es algo que estaba ahí antes de que lo nombrara, y que va a seguir estando después. Eso ya no me genera la misma angustia que antes. Más bien me da curiosidad.
***
Terminé escribiendo todo esto porque quería saber si hay otros. Hombres con vidas parecidas a la mía, con casas y familias y trabajos estables, que también tienen esa valija en el fondo del placard. Que también pasan algunos ratos solos sintiéndose más ellos mismos de lo que se sienten el resto del tiempo. Que también se miran en el espejo y reconocen algo que nadie más ve.
Que también tienen esa fantasía, o una parecida. Ese deseo de encontrar a alguien que no necesite que te expliques, que simplemente entienda porque también sabe lo que es cargar con algo que todavía no tiene nombre del todo.
Si existís, si estás leyendo esto y reconocés algo de lo que escribí, me gustaría saberlo. Aunque sea para dejar de sentir que esto es solo mío.